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Miguel de la Madrid Hurtado
Cambio de rumbo

De la Madrid: un político responsable, por Leo Zuckerman


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Publicado en Excélsior el 20 de abril de 2012

Miguel de la Madrid fue el primer presidente que conocí en persona. En realidad ya era expresidente. Hacía un año que había dejado el poder. Gracias a mi amiga Blanca Heredia, me recibió en su oficina en Coyoacán. Yo estaba haciendo mi tesis de licenciatura sobre el Pacto de Solidaridad Económica que se firmó en 1987. Me interesaba conocer de primera mano cómo fue el proceso de toma de decisiones gubernamental que desembocó en un inédito ejercicio de concertación social que, a la postre, permitió la estabilización económica del país después de varias crisis sucesivas.

Estaba muy nervioso cuando pasé a su despacho. No todos los días se tiene una reunión privada con un expresidente. Don Miguel me recibió elegantemente vestido de tweed. Con su voz carrasposa me invitó a sentarme. Yo quería grabarlo. Me pidió que no lo hiciera. Fiel a la tradición priista que exigía la máxima discreción por parte de un ex mandatario, me dijo que prefería que sus opiniones quedaran en el anonimato. Lo entendí y acepté.

Tuvimos una charla animada. Conforme iba pasando el tiempo, yo me relajaba y me atrevía a preguntarle asuntos cada vez más delicados. Me contó, por ejemplo, de los pormenores de un suceso que marcó, para siempre, su sexenio: la nacionalización de la banca. Unas pocas horas antes de anunciarlo públicamente, el entonces presidente López Portillo envió a su hijo José Ramón a comunicárselo al presidente electo. Era un hecho consumado, lo cual enfureció a De la Madrid, quien no estaba de acuerdo con la nacionalización bancaria porque, según me dijo, López Portillo tomaba una decisión que a él le tocaría implementar. A pesar de eso, institucional hasta la médula, De la Madrid, con una apretada sonrisa, aplaudió la medida presidencial anunciada al día siguiente en el Congreso.

Platiqué con el ex presidente de todas las penurias económicas de su sexenio. De cómo ordenó varios apretones fiscales. De cómo las medidas ortodoxas de política económica no funcionaban para estabilizar la economía. De cómo los sismos del 85 complicaron aún más las cosas. De los eternos pleitos entre las secretarías de Hacienda y de Programación y Presupuesto. De la salida de Jesús Silva-Herzog Flores de la primera.

La plática se prolongó. Me sorprendió enterarme de que De la Madrid fumaba. Nunca lo hizo en público cuando fue presidente. Entre el humo del cigarro, me siguió contando del papel de Carlos Salinas y su equipo en el diseño de la política económica. Del proceso para elegirlo como su sucesor. Del "destape" de Salinas que coincidió con un crack bursátil y una nueva crisis económica. Y de cómo se negoció el Pacto de Solidaridad en el que gobierno, empresarios y trabajadores se pusieron de acuerdo en un plan heterodoxo de estabilización que, a la postre, funcionó y le empedró el camino a Salinas para una sólida recuperación económica.

Fue una reunión muy productiva que le agradecí mucho. De la Madrid me pareció un funcionario serio, pero sobre todo tremendamente responsable. Le tocaron tiempos muy difíciles. No se tentó el corazón en tomar decisiones duras e impopulares. Desde luego que tuvo errores y fracasos. Pero fue el presidente que puso los cimientos para la modernización económica del país. El que comenzó a desmantelar el exagerado intervencionismo del Estado en la economía. Y, tan sólo por eso, acabó siendo un gobernante con amplio saldo positivo. No por nada, ya como expresidente, y a diferencia de otros, De la Madrid se paseaba tranquilamente por la calle sin que la gente lo insultara.

Creo que era un hombre cabal cuya divisa era la responsabilidad. Yo, por lo menos, fui testigo de su generosidad. No cualquier presidente le dedica un par de horas a un simple estudiante de licenciatura para contarle su versión de la historia. Hace unos días, por desgracia, De la Madrid falleció. Me dolió enterarme. Descanse en paz.