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Miguel de la Madrid Hurtado
Cambio de rumbo

La nobleza del gris, por Federico Reyes Heroles


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Publicado en Reforma el 10 de abril de 2012

La ovación fue estremecedora. Con el puño recogido el Presidente en turno, López Portillo, anunciaba la estatización de la banca y el control de cambios. Era su último informe. Su errática y desordenada administración heredaba un desastre financiero y político. Ni el auge petrolero fue suficiente para sustentar la megalomanía del gobernante. Un brutal déficit y una fuga de capitales sin precedente provocada por la desconfianza general lo llevaron al desesperado acto con ánimo de salvar su figura histórica a cualquier costo. La prelación era clara: primero él y después las consecuencias que el país debería pagar. Era el inicio de un oscuro túnel impuesto desde Los Pinos.

Carlos Abedrop, presidente de la ABM, se retorció en su asiento y de inmediato hizo pública la total oposición a la medida. Las tensiones llegaron al extremo. La pesada maquinaria del autoritarismo respondió al llamado presidencial. La aplanadora apareció por todas partes: de las multitudinarias manifestaciones públicas en adelante. Ese 1o. de septiembre -también en San Lázaro- se encontraba el hombre que asumiría la enorme responsabilidad de reencauzar a México. No permitiremos que el país se nos deshaga en las manos, fue el mensaje lanzado desde la misma tribuna unas semanas después. No exageraba un ápice. México estaba al borde del abismo. Sólido abogado, con amplios conocimientos de economía, gran lector, Miguel de la Madrid Hurtado tenía algo aun más valioso que su preparación profesional. Era un hombre de grandes virtudes.

Sereno por naturaleza, ecuánime por convicción, austero por ejercicio cotidiano, sin tentaciones protagónicas supo desde el inicio de su gestión que difícilmente le tocaría cosechar. Víctima del paroxismo presidencial, acotó la Presidencia. En pleno control de sus emociones impidió una cacería de brujas que nada bueno le hubiera traído a México. Giró el timón del buque a sabiendas de que el cambio de rumbo -título del espléndido ejercicio de memoria de su gestión coordinado por Alejandra Lajous- tardaría en llegar. La emergencia era la brutal deuda externa, su gobierno se contaba por días antes de caer en moratoria. Apoyado en su articulado secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog, renegoció con los gigantes ganando poco a poco un valioso tiempo para reconstruir la economía. Pero no bastaba.

Recuperar la salud financiera pasaba por desprenderse de las miles de entidades económicas de todo tipo -la mayoría de ellas pésimamente administradas- que gravaban sobre el erario. El estatismo no sólo era una condición, sino una cultura. Un Estado fuerte era un Estado poseedor, así estuviera quebrado. El desequilibrio fiscal era visto por muchos como un instrumento de justicia social. El equilibrio era reaccionario por definición. Ese era México. Pero además de la emergencia estaban las consecuencias sociales del desastre. La inflación que rondaba el 100% y que empobrecía a los pobres. El salario se desvanecía. Seis años le llevó domar a la bestia inflacionaria. No tuvo el menor problema en cambiar de estrategia tantas veces fuera necesario para lograr los resultados. En el último tercio echó a andar los pactos entre los sectores productivos, una medida novedosa y arriesgada que rindió frutos.

Con visión histórica comprendió que el autarquismo económico llegaba a su fin. Era el fin de un modelo y una era. Comenzó la apertura a pesar de las múltiples resistencias internas que se negaban a aceptar que el nuevo eje era el consumidor. El proteccionismo tenía muchos adeptos que se opusieron al ingreso de México al GATT, primera estación de la ruta a la apertura comercial sin la cual no podemos entender al México contemporáneo. De la Madrid tuvo el mérito de rodearse de un sólido grupo de economistas, abiertos al mundo y formados en las mejores escuelas, que fueron quitando uno a uno los anclajes del estatismo. Por si fuera poco, con Bernardo Sepúlveda en la SRE, le tocó lidiar con el galopante neoimperialismo de Reagan. Centro América era un polvorín que desactivó el Grupo Contadora.

Erupción del Chichonal, explosión en San Juan Ixhuatepec, el peor terremoto de la historia, caída de las bolsas en el mundo y el huracán Gilberto fueron sólo algunos de los amargos aderezos de los tiempos que le tocó gobernar. Gris, ausente, son las críticas más frecuentes. Institucional hasta la médula, De la Madrid sabía que la solidez de un país está más allá de la popularidad de un gobernante. Su fama pública lo tenía sin cuidado. Como ex Presidente regresó a los libros, a trabajar todos los días, dignamente en el FCE. Su aplomo, su esmerada educación y firmeza reivindicaron la Presidencia de México. Se dice rápido. Con mirada de águila pero afable, recibía el reconocimiento ciudadano en los sitios públicos que nunca dejó de visitar. En los hechos la gente aplaudía su forma de ser. En un país de redentores autodenominados, cómo se aprecia la nobleza del gris, gris acero, de un gran Presidente.