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Miguel de la Madrid
Cambio de rumbo
Política exterior:
Contadora y la relación con los EUA
Grande Normal Chico

En la oscura noche del 9 de noviembre de 1989, del lado occidental del muro de Berlín, junto al Checkpoint Charlie, un joven escucha con sus ojos entrecerrados, como rezando, el golpeteo ansioso de los mazos que, desde el flanco opuesto, comenzaban a derribar aquel ominoso símbolo de la Guerra Fría.

Súbitamente el aire se estremece con las notas de la zarabanda de la Quinta suite en Do menor para violonchelo solo de Bach. Aquella hermosa música de construcción para un sistema en deconstrucción provenía del violonchelo de Mstislav Rostropovich, virtuoso soviético exiliado en París, entonces con 62 años de edad, quien esa misma noche había volado a Berlín para pulsar su instrumento junto al muro, tras enterarse de los acontecimientos. Trémulo de emoción al finalizar la pieza, el joven abre los ojos mientras el solitario músico lo observa. Está llorando.

Así recordaba Rostropovich la fecha en que, simbólica y materialmente, se abrió una nueva época en la vida de la humanidad; el preludio a la disolución de los dos grandes bloques internacionales que dominaron buena parte del siglo XX, el soviético y el occidental, y que anunciaba la próxima configuración geopolítica del siglo XXI: el fin de la Guerra Fría.

A Miguel de la Madrid le tocó vivir en cada uno de los seis años previos a este insólito concierto los violentos estertores de un esquema internacional que agonizaba. Los sangrientos coletazos terminales de la guerra económica, política y diplomática que siguió a la Segunda Guerra Mundial, siempre bajo la amenaza de una guerra nuclear apocalíptica, fueron el marco en que el Presidente De la Madrid hubo de conducir su política exterior.

Panorama mundial 1982-1988

La de los ochenta no fue una década grata ni sencilla. Las tensiones entre el Este y el Oeste tuvieron secuelas desastrosas en diversas regiones del mundo, incluida la nuestra. Las tropas soviéticas ocupaban Afganistán, con los talibanes apoyados por Estados Unidos agobiando al invasor en una cruenta guerra de guerrillas. Entre enero de 1980 y hasta 1988, se intensificó el conflicto entre Irán e Irak, que dejó un millón de muertos entre soldados iraquíes, iraníes y población civil, como los kurdos iraquíes atacados por su propio gobierno con arsenales de origen soviético y armas químicas.

Durante toda la década se mantuvo activo el conflicto más duradero de África, la guerra civil de Angola (1975-2002), con Cuba y los países del Este apoyando militarmente a un bando, y el bloque estadunidense con sus mercenarios apoyando a otro. Sudáfrica mantenía a Namibia, vecino suyo y de Angola, bajo su poder colonialista; los independentistas namibios defendían vigorosamente su derecho a la autodeterminación y Sudáfrica intervino en el conflicto de Angola para protegerse de un eventual flanco comunista, en caso de ganar sus oponentes angoleños y namibios; hacia finales del gobierno de Miguel de la Madrid inicia la formalización de la independencia de Namibia, con un acuerdo entre Cuba, Angola y Sudáfrica, bajo la vigilancia, por supuesto, de la Unión Soviética y los Estados Unidos. En aquella época se mantuvo vigente el régimen de segregación racial de Sudáfrica, conocido como apartheid, que se prolongó hasta la primera mitad de los años noventa.

En junio de 1982, en plena campaña del candidato Miguel de la Madrid, el Medio Oriente vuelve a incendiarse. Como represalia a un atentado palestino contra su embajador en Londres, Israel invade Líbano con 100 mil soldados y 1,500 tanques, apoyados por la aviación y la marina. Siria interviene y su aviación es diezmada por Israel. Luego ocurre la matanza de civiles en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila por grupos proisraelíes.

Ese mismo año Gran Bretaña invadía las Islas Malvinas, iniciando una breve y dolorosa guerra contra Argentina. En febrero de 1982, la esposa de Carlos, el terrorista venezolano, es capturada en París; le sigue una represalia con varios estallidos en la capital de Francia que dejan cientos de heridos. Hacía varios años que el terrorismo había tomado carta de residencia en el panorama mundial como arma de presión política. En 1983 la Unión Soviética derribó un avión comercial coreano. Ese mismo año Estados Unidos invadió Granada; tres años después bombardeaba Libia, en represalia por actos terroristas.

Al tiempo que crecía la carrera armamentista entre las grandes potencias, dos tercios de la humanidad sufrían de una pobreza cada vez mayor. África vivió su más terrible escasez de alimentos; para 1987, 12 millones de personas se habían refugiado fuera de su patria, la mayoría en países del Tercer Mundo. Entre tanto, estos países se empeñaban en cambiar las condiciones que frenaban su desarrollo. El peso de la deuda externa era uno de estos impedimentos.

Los organismos internacionales, por su parte, fueron poco eficaces para imponer la paz y promover la cooperación internacional. Estados Unidos enfrentaba problemas económicos y escándalos políticos internos que atizaban su desprestigio ante la comunidad de naciones; la Unión Soviética y los países socialistas bajo su influencia iniciaron cambios profundos en sus estructuras políticas y económicas que terminaron con la desaparición de este bloque.

En América Latina la inestabilidad financiera y cambiaria en las naciones industrializadas causó grandes estragos. Políticas proteccionistas, intercambios comerciales hondamente desiguales, el endeudamiento externo, la amenaza de una recesión mundial y la ausencia de corresponsabilidad de las grandes potencias y los organismos financieros y monetarios internacionales para asumir la crisis subrayaron la necesidad de un nuevo acuerdo multilateral para restablecer la capacidad de desarrollo en la región.

El sistema interamericano, como lo habían demostrado la invasión británica a las Malvinas y la de Estados Unidos a Granada, evidenció su incapacidad para evitar prácticas colonialistas en la zona. Durante la mayor parte del sexenio, varios países del área, México entre ellos, sufrieron presiones y campañas de desprestigio promovidas por el conservadurismo estadunidense.

Al comenzar su gestión, el Presidente De la Madrid reiteró que continuaría la tradicional política exterior de México basada en los principios de autodeterminación de los pueblos, no intervención, solución pacífica de los conflictos, igualdad jurídica de los Estados, desarme y cooperación internacional equitativa. Al finalizar su quinto año de gobierno, presentó al Senado una iniciativa para reformar la fracción X del artículo 89 de la Constitución Política, por la que, una vez aprobada, estos mismos principios quedaron asentados, hasta la fecha, en nuestra Carta Magna. En los años de su gobierno, mediante una diplomacia firme y negociadora, el Presidente De la Madrid trabajó para establecer una eficiente vinculación con la comunidad mundial en apoyo a los esfuerzos internos por el desarrollo político, económico y social, y para edificar una sociedad internacional más justa.

Durante su periodo presidencial, varios países del área retornaron a la democracia, señaladamente Argentina, Brasil, Guatemala y Perú, lo que contribuyó a fortalecer la cooperación en el subcontinente y, de manera especial, a dar una salida pacífica al conflicto en Centroamérica, que amenazaba alcanzar las fronteras de más países, el nuestro incluido.

El problema centroamericano

La Guerra Fría se extendió a nuestro continente con la intervención de los dos grandes bandos del mundo en los conflictos armados que desangraban a Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua; la tensión alcanzó también a Costa Rica. Asesores militares, financiamiento y armas del Este y el Oeste atizaban el fuego entre los contendientes. El conflicto en Centroamérica amenazaba nuestras fronteras. La guerra civil en Guatemala ocasionaba frecuentes incursiones de rebeldes y fuerzas regulares en nuestro territorio; el arribo de miles de refugiados amenazaba la estabilidad del sureste mexicano. Las fuerzas rivales de todo Centroamérica llamaban a los países vecinos a tomar partido.

Al asumir Miguel de la Madrid su gobierno, la amenaza de una conflagración generalizada en la región era más real que nunca. Para el Presidente, como para otros líderes latinoamericanos, la raíz del conflicto estaba en décadas de inestabilidad económica, política y social en la zona; la ausencia de condiciones materiales para el crecimiento económico; el peso de la deuda externa y las exigencias para su pago; la tiranía de las dictaduras militares; la extrema pobreza de la población y su fuerte descontento fueron el caldo de cultivo para la insurrección y su combate. Ronald Reagan, el entonces Presidente de los Estados Unidos de América, bajo la lógica de la Guerra Fría estaba convencido de que detrás del conflicto, especialmente en Nicaragua, se hallaba la mano de la Unión Soviética, que buscaba establecer cabeza de playa en Centroamérica para luego extender su influencia hacia todo el continente, lo que pondría en riesgo la seguridad nacional de EUA. Por ello se resistía a dejar de intervenir.

Origen, legado y proyección del Grupo Contadora

Para el Presidente de la Madrid la paz en el área sólo podría conseguirse eliminando la carrera armamentista y los enfrentamientos armados en la región, y estimulando el desarrollo económico, político y social, bajo el principio de respeto irrestricto y universal a la autodeterminación de los pueblos.

Este mismo postulado fue recogido por Colombia, Panamá y Venezuela, cuyos representantes, en enero de 1983, a un mes de haber tomado posesión Miguel de la Madrid como Presidente de México, integraron junto con nuestro país el Grupo Contadora, llamado así por la isla panameña donde se reunieron los cuatro gobiernos.

Contadora fue un grupo de intermediación para la paz en Centroamérica que no solamente fincó las bases para la posterior pacificación de la zona, sino que además abrió la puerta a un intenso diálogo latinoamericano a favor del crecimiento económico, el desarrollo social y la cooperación regionales, que años después desembocó en el Grupo de Río, aún vigente con 23 países integrantes, que se ha convertido en el principal interlocutor de América Latina y el Caribe con el resto de las regiones del mundo, y es abrigo para el diálogo en su interior.

Seis meses después de integrado el Grupo Contadora los presidentes de los cuatro países se reunieron en Cancún, donde emitieron la declaración del mismo nombre, en la que planteaban el cese inmediato de toda beligerancia en Centroamérica, la suspensión de compras de armamento ofensivo, el establecimiento de mecanismos de supervisión y la eliminación de instalaciones militares en la zona.

Una vez abierta la intermediación, para septiembre de 1983 los países centroamericanos firmaron un Documento de Objetivos en el que se proponían establecer un Tratado de No Agresión entre Honduras y Nicaragua, la proscripción de pruebas y ejercicios militares en el área, el retiro de bases extranjeras y la supresión del tráfico de armas en la región, entre otras metas. En enero de 1984 se ratificaron las normas para alcanzar estos objetivos. A partir de entonces, Estados Unidos sembró de escollos la negociación, al incrementar la ayuda militar a Honduras, El Salvador y a la "contra" de Nicaragua, como se conocía a los grupos guerrilleros antisandinistas. En abril de 1984, la potencia del norte minó puertos nicaraguenses y desconoció la competencia de la Corte Internacional de La Haya, ante la que Nicaragua había demandado a Estados Unidos.

Durante el resto del año, mientras el conflicto escalaba, las negociaciones se estancaban. El enfrentamiento entre Nicaragua y Estados Unidos se hacía más airado; en abril de 1985, el Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, recibió ofertas de apoyo económico de la URSS, y los EUA respondieron con un embargo comercial, lo que vino a agravar los problemas económicos de la nación centroamericana. A mediados de año, el Congreso estadunidense aprobó una ayuda de 27 millones de dólares a la "contra"; se sucedieron enfrentamientos armados en la frontera de Nicaragua con Costa Rica y Honduras. En El Salvador, ese mismo año, fracasaron las negociaciones entre la guerrilla y el gobierno.

En julio de 1985 se constituyó un Grupo de Apoyo a Contadora, formado por otros cuatro países: Argentina, Brasil, Perú y Uruguay. Reunidos en Caraballeda, Venezuela, el 11 y 12 de enero de 1986, ambos grupos lanzaron un mensaje llamando a respaldar el Acta de Paz y Cooperación en Centroamérica que había propuesto Contadora desde 1984. El 14 de enero, después de la toma de posesión del Presidente Vinicio Cerezo en Guatemala -que ponía fin a una sucesión de dictaduras militares-, los gobiernos de los cinco países de Centroamérica apoyaron el mensaje de Caraballeda, y acordaron que sus mandatarios se reunirían en mayo en Esquipulas, Guatemala. En este encuentro, emitieron una declaración por la que se comprometían a cumplir el Acta de Contadora, en la que, por cierto, se habían quedado fuera varios temas delicados, con la intención de facilitar el entendimiento.

No obstante, nuevos puntos de conflicto mantuvieron las negociaciones empantanadas, entre ellos la aprobación en EUA de un apoyo por 100 millones de dólares a los "contras" de Nicaragua, el rechazo estadunidense a la resolución de la Corte Internacional de La Haya que le ordenaba cesar su apoyo a la contrarrevolución e indemnizar a Nicaragua por los daños ocasionados por sabotajes, y el derribo en este país de un avión estadunidense que transportaba armamento. En noviembre de 1986, los presidentes de Costa Rica, Honduras y El Salvador anunciaron que sus representantes no volverían a asistir a las reuniones de Contadora.

Mientras tanto, el Grupo Contadora continuó sus esfuerzos. En diciembre, representantes de los cuatro países se reunieron con los del Grupo de Apoyo en Río de Janeiro, y acordaron integrar un nuevo mecanismo de consulta permanente, al que se conoció como el Grupo de los Ocho. Su objetivo era fomentar el diálogo tanto de los países de la región como con los de fuera de ella. Recibieron el respaldo de la ONU y la OEA y, al comenzar 1987, el ahora Grupo de los Diez -sumados los dos organismos multilaterales- inició una gira por la región, al final de la cual, el 21 de enero, en México, declararon que seguía habiendo falta de voluntad entre los gobiernos centroamericanos para terminar el conflicto, y que era necesario proseguir la mediación.

Por su parte, el gobierno de Ronald Reagan se vio envuelto en el escándalo "Irangate", que reveló una red ilegal de apoyo a los contrarrevolucionarios de Nicaragua con dinero proveniente de la venta de armas a Irán, todo ello al margen del Congreso estadunidense, a quien le correspondía aprobar estos apoyos. En los resultados de las elecciones legislativas el Partido Republicano salió debilitado. Sin embargo, Reagan mantuvo su política intervencionista.

En los primeros meses de 1987 la gestión pacificadora de Contadora y el Grupo de Apoyo comenzó a encontrar mayor receptividad entre los presidentes de Centroamérica. A estas alturas el conflicto cumplía más de seis años, con un saldo de alrededor de 100 mil muertos, 300 mil refugiados y la prolongada miseria de 20 millones de personas.

El 15 de febrero Óscar Arias, presidente de Costa Rica, se reunió con los mandatarios de El Salvador, Guatemala y Honduras, para presentarles su propuesta de paz para Centroamérica, que sería conocida como el Plan Arias. Los asistentes acordaron una nueva reunión en la que también participara Nicaragua. Previamente, Arias había presentado su proyecto al Grupo de los Diez.

Durante ese año, los contrarrevolucionarios perdieron la guerra contra los sandinistas, pese al continuado respaldo de los EUA. En agosto se celebró en Guatemala la ansiada cumbre de los cinco presidentes centroamericanos, a la que se identificó como Esquipulas II. A su término, los mandatarios firmaron un Procedimiento para Establecer la Paz Firme y Duradera en Centroamérica, en el que se recogían aspectos fundamentales del Acta de Contadora y el Plan Arias. El documento contenía 11 puntos para la pacificación y establecía plazos para cumplirlos. Los compromisos abarcaban la reconciliación nacional, el diálogo con grupos no armados, la promulgación de decretos de amnistía, el cese al fuego contra fuerzas irregulares e insurgentes, la promoción de libertades políticas, la realización de elecciones periódicas, la conformación del Parlamento Centroamericano, el rechazo al uso del territorio de sus países para desestabilizar a otros, y la creación de comisiones para verificar el cumplimiento de los acuerdos.

Fue un paso definitivo para culminar la pacificación iniciada en 1983 por Contadora, que ahora quedaba en manos de los primeros interesados, los países de Centroamérica. La ONU, la OEA y los países del Grupo Contadora y el Grupo de Apoyo, participaron en la Comisión Internacional de Verificación y Seguimiento, instalada en septiembre de 1987. La comunidad de naciones, a excepción de los EUA, aplaudió los logros de Esquipulas II. En octubre, el Presidente Arias fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

A diferencia de otras regiones del mundo, la paz es hoy el signo predominante en América Latina y el Caribe. El nuevo clima de entendimiento y respeto se lo debemos a aquellos esfuerzos visionarios y a su continuidad.

La acción de Contadora permitió ampliar y fortalecer el diálogo y la cooperación entre los países de Latinoamérica y el Caribe a través del Grupo de Río, que desde 1990 adoptó ese nombre, sustituyendo a los de Contadora y de Apoyo, e incorporando también a los países del Caribe. Desde entonces, año con año los mandatarios que lo integran se reúnen en algún país de la zona, y el grupo opera exitosamente como mecanismo permanente de consulta y concertación política, para abordar los temas que interesan a la región. En 2010, en su XXI Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, celebrada en Playa del Carmen, Quintana Roo, el grupo acordó formar un nuevo organismo denominado Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que recogería los objetivos del Grupo de Río.

La relación con los Estados Unidos de América

La actitud resuelta del gobierno mexicano a encontrar una salida pacífica al conflicto en Centroamérica, opuesta al enfoque ideologizado y guerrerista de Ronald Reagan, no ayudaba a mantener una relación tersa con el vecino del norte. Sin embargo, Miguel de la Madrid mantuvo su postura, procurando siempre un trato respetuoso hacia su contraparte y hacia la institucionalidad y la política interna de los Estados Unidos.

Sabiendo que históricamente la actitud del país vecino hacia México había sido de imposición antes que de entendimiento, y consciente de que la relación poco iba a cambiar en lo esencial, Miguel de la Madrid optó, como lo refiere en sus memorias, por "conservar la serenidad y sostener el esfuerzo por mejorar las relaciones, pero sin perder nuestra dignidad".

Así lo hizo con el apoyo a Contadora y al diálogo interamericano; así lo hizo también en su constante esfuerzo por lograr que las naciones desarrolladas y los organismos financieros y monetarios internacionales -donde la opinión de Estados Unidos era y sigue siendo decisiva-, asumieran una postura corresponsable en el pago de la deuda externa de los países en desarrollo.

En mayo de 1984, al dirigirse al Congreso de los Estados Unidos, Miguel de la Madrid lanzó un par de preguntas esclarecedoras: "Cómo explicarnos que a los países en desarrollo se nos exija reducir el gasto público, cuando otros hacen de un déficit creciente la palanca esencial para la recuperación? Cómo se justifica que, en la interdependencia, unos cuantos disfruten de la prosperidad mientras otros, la mayoría, padecen limitaciones y sacrificios?" La posición de México era hacer entender a los acreedores que para pagar era indispensable, primero, crecer. Actualmente es mundialmente reconocida esta lógica, pero en aquellos años, los criterios del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional eran exclusivamente técnicos y absolutamente ortodoxos.

Otras razones que dificultaron la relación bilateral, y lo siguen haciendo hasta la fecha, han sido la disparidad del desarrollo entre México y Estados Unidos; sus diferencias culturales, sociales y políticas; la interdependencia de ambas economías en la producción, el comercio exterior y las finanzas, así como el constante flujo de trabajadores mexicanos al país vecino. Una extensa frontera compartida ocasiona conflictos en materia de agua, contaminación y tráfico ilegal de personas y de drogas, entre otros asuntos. La vecindad de México con la mayor potencia industrial acarrea oportunidades de complementación y también motivos de desencuentro. En este contexto se desenvolvió la relación bilateral durante el gobierno de Miguel de la Madrid.

El año 1983 transcurrió sin mayores complicaciones. Estados Unidos apoyó la primera reestructuración de nuestra deuda externa tras precipitarse la crisis económica, y en agosto Reagan y De la Madrid se reunieron en La Paz, BCS. Ahí reiteraron el interés mutuo por mejorar las relaciones económicas bilaterales, y afloraron las diferencias de enfoque en la cuestión centroamericana. No obstante, los mandatarios privilegiaron el respeto al punto de vista del otro, y México insistió en superar las divergencias y no profundizar en los desacuerdos.

En mayo de 1984, el Presidente mexicano visitó Washington en un ambiente poco favorable, debido a las diferencias en el tema de Centroamérica y a los graves problemas que sufría la economía de nuestro país. Frente a Reagan, De la Madrid insistió en pedir apoyo de Estados Unidos para la recuperación económica de México; señaló que era necesario controlar el alza a las tasas de interés, flexibilizar el flujo de recursos financieros y abandonar el proteccionismo comercial. Sus palabras no tuvieron mayor eco. A fin de año Reagan fue reelecto para un segundo periodo en la Casa Blanca. Su política intervencionista en Centroamérica y las prácticas proteccionistas habrían de continuar.

Entre 1983 y 1984 tres circunstancias contribuyeron a complicar el trato con Estados Unidos. La primera, una campaña de desprestigio contra México, promovida por sectores conservadores de la política y los medios de comunicación estadunidenses, que irritó a la opinión pública mexicana. Aparentemente, la campaña habría tenido el objetivo de presionar a nuestro país para que modificara su política exterior independiente Para muchos, esta campaña habría sido orquestada por el embajador John Gavin, quien desde 1983 venía haciendo declaraciones ofensivas e indebidas sobre la política interna mexicana. La actitud insolente e intervencionista del embajador fue una constante desde entonces, hasta que fue removido de su cargo en abril de 1986.

La segunda circunstancia fue la en apariencia inminente aprobación por el Congreso estadunidense, en junio de 1984, de un proyecto de reformas a la Ley de Inmigración, conocido como Ley Simpson-Mazzoli, destinada a frenar la inmigración extranjera, y con evidente dedicatoria a los trabajadores migrantes mexicanos. Como ha ocurrido en ocasiones anteriores y posteriores, la opinión pública nacional se indignó ante la medida, y las relaciones se tensaron. Sin embargo, el Presidente De la Madrid optó por mantener la calma y respetar el derecho de Estados Unidos a legislar sobre el tema, no sin antes exhortar a su gobierno a ponderar las consecuencias que tendría para México esta medida unilateral, y exigir que se respetaran los derechos humanos y laborales de los trabajadores migratorios. En el fondo, De la Madrid estaba convencido de que "la realidad manda" y que, aunque la ley fuese aprobada, el flujo migratorio continuaría en tanto Estados Unidos siguiera requiriendo mano de obra, como ha seguido ocurriendo. Finalmente, los desacuerdos entre los legisladores hicieron que la reforma no se aprobara en ese momento, y las discusiones continuaron todavía dos años más.

El tercer escollo fue la amenaza del Senado estadunidense y el Departamento de Estado, a finales del año, de lanzar una "advertencia" sobre posibles peligros para los turistas que visitaran México. Aunque finalmente el aviso no se efectuó, el daño ya se había hecho. Para mayo de 1985, el número de viajeros provenientes de Estados Unidos había disminuido 15%.

Ese mismo año, el narcotráfico se agregó a los temas conflictivos. Estados Unidos, hasta la fecha el país con el mayor consumo de drogas ilícitas, mantenía, como lo sigue haciendo, la política de disminuir la oferta, en lugar de limitar su uso. Esto significó más presión para los países donde las drogas se producían o transitaban, como México.

En febrero de 1985, un integrante de la agencia norteamericana para el combate al narcotráfico (DEA), Enrique Camarena Salazar, fue asesinado en México. Más adelante se supo que su muerte había sido ordenada por un grupo de narcotraficantes afectado por un mayúsculo decomiso de marihuana, todavía el mayor en la historia de México al momento de escribir estas notas, efectuado cuatro meses antes en Chihuahua por el gobierno de nuestro país, en consonancia con la política estadunidense de combatir la producción de drogas.

En aquel entonces, el Departamento de Estado difundió un documento en el que afirmaba, sin aportar pruebas o indicios, que el tráfico de drogas hacia Estados Unidos se debía a la "corrupción gubernamental". Inmediatamente después, entre el 16 y el 25 de febrero Estados Unidos, sin consultar a México, impuso un estricto sistema de revisión en sus aduanas de la frontera común, conocido como Operación Intercepción, que por las molestias y pérdidas ocasionadas a la comunidad en ambos lados de la frontera, provocó un repudio generalizado. Al mismo tiempo, los medios de comunicación de Estados Unidos y funcionarios medios de su gobierno emprendieron una nueva campaña de calumnias contra el gobierno mexicano. El gobierno de Miguel de la Madrid insistió en que investigaría cualquier indicio de colusión oficial con el narcotráfico que le fuera ofrecido; nadie presentó prueba alguna y la campaña persistió aún después de la captura del autor intelectual del asesinato del agente Camarena. Para finales del año la rijosidad amainó gracias a un acuerdo de colaboración contra el narcotráfico entre las procuradurías de ambos países.

En cuanto al comercio, en abril de 1985 México obtuvo de Estados Unidos el derecho a la "prueba del daño" para productos mexicanos, lo que terminó con una añeja política discriminatoria; nuestro país, por su parte, se comprometió a liberalizar más su comercio.

A partir de 1985 México negoció cada año, con el apoyo de Estados Unidos, acuerdos con el Fondo Monetario Internacional que le permitieron reestructurar la deuda externa con los bancos acreedores. Este proceso se describe en las Historias del sexenio en el artículo sobre "Política económica", en esta misma sección. A raíz de los sismos de septiembre de 1985, el Presidente Reagan ofreció su apoyo a México para enfrentar el desastre, y a los pocos días su esposa Nancy entregó un cheque por un millón de dólares como muestra de buena voluntad.

No obstante, durante la mayor parte del cuarto año de gobierno de Miguel de la Madrid no se detuvo el deterioro de las relaciones. Los motivos fueron los mismos: narcotráfico, proteccionismo comercial estadunidense, control y vigilancia reforzados en la frontera, restricciones al flujo de trabajadores indocumentados, divergencias en la política hacia Centroamérica, campañas contra México en los medios de comunicación y declaraciones intervencionistas de algunos funcionarios estadunidenses. La novedad fueron unas lamentables audiencias en el Senado de Estados Unidos sobre la política interior mexicana. El nivel de deterioro en las relaciones se expresó en que, durante 1986, los gobiernos de México y Estados Unidos intercambiaron cuatro notas formales de protesta, tres del primero y una del segundo.

Entre los puntos favorables, se anotan dos entrevistas presidenciales en términos de cordialidad, el levantamiento del embargo atunero a México, progresos en materia de puentes y cruces, y avances en la protección del medio ambiente en la frontera. Estados Unidos se comprometió a promover entre su población la disminución en el consumo de drogas. México enfatizó la necesidad de abordar el problema del narcotráfico no sólo de manera unilateral o bilateral, sino en el ámbito de la cooperación internacional. Este enfoque permanece, y fue recuperado por el Presidente Felipe Calderón al hablar ante la Asamblea General de la ONU, hacia el fin de su mandato.

Ronald Reagan reconoció ante Miguel de la Madrid, en su primera reunión de 1986, el esfuerzo de México para abatir la crisis y reafirmó su apoyo en el proceso de reestructuración de la deuda externa. Nuestro país ratificó su determinación de abrir su comercio mediante su incorporación al GATT. La apertura comercial se aborda con mayor detalle en el artículo sobre "Política económica" de las Historias del sexenio.

La renuncia del embajador John Gavin, el avance electoral del Partido Demócrata y el desprestigio de Estados Unidos ante la comunidad internacional por el escándalo Irangate, contribuyeron a un relajamiento de las tensiones en 1987. En ese año comenzaron a llegar los recursos frescos que México había venido negociando con los bancos acreedores, apoyado por los Estados Unidos, y ambos gobiernos firmaron un mecanismo de consulta bilateral sobre comercio e inversión. Finalmente la ley sobre migración fue aprobada en los Estados Unidos. Aunque hubo una disminución momentánea en el arribo de trabajadores indocumentados al país vecino, con el tiempo el flujo migratorio fue recuperando sus tendencias normales porque la demanda de mano de obra se mantuvo, como lo había previsto el Presidente De la Madrid.

En cuanto al narcotráfico, Estados Unidos admitió los progresos de México en la materia, estuvo de acuerdo en atacar la demanda de drogas en su territorio y acordó precisar las actividades permitidas a los agentes de la DEA en México, dejando claro que era responsabilidad mexicana perseguir a los narcotraficantes dentro de nuestras fronteras. En turismo, cesó la campaña de acusaciones por la supuesta inseguridad de quienes visitaban México, y al finalizar 1987 las visitas desde Estados Unidos se habían reactivado 18% respecto al año anterior. La campaña agresiva de los medios de comunicación estadunidenses también disminuyó. El nuevo embajador, Charles Pilliod, mantuvo una actitud conciliadora, muy distinta a la de su antecesor.

Durante 1988, el año final del gobierno de Miguel de la Madrid, el mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos contribuyó a sortear con éxito las dificultades económicas y el reto de la sucesión presidencial, que se abordan en otros artículos de estas Historias del sexenio.

América Latina

Como se ha visto, América Latina ocupó una especial atención en la política exterior del Presidente Miguel de la Madrid, señaladamente en los temas de la deuda externa, y el conflicto en Centroamérica. Durante su mandato hizo esfuerzos por encontrar afinidades que permitieran abordar estos problemas, lo mismo en los foros regionales que ya existían, como la OEA, el SELA y la ALADI, que en el impulso a la creación de nuevos puntos de encuentro, como se ha visto.

En 1983, México recibió la visita de los presidentes de Colombia, Belisario Betancur, y de Brasil, Joao Baptista Figueiredo. Ambos encuentros sirvieron para hallar coincidencias en la solución del conflicto centroamericano, y para intensificar la cooperación económica y comercial. Un año después, el Presidente De la Madrid efectuó una gira de trabajo por Colombia, Brasil, Argentina y Panamá, con el fin de promover acciones conjuntas frente a los problemas regionales y mundiales, y fomentar la cooperación bilateral. En esa ocasión, el Presidente De la Madrid reiteró su convicción de que para pagar la deuda externa de los países de la región era necesario estimular sus exportaciones y disminuir el proteccionismo en los mercados internacionales. Otros mandatarios que visitaron México durante el periodo de Miguel de la Madrid fueron los de Argentina, Belice, Brasil, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Panamá, Perú, Uruguay y Venezuela, algunos de ellos más de una vez.

Además de abordar temas comunes a la agenda regional, en la visita del Presidente Jaime Lusinchi, de Venezuela, en 1986, se acordaron compromisos para trabajar por la estabilidad de los precios internacionales del petróleo; el de Guatemala, Vinicio Cerezo, vino a México dos veces, en 1985 y 1986; ambas visitas contribuyeron a iniciar el retorno de miles de refugiados guatemaltecos a su país y a distender el ambiente en nuestra frontera sur. Muchos se quedaron en México, pues en ese tiempo ya habían creado lazos familiares con ciudadanos mexicanos. El Presidente De la Madrid correspondió con una visita de Estado a Guatemala, en 1987.

Ese mismo año se reunieron en Acapulco por primera vez los mandatarios que integraban el Grupo de los Ocho; al final de esta cumbre firmaron el Compromiso para la Paz, el Desarrollo y la Democracia, en apoyo al Consenso de Cartagena de 1984, en el que 11 países de Latinoamérica exploraron una plataforma común ante los graves problemas de la deuda externa y la guerra en Centroamérica. A partir de la Cumbre de Acapulco, los países del área lograron una mayor capacidad de negociación frente a las naciones industrializadas para impulsar el desarrollo económico en la región.

Comunidad internacional

Hacia el resto del mundo, la política exterior de Miguel de la Madrid mantuvo el mismo principio de cooperación y respeto que mantuvo hacia América Latina y Estados Unidos, con énfasis en sus llamados a la corresponsabilidad de las economías industrializadas con la difícil situación económica y financiera de los países en desarrollo, la pacificación en Centroamérica y el rechazo a la confrontación entre las grandes potencias y la carrera armamentista. En este último aspecto, el Presidente De la Madrid trabajó resueltamente para promover el desarme nuclear.

En cuanto a los organismos multilaterales, sostuvo la histórica disposición de México a participar en ellos, sin dejar de cuestionar sus insuficiencias. En 1986, al intervenir ante la XLI Asamblea General de la ONU, luego de haber cancelado su participación en 1985, por motivo de los sismos en la ciudad de México, el Presidente De la Madrid criticó la incapacidad de este organismo en los años recientes para contribuir a la paz y al equilibrio entre las naciones.

Durante su estancia en Nueva York, De la Madrid se entrevistó con el rey Juan Carlos de España, el Grupo Latinoamericano en las Naciones Unidas y con los cancilleres del Grupo de los Ocho. En cada encuentro se abordó la necesidad de proseguir las negociaciones para la paz en Centroamérica.

El tema del desarme recibió un impulso crucial en mayo de 1984 cuando Argentina, Grecia, la India, México y Tanzania dieron a conocer un comunicado en el que demandaban a las potencias atómicas poner fin a la carrera armamentista que amenazaba la supervivencia del género humano. Numerosos esfuerzos y reuniones se sucedieron, incluyendo una Cumbre en Nueva Delhi, el 22 de enero de 1985, de los mandatarios del que se conoció como Grupo de los Seis. Con estas gestiones como telón de fondo, previamente, el 8 de enero, Estados Unidos y la Unión Soviética habían reanudado negociaciones. En su reunión de la India, los mandatarios se manifestaron por prevenir la carrera armamentista en el espacio exterior, la prohibición completa de los ensayos nucleares y el dispendio en armamentos. Ofrecieron, asimismo, colaborar en tareas de verificación para el cumplimiento de acuerdos entre las superpotencias. Finalmente, durante una reunión cumbre en Washington, el presidente Ronald Reagan y el líder soviético Mijail Gorbachov firmaron un tratado por el que fueron eliminados más de 2,600 cohetes de corto y mediano alcance desplegados en Europa y Asia, equivalentes a 5% del arsenal nuclear del mundo. Fue la primera vez en que se lograban acuerdos para destruir, no para controlar, armas atómicas. La posterior disolución del bloque soviético terminó con la amenaza de destrucción mutua entre las dos grandes potencias.

Como se aprecia en la sección dedicada a los sismos de 1985 de estas Historias del sexenio, México recibió agradecido las copiosas muestras de apoyo material y moral que le entregó la comunidad de naciones luego de aquellos tristes acontecimientos.

En cuanto a otros actores de la sociedad internacional, México estrechó relaciones con Canadá durante la visita de mayo de 1984 del presidente De la Madrid a ese país. Ahí se expuso el interés de fortalecer el comercio directo, y se compartió la mutua preocupación por los efectos de la deuda externa en los países en desarrollo, y de la guerra de Centroamérica en la región.

Tanto la Europa occidental como la Europa socialista recibieron la atención del presidente Mexicano. En junio de 1985 realizó una gira de trabajo por España, Gran Bretaña, Bélgica, Alemania Federal y Francia, de la que resultaron 45 convenios de inversión conjunta por un total de 682 millones de dólares, y financiamientos en ambas direcciones por otros 755 millones de dólares. Durante la gira, el Presidente de la Madrid abordó con los gobernantes europeos los asuntos de su agenda a los que nos hemos referido en este artículo. En agosto de 1986, el primer ministro de Grecia, Andreas Papandreu, concretó en México la primera visita oficial de un jefe de gobierno griego en 62 años de relaciones diplomáticas. Al año siguiente, el presidente Felipe González, de España, fue recibido en México. Para finalizar el sexenio, la relación de México con los países de Europa occidental había trascendido el marco bilateral, debido al entendimiento con los entonces 12 integrantes de la Comunidad Económica Europea, antecedente de la actual Unión Europea, con la que ahora México mantiene un Tratado de Libre Comercio que ha consolidado a la región como uno de nuestros principales socios comerciales.

Con la Europa socialista se concretó el intercambio de visitas oficiales entre los mandatarios de México y Yugoslavia, la del primer país en 1985 y la del segundo en 1987, durante las cuales se compartieron preocupaciones sobre las rivalidades entre las grandes potencias, los conflictos en diversas partes del mundo, el ascenso del armamentismo y la brecha entre los países ricos y las naciones en desarrollo. Asimismo, se concretaron diversos acuerdos de cooperación comercial e industrial.

En 1986 y 1987 se desarrolló un intercambio similar entre los ministros de relaciones exteriores de la Unión Soviética y México, y en el último de estos años se efectuó una reunión interparlamentaria entre los dos países en Moscú. En cada ocasión, el desarme y la cooperación bilateral ocuparon los puntos más destacados de las agendas.

En el marco de la visita a la India de 1985, el presidente De la Madrid concertó acuerdos con su contraparte en materia de ciencia, tecnología y cultura; un año después, tuvo oportunidad de reunirse con el primer ministro de la India, Rajiv Gandhi, para ampliar a los campos energético, industrial, comercial y turístico los acuerdos de 1985, y para reiterar la disposición de ambas naciones de seguir trabajando por el desarme mundial y la cooperación internacional para el desarrollo.

Las relaciones con la cuenca del Pacífico sirvieron para tender puentes de entendimiento hacia la esperada intensificación de las relaciones comerciales entre América y esa región del mundo, especialmente por vía marítima. Así ocurrió durante la gira de Miguel de la Madrid de diciembre de1986 a China y Japón, en la que se promovieron acuerdos de inversión y comercio, y de cooperación científica y técnica.

Como se ha visto, la política exterior fue un área en la que el Presidente Miguel de la Madrid trabajó intensamente, con la resolución de convertir a México en un actor decisivo en los problemas que afectaban a la humanidad en los últimos años de la Guerra Fría, cuyos efectos en la región significaban un enorme riesgo para México.

Esta actividad complementó exitosamente el enérgico esfuerzo que dedicó a atender la compleja problemática interna y a abrir cauces para el desarrollo económico, político y social de nuestro país, aspectos que pueden consultarse con amplitud en las demás secciones de este portal.