Aparece la crisis


Mientras se llevaba a cabo la campaña de Miguel de la Madrid, y especialmente en 1982,los principales indicadores de la situación de la economía mexicana sufrieron un serio deterioro, y empezó a configurarse lo que sería la peor crisis económica de la historia reciente del país. El hecho inicial que indicó la gravedad de la situación fue la devaluación del peso mexicano frente al dólar el 18 de febrero, después de que el día anterior el Banco de México (Banxico) anunciara mediante un comunicado que se retiraba temporalmente del mercado cambiario, para proteger el nivel de sus reservas monetarias internacionales. El peso sufrió de inmediato una devaluación al pasar ese día de 26.91 a 47 pesos por dólar, pues el Banxico era la institución que proveía a los bancos de los dólares que vendían, moneda que tenía en ese momento una enorme demanda especulativa, dada la presencia de fuertes expectativas de devaluación del peso mexicano. Si bien las circunstancias económicas hacían aparecer como inevitable una devaluación de nuestra moneda, la medida desconcertó a amplios sectores de la opinión, pues el gobierno, en particular el presidente López Portillo, se había empeñado en mantener una política de cambio estable, sosteniendo el valor del peso frente al dólar fijado el año anterior.

En el segundo semestre de 1981 el país había sufrido una disminución de sus ingresos por casi 1 300 millones de dólares, a causa de la caída de los precios internacionales del petróleo, principal producto mexicano de exportación, y por una reducción de las ventas del mismo al exterior. Para compensar esta falta de ingresos, suponiendo que los precios del crudo aumentarían nuevamente en un tiempo breve, el gobierno recurrió a un mayor endeudamiento con préstamos de corto plazo y mayores intereses, sin disminuir, al mismo tiempo, el monto de su gasto y sin limitar, mediante un aumento de los intereses financieros, el gasto privado. Es decir, en 1981 no se estableció ningún mecanismo de ajuste de la economía nacional para enfrentar la disminución de los ingresos. De este modo, el endeudamiento se elevó 57% en 1981, monto mayor que el del débito contratado entre 1975 y 1980, que a su vez había alcanzado récords históricos. Por otro lado, la inflación, medida por el aumento del índice de precios al consumidor, se mantuvo en una cifra similar a la del año anterior, cercana a 30%. Por su parte, el déficit financiero del sector público llegó a 14.7%, como proporción del producto interno bruto (PIB), mientras que el año anterior esta razón había sido de 7.9%. El déficit se convirtió, así, en uno de los principales factores inflacionarios.

A pesar de estos indicadores, sobre todo el de una inflación superior a la de los países con los que México realizaba su comercio exterior -particularmente Estados Unidos-, el gobierno mantuvo estable el tipo de cambio. La sobrevaluación sostenida del peso, además de encarecer las exportaciones mexicanas y de abaratar las importaciones y los gastos de mexicanos en el exterior, llevó a ahorradores y a especuladores financieros a suponer que tendría que sobrevenir una devaluación, por lo que sustituyeron febrilmente sus ahorros en pesos por dólares, de los cuales la mayoría fueron depositados en bancos norteamericanos, lo que significó una enorme salida de capitales del país, en una situación en la que la divisa extranjera se vendía libremente en todos los bancos de México. Esta especulación generalizada con la moneda aceleró, como un factor más, hasta ser el más importante, el cumplimiento de su propia expectativa: la caída del peso. Diversos analistas estimaron que entre mayo de 1981 y febrero de 1982 esta fuga de capitales había sido del orden, aproximadamente, de 20 000 millones de dólares, lo que hizo, a su vez, más apremiante la necesidad de retirar al Banxico del mercado cambiario, máxime que los ingresos en divisas por las ventas de petróleo no tenían visos de recuperarse como inicialmente se había pensado. Dicha institución explicó que el propósito de la medida adoptada era dejar que el tipo de cambio "flotara" libremente hasta que alcanzara de modo natural su nivel de mercado. La paridad promedio en el mes de febrero fue de 44.64 pesos por dólar. Los días que siguieron a la devaluación fueron de desconcierto y expectativas alarmistas, que provocaron la proliferación de rumores en el sentido de que el gobierno establecería un sistema de control de cambios, rumores que fueron desmentidos por las autoridades. Los partidos de oposición de izquierda y sus representantes en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión señalaron que la medida era equivocada y afectaría sobre todo a los más pobres y a las clases trabajadoras. El PAN, por su parte, afirmó que la medida era buena, pero tardía. En conjunto, estos partidos aseguraron que con ella se demostraba el fracaso de la política económica gubernamental. Por otro lado, el sector empresarial ofreció su apoyo al gobierno, indicando que la decisión no debía ser motivo de pánico. Sin embargo, previamente las empresas se habían endeudado por grandes cantidades en el exterior, pues por la sobrevaluación del peso el crédito externo resultaba barato y, además, todo parecía indicar que la economía nacional, así como la internacional, se mantendrían estables. De este modo, la devaluación aumentó automáticamente la deuda de las empresas medida en pesos, por lo que de la iniciativa privada surgieron voces alarmistas que advertían sobre la posibilidad de quiebras de empresas en cadena.


La devaluación y la falta de divisas provocadas por el retiro del Banxico del mercado de cambios tuvieron un efecto particularmente grave para la población que habitaba en la región de la frontera con Estados Unidos. Dada la sobrevaluación del peso, la población fronteriza se había acostumbrado a hacer una buena parte de sus compras cotidianas en poblaciones del lado norteamericano. El encarecimiento de los dólares y su escasez obligaron a disminuir considerablemente este consumo, lo que aumentó en la misma proporción la demanda de productos nacionales, cuya distribución, por la misma circunstancia, era reducida. El movimiento del comercio cambió de dirección: después de la devaluación consumidores norteamericanos cruzaban la frontera para adquirir gasolina y otros productos mexicanos, que entonces les salían más baratos, lo que hacía todavía más exigua la oferta de bienes de uso cotidiano.

Al día siguiente de la devaluación, el 19 de febrero, el presidente López Portillo explicó que se había visto forzado a ordenar la medida del Banxico, pues las reservas de éste habían sufrido "verdaderos asaltos". En el silencio de su despacho, agregó, había tomado la dolorosa decisión, para evitar que se agotaran las reservas. El Presidente sostuvo que la medida era un mal menor, que formaba parte de una serie "para defendernos de la depresión internacional que nos afecta y para consolidar el trabajo de todos los mexicanos." Por su parte, el candidato del PRI a la Presidencia de la República había expresado el 15 de febrero, en un acto de campaña con su partido en Villahermosa, Tabasco, que "muchas veces, en los últimos años, hemos dejado solo a López Portillo", y había advertido que él no quería gobernar solo, sino con un PRI fortalecido. El 8 de agosto el Presidente confirmó esta percepción, al declarar que había intentado defender el peso, "pero no lo defendimos todos. Se hubiera necesitado una jauría completa para hacerlo... se rompió la disciplina... No basta que el Presidente quiera defender algo".

El 19 de febrero el gabinete económico inició la discusión de un programa de ajuste para enfrentar la inflación, que contemplaba una disminución de 3% del gasto gubernamental, el congelamiento de precios de aproximadamente 5 000 artículos y mayores tasas de interés bancario que fomentaran el ahorro y desalentaran la dolarización y, con ello, la salida de capitales. Sin embargo, el aumento del tipo de cambio, señalaron los analistas económicos, aceleraría el paso de la inflación, pues una buena parte de la planta productiva del país requería de insumos importados, cuyo precio había aumentado en relación con el tipo de cambio.

Por su parte, el candidato Miguel de la Madrid declaró el 22 de febrero, durante una reunión de consulta popular con el CEPES del Distrito Federal, que el ajuste en la política económica había sido inevitable, para no caer en un incremento excesivo del endeudamiento externo, al que se tendría que haber recurrido en caso de mantener por más tiempo la sobrevaluación del peso. Reconoció que se trataba de una medida "dura que, no lo podemos ocultar, provocará trastornos e implicará nuevos retos". El 3 de mayo, en una entrevista con el grupo de periodistas "Veinte mujeres y un hombre", De la Madrid dijo que la flotación del peso era la técnica que mejor se adecuaba a la circunstancia presente y que las épocas de paridades fijas habían quedado atrás.

En esta misma entrevista, el candidato señaló que era inmaduro atribuir los problemas de la economía nacional al mundo externo y no a sus causas internas. Había que reconocer, añadió, "los límites de la realidad y no vivir en un mundo de fantasía o de juego". El candidato aceptó que el ingreso real de los trabajadores se veía afectado, por lo que era necesario establecer "una política integral de relación de precios con salarios", de modo que se protegiera el poder adquisitivo de éstos. Pero también, indicó, había que pensar en quienes no tenían un salario, en los marginados del campo y la ciudad. Agregó que uno de los más grandes retos de su gobierno sería abatir los índices inflacionarios, causa principal del deterioro del tipo de cambio y de los salarios.

Expuso que para nivelar las finanzas públicas combinaría instrumentos diversos, como los impuestos, precios y tarifas de bienes producidos por el sector público, y deuda tanto interna como externa. Negó que en México fuera posible implantar un sistema de control de cambios, dada la enorme frontera de México con Estados Unidos, la dimensión de las transacciones fronterizas, la estructura de nuestro comercio exterior y el turismo.

Los acontecimientos brevemente descritos tuvieron un costo político para el gobierno, en particular para el Presidente de la República. José López Portillo había justificado vehementemente la política de sobrevaluación del peso, por lo tanto, la caída de éste fue tomada como un fracaso personal del Primer Mandatario. Por otro lado, desde la sustitución del director de Petróleos Mexicanos en junio de 1981, a raíz de la disminución del precio internacional del petróleo mexicano, se habían manifestado diferencias entre los miembros del gabinete económico, lo que daba la impresión de que no había control de la situación. Desde julio, José López Portillo se había referido al "mar de desconfianza" que privaba en el país.

Al siguiente mes de la devaluación, marzo de 1982, otros hechos atizaron el desconcierto entre la población y el desgaste de la popularidad presidencial. El 16 de marzo el Presidente aceptó la renuncia del secretario de Hacienda y Crédito Público, David Ibarra Muñoz, quien fue sustituido en el cargo por Jesús Silva Herzog. Al día siguiente renunció también el director del Banxico, Gustavo Romero Kolbeck, quien fue remplazado por Miguel Mancera Aguayo. Los nuevos funcionarios, se comentó en la prensa, estaban vinculados al grupo político de Miguel de la Madrid. Estos cambios afirmaron la impresión de que se había perdido el control de los fenómenos económicos, por lo que se hacía necesario buscar una mayor homogeneidad en el gabinete económico.

Inmediatamente después de la devaluación, el Congreso del Trabajo había solicitado un ajuste salarial para compensar la disminución consecuente del poder adquisitivo del ingreso de los trabajadores, para lo cual se iniciaron pláticas ante la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) entre representantes de los obreros y de los patrones. Como éstos no pudieron ponerse de acuerdo, pidieron que esa institución resolviera el diferendo. El 19 de marzo el titular de la STPS resolvió un aumento salarial de 30, 20 y 10 por ciento, de acuerdo con el monto de los salarios en ese momento y de manera retroactiva al 18 de febrero. El primer porcentaje se aplicaría a los salarios que llegaran hasta 20 000 pesos mensuales, el segundo a aquellos que estuvieran entre esa cantidad y 30 000 pesos, y el tercero a los que excedieran esta cifra.

Aunque los líderes de todos los organismos empresariales acataran la resolución, afirmaron que los aumentos eran excesivos y que probablemente provocarían el cierre de algunas empresas que no estaban en condiciones de otorgarlos. Los incrementos motivaron de inmediato alzas en los precios de prácticamente todos los productos de las empresas particulares, lo que, unido al efecto de la devaluación en los bienes importados, hizo que la inflación se acelerara. Con esto, los voceros empresariales criticaron con mayor dureza el aumento de los salarios como la razón principal del crecimiento de los precios y fue el nuevo pretexto para justificar su desconfianza en la política económica.

El 20 de abril el gabinete económico anunció un plan de estabilización de la economía, cuyo principal objetivo era contener la inflación. El programa proponía reducir el gasto público en 8%, limitar el endeudamiento externo a 1 1000 millones de dólares en el año, aumentar los precios y tarifas de los bienes y servicios producidos por empresas y organismos del sector público, evitar la sobrevaluación del peso respecto del dólar y elevar las tasas de interés bancarias para fomentar el ahorro. Algunas medidas, como el incremento de los precios y tarifas del sector público, se hicieron efectivas hasta principios de agosto.


Los hechos reseñados fueron haciendo evidente a la conciencia de los mexicanos que el país entraba en una de sus peores crisis económicas. Fue entonces cuando la palabra crisis empezó a ser común en el lenguaje de casi todos los grupos sociales. La popularidad y la credibilidad del gobierno y del Presidente de la República llegaron en estos meses y en los siguientes al punto más bajo de los últimos tiempos, lo que dio lugar a que diversos analistas y representantes de la oposición hablaran, equivocadamente, de una crisis de legitimidad. La frustración era mayor en la medida en que en los años anteriores se habían observado altos crecimientos de la economía nacional y el mismo Presidente había anunciado un porvenir caracterizado por años de abundancia. En este contexto, se hicieron más acerbas y frecuentes las censuras a la corrupción que privaba entre algunos funcionarios y empleados del gobierno en todos los niveles. En esos momentos eran pocos quienes fuera del sector público recordaban que el crecimiento económico había ampliado considerablemente la capacidad productiva del país y generado empleos en una proporción casi sin precedentes.

Naturalmente, el deterioro palpable de los indicadores económicos planteó nuevas dificultades a la campaña de Miguel de la Madrid y, en general, de los candidatos del PRI al Congreso de la Unión, quienes habían comenzado sus respectivos trabajos electorales en marzo. De ahí que el candidato a la Presidencia de la República orientara aún más su discurso hacia la proposición de cambios de fondo, sintetizados en siete criterios políticos propuestos a su partido y a la nación en enero. Los acontecimientos económicos, que desde febrero ocuparon más que ninguna otra cosa la atención pública, se hicieron también una referencia más frecuente en los discursos del candidato. Su comprensión del problema y sus propuestas buscaban imbuir esperanza entre la población, sin demagogia, pero sí con entusiasmo. Las siete tesis, como las desarrolló el candidato, fueron la semilla de esa esperanza.

Yucatán 10 de marzo de 1982 Foros campesinos

Esto era un foro para campesinos mayas que vinieron ayer desde sus comunidades del sur de Yucatán, de sus ejidos sin agua, del Valle de Becanchén, de las 40 mil hectáreas de páramos desolados que dejó el desmonte, de las tierras que iban a ser y nunca han sido porque en ella han abrevado dos castas, la divina y la de sinvergüenzas.

Llegaron a esta bodega que ayer estaba vacía con sus huaraches viejos y sus mantas usadas y sus miradas alcoholizadas y sus cartas; una, en sobre blanco, arrugadita; otra, en sobre de borde tricolor, de correo aéreo; una más en sobre de papel manila.

A la mano. Sí señor, para entregarlas en la mano de Miguel de la Madrid antes de que empezara el siéntense compañeros y el suban y el bajen sus mantas.

Foro campesino de ejidatarios fuera de la ley, le dicen al candidato, porque ha de ver, compañero Miguel de la Madrid, que los ejidos están sin resoluciones ejecutadas.

Era foro campesino cuando Manuel Negrón Puc, indio maya presidente de la Unión de Ejidos Productores de Cítricos, le dice a Miguel de la Madrid que ellos, los campesinos, "están conscientes de la situación crítica, desde el punto de vista económico, por la que atraviesa actualmente nuestro país", pero, señor candidato:

"Que por favor perforen pozos de agua para el consumo humano, y que el Seguro Social les dé mejor servicio y una ambulancia y -dice Leovigil de Uicab López- que por favor se estimule el consumo de la miel y de la jalea real y del polen", y que - dice una manta- "urge nos apoye para la siembra del cultivo de la piña".

Y luego Valeriano Uc Moo, de la Asociación de Sociedades Porcícolas del estado, señor candidato: hacen falta bombas, transformadores, inversiones, créditos, energía eléctrica, caminos, pies de cría...

Aquí estaban estos campesinos en su foro con Miguel de la Madrid, candidato del PRI a la Presidencia de la República, planteando sus problemas y sus necesidades sin rollos, ni demagogia, ni giros políticos.

Luis Gutiérrez Uno Más Uno

Quintana Roo 11 de marzo de 1982 Esperando al candidato

A 30 000 pies de altura mientras el avión consumía el espacio entre Mérida y Chetumal, desde su cabina, el piloto informó: "Señores pasajeros en unos minutos aterrizaremos en Chetumal. Ahí, la temperatura es de 22 grados centígrados. Muchas gracias por viajar con nosotros. Ajústense sus cinturones."

Pero este sol que enceguece y exprime, contradice al piloto. Qué calor... Ya no hay conversación. Sudor que pica y pega.

El micrófono pegado a los labios, a la boca incansable. El altavoz que le surgía de la cintura. Así estaba el hombre en la esquina de la Avenida de los Héroes en Chetumal. Así decía:

-Ya viene nuestro candidato. Ya avanza. Ya llega. Acuérdense que en cuanto pase, se mueven al templete. En la esquina de Carmen Ochoa de Merino. Y rapidito se mueven al Bahía.

Retadora, furiosa, una mujer de la primera fila replicó:

-¿Y cómo vamos a llegar?, ¿en avión?

-Jijo. Es peor que si hubiéramos ido a trabajar -protestó una güera de la SAHOP.

-Ese aplauso, que se sienta. Que se escuche. Que don Miguel vea lo que lo queremos en Chetumal. Arriba. Arriba. Que se oiga.

-Órale esos de la "Sarch". Órale esos de la "Sarch".

-Ese, ése, no se quede. Déle duro. Órale, dele. Ése.

Y, sí, la gente se dejaba arrastrar por la curiosidad. Y luego se arrebataba ante la visión, como en cámara lenta, de don Miguel que iba en lo alto de un vehículo descubierto, para desde ahí entregar sonrisas muy altas y saludos. Y junto a él, doña Paloma, su mujer. Y detrás Pedro Ojeda Paullada y los sectores: Víctor Cervera, Humberto Lugo Gil, Alfonso G. Calderón.

Antiguos caracteres en la fachada contaban que estaban frente a la Escuela Socialista Belisario Domínguez. Año de 1936...

Pero hoy es Chetumal. Y la visión de la escuela socialista se apaga al paso de este convoy que te lleva y arrastra y te deja ver a esta gente que se da codazos por ver a don Miguel. Y la marcha es lenta. Como el paso de un tiempo deliberadamente retrasado. Y junto a ti se alinean las once muchachas morenas, frescas, rotundas, vestidas de cozumeleñas. Sus largas faldas de "charmés" o "tafeta" azul, revelan la silueta. Y lamen el piso. Cozumeleña. Traje de chiclera. La cabeza cubierta con la pañoleta con los símbolos de Quintana Roo: la estrella, el caracol y los tres pinos, y niños con matracas. Y mujeres que hacen chocar raquetas de ping pong...

Miguel Reyes Razo El Universal

 
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