Camino a la Presidencia

"MES: DICIEMBRE"

RECIBÍ UN GOBIERNO MUY DESARTICULADO. Su poder se desgastó de una manera tremenda en los meses anteriores a mi toma de posesión. Ahora hay que reconstruirlo, volverle a dar ascendencia y capacidad de acción. La situación es realmente crítica. Debo tomar medidas tan drásticas que me preocupa la tensión social que puedan generar. No tengo alternativa, porque si seguimos retrocediendo, podemos caer en un caos que dé pie a un gobierno dictatorial.

Pero antes de iniciar la narración del estado en que encontré el gobierno, quiero asentar las circunstancias que me llevaron a la Presidencia de la República. Ello servirá para entender mejor el entorno.

"Camino a la Presidencia"

La sucesión presidencial constituye un proceso muy complejo e incierto. Llegado el momento, lo único que se puede hacer es esperar. Uno de los aspectos más interesantes de esa etapa consistió en observar la actitud de Fidel Velázquez. El viejo líder obrero organizó, utilizando como intermediario a su lugarteniente Joaquín Gamboa Pascoe, varios desayunos en casa de éste. En las primeras ocasiones nada más nos estuvimos midiendo. Ya después, él me dijo: “Yo estoy esperando a que López Portillo me diga por dónde va la cosa. Nunca me muevo solo en este terreno, pero si a usted se le hace, yo lo apoyaré”.

Estoy seguro de que tuvo conversaciones similares con los otros precandidatos. Pasado el momento, me ha contado que algunos, como Javier García Paniagua, Pedro Ojeda y Agustín Alanís, no solamente platicaban con él en esos términos, sino que directamente le hacían la corte y le pedían ayuda y apoyo. Por cierto, mucha gente considera que había una gran cercanía entre García Paniagua y Fidel Velázquez. Esto no es exacto. La verdad es que don Fidel se estuvo esperando. Yo, por mi lado, nada le pedí; ni siquiera busqué los encuentros que tuve con él.

El día en que se tomó la decisión fue el lunes 21 de septiembre. López Portillo había pasado el fin de semana anterior en Monterrey, donde el sábado 19 anunció que era necesario adelantar el proceso. Tal declaración venía al caso, pues con anterioridad había dicho que no destaparía al candidato del PRI hasta después de la reunión internacional que se realizaría en Cancún en el mes de octubre. Yo tenía acuerdo ese lunes 21. Fui a él, traté mis asuntos y cuando terminé, me despedí. Le dije:

—Señor Presidente, esto es todo lo que le tenía que tratar. Si está de acuerdo, me retiro.

—No es todo —me contestó. En ese momento supe lo que me iba a decir.

Me preguntó:
—¿Está usted fuerte?
—¿Como para qué, señor Presidente? —respondí.
—Como para la Presidencia de la República.
—Sí, lo estoy.
—¿Está usted preparado?
—Sí, estoy preparado.
—Pues prepárese más, porque va a ser usted.
Entonces me explicó por qué me había escogido. Señaló que yo tenía las cualidades necesarias para el puesto, pues era el más capaz para modernizar el sistema y mi acceso al poder significaría un relevo generacional. Añadió que la opinión pública ya estaba preparada para mi candidatura. Me dijo:

—Va a ser esta semana.
—¿Debo hacer algo? —pregunté.
—Trate de que no se le note. No lo comente, ni siquiera con su esposa

Paloma. Puede ser el jueves o el viernes.

Pasaron los días y no me avisaba nada. El viernes estaba invitado a una gira de trabajo con él. Así que el Estado Mayor mandó pedir mi maleta y yo la entregué. Llegó el miércoles sin que hubiera recibido ningún mensaje. Ese día, mientras comía con Adolfo Lugo en el comedor de la Secretaría de Programación, hablaron por teléfono del Estado Mayor para decirme que el Presidente me invitaba a desayunar el viernes 25, a las 8:30 de la mañana. Pregunté, puesto que íbamos a salir de viaje, si debería presentarme al desayuno de traje o con ropa informal. Me contestaron que sería mejor que lo hiciera de traje y que después podría cambiarme.

Llegué a Los Pinos, e inmediatamente el Presidente me pasó al comedor de la parte de arriba de su casa. Abajo, en la biblioteca, tenía a Javier García Paniagua y, en su despacho, a los dirigentes de los sectores del PRI. En otro salón estaban los líderes de las cámaras de Diputados y de Senadores. Arriba me condujo a su recámara, por cierto con la cama todavía destendida, y me dio unos periódicos para que esperara. Me dijo: “Voy a hacer la maniobra y luego le llamo”. A los pocos minutos subió y me preguntó:

—¿Qué tal se lleva usted con García Paniagua?
—Bien —le contesté—. Él agregó:
—Es un elemento muy valioso. Sabe muchas cosas, cosas que a veces uno mismo ignora. Puede ser un buen secretario de Gobernación.

Le comenté que tenía ciertas reservas, porque sabía que Javier era proclive a la violencia física. Entonces López Portillo me dijo:

—Pues en ocasiones eso se necesita.
—Sí. La diferencia está en que García Paniagua la tiene como primera solución y yo como última.
—¿Tiene inconveniente en que lo deje como jefe del partido?
—Déjemelo, vamos a observarlo.

Luego bajamos a la biblioteca, donde estaba esperando García Paniagua. Ahí, López Portillo me dijo:

—Licenciado de la Madrid, el presidente del partido me informa que después de realizar una profunda auscultación, todos los sectores se manifiestan a su favor y le proponen la candidatura del partido a la Presidencia de la República.
García Paniagua tenía el semblante muy rígido, aunque supongo que todos lo teníamos igual en ese momento. Me dijo que dejaba la presidencia del partido a mis órdenes.
—Quédate, somos amigos —le contesté.
—Se necesita una gente de confianza —respondió.
—¿Por qué no continúas? Podemos trabajar juntos —insistí.

Entonces López Portillo dijo: “Yo ya acabé mi tarea, ahora le toca al parti- do”. Dicho esto, nos llevó al despacho donde estaban los líderes de los sectores y nos dejó.

Pasados los comentarios del caso, los dirigentes me preguntaron cuándo quería yo que se hiciera la ceremonia formal. Les contesté: “Hoy”. Me dijeron que era muy precipitado, y me sugirieron que se hiciera al día siguiente en la mañana. Yo insistí en que fuese ese mismo día, así que todo se organizó para ese mismo viernes.

Me imagino que Fidel Velázquez ya lo sabía, porque el miércoles hubo una cena en la Secretaría de Relaciones Exteriores para un visitante extranjero, no me acuerdo quién, y a la salida, Gamboa Pascoe me detuvo y me dijo: “Lo felicito, ya supe”. Así que si Gamboa estaba enterado, seguramente también don Fidel.

De los tres que López Portillo había considerado para la candidatura, Jorge Díaz Serrano fue el primero en quedar descartado. Sus posibilidades se acabaron cuando salió de Pemex a mediados de 1981. En junio de ese año se adelantó a bajar los precios del petróleo sin consultar al gabinete. Yo personalmente creo que López Portillo lo había autorizado. De cualquier forma, José Andrés de Oteyza le desató una lucha brutal. Para ello se alió con José Ramón López Portillo.

Tiempo después escuché decir que el Presidente había tenido que correr a Díaz Serrano, porque si no lo hacía, ya no lo podría parar. Éste ya contaba con mucha prensa, con Carlos Hank González, con todos los contratistas, con el sindicato de Pemex y, desde luego, con la famosa conexión Bush.

Así que el otro finalista en la sucesión presidencial fue Javier García Paniagua. El presidente López Portillo lo tuvo como una opción hasta el último momento. Por ello su reacción, al conocerse la decisión, fue violenta. Tomó el proceso como si se hubiera organizado directamente en su contra. Respondió visceralmente.

En privado, con amigos, despotricó, pateó escritorios, mordió el tapete, dio todo género de muestras físicas de su enojo. Su irritación lo llevó a hablar mal de López Portillo. Dijo, incluso a gente cercana a José Ramón, que las cosas no iban a salir bien, que López Portillo lo había traicionado y que nos iba a mandar matar, tanto al Presidente como a mí.

A los pocos días, López Portillo me habló para decirme que García Paniagua se estaba portando mal. Yo le contesté: “Así es”. Él añadió:
—¿Qué quiere que hagamos?
—Quítelo —le dije.
—Vamos a ver —contestó.

Por su lado, García Paniagua me llamó y me dijo que López Portillo le había perdido la confianza. Quería saber si yo también se la había retirado. Aproveché para decirle:

—Pues mira, sí hay motivos para que te haya perdido la confianza. Dicen que nos vas a mandar matar. Corrígete, cambia de actitud, haz declaraciones fuertes. No atendió mi recomendación. Pasaron tres semanas entre esa fecha y la de mi protesta como candidato del PRI, así que tuvo mucho tiempo para aclarar su postura y no lo hizo. Al contrario, en esos días se armó un gran barullo.

Él, por su parte, me aclaró que no pensaba participar en mi gira electoral, pues consideraba que su presencia podría disminuir la mía. Yo lo invité a reconsiderar, manifestándole mis dudas sobre su argumento. Le hice ver que, en mi opinión, tenía que acompañarme cuando menos a las capitales de los estados. Luego me informó que no iría a mi primera gira, porque lo había citado el Presidente.

El 14 de octubre, cuando estaba en el hangar del PRI para iniciar esa gira, me habló por teléfono López Portillo y me dijo:

—He considerado que tendrá una campaña mejor apoyada por el PRI si quito a García Paniagua. Así que he nombrado a Pedro Ojeda Paullada. Javier se está portando de una manera muy rara. Lo que voy a hacer es un enroque. Voy a mandar a Javier a la Secretaría del Trabajo y a Pedro al PRI.

Colgamos, y me puse a pensar en lo que significaba el cambio. Por otro lado, me dije, “ahora es cuándo”. Así que me comuniqué de nuevo con el Presidente y le dije:

—Si hay cambios en el partido, creo que éstos deben ser completos. Quiero que se quite a Guillermo Cosío Vidaurri y a González Cosío, que son gente muy cercana a García Paniagua, y que ocupen la secretaría general y la oficialía mayor Manuel Bartlett y Adolfo Lugo, respectivamente.

—No es cosa mía —me contestó López Portillo. Platíquelo con Pedro Ojeda.

Le hablé a Pedro y le pedí esos cambios, diciéndole que el Presidente me los había autorizado. Ojeda me contestó que él se encargaba de que ese mismo día se realizaran.

No sé cómo haya ocurrido en ocasiones anteriores, pero durante mi campaña el partido estuvo dividido en dos. Trabajó tanto para mí como para el Presidente. López Portillo puso a Pedro Ojeda en la presidencia del partido, pero Pedro se portó de una manera muy institucional.

En mi caso, sólo hasta el momento en que se determinó que yo iba a ser el candidato del PRI, me pregunté realmente cómo plantear mi plataforma de acción. Sin embargo, debo reconocer que en cuanto me nombraron secretario de Programación y Presupuesto pensé que era presidenciable.

Entonces empezó un juego muy interesante: el orientado a alcanzar la candidatura presidencial. En este juego intervienen varios factores. Tres, en mi opinión, son los principales. El primero ocurre en el ámbito de la relación personal entre el secretario de Estado y el Presidente de la República. En esa relación, el secretario debe ser capaz de ver hacia dónde se dirige el Presidente, qué es lo que realmente quiere lograr; debe también ser capaz de confrontar lo que el Presidente quiere con la realidad, y, finalmente, transmitirle esa reflexión a través de un diálogo en el que también le dé a conocer su propia concepción de la realidad. Este juego es complejo: en él les va mal a los que siempre dicen que sí, y peor aún a los que siempre dicen que no. El segundo factor se da en las relaciones entre el secretario de Estado y el resto del aparato gubernamental. Aquí, aparte de la relación que el secretario tenga con el Presidente, es importante la fama que pueda ir cobrando como un ser conflictivo o incapaz de llegar a conclusiones efectivas. De ser así, también perdería la partida. El tercer factor determinante es la imagen que el secretario proyecta ante la opinión pública.

Creo que, además de haber jugado con éxito este juego, el hecho de que fui capaz de elaborar el Plan Global de Desarrollo constituyó uno de los factores que hicieron que la decisión se orientara a mi favor. Así me lo dijo López Portillo, quien me señaló que él consideraba que una de las aportaciones fundamentales de su gobierno había consistido en darle un empujón a la planeación. Destacó que, independientemente de otras cualidades, de todos, yo era quien había demostrado una mayor capacidad para crear un esquema global, en el que lo múltiple y diverso de nuestra realidad nacional cobraba un orden coherente.

En esta tarea me fue muy útil analizar los errores de Carlos Tello y de Ricardo García Sáinz. Esto me permitió elaborar una lista de lo que no se podía ni debía hacer, lo que me ayudó a determinar aquello que era factible y deseable. Este reto me enriqueció enormemente. El puesto de secretario de Programación y Presupuesto fue, de todos los que tuve en mi carrera pública, el que mejor me preparó para desempeñar la responsabilidad presidencial.

López Portillo me comentó también que, en su momento, él se había hecho la siguiente reflexión: si lo del petróleo sigue bien, el Presidente debe ser Jorge Díaz Serrano; si hay inseguridad en el país, la persona adecuada es Javier García Paniagua, y si el país enfrenta problemas económicos, el indicado es Miguel de la Madrid.

Volviendo a la campaña, es importante señalar que, por todas sus características, ofrece una visión única del país. El conocimiento de nuestra realidad que me dio fue lo que hizo posible que madurara la armazón conceptual de mi plataforma de acción.

Por eso, sobre la marcha empecé a sistematizar las tesis que compusieron la plataforma ideológica de mi campaña. A finales de diciembre, en vísperas de la gira que hice a Tuxtla Gutiérrez, vi la necesidad de conceptuarla y me reuní con mis colaboradores —Manuel Bartlett, Carlos Salinas, Miguel González Avelar, Enrique González Pedrero y Emilio Gamboa— para analizar los diferentes rubros de la realidad, cuestionándonos el significado actual de los postulados que forman la ideología de la Revolución mexicana. En ese proceso cotejamos los contenidos ideológicos propios de nuestra evolución histórica con las demandas reales de nuestra sociedad en el momento actual. Aglutinamos puntos que pudiesen formar unidades, surgiendo de ahí las tesis que fueron desarrolladas y expuestas en los discursos que posteriormente pronuncié.

De manera que yo considero que sí se puede llegar a la Presidencia con una idea clara de por dónde deben ir las cosas, pero sólo a partir de que se llega a ella es posible definir la estrategia y planear la táctica para la realización de un proyecto específico.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.