Primer Informe de Gobierno: qué decir y cómo decirlo

"MES: AGOSTO"

Aunque en agosto ocurrieron cosas importantes, todo el mes estuvo permeado por el reto y la novedad que me significó la elaboración de mi Primer Informe de Gobierno. Su trascendencia, enmarcada en una ceremonia que ha hecho tradición entre nosotros, lo convierte en el foro anual más importante para el Presidente de la República.

Mi intención original fue hacer del informe un mensaje breve dirigido a los televidentes; sin embargo, acabé concediendo, como tradicionalmente ha ocurrido, un espacio a cada secretaría. Cambié de idea, porque sentí que la sociedad mexicana, que en muchas ocasiones sólo obtiene información parcelada y de baja calidad, estaba esperando que yo le brindara información sobre cada una de las partes del gobierno, formando con ella un todo coherente.

Fui temiendo, al ir analizando posibles versiones de un informe-mensaje corto, no satisfacer las amplias expectativas generadas en diversos grupos de la sociedad. Creo que muchas de las personas que escuchan el informe lo hacen con distracción, y sólo ponen interés cuando se menciona al sector en que intervienen o con el que están directamente relacionados. Por ello, consideré necesario mencionar a todos los sectores.

Estas expectativas, presentes siempre, cobran mayor intensidad cuando se trata del Primer Informe, pues la sociedad considera que este acto es importante en el proceso de definición de un Presidente entrante. Debido a ello, en el fondo me parece que éste fue un informe de transición, ya que espero que para el año entrante el ambiente de expectativa haya cambiado y yo pueda hacer un informe más conciso.

Respecto a su elaboración, creo que esta vez se trabajó de una manera más institucional de lo que se había hecho con anterioridad. La SPP, como siempre, juntó el material esencial para el informe, pero antes de presentármelo se preocupó porque éste fuera validado por cada una de las dependencias.

El primer documento constaba de aproximadamente 220 páginas, que se dividieron, conforme a la estructura del Plan Nacional de Desarrollo, en Introducción, Política del Estado mexicano, Política económica general, Política social, Políticas sectoriales, Política regional y Mensaje político. Después de este primer documento, se preparó una versión más concisa de acuerdo con los lineamientos generales que yo di, en los que señalé que no deseaba que el mensaje durara más de dos horas.

En la primera versión resumida que se me entregó, todo el material fue organizado de acuerdo con una estructura correspondiente a las tesis de mi plataforma electoral. Yo solicité esto, porque me pareció que podría ser una forma novedosa de presentar las cosas pero, al escucharla, me di cuenta de que no era realmente lo que yo quería. Fue entonces cuando la SPP me presentó una nueva versión concisa, en la que se seguía el mismo orden que el señalado en el primer documento.

Para analizar estos trabajos formé una Comisión del Informe Presidencial, en la que participaron los miembros de mi staff. Esto lo hice para cubrirme de los riesgos, es decir, para que dicho grupo ayudara a detectar errores o problemas, y también porque me gusta el trabajo en equipo. En esto, la elaboración del informe fue diferente de la acostumbrada en los años anteriores, pues, hasta donde yo sé, López Portillo trabajaba sólo con su hijo José Ramón y con Rosa Luz Alegría.

El proceso me fue muy útil, pues me fue indicando el tono y el contenido que debería tener el informe. Ahora bien, yo estaba consciente de que estos trabajos de apoyo tenían un límite, y que era necesario que yo me hiciera cargo del texto personalmente. El material que se me entregó estaba suficientemente articulado para facilitarme una redacción fluida, aunque no creo que la versión final haya tenido más de un 15% del material de la última versión que recibí.

La estructura del informe tuvo tres vertientes. Por un lado, las tesis de mi campaña electoral; por otro, el Plan Nacional de Desarrollo, y, finalmente, una estructura que lo relacionaba con las dependencias del gobierno. Ahora bien, estos tres rubros ya estaban relacionados entre sí en el Plan Nacional de Desarrollo, pues éste contempla tanto la división sectorial como los conceptos ideológicos expresados en las tesis de mi campaña. No es que yo me haya propuesto explícitamente unir estas estructuras, sino que la concepción de la realidad que me ha ido dando la elaboración de esos documentos ha arraigado en mí. En efecto, yo creo que tanto la elaboración de las tesis como del Plan Nacional de Desarrollo afinaron mi punto de vista sobre la realidad y éste, necesariamente, apareció en el informe.

Esta congruencia entre los principales documentos que he producido asusta a algunos, quienes temen que esa misma coherencia desemboque en rigidez. Sin embargo, yo siento que es necesario que el Presidente dé pautas consistentes, pues sabe que éstas serán retomadas por diferentes grupos para desarrollarlas y enriquecerlas. Los postulados que he hecho seguramente serán comentados por el PRI, por los miembros del partido en las dos cámaras, por los gobernadores, por los presidentes municipales, y marcarán el camino ideológico para los administradores públicos. En cuanto al temor de que la coherencia caiga en inflexibilidad, creo que lo que hay que fortalecer en este país es nuestro sentido de perseverancia.

Mi experiencia personal al elaborar el informe fue grata, aunque debo reconocer que hacia mediados de agosto, después de mi entrevista con Reagan, empecé a sentirme nervioso al ver que el tiempo se venía encima y yo no tenía el documento listo. Sin embargo, cuando pude sentarme a escribirlo y saqué adelante el capítulo político, advertí que me sería fácil continuar.

En realidad, la elaboración del informe representó una distracción respecto a mis labores usuales que no me aportó ninguna novedad informativa. A nivel reflexivo, sólo confirmé y afiné conceptos e impresiones que ya tenía. Pude medir los logros y los límites de cada secretaría de Estado. Encontré que en esta evaluación nada me sorprendió. Lo que me resultó grato, novedoso, fue el proceso de armar el discurso. Fue un trabajo intenso, pero no agobiante.

En lo que se refiere a la ceremonia misma del primero de septiembre, creo que es poco lo que se puede cambiar. Constituye una de las pocas ceremonias que cuenta con cierta tradición, sin perder su sentido político. Por ejemplo, no creo que se justificara modificar el recorrido tradicional al Palacio Legislativo. Respecto a la ceremonia misma, considero que sería deseable leer un documento más breve.

En cuanto a mi deseo de que no hubiera aplausos, he oído muchos comentarios. Mi conclusión es que para los que están en el Palacio Legislativo, y que podríamos llamar el grupo participante de la sociedad, resultaría más agradable que sí los hubiera. No puede negarse que esto permitiría más comunicación entre el Presidente y el público, así como recalcar ciertas ideas centrales. Además, los aplausos permiten medir la reacción de la gente y, finalmente, rompen el tedio de una lectura larga, al permitir a la gente ponerse de pie y estirar las piernas. Por otro lado, creo que a quienes no están en el Palacio Legislativo sí les resulta más agradable que no se aplauda. Los televidentes sólo perciben en los aplausos un culto a la personalidad.

La respuesta formal al informe por parte de un legislador es también tradicional. En esta ocasión, la de Irma Cue me resultó grata. Creo que fue buena y digna. No se precipitó en conclusiones y, si bien subrayó algunas ideas, lo hizo en forma decorosa.

La salutación que los altos funcionarios y demás invitados especiales hacen al Presidente en Palacio Nacional me parece bastante absurda. Creo que no agrega nada al informe y sí resulta tediosa para el Presidente. Al cansancio y a la tensión del día, hay que añadir dos o tres horas de saludos formales.

Ahora bien, dejando la forma y pasando al fondo del informe, es evidente que destaca el énfasis que di a la revolución educativa. Y digo énfasis, porque el problema estructural de la educación apareció desde mi plataforma electoral. Sin embargo, en esta ocasión se avanzó sustantivamente en el tratamiento del tema, ya que se habló de reformas sectoriales e institucionales que en la campaña no fueron abordadas. Claro está que en la campaña destacaron, como es lógico, temas más taquilleros: la renovación moral y la descentralización. Pero el problema de la educación siempre me ha preocupado mucho, y por ello lo traté con frecuencia durante mi campaña.

Creo que los planteamientos que hice en este Primer Informe son sustancialmente correctos y consistentes con los principios básicos de mi gobierno. Quise realzarlos por lo que ha pasado en ese sector desde que tomé posesión, es decir, por el riesgo de conflicto con el SNTE, dada la descentralización; por la aparente falta de entendimiento entre el secretario de Educación y el SNTE, dado el carácter del primero; por los emplazamientos de huelga de ese sector, particularmente el universitario, y por la forma en que controlamos los problemas universitarios y los de la Escuela Normal Superior. Tales acciones sin duda habían creado ciertos resquicios que requerían un recubrimiento político, al que yo quise dotar de gran relieve con el énfasis tan especial que di al tema en mi Primer Informe.

Planteo la revolución educativa como un anuncio y una invitación. Todavía no existe un programa concreto para desarrollarla, pero siento que hay ocasiones en que el Presidente debe promover una agitación dentro del mundo burocrático para lograr el avance y la resolución de problemas que, de otra forma, quedarían empantanados en la inercia administrativa. Yo creo que lo que dije en el informe es lo que piensa toda la gente a la que le preocupa el problema de la educación.

Un tema que tuve que cuidar mucho en esta ocasión fue el relacionado con la banca nacionalizada. Se me pidió que anunciara que se desvincularían de los bancos las casas de bolsa, las compañías de seguros y todos los bienes que no son indispensables para la prestación del servicio bancario o que no tienen carácter estratégico para los fines del Estado. Preferí no hacerlo, porque sentí que es un asunto delicado, para el que todavía no tenemos un plan concreto. Más aún, todavía no estoy seguro de cómo se debe actuar al respecto. Es un tema vulnerable que no está suficientemente maduro. Por ello me pareció inadecuado, en este primer aniversario de la nacionalización de la banca, proponer medidas que pudiesen interpretarse como reprivatizadoras. Hay que estudiar más este asunto antes de hacer cualquier anuncio.

Reconocí, sin embargo, la necesidad de formular tanto una ley para trabajadores bancarios como una nueva legislación bancaria. La primera, porque la indefinición actual de la situación laboral de los empleados bancarios nos abre un frente muy vulnerable, y la segunda porque la nacionalización de la banca altera la realidad legal anterior a ella y exige modificar la ley del Banco de México, la del Mercado de Valores, la de Títulos y Operaciones de Crédito, etcétera.

Estoy consciente de que en el informe adquirí compromisos importantes, difíciles de cumplir, pero que, en todos los casos, sentí necesarios. Hay problemas que tengo que enfrentar, aunque no sepa en qué medida lograré su solución. Creo que esto es parte del proceso de agitación del aparato burocrático que me interesa promover. Reconozcamos que los compromisos son definiciones, y que éstas le corresponden al Presidente. Ahora bien, idealmente, el Presidente no debería comprometerse hasta no tener estudiada a fondo la operatividad del planteamiento. Sin embargo, en la realidad el Presidente tiene que adelantarse para que el aparato burocrático busque la solución.

Entre los temas particulares que consideré ineludible tocar están: la planeación familiar, ya que nuestro avance social depende, en mucho, de nuestra capacidad para limitar el crecimiento de la población a 1.9%; el Programa Nacional Hidráulico, que exige el uso más racional de un recurso fundamental tan escaso; el Programa Nacional de Alimentación, que deberá abarcar en forma integral todo el espectro de la problemática alimentaria. En el terreno económico, también ofrecí fomentar nuevas inversiones, pues éstas son indispensables para salir de nuestra postración actual.

En cuanto a la administración pública, anuncié la integración del Sistema Nacional de Control, Evaluación y Fiscalización, que está en proceso de diseño y que espero poder presentar en noviembre de este mismo año. Sin él, la renovación moral estaría incompleta.

En ese terreno, hablé también del servicio público de carrera. Éste es uno de esos proyectos que siento que hay que iniciar, aunque no podamos saber en este momento cuándo se terminará. Esta limitación se convierte en frustración cuando se tiene que abordar el tema de la reestructuración de las procuradurías y, sobre todo, de las policías. El problema es enorme y es casi imposible calcular el tiempo que transcurrirá antes de ver resultados positivos. Sin embargo, ya he enviado iniciativas de ley para reestructurar las procuradurías y he hablado con seriedad y energía en reuniones con los jefes policiales y les he pedido una mayor eficiencia de sus corporaciones.

Me comprometí también a cosas que, en sentido estricto, están fuera de mis manos. Entre ellas estarían la elevación de los niveles de eficiencia y honestidad de toda la sociedad y, en particular, de los servidores públicos, así como todo lo que he llamado “cambios estructurales”. En realidad, estos compromisos son metas que, si no reiteramos constantemente, serán fáciles de olvidar. Respecto a ellas, mi trabajo es, esencialmente, un esfuerzo concientizador. Yo debo aclarar hacia dónde queremos caminar.

El único tema importante que abordé en mi toma de posesión y que ahora omití fue el de la participación ciudadana en el Distrito Federal. Lo hice no sólo porque todavía no tengo un esquema sobre el que podría trabajar en este terreno, sino también porque la situación electoral del país hace que, por el momento, resulte poco atractiva su consideración.

Otro aspecto importante consiste en señalar que hay algunas similitudes claras entre este Primer Informe de Gobierno y el Plan Nacional de Desarrollo. Éstas serían, en primer término, que ambos realizan un diagnóstico de la realidad en un tono objetivo y veraz. En ellos no hay miedo de decir las cosas que en el fondo todos sabemos. Esto representa una novedad pues, aunque no se dice nada que no sea sabido, se contribuye positivamente a la credibilidad del gobierno y se abre la puerta a un juego polémico más objetivo. Este lenguaje realista no es manejado por otros grupos políticos.

La izquierda no tiene disposición de entender la realidad. Sus intelectuales liberales han logrado algún éxito con libros que, aunque con parcialidad, diagnostican segmentos de nuestra realidad. Su problema estriba en que todo análisis desemboca en una crítica acérrima del sistema político. Sus propuestas son muy magras en el terreno ideológico, ya que para ellos nada puede mejorar hasta que México sea socialista.

La derecha tampoco tiene una plataforma ideológica clara. Hasta ahora ha vivido de criticar lo existente, obstinada en señalar que nada podrá mejorar mientras no cambie el PRI.

Ambas posturas son profundamente estériles. Me preocupa de verdad la pobreza conceptual de la oposición, su incapacidad de conocer y de diagnosticar la realidad para proponer soluciones. El resultado es que ante los documentos que nosotros hemos presentado, ellos se han quedado callados, sin comentarios. Por eso hubo tan pocas críticas válidas al Plan Nacional de Desarrollo y por eso, también, han faltado críticas de fondo al Primer Informe de Gobierno.

Por otro lado, es difícil saber si el Primer Informe satisfizo las expectativas de la sociedad. Creo que lo que me dijo mi oculista es una buena síntesis de la realidad. Me platicó que la gente le dice: “Sabemos que no estamos bien, pero estamos mejor”. Esta frase es interesante, porque implica la aceptación del mal y de que no podemos avanzar más rápido, pero también la aceptación de que necesitamos seguir actuando. Yo la comparto plenamente.

Si bien creo que los programas y acciones del gobierno han respondido a las expectativas de la sociedad, también considero que ésta tenía la ilusión de que caminaríamos más rápido, de que saldríamos a mayor velocidad de la crisis. Siento que no hay decepción o enojo en la sociedad, siento que me tienen paciencia, e incluso lástima, por los problemas que he tenido que enfrentar. Creo que, por ahora, la opinión pública acepta que el gobierno sabe a dónde quiere ir y, por ello, le está dando la oportunidad de seguir actuando.

Como reflexión personal, concluyo que el informe cierra una etapa de mi gobierno. No en sentido estricto, porque no modifica nada en el terreno político ni en el económico ni en el social. Ahí, las proposiciones ya estaban definidas desde el Plan Nacional de Desarrollo. Ahora es cuestión de ejecutarlas y, en caso dado, de medir el énfasis en función de la realidad. Sin embargo, sí creo que el informe cierra una etapa en la relación entre el Presidente y la opinión pública, una etapa psicológica o de sensibilidad que corresponde a la apreciación pública de la figura presidencial. Creo que la forma en que presenté el informe y lo que en él dije fueron las últimas señales que estaban esperando ciertos grupos de la sociedad para normar su criterio sobre mi forma de actuar.

Considero que efectivamente ha terminado el periodo de propuestas, de los planes, de los programas, de los proyectos. Ahora viene la etapa de hacer las cosas. Se ha agotado el tiempo para los grandes planteamientos; un tiempo que, sin duda, tuvo lo suyo de encantador, de atractivo, de excitante. Ahora viene la triste realidad operativa, administrativa. Se hacen o no se hacen las cosas.

Ya no puedo salir con cañonazos de ilusión y de expectativas. Necesito encontrar, y he estado pensando en ello, la forma de sustituir el efecto que sobre la población tuvo el surgimiento de grandes programas. La disminución de la inflación va a ser importante. Sin embargo, sé que no sólo de pan vive el hombre, y que voy a tener que encontrar formas de seguir motivando a la sociedad. Tal vez me dedique a los discursos cívicos, pues, en verdad, yo creo que una de las principales funciones de los gobernantes es despertar emociones y promover la voluntad de acción. No sé cómo, no he visto con claridad por dónde, pero de alguna manera es necesario crear un liderazgo moral para iniciar una cruzada reconstructiva de nuestro espíritu nacional.

Estoy consciente de que por ahora las expectativas de los ciudadanos no podrán orientarse por el lado del crecimiento económico, sino más bien hacia el mejoramiento en la calidad de nuestras vidas. Si durante mi gobierno se lograra avanzar en forma significativa en la renovación moral y en la revolución educativa, dejaría yo un país diferente.

 
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