Elecciones: fortalecimiento de la derecha en Chihuahua y Durango

"MES: JULIO"

EN LAS ÚLTIMAS SEMANAS DE JUNIO, algunos representantes de la Iglesia católica hicieron declaraciones reivindicando el derecho de los sacerdotes a la participación política plena. El PSUM apoyó esa posición. Por su parte, otros voceros autorizados de la Iglesia declararon que respetarán el statu quo.

Estas diferencias se deben a que dentro de la misma Iglesia católica existe un panorama muy diverso: hay un grupo de centro, otro de derecha y otro de izquierda. El grupo de centro, que es el mayoritario, no presenta ninguna hostilidad hacia el gobierno. El grupo de derecha, que está conformado principalmente por los obispos Manuel Talamás Camandari, de Ciudad Juárez; Carlos Quintero Arce, de Sonora, y Antonio López Aviña, de Durango, es crítico del gobierno y tiende a apoyar las posturas del Partido Acción Nacional. Finalmente, el grupo de izquierda, compuesto por los prelados del sureste, principalmente por Juvenal Porcayo Uribe, de Tapachula; Samuel Ruiz García, de San Cristóbal de las Casas; Guillermo Ranzahuer González, de San Andrés Tuxtla, y Bartolomé Carrasco Briseño, de Oaxaca, también censura al gobierno, pero ellos lo hacen en apoyo a las posturas del PSUM, del PRT y del PST.

De cualquier manera, la mayoría de los sacerdotes están conformes con que se mantenga la situación vigente, pues reconocen que en México todavía existen grupos jacobinos y que el ambiente no está maduro para un cambio constitucional que suprima las limitaciones a la actividad política plena de los sacerdotes. Saben que tales acciones podrían suscitar un gran movimiento de rechazo.

Pero el peligro, desde luego, no se encuentra en el voto que puedan emitir los sacerdotes, sino en su influencia desde el púlpito para orientar el voto de sus feligreses. Se me informó que, de alguna manera, esto comenzó a ocurrir en los estados del norte. Ahí, el clero hizo evidente su simpatía por el PAN, lo que contribuyó a su éxito electoral.

Efectivamente, el domingo 3 de julio se realizaron elecciones tanto para presidentes municipales como para diputados locales en Chihuahua y Durango, y sólo para diputados locales en Campeche, Michoacán y Zacatecas. El PRI ganó 77% de los sufragios en las cinco entidades, logrando victorias absolutas en Michoacán, Zacatecas y Campeche. Sin embargo, el PAN triunfó en las capitales de Durango y Chihuahua, obteniendo en ese estado un total de nueve presidencias municipales, entre ellas Ciudad Juárez. Este número puede parecer bajo si se considera que existen 67 municipios en Chihuahua. No obstante, su significado real estriba en que fueron los municipios más poblados donde ganó el PAN, por lo que 70% de la población de Chihuahua quedó bajo su gobierno.

Lo ocurrido en Chihuahua causó un impacto profundo tanto en el seno del PRI como en la opinión pública. La inquietud de la prensa se agrupó en dos líneas. En primer término, están aquellos periodistas que se preguntaron por qué el PAN ha ido ganando cada vez más terreno y, con ello, analizaron en forma crítica la función desempeñada por el PRI. En segundo término, se encuentran aquellos que se refieren a las consecuencias mismas de las elecciones.

En el primer grupo hubo muchos que entendieron los triunfos del PAN como resultado del apoyo directo de los ex banqueros, los empresarios, el clero y funcionarios de los Estados Unidos. Otros más reflexivos señalan que los resultados de las elecciones son consecuencia de la crisis económica.

Yo considero que, en el fondo, se trata de un reflejo de la crisis económica, que sin lugar a dudas lastimó y sigue lastimando a amplios sectores de la población, particularmente en el área fronteriza. A esto debe unirse el desprestigio del gobierno en los últimos años, en especial por los graves fenómenos de corrupción ampliamente difundidos. Por último, también influyeron en el fortalecimiento electoral de la derecha los ecos de la nacionalización de la banca, que afectó al conjunto del sector privado.

Se me informó que el Partido Acción Nacional recibió apoyos monetarios de los empresarios, tanto de los estados del norte como de otras entidades. Resulta claro que éstos se organizaron para financiar aquellas áreas en las que sintieron más vulnerable al PRI. Es posible que hace unos meses los empresarios en general hayan considerado con seriedad la posibilidad de incorporarse a las filas panistas, pero probablemente al acercarse a ese partido tomaron conciencia de que el PAN no tiene una gran consistencia y, sobre todo, de que no podrían manejarlo fácilmente.

El PAN está compuesto, en forma importante, por sectores de la pequeña y mediana burguesía, que seguramente no están dispuestos a entregar a los grandes empresarios el esfuerzo que durante años han venido realizando para lograr una tradición electoral. Los empresarios, al darse cuenta de las limitantes de ese parti- do, decidieron dar apoyos selectivos a los candidatos que sintieron viables. Esto influyó para que el PRI no tuviera problemas en los estados de Campeche, Yucatán y Michoacán. Claro que allí también fue determinante el hecho de que nada más se votara para diputados locales, en tanto que en el norte del país se sufragó también para presidentes municipales. Esto afecta, pues los ciudadanos sienten a los diputados locales como lejanos, en tanto reconocen la influencia que los presidentes municipales tienen sobre sus problemas cotidianos.

La relación entre los empresarios y el PAN se está haciendo abierta. El 5 de julio, Antonio Toledo Corro, gobernador de Sinaloa, me informó que ya se había registrado en Mazatlán un candidato del PAN para las elecciones de noviembre. Tanta anticipación resulta sorprendente, pero tal vez lo sea más el hecho de que Emilio Goicoechea y el representante de la Canaco de Mazatlán lo hayan acompañado a inscribir su registro.

Creo que José Luis Mejías tiene razón cuando dice que amplios sectores del empresariado tienen una filosofía demócrata-cristiana. Hay que reconocer que la Coparmex y los comerciantes son claramente simpatizantes de esta tendencia reaccionaria. Por ello, van a continuar luchando políticamente en el terreno electoral e, ignorando mis advertencias, seguirán utilizando para ese fin la influencia de sus organizaciones. Ello no impedirá que los empresarios actúen con dos caras al buscar, por un lado, un acercamiento con los funcionarios del gobierno y, por el otro, al realizar acciones encaminadas a vulnerar las políticas gubernamentales por medio de las organizaciones que les son afines.

Ahora bien, en lo que se refiere a las críticas al PRI, la prensa ha exagerado en mucho su debilidad. En México, aun los que están con el PRI lo critican. Siempre ha ocurrido lo mismo y, aunque me preocupa, sé que no es nada nuevo. Recuerdo con claridad que, cuando inicié mi campaña electoral, todos me advirtieron que el PRI tenía serias fisuras y que era un partido desintegrado, desgastado, con el que me sería muy difícil hacer una campaña razonable. Si a estos fenómenos generales añadimos el pleito con García Paniagua y la separación de la llamada clase política tradicional, muchos consideraron que me resultaría casi imposible apoyarme en el PRI para preparar mi elección.

Las interpretaciones exageradas llegaron a su extremo cuando a Fidel Velázquez se le ocurrió decir, al darse a conocer mi candidatura a la Presidencia de la República, que el apoyo del movimiento obrero no era incondicional. Eso bastó para que la prensa hiciera un gran escándalo, diciendo que Fidel Velázquez me brindaba un apoyo condicionado. No fue así, como tampoco lo fue la incapacidad operativa del PRI para realizar una campaña presidencial exitosa. En realidad, pudimos resolver sobre la marcha los problemas que se presentaron.

Volviendo a lo que ocurrió en Chihuahua, allí hubo abandono de la lucha. Las acciones, omisiones y comentarios de los mismos priistas fomentaron la crítica y el rechazo. Ahora todos se culpan unos a otros. Los delegados del PRI le echan la culpa al gobernador, el gobernador a los delegados, los delegados a las autoridades centrales y éstas a las regionales. Hay un grave problema de culpabilidad recíproca, en la que nadie reconoce haber fallado.

Sin embargo, en los estados, los problemas del PRI están directamente ligados a la capacidad y eficiencia de los gobernadores, pues éstos delimitan su acción. Ellos influyen necesariamente en la selección del delegado del PRI en su entidad, así como en la de los candidatos a puestos de elección popular. En ese sentido tengo un problema severo, porque con la herencia de gobernadores que recibí, no parece fácil mejorar la eficacia del partido.

Por otro lado, ya existe dentro del PRI la conciencia de que se necesita algo nuevo y, sobre todo, de que se ha abandonado el trabajo permanente, constante, rutinario. El sector campesino está desconcentrado. El movimiento obrero está anquilosado; hay que reconocer que ha presentado pésimos candidatos a los puestos de elección popular. Nosotros mismos no atendemos suficientemente a este sector, negándole la representatividad que merece.

Actualmente el PRI es una mezcla de miedo al cambio y de ánimo renovador. Todos, sin embargo, quieren que el partido se fortalezca y que gane absolutamente todas las elecciones. El problema estriba en que unos quieren volver a métodos más tradicionales, e incluso están dispuestos a hacer “lo que haga falta” con tal de ganar, mientras que otros quieren una renovación plena.

Lo fundamental es que el PRI sigue siendo una fuerza política efectiva y que no ha perdido su voluntad de poder. Esto es determinante, pues lo más grave que puede ocurrirle a un partido es que pierda esa voluntad de poder y que sus miembros sientan que ya no tienen futuro. Por ello, mientras haya una clara voluntad de poder en todos los miembros del PRI, lo que tenemos que hacer es madurar el programa reconstructivo.

Desde principios de año, Adolfo Lugo me dijo: “Déjeme salir de las elecciones de este año, recuperando con ellas la capacidad de triunfo, y el año próximo podré lanzarme a la reestructuración de fondo”. Por ahora, Lugo se ha ocupado de los cuadros horizontales del partido, pues teóricamente el PRI debería tener 40 000 comités seccionales y en realidad sólo cuenta con 10 000. En lo que se refiere a elecciones, su número en este año ha sido realmente elevado y, en ellas, el PRI ha obtenido entre 70 y 80% de los votos.

De cualquier manera, es importante que el PRI sienta las elecciones de julio como un verdadero acicate; que comprenda que es necesario cambiar algunas rutinas; que ya no puede seleccionar a la ligera a los candidatos a elección popular, puesto que ahora sus contendientes pueden ganarles la partida. Ya no es posible dejar que determinados sectores del partido seleccionen arbitrariamente, o por tradición, a determinados diputados o presidentes municipales. Hay que hacer un estudio cuidadoso y realista de quiénes pueden triunfar. El estudio de la recomposición de la vida política de los partidos en México será sumamente interesante. La derecha se reorganizará para lograr mayores triunfos, el PRI lo hará para defenderse de los grupos opositores y la izquierda tendrá que buscar la forma de conseguir una participación electoral efectiva.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.