Freno a los sindicatos disidentes

"MES: JUNIO"

Mi decisión de limpiar el área sindical me obligó a preguntarme hasta dónde continuaríamos manteniendo privilegios para ciertos sindicatos que, a su vez, claramente estaban demeritando a las empresas.

En Uramex, independientemente de los errores de la empresa, las condiciones de trabajo que exigía el sindicato excedían lo que podía calificarse como un manejo racional. En las universidades, los sindicatos de trabajadores se han vuelto predominantes, al grado de impedir la facultad de administrarlas. En Guerrero, Puebla y Sinaloa, las universidades están tomadas totalmente por grupos de izquierda, y esto no es sano para su vida democrática.

No podemos tolerar indefinidamente la existencia de feudos de agitadores que llevan a las instituciones a perder su independencia ideológica y a utilizar sus presupuestos con fines políticos, en detrimento de la función para la que fueron creadas. Por otro lado, estos sindicatos se han ido convirtiendo en fuentes de financiamiento para los grupos disidentes dentro del sindicalismo mexicano, porque hay que reconocer que, en los numerosos sitios donde el movimiento obrero organizado ha actuado con torpeza o abandono, han surgido lunares de disidencia.

Por ello, decidí actuar con firmeza en el caso de los movimientos de huelga que se plantearon con un tono eminentemente político. El resultado fue que las universidades tuvieron que levantar sus huelgas sin aumento salarial y que se tomó la decisión de liquidar a 2 300 trabajadores de Uramex. Sus dirigentes, relacionados por medio del PSUM y el PRT, pretendieron formar un frente de resistencia para vulnerar las políticas de mi gobierno. A ellos se unieron los dirigentes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que controlaban la Normal Superior. Tal situación, así como el deterioro académico de esa escuela, me indujo a anunciar su reestructuración el primero de julio.

Puede entenderse que estos hechos revierten la llamada “tendencia democrática” que se inició en los años setenta, cuando Luis Echeverría decidió dar espacios dentro de las instituciones públicas, particularmente las académicas, a un sindicalismo independiente, en el que se ubicaron muchos elementos que habían manifestado su descontento en 1968. La presión política que los grupos de izquierda ejercían sobre el sistema, y que se puso de manifiesto durante la huelga universitaria de ese año, llevó al gobierno a crear áreas, dentro del mismo Estado, en las que éstos se pudieran desarrollar bajo cierto control.

Esta decisión se tomó porque, en esos años, los grupos disidentes no tenían otras posibilidades de expresión: la vía electoral les estaba vedada. Se pensó, tal vez, que si no se les abría un camino de expresión dentro del orden legal, recurrirían al extralegal, como de hecho ocurrió entonces con el incremento de las guerrillas, tanto rurales como urbanas. Hay que recordar que ésa fue la época de mayor actividad de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez en Guerrero, y también de la Liga 23 de Septiembre en las ciudades.

Pero yo creo que el proceso que dio origen a la llamada “tendencia democrática”, más que una negociación fue un chantaje. Sea como fuere, no creo que el objetivo de limitar la acción de los grupos de agitadores se haya logrado. Los grupos disidentes incrustados en las instituciones públicas financian métodos y acciones que conducen a la violencia. Utilizan el dinero que tienen y la presión que generan para minar, por todos los caminos posibles, como las invasiones de tierra o el robo de autobuses, la acción del gobierno.

Otro hecho importante que hoy día podemos comprobar es que estos grupos han demeritado profundamente las empresas o instituciones en las que actúan, con un costo enorme, no solamente en el campo económico cuantitativo, sino también en aspectos cualitativos. En el caso de la Universidad Nacional, podríamos decir que el costo histórico del deterioro del nivel académico es ya insostenible.

Otro elemento que valdría la pena mencionar es la existencia de una profunda crisis económica que obliga a reconsiderar la capacidad del Estado de mantener a estos grupos, asignándoles recursos que se requieren urgentemente para otros propósitos. Hay que entender que la crisis abre nuevas opciones, en tanto que cierra algunas de las antiguas. Decidí cerrar las antiguas opciones de la “tendencia democrática”, al mismo tiempo que fortalecí el camino a la expresión de la oposición por la vía electoral.

Esta nueva opción, abierta a partir de la reforma política de 1977, cobra viabilidad no sólo por mi voluntad decidida de respetar el voto, sino también porque la misma reforma política creó una serie de mecanismos que inhiben el fraude electoral. Los llamados alquimistas, o sea aquellos personajes que se encargan de alterar la votación, tienen un margen de maniobra mucho menor, dada la presencia de los partidos tanto en las casillas electorales como en la Comisión Federal Electoral.

Las decisiones que he tomado respecto a los sindicatos disidentes buscan frenar la descomposición de instituciones vitales para el sistema, no combatir la existencia misma de la izquierda. Por ello, el gobierno continuará manteniendo, con sus anuncios, la viabilidad económica de ciertas publicaciones periódicas, como el diario Unomásuno, que representan tribunas desde las cuales los sindicatos afectados y sus simpatizantes pueden defender sus posturas y, si lo desean, ampliar sus críticas a las políticas globales del gobierno. Considero conveniente dejarles esa fuente de desahogo mientras se organizan para expresarse por la vía electoral, pues si además de reducir sus opciones laborales les cerramos sus órganos de expresión pública pueden caer en una amargura que los lleve a la clandestinidad y a posturas aún más radicales.

Tampoco creo conveniente limitar el uso libre de la calle, tan frecuentemente ocupada por estos grupos. Siento que las múltiples manifestaciones organizadas por los grupos de izquierda han logrado los efectos contrarios a los que se propusieron. Su acción, entre más agresiva más despierta la conciencia conservadora de la gran mayoría de los mexicanos. Por ello, lo único que dichas manifestaciones han conseguido es hacerle el juego a la derecha.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.