Visita del Presidente del gobierno español, Felipe González

"MES: JUNIO"

Recibí la visita oficial del Presidente español el 4 y 5 de junio. Felipe González es muy inteligente y tiene simpatía. Es suave de forma y manifiesta mucho respeto y afecto por México. Nuestro intercambio personal se facilitó tanto por una cercanía generacional como por la analogía y afinidad que siempre ha existido entre los españoles y los mexicanos. Nuestra conversación fue fluida y de inmediato pudimos entrar a temas concretos. González tiene un gran deseo de que prosiga el acercamiento entre México y España.

Nuestra plática, así como mis lecturas preparatorias, me dejaron ver que el socialismo significa algo muy distinto en España que en México o en Latinoamérica en general. Aquí se infiere que su meta es necesariamente la socialización o nacionalización extensiva y creciente de la economía, para desembocar en el comunismo. Allá, por el contrario, se acepta que el mercado es la guía económica natural.

Los europeos entienden el mercado como un mecanismo de regulación y no, como insisten en presentarlo con criterio decimonónico nuestros socialistas, como el mito o tabú del capitalismo. Por ejemplo, en España, el Partido Socialista está contra todos los monopolios, sean éstos estatales o privados. Por ello, está promoviendo que aquellas empresas que pertenecen exclusivamente al Estado pasen a formar parte de un esquema de economía mixta, en el que éste sólo conserve 60% de la propiedad. De manera que, en este momento, el gobierno socialista español está en proceso de reprivatizar muchas de las empresas públicas. Cabe enfatizar que esta postura es impulsada por la Comunidad Económica Europea, que la exige a sus agremiados, por lo que puede entenderse como una política aceptada en toda Europa.

El socialismo español, y en buena medida también el francés, propone un esquema muy parecido al nuestro: busca implantar la rectoría económica del Estado, la economía mixta y la democracia plural. Quizá, esos regímenes sean más liberales que el nuestro en la búsqueda de una democracia competitiva, pero ello se debe, más que a una diferencia de esquemas, a la diferencia en la naturaleza de nuestras sociedades. La sociedad española está mucho más integrada que la nuestra y ello facilita la actividad del gobierno. Al existir una mayor conciencia social, se producen consensos operativos, aunque permanezcan las diferencias ideológicas.

En el terreno del intervencionismo estatal, podemos decir que aventajamos a los españoles. Esto se debe a que naciones como la nuestra, en las que las fuerzas sociales todavía están en proceso de construcción, el Estado es el elemento coagulante de carácter nacional. De hecho, los estados han sido, en los siglos XIX y XX, los integradores de las nacionalidades. Esto es evidente en Latinoamérica, África y Asia, donde las descolonizaciones dejaron sociedades sumamente desarticuladas.

Como la regulación estatal también resulta necesaria en las sociedades avanzadas, la intervención del Estado ha ido creciendo en todas partes. Sin embargo, yo considero que el crecimiento del intervencionismo estatal no es un factor positivo en sí mismo. Como todo, su beneficio dependerá de la forma en que se dé. Lo que sí resulta cierto es que la fuerza de un gobierno depende de su capacidad para influir sobre los fenómenos políticos, económicos y sociales que lo rodean. En ese sentido, podemos afirmar que el gobierno mexicano actual es más fuerte, relativamente, que el gobierno español. Insisto, la heterogeneidad de nuestra sociedad y lo parcelado de nuestras fuerzas políticas requieren una mayor intervención estatal.

En nuestro contexto, las diferencias sociales se manifiestan en posturas políticas extremas, burdas, ingenuas, haciendo que todo arreglo entre grupos se dé por debajo del agua. El movimiento obrero, por ejemplo, siente la necesidad, por principio, de repudiar al sector empresarial, obligándose por ello a mantener oculta cualquier negociación con los empresarios. Nuestro primitivismo político llega al extremo de hacer imposible el trato aun entre partidos políticos.

Pero si a esta intolerancia manifiesta entre los diferentes sectores de la sociedad le añadimos las diferencias regionales y culturales, entenderemos con mayor claridad por qué la pieza articuladora indispensable en nuestro sistema político es el presidencialismo. ¿Quién puede sentar en la misma mesa de negociación a los indígenas de Chiapas y a los representantes del Grupo Monterrey? ¿Quién puede negar que el único interlocutor en común que tienen los dos grupos, y que a la vez es responsable del bienestar de ambos, es el Presidente de la República?

En México, la función articuladora del presidencialismo lo lleva a conformar un liderato que trasciende las condiciones de la sociedad. El Presidente no puede limitarse al proceso de negociación entre grupos, que es prácticamente inexistente; su función requiere que los oriente y conduzca. Por ello, en el contexto de nuestra sociedad, el presidencialismo, como manifestación del intervencionismo estatal, resulta indispensable.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.