Negociaciones salariales: prueba para el gobierno

"MES: MAYO"

De todas las funciones que corresponden a un presidente y cuya enumeración es larga, las más significativas son su carácter de conductor de las crisis y de gran coordinador del aparato gubernamental. Si esto es cierto en todos lados, lo es más aquí, donde las cosas parecen tan poco claras y las apreciaciones personales que el Presidente pueda hacer resultan determinantes en la toma de decisiones. El proceso de las negociaciones salariales me enseñó vivamente esta realidad.

La estrategia política y el estilo de negociar de Fidel Velázquez estaban cada vez más claramente determinados por su afán de conservar el liderato máximo entre los trabajadores organizados del país. Este método, que por lo visto le ha resultado muy efectivo durante 42 años, consiste en impulsar, cuando siente que ello destacará su liderazgo, un proceso de presión política.

El método es eficaz para los fines de don Fidel, pero a veces resulta costoso para el conjunto del movimiento. Tal fue el caso de lo que sucedió en esta ocasión. El 12 de mayo, Velázquez, en forma autónoma, decidió promover emplazamientos generales a huelga a fin de que, antes del 30 de mayo, fecha determinada para los estallamientos, se fijara un aumento de 50% a los salarios mínimos. Su acción puso en evidencia la división en el seno del Congreso del Trabajo: los líderes de la CROC, la CROM y la FSTSE declararon inicialmente que no consideraban que los emplazamientos fueran el mejor camino para la negociación y se manifestaron reacios a apoyar tal moción. Sin embargo, la presión de la CTM y el ambiente que ésta creó obligaron a que esas centrales se unieran, aunque no sin resentimiento, a las demandas de don Fidel. El 16 de mayo, el Congreso del Trabajo acordó emplazar a huelga en los términos propuestos por la CTM.

El arranque de Fidel Velázquez obedeció a que estaba molesto y sentido con nosotros, sobre todo porque no anunciamos los salarios mínimos cuando él lo solicitó. Es claro que decidió revirarnos y por ello lanzó los emplazamientos a huelga. En su malestar pudo haber influido, aunque él diga que no, el acercamiento del secretario del Trabajo a la CROC. Tal vez temió que si no actuaba para demostrar lo incontestable de su liderazgo, otros grupos obreros podrían cobrar mayor aliento. Tampoco debe descartarse que su razonamiento pudo estar envuelto por cierta sensibilidad senil. Sea como fuere, es posible que don Fidel se haya dicho: “¡Voy a ver hasta dónde calo!”.

A partir de la fecha en que se anunciaron los emplazamientos y durante dos semanas, Farell no buscó a Velázquez. Al contrario, como se hizo público por la prensa, el 13 de mayo el secretario del Trabajo lo dejó plantado en la inauguración del Congreso de Alijadores. En este terreno, no cabe duda, Farell juega rudo.

El lunes 16 de mayo se reunió el gabinete económico para evaluar el impacto que diversos porcentajes de aumento en los salarios mínimos tendrían sobre el conjunto de la economía del país. La verdad es que los miembros de ese gabinete se me estaban ablandando. Llegaron a sugerirme, de manera velada, que permitiéramos hasta 20% de aumento salarial. Tuve que decirles: “Nada de 20. No es posible, a estas alturas, dar 20% de aumento salarial, pues perderíamos todo lo que hemos ganado en estos seis primeros meses. Ustedes más bien ofrezcan 12.5%, como originalmente habíamos programado, cediendo, en caso de necesidad, sólo hasta 15 por ciento”.

A Farell le dije: “Nos amarramos en 15%. Ésta es una decisión y asumimos todas las consecuencias que puedan venir con ella”.

En esa semana hubo una conversación entre Farell y Fidel Velázquez que, según me platicaron, fue muy brusca. Farell le dijo a don Fidel que le dábamos 15% de aumento salarial, a lo que éste contestó que eso era una broma.

—El 15 —insistió Farell.
—En ese caso, nosotros votaremos en contra de la decisión de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos —replicó don Fidel.
—Pues voten en contra —respondió Farell.
—Nos ampararemos contra esa decisión —advirtió don Fidel.
—Usted bien sabe —le dijo Farell —lo que pueden tardar los amparos.
—Pues en ese caso lanzaremos una huelga general —amenazó don Fidel.
—Que yo me veré en la necesidad de declarar inexistente —concluyó Farell.

Mi decisión de ofrecer sólo 15% de aumento fue una posición en esta técnica de regateo que parece ser la única que conoce y entiende Fidel Velázquez. Para él, no tienen sentido las evaluaciones y los estudios económicos para fundamentar la toma de decisiones.

Por otro lado, llamé a los secretarios de Gobernación, del Trabajo, de Programación y Presupuesto y de Comercio, y les pedí que se reunieran con don Fidel y con Blas Chumacero. Me reportaron que esa reunión también había estado sumamente tensa. Después de oírlos, les dije: “Nos aguantamos”. Entonces añadí, dirigiéndome a Farell: “Llame a la Comisión Nacional de Salarios Mínimos y que determinen 15% de aumento. Declare usted inexistente cualquier huelga que se presente”.

—Esto puede implicar mucho —replicó Farell.
—Sí —respondí.
—¿Qué hacemos si los servicios públicos también se van a la huelga? —preguntó.
—Los requisamos. Pero —añadí— prepárese, porque los obreros no van a seguir a Fidel Velázquez. En este momento, lo que ellos más desean es defender su empleo. Considere que tal vez ha llegado el momento en que se desintegre la CTM. Dispóngase para actuar con las otras centrales. Nosotros debemos tenerlas prevenidas para que, en caso necesario, absorban a los trabajadores que abandonen la CTM. También prepárese para cambiar los contratos colectivos de las empresas públicas a favor de esas centrales.

Mientras hablaba, sentí la impresión que mis palabras causaban en mis colaboradores. Mi firmeza los asustó, y en realidad la gravedad de mis planteamientos no era para menos. Yo también estaba angustiado, pero no se los dije. Lo que les dije fue: “Si tenemos que entrarle al problema, le entramos”. Añadí que, en todo caso, yo saldría en televisión para explicar la razón de nuestras acciones y los problemas que enfrentábamos.

Entonces les pedí que se reunieran con los gobernadores para obligarlos a que asumieran su responsabilidad y nos ayudaran en este proceso, pues muchas veces se quedan al margen.

También les pedí que se reunieran con los empresarios, que les dijeran que no fueran a ceder en sus contratos con los obreros más allá de lo que realmente podían pagar, porque yo no iba a entrar a salvarlos ni iba a pagar sus facturas. Insistí en que se les concientizara de que las negociaciones salariales estaban en sus ma- nos y de que deberían manejarlas con mucho cuidado, pues si cedían demasiado no debían esperar que después el gobierno les diera subsidios para salir adelante.

Todos estábamos muy alterados. No sé cómo les haya ido a mis interlocutores, pero cuando menos yo, me quedé varias noches sin dormir.

Fidel Velázquez se dio cuenta de que nos estábamos moviendo; de que se llamó a los gobernadores para explicarles la situación, y se habló por separado con Rafael Camacho, de Querétaro, y con Emilio González, de Nayarit. En esto fuimos muy claros, pues cuando ellos preguntaron por qué se les había llamado por separado, se les dijo sin tapujos: “Porque ustedes tienen compromisos con la CTM”.

También se enteró don Fidel de que hablamos con los empresarios y de que estábamos preparando a las otras centrales.

Hecha la maniobra, Farell me dijo que iba a ir a ver a don Fidel, pues sabía que estaba enojado, triste y sentido.

—¿Con quién está sentido? —pregunté.
—Conmigo —respondió Farell.
—¿Y conmigo? —insistí.
—No, dice que con usted no.
—Pues dígale, cuando lo vaya a ver, que el sentido soy yo, porque él empezó este movimiento. Dígale que no me puedo quedar parado, mirando, mientras pasan todas estas cosas. Dígale que ningún presidente, o por lo menos yo no, va a tomar una decisión con la pistola en el pecho. Pero trátelo con cariño.

En esa reunión, don Fidel le dijo a Farell que todo lo que hacía era para ayudarnos, para luchar contra los empresarios, que son unos soberbios, unos egoístas, unos desnacionalizados. Añadió que lo único que quería era darles un calambre. ¡Vaya argumento! Había que advertirle que no se le fuera a pasar la mano.

En este nuevo espíritu, Velázquez le ofreció a Farell un pacto de solidaridad entre obreros y empresarios. La idea de este pacto era normar ciertos criterios sobre productividad y eficiencia, así como sobre el combate contra las prácticas especulativas, entre otros aspectos. En él, los obreros renunciarían a sus amenazas de huelga y moderarían sus peticiones salariales, a cambio de una actitud de moderación en los precios y las utilidades.

Fue en esa ocasión cuando Fidel Velázquez sostuvo, por primera vez, que ya no le importaba el salario mínimo. Aseguró que lo que a él le importaba, y por lo que iba a luchar, era el salario contractual. Esta postura la hizo pública el 24 de mayo. Ante este cambio, les insistí a mis secretarios: “Si ya no le importa a don Fidel el salario mínimo, denle 15% de aumento. Y si presiona, cedan dos puntos, hasta 17 por ciento”.

La actitud empresarial en todo este proceso fue de reconocimiento y de respeto a la faena que estábamos haciendo. El problema que tengo con ellos es que no tienen un liderazgo organizado: están divididos y cada uno jala por su lado. Los comerciantes, como lo externaron, querían que se diera un aumento salarial fuerte, para que así no bajaran sus ventas. Los industriales, por su parte, deseaban que el aumento fuera lo más moderado posible, pues se daban cuenta de los efectos que un incremento fuerte provocaría en la producción.

Por otro lado, este proceso me ha servido para descubrir, con sorpresa, la falta de información existente sobre los límites económicos de cada área industrial. Concretamente, quise saber qué porcentaje de aumento salarial resistiría cada una de las áreas industriales, esto es, cuánto podría darse sin desquiciar la industria textil, la siderúrgica, etc. El hecho es que ni los obreros ni los empresarios ni el gobierno me pudieron informar. Al gobierno le corresponde la visión general, pero yo creo que los empresarios sí deberían tener esa información.

En fin, todo esto nos lleva a ver que el capitalismo en que vivimos es muy lírico, que, en el fondo, también aquí estamos inmersos en un cuarto oscuro en el que los instrumentos de medición son muy imperfectos o de plano inexistentes. Por tanto, las decisiones se tienen que tomar, en buena medida, con base en apreciaciones subjetivas.

El proceso ha sido aleccionador. Yo creo que los empresarios también han aprendido su lección. Les ha quedado clara la pauta que seguirá el gobierno y, más concretamente, mi actitud frente a las negociaciones. Vieron que soy firme, que no me dejo empujar. Ahora les tocó a los obreros, pero los empresarios saben que no seré diferente con ellos.

Por eso no me explico la actitud de Goicoechea. No entiendo si forma parte de una conjura y, en todo caso, qué propósitos tiene. No sé de qué le pudiera servir tratar de debilitar al gobierno. Tal vez su actitud se fundamente simple y llanamente en la estupidez o, más probablemente, en la mezcla de estupidez y deseo de desacreditar al gobierno. Me he hecho esta reflexión como resultado de la escena que me hizo durante la LXV Asamblea de la Concanaco, que tuvo lugar el 23 de mayo en Monterrey.

Lo que ocurrió fue que cuando se me invitó a asistir, le pedí a Héctor Hernández que sondeara el camino. Goicoechea le dijo que todo iba a estar muy bien, que él tendría una actitud muy moderada. Por eso decidí asistir. Sin embargo, ese lunes 23 de mayo los encabezados de todos los periódicos señalaban: “La Concanaco no acepta la rectoría del Estado”. Goicoechea me hizo saber que estaba apenado por esos titulares, pero que, efectivamente, esto era lo que estaba asentado en los documentos de la organización. Señaló, no obstante, que aprovecharía su discurso para matizar la situación. El hecho de que esto no sólo no haya sido el caso, sino de que ese discurso incluyera tres párrafos muy insolentes, cuyas afirmaciones califico de grosería e inmadurez, hace incomprensible su actitud. Su necesidad de sentirse “muy gallito” lo lleva a incurrir en ataques personales. ¿De qué otra manera puedo entender su referencia a los técnicos noveles?

En esa misma asamblea Héctor Hernández fue abucheado. Lo abuchearon desde unas galerías que estaban oscuras, seguramente ocupadas por porras organizadas para ese efecto, pues enfrente de nosotros, en el área iluminada, nadie se movió. Cuando esto ocurrió, yo me pregunté qué debía hacer. Decidí, en ese instante, que si había un segundo abucheo me retiraría abruptamente. Esto no ocurrió, pero al declarar inaugurada la asamblea les dije algunas cositas que yo creo que habrán entendido.

La actitud de Goicoechea ha sido reprobada por la opinión pública. Los obreros y los campesinos se le echaron encima, y los comentaristas políticos aprovecharon para darle los coscorrones que siempre quieren dar a los empresarios. Si bien este rechazo público es bueno para nosotros, a mí no me resuelve el problema de tener ahí un grupo dolido, crítico, amargo.

Goicoechea se reeligió, como es tradición en los organismos empresariales, que generalmente nombran a sus líderes por un año y les dan la reelección por otro más. Esto significa que voy a tener que cargar con él un año más. Ni modo.

A finales de mayo, la opinión pública estaba muy confundida porque recibía información contradictoria. El viernes 20, Fidel Velázquez propuso que se llegara a un entendimiento respecto a salarios, precios y utilidades y, al día siguiente, la CTM aseguró que se habían hecho 170 000 emplazamientos en todo el país. El lunes 23, Velázquez afirmó que si a los obreros no les convencía el aumento que determinara la Comisión Nacional de Salarios Mínimos recurrirían al amparo. Al día siguiente, la CTM informó que los sindicatos afiliados a esa central deberían desistirse de sus emplazamientos y solicitar sólo 25% de aumento salarial. También afirmó que la tardanza en la fijación de los salarios mínimos era benéfica para la central obrera, pues dejaba a los trabajadores en libertad de convenir con las empresas.

Ya nadie entendía lo que estaba pasando y el público se empezó a aburrir. La ola de expectativas comenzó a disminuir, aunque surgieron críticas de los partidos de izquierda. Por su parte, el jueves 26, la CTM y el Congreso del Trabajo anunciaron que muchas empresas habían revisado sus contratos colectivos y otorgado más de 25% de aumento salarial. La desinformación continuaba, pues ese mismo día la CTM propuso a las 33 centrales y sindicatos del Congreso del Trabajo su proyecto, ya comentado con Farell, de un pacto de solidaridad que comprometiera a los sectores oficial, obrero y empresarial a mantener estáticos los precios y los salarios.

El viernes 27 Fidel Velázquez dio a conocer que la CTM ampliaba hasta el 9 de junio el plazo para que las empresas otorgaran 25% de aumento salarial. El STUNAM no acató este llamado y el 30 de mayo estalló la huelga en 10 universidades. Pararon actividades, entre otras, la UNAM, la Universidad Autónoma Metropolitana y la Universidad Pedagógica Nacional, abriendo un nuevo flanco en el conflicto.

Nuestra información, a finales de mayo, revelaba que muchos líderes obreros tenían la sensación de estar entrampados, de que don Fidel los había colocado en una situación en la que no parecía haber una salida clara. Aun en la CTM, muchos dirigentes estaban enojados porque sentían que los asesores de don Fidel lo habían precipitado en una maniobra de emplazamientos a huelga carente de base jurídica. Sabían que la Secretaría del Trabajo estaba lista para declarar ilegales esas huelgas, y por ello estaban haciendo propaganda para que se arreglaran los obreros con los empresarios. Les estaban pidiendo a sus agremiados que se desistieran de sus emplazamientos a huelga o, cuando menos, que los prorrogaran por 10 días.

La tensión para nosotros tampoco disminuía, pues por los datos que conocía, de los miles de emplazamientos que se habían registrado, solamente se habían celebrado unos 300 convenios entre trabajadores y patrones. Los medios de comunicación señalaban que esos convenios se ubicaban en torno a 20 o 25% de aumento salarial, pero la verdad es que no sabíamos con exactitud si los empresarios realmente se habían comprometido y qué tan definitivos eran los acuerdos sobre el porcentaje.

En cuanto a los salarios mínimos, éstos no se habían fijado porque la Comisión Nacional de Salarios Mínimos había suspendido sus reuniones para dar lugar a la elaboración del pacto de solidaridad obrero-empresarial que habían solicitado los trabajadores. El Congreso del Trabajo había nombrado una comisión negociadora para redactar el proyecto de pacto, compuesta por miembros de diversas organizaciones de obreros. Del lado empresarial estaban asistiendo representantes de la Concamin, la Canacintra y la Canaco. La Concanaco no iba; se le citaba, pero no asistía, lo que refleja una actitud de rebeldía infantil.

Nosotros queríamos que primero saliera el pacto y después se fijaran los salarios mínimos. Incluso queríamos que el pacto apareciera antes de que se presentara el Plan Nacional de Desarrollo. Esto no fue posible, pues de nuevo los trabajadores habían cambiado de idea. Ahora insistían en que primero se fijaran los salarios y después se anunciara el pacto.

El hecho de que los salarios mínimos tardaran tanto en ser anunciados era bueno para nosotros. El peligro estribaba, sin embargo, en que los obreros quedaran muy lastimados. Ante ello, no teníamos más alternativa que ir resolviendo los problemas sobre la marcha, a sabiendas de que después podían presentarse segundas fases provocadas por resentimientos. Por el momento, la única solución era ir bordando y remendando hoyos para salir adelante, elaborando un verdadero trou-trou.

El desarrollo de las negociaciones salariales me llevó a recordar con frecuencia el símil que alguna vez escuché para definir la actuación de los líderes obreros. Éstos, me dijeron, actúan como si estuvieran auscultando detalladamente un brazo: van tocando poco a poco, parte por parte, y ahí donde sienten blandito, ahí aprietan. Por eso, yo quise mostrarles, en esta primera auscultación, lo duro que puedo ser.

No creo que mi manejo de la negociación salarial haya sorprendido demasiado a don Fidel. Él siempre ha sentido necesario calar a los presidentes para ver hasta dónde puede jugar con ellos. Ahora descubrió que a mí no me va a presionar, pero no pienso que ello le haya causado un impacto severo; simple y llanamente le sirvió para ubicarse. Por eso mis relaciones con él siguen siendo excelentes. Le he pedido a Farell que procure organizar sus reuniones con don Fidel al mediodía; que lo invite a comer, le sirva bastantes chincholes, lo apapache y le diga que yo lo quiero mucho.

A principios de junio, en aras de nuestra alianza, dejamos que don Fidel levantara su cosecha; esto es, pospusimos el anuncio de los salarios mínimos para que él realizara cuantas negociaciones contractuales le fueran posibles. Así nos lo pidió, porque en las negociaciones obrero-patronales directas se estaban logrando arreglos en los que cada empresa estaba dando lo que realmente podía conceder; y esto, en muchas ocasiones, significaba un incremento superior al que pensábamos autorizar para los salarios mínimos. Esta vía de arreglo contractual se refiere a los salarios en general y abarca los diferentes niveles. En cambio, las alzas a los salarios mínimos que se anunciaron posteriormente sólo afectaron, como su nombre lo indica, a aquellos que ganan menos.

De cualquier forma, cuando recibí la petición de don Fidel de posponer el anuncio de los nuevos salarios mínimos, recurrí a Farell para que indagara la opinión de los empresarios. Me interesaba saber cómo sentían las negociaciones bilaterales. Farell me reportó que los empresarios estaban contentos, pues en estas negociaciones, los obreros mostraban conciencia de que no podían pedir salarios muy elevados.

Lauro Ortega, al visitarme el 2 de junio, me dijo que en Morelos ya se había resuelto el problema salarial, pues había llamado a los empresarios y a los obreros y les había pedido que se arreglaran. Cuando le pregunté en qué términos habían sido estos arreglos, me contestó que en torno a 10%. De manera que sí estaba funcionando el proceso de negociación contractual. Volvíamos a lo que la ley estipula: una relación directa entre obreros y empresarios. Esto reubica la responsabilidad de las decisiones tanto en los empresarios, que se habían acostumbrado a dejar que fuera el gobierno quien negociara con los obreros, como en los líderes obreros, quienes deben medir el nivel real de lo que cada empresa puede dar, sin depender, como lo habían venido haciendo, de que el gobierno explorara esta posibilidad. Así que, finalmente, todo este enredo parecía estar resolviéndose bien.

El 10 de junio se cerró un capítulo en el proceso de negociación salarial. Ese día se dieron a conocer los salarios mínimos. El aumento fue de 15 por ciento.

 
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