El campo: insuficiencia de precios de garantía

"MES: MAYO"

El 9 de mayo se anunciaron los nuevos precios de garantía para los principales productos agropecuarios. Ello significó un aumento promedio de aproximadamente 80%. Sin embargo, los costos de producción en el campo se habían elevado en cerca de 120%, lo que significa que los nuevos precios, por sí solos, eran insuficientes para recapitalizar el campo. Lo que se buscó con ellos fue evitar una precipitación dramática de la crisis en el sector agropecuario.

El camino para determinarlos fue largo. El gabinete agropecuario —compuesto por los secretarios de Hacienda, Programación y Presupuesto, la Contraloría General, Agricultura y Recursos Hidráulicos, Comercio y Fomento Industrial y la Reforma Agraria— trabajó cerca de cuatro meses en ello. En el proceso de toma de decisión se escucharon los puntos de vista de todos los secretarios involucrados, pero, claro, no a todos se pudo satisfacer. Por ejemplo, el secretario de Agricultura me dijo que si realmente quería favorecer la producción y el empleo en el campo, lo que debería hacer era fijar primero los precios de garantía, acomodando después los otros factores económicos para resistir el impacto.

Esto no es posible, porque si así se actuara y se elevaran en forma importante los precios de garantía, se produciría un impacto inmediato en los precios en su conjunto y, por consiguiente, en los salarios. La única forma de evitar ese fenómeno es aumentar decididamente los subsidios, pero ello nos llevaría a romper los límites del déficit que nos hemos fijado, y la inflación terminaría por aniquilar cualquier efecto benéfico que con tales precios se hubiese buscado.

Así que fijamos los nuevos precios de garantía en el nivel más alto que pudimos, pero tomando en cuenta dos premisas inalterables: 1] el límite de lo que se podía repercutir al consumidor y 2] el límite presupuestal para subsidios. Sobre el primer punto, debe recordarse que existían acuerdos para ligar los salarios mínimos con los precios al consumidor de los productos básicos. Hicimos cálculos con base en un aumento salarial de 18% y obtuvimos la frontera de lo que podría pagar el comprador por ellos. El segundo factor estaba, en lo esencial, predeterminado a la baja.

Inevitablemente fue el consumidor urbano el más favorecido, pues es quien tiene la organización política necesaria para concertar acuerdos sobre precios y salarios. El desequilibrio entre el campo y la ciudad sólo podrá ser contenido mediante la moderación de los salarios y la acción de los subsidios. Esto, necesariamente, tiene que ser gradual. Sin embargo, debemos estar conscientes de que esta desigualdad se manifiesta en la protesta campesina, que si bien no se expresa en forma tan política como la de los grupos urbanos, no es por ello menos grave. Consiste en dejar de sembrar, en desemplearse y emigrar a las ciudades. Nuestro problema estriba en que la medición de esta protesta silenciosa y desordenada es prácticamente inexistente.

La información sobre los problemas de los campesinos es incierta. Los informes verbales que me dan —únicos con los que cuento— frecuentemente son contradictorios. Por ejemplo, durante el tiempo que duró este proceso para fijar los precios de garantía, un día me decían que si no fijábamos los precios para tal fecha, los campesinos no sembrarían sus tierras y, antes de esa fecha, me informaban que ya todos los campos estaban sembrados.

Es muy difícil tomar decisiones en un ambiente de tanto desconocimiento. Ahora me doy cuenta de que todo el país es un gran cuarto oscuro en el que hay que caminar a tientas. Poco sabemos de los problemas de los campesinos: no tenemos formas de medir su realidad. Con frecuencia debo actuar con base en la sensibilidad y la intuición, apoyándome exclusivamente en los informes verbales que recibo de diferentes grupos.

Me han hablado de que hay malestar en el campo, pero eso no impidió que tomara decisiones. La palabra malestar asusta a todos. Me dicen, por ejemplo: “Si subimos el precio de la gasolina, va a crecer el malestar”, a lo que tengo que responder: “Pues que haya malestar; yo también lo siento”. Sé que el malestar es generalizado y, sin embargo, tenemos que actuar, tenemos que tratar de resolver los problemas. No podemos dejar que la inercia o el temor nos gobiernen.

Hay malestar entre los productores agrícolas, pero también existen formas viciosas de compensarlos, como puede ser que no se les cobren créditos que se les otorgan. Esto ocurre aunque levanten cosechas, pues tanto los campesinos como los agricultores ya se acostumbraron a que el dinero que les presta Banrural es, en el fondo, un regalo. Esto se debe a que todas las prácticas que relacionan al gobierno con el sector rural están muy descompuestas por la falta de disciplina; están sumidas en la corrupción y la ineficiencia. En el campo resulta prácticamente imposible diferenciar entre los elementos del gobierno y aquéllos a los que deben beneficiar. Los agentes de Banrural, por ejemplo, están estrechamente ligados a los productores beneficiados por el crédito, lo que explica, en buena medida, las razones por las que no se les cobra el crédito.

Tenemos que elevar la eficiencia burocrática. Por ello me encuentro satisfecho con el método seguido por el gabinete agropecuario para trabajar este problema. He tratado de lograr que los gabinetes especializados —el económico, el de salud, el de comercio exterior y el agropecuario— funcionen con un esquema de trabajo piramidado, esto es, reuniendo primero a los técnicos, después a los subsecretarios y, finalmente, a los secretarios. De esa manera la labor se realiza en equipo y las conclusiones que me presentan vienen avaladas por los secretarios, pues ya son resultado de documentos preparatorios. Sólo así pueden ser conclusivas estas reuniones.

En algún momento sentí que en el gabinete agropecuario no existía suficiente comunicación entre sus integrantes. En especial, que los secretarios no estaban leyendo y trabajando suficientemente sobre los documentos preparados por los técnicos. En esas circunstancias, resultaba difícil tomar decisiones. Por ello, les pedí que volvieran a reunirse e hicieran el trabajo previo.

Ya hoy los gabinetes están trabajando de manera sistemática. El gabinete económico —formado por los secretarios de Hacienda, de Programación y Presupuesto, de la Contraloría General, de Energía, Minas e Industria Paraestatal, de Comercio y Fomento Industrial, y del Trabajo— se está reuniendo cada semana. Mi actitud en este tipo de reuniones consiste en tratar de distender el ambiente, pues creo que de esta manera todos pueden trabajar mejor.

Quien inició e impulsó mucho el trabajo de los gabinetes especializados fue López Portillo. La diferencia entre lo que ocurría entonces y lo que está ocurriendo ahora es, sustancialmente, la forma de trabajo propia del Presidente. La forma de trabajar de López Portillo consistía en enfrentar a la gente. Esto ocurría particularmente en el seno del gabinete económico. En una primera etapa, cuando estaban ahí tanto Tello como Oteyza, se daban verdaderas batallas campales en las que incluso se utilizaban gestos y expresiones muy fuertes, tales como señalar que determinada postura era fascista e implicaba una traición a la patria. El ambiente era desagradable, porque el gabinete parecía estar dividido entre buenos y malos, entre progresistas y reaccionarios. Yo participé durante la etapa en que se enfrentaban Tello y Oteyza con Moctezuma, pues yo era subsecretario y asistía como apoyo de Moctezuma. Cuando la situación llegó a ser insostenible, López Portillo decidió que abandonaran el gabinete tanto Tello como Moctezuma. Con ello se calmó un poco el ambiente, pero en el fondo la lucha seguía siendo sorda.

Por otro lado, me parece que durante las reuniones no se trataban los temas con suficiente sistema: no había trabajo previo a las presentaciones; los subsecretarios asistían para matizar ahí la opinión de los técnicos. Finalmente, el presidente López Portillo daba cierto tipo de parámetros, y parecía osado rebasarlo.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.