Giras de trabajo por los estados

"MES: ABRIL"

La negociación salarial marcó, junto con la labor internacional, el desarrollo del mes de abril. Pero no fue lo único; el ritmo de mis actividades continuó como siempre. Junto a los problemas específicos hay cosas rutinarias que, no por serlo, pierden importancia o utilidad. Tal es el caso de las giras de trabajo que realizo en los diferentes estados de la República.

El pueblo necesita la presencia física, tangible, del Presidente de la República. La satisfacción de esta necesidad es el objetivo principal de mis giras de trabajo. Sin embargo, el alcance de éstas es más amplio: propicia la interacción de diversos funcionarios. El Presidente se sirve de las giras para conocer y darse a conocer al pueblo, al gobernador anfitrión y a los funcionarios federales que lo acompañan. También se beneficia al observar las relaciones entre dichos funcionarios. A la postre, el Presidente aprovecha el tiempo y el espacio de las giras para ir acercando e involucrando tanto al gobernador como a los funcionarios federales con sus metas políticas y programáticas.

La presencia del Presidente de la República en diferentes localidades brinda la oportunidad de que diversos grupos de la sociedad le hablen en forma directa; con ello sienten que son considerados y atendidos por el gobierno y honrados frente a la comunidad. Por ello, me parecen positivas las participaciones breves de muchas personas. Por ejemplo, en Morelos, hubo una reunión en la que hablaron por turno, durante uno o dos minutos, los 19 ayudantes de un presidente municipal. Su problemática la puedo conocer desde mi oficina, pero desde ahí no es posible transmitirles mi interés por resolver sus problemas, ni la satisfacción de habérmelos transmitido personalmente.

En lo que se refiere a los gobernadores, las giras exhiben de manera inequívoca su estilo personal de gobernar. Ello es apreciable no sólo por la forma en que éstas se desenvuelven, sino también, y de manera importante, por aquello que escogen mostrarme. Debido a ello, no he querido establecer un procedimiento único para las giras. Esto lastimaría la susceptibilidad de los gobernadores, pues los haría sentir que se tienen que sujetar a un cartabón impuesto. Prefiero adaptarme a las características de cada gobernador, percibiéndolos como realmente son y aceptando que su comportamiento debe variar según el grupo social al que estén enfrentando, que no se puede usar la misma receta para tratar a la sociedad moderna que a la tradicional. Por eso he dejado que cada gobernador marque las pautas en las giras por sus estados, tratando de atender sus sugerencias. Les he pedido que se coordinen con la Secretaría Particular y con el Estado Mayor, a fin de crear un proceso de emulsión en el que se respeten las iniciativas de los gobernadores, dentro del marco de austeridad que yo he propuesto. Para los gobernadores, el objetivo fundamental de las giras es transmitirme, con acciones, la convicción de que, gracias a su intervención, las fuerzas sociales de su estado me apoyan. Pero, en la realidad de nuestro sistema político, es el gobernador quien necesita el apoyo del Presidente: por eso requiere su presencia en el estado, por eso lo presenta al pueblo como el factor de todo bien. En este esfuerzo también es claro que el gobernador busca congraciarse con el Presidente en pago del apoyo recibido o para preparar el camino del que habrá de pedir.

La justificación de que diversos funcionarios federales acompañen al Presidente durante las giras de trabajo por los estados es múltiple. Ellos deben asistir para aprender, sobre la marcha, a entender al Presidente y lo que éste quiere lograr. El Presidente los lleva para acercarlos a las trincheras, para que vean con sus propios ojos el espacio físico y humano donde sus decisiones deben convertirse en realidades.

Por otro lado, la presencia de los funcionarios propicia el diálogo directo con los gobernadores, como frecuentemente ocurre durante los tiempos de transportación entre un acto y otro. Por ejemplo, en la gira de Morelos, Lauro Ortega le reclamó a Horacio García Aguilar que la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos no lo esté ayudando. Las giras también sirven para “balconear” a los secretarios de Estado, esto es, para dejar que sean vistos cerca del Presidente y, con ello, fortalecer su imagen, pues al Presidente le sirven mejor secretarios con presencia y prestigio.

Finalmente, las giras también permiten a los funcionarios federales convivir y dialogar. Su participación en las giras o el tiempo que dedican a acompañarme en ceremonias y actos públicos debe tener un límite razonable. Para medir tal situación, le pedí a Carlos Salinas que analizara la proporción de su tiempo que me dedica, y encontré que ésta es menor que la que yo le dedicaba, como secretario de Programación y Presupuesto, a López Portillo.

Considero que las giras de trabajo por los estados deben cerrar con las palabras del Presidente, quien debe retomar lo más significativo de la visita y, con ello, brindarle su apoyo al gobernador. El tono que deberá emplear depende del foro, aunque es claro que las palabras del Presidente tendrán un doble auditorio, el local y el nacional.

El viernes 8 de abril visité el estado de Morelos. La experiencia fue positiva, pues además de lograr escaparme de mi oficina y descansar de las jornadas tensas que ahí tengo, pude ver y palpar la actividad del gobernador Lauro Ortega. Su estilo es tradicional: le gusta gestionar todo personalmente. Pero no cae de lleno en lo que podría denominarse un estilo caciquista, pues su solución a los problemas de los pueblos sí tiene estructura. Por ejemplo, presenciamos en Tehuixtla el fin de un proceso en el que normalmente Ortega se sienta frente al pueblo y a los funcionarios locales para escuchar los problemas de la localidad y buscar su solución. El gobernador escucha las peticiones, ve si éstas son razonables y decide si entregará o no el dinero para su solución. Si la decisión es afirmativa, le da el dinero a un comité de vecinos para que éste lo administre, aunque el depósito en el banco lo establezca en cuenta mancomunada de los vecinos y el presidente municipal, a quien también hace responsable de su buen uso. Con ello establece una participación real de la comunidad en el manejo del dinero que se le asigna.

En Morelos me resultó satisfactorio ver que el gobernador tiene animados a los empresarios de su estado. Por ejemplo, Cintrón, quien durante mi campaña electoral habló con un tono crítico que me obligó a intervenir para marcarle un alto, ahora se manifestó muy positivo. Don Lauro me lo había advertido, diciéndome que ya notaría el nuevo tono de los empresarios. Pude apreciar que los ha acercado al gobierno, que los ha hecho participar y comprometerse. Resultado de ello es el comité empresarial que encabeza Alina Rivera Torres, el cual ha acordado comercializar los productos que los diferentes pueblos puedan producir.

Es sorprendente ver cómo el gobernador investiga qué productos tienen demanda nacional o extranjera y organiza a los pueblos para su producción, dejando a los empresarios el problema de la comercialización. Así descubrió que había demanda en los Estados Unidos de tarántulas, alacranes y lagartijas, y tiene gente cazándolos, o incluso criándolos, para la exportación. También encontró una demanda estadounidense de un millón y medio de jaulas para pájaros, hasta ahora provistas por Taiwán. El hecho es que organiza a los pueblos para que produzcan aquello en lo que ya tiene asegurado un mercado, sin importar lo que esto pueda ser. Creo que incluye hasta chalequitos para perro. Esta concepción, aparentemente bucólica, permite un desarrollo intermedio, pues da ingresos por exportaciones.

Todo esto lo promueve Ortega con recursos del estado. Un primer resultado de este esfuerzo se puede ver en Ahuehuetzingo, donde la presidenta municipal me dijo que el programa estatal de desarrollo ha permitido dar empleo a todos los habitantes del pueblo, reincorporar a otros que lo habían abandonado y que aún tiene 50 empleos que ofrecer.

En fin, habrá que esperar para ver cómo funciona esto a la larga, para ver si no se generan más expectativas que resultados. Sea como fuere, Lauro Ortega está en la escala superior de los gobernadores activos, que resuelven más problemas que los que dan. La verdad es que tengo a varios gobernadores muy echados y, por contraste, Lauro Ortega resulta loable.

A Tlaxcala fui el 14 de abril. Ahí, el gobernador Tulio Hernández aprovechó su discurso, por cierto muy bien armado retóricamente, para dejarme ver su postura ante los convenios que se han firmado entre los estados y la Federación. Concretamente, señaló que el Convenio Único de Desarrollo firmado con la Secretaría de Programación y Presupuesto no debe entenderse como una camisa de fuerza para la entidad, sino que hay que adaptarse a las peculiaridades de ésta. Dijo también que el convenio con la Contraloría General de la Federación, primero de su naturaleza, tampoco deberá entenderse como una fiscalización a los estados, pues ello significaría que éstos son tratados como menores de edad.

La importancia de estas observaciones consiste en que seguramente reflejan el sentir de la mayoría de los gobernadores, pues defienden la autonomía de los estados. Las entiendo, pero si he establecido estos controles sobre la actividad de los estados es porque tengo que cuidar que la descentralización de recursos no vaya en demérito de la eficacia global del aparato gubernamental que, sin ser perfecta, puede abatirse.

Ahora bien, es evidente que la relación entre los funcionarios federales y los funcionarios estatales requerirá siempre un estira y afloja y, si acaso un delegado federal se pone difícil, el gobernador reaccionará.

En esta gira, como en otras, la prensa ignoró las palabras del gobernador, dando importancia sólo a las mías. Me parece inadecuado que sólo se destaquen las palabras del Presidente de la República y se releguen las de su interlocutor. Habrá que buscar la forma de cambiar esto. Los gobernadores requieren que se les reconozca mayor peso, pues de hecho son muy importantes.

Por otro lado, el 15 de abril se reunió el Gabinete de Comercio Exterior. En esa ocasión se aprobó el documento que se publicaría el 9 de mayo, relativo a la simplificación y agilización de trámites administrativos para la exportación. Las modificaciones que impusimos fueron una respuesta a las constantes quejas que los exportadores venían haciendo por el burocratismo proveniente del régimen anterior. Pero el problema central para los exportadores es, sin duda, el control de cambios. Hay que simplificarlo. Sin embargo, la posibilidad de hacerlo está estrechamente vinculada con el volumen disponible de divisas. El margen de maniobra no permitía, en ese momento, simplificarlo a un ritmo más acelerado.

Por otra parte, existen fenómenos enraizados en la complejidad de nuestra propia sociedad que entorpecen las exportaciones. Por ejemplo, me informan que los aduaneros, que ya no pueden cobrar mordida por las importaciones, ahora se están compensando con las exportaciones.

También en el mes de abril decidimos aumentar las tarifas aéreas, ferroviarias y de puentes y caminos federales. De este gobierno se puede decir lo que se quiera, menos que no toma decisiones.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.