Visita del Presidente de Brasil, João B. Figueiredo

"MES: ABRIL"

Abril fue un mes muy activo para nuestras relaciones internacionales. El día 26 recibí en visita oficial al Presidente de Brasil, João Baptista de Oliveira Figueiredo. Fue la primera que tuve de un presidente extranjero, y significó un primer acercamiento importante entre México y Brasil.

Había ciertas expectativas de que esta visita fuera difícil, ya que las relaciones que Echeverría y López Portillo mantuvieron con Brasil fueron distantes. Concretamente, las entrevistas entre estos presidentes mexicanos y sus contrapartes habían sido poco exitosas, e incluso alcanzaron cierto tono negativo, como ocurrió con la visita que López Portillo realizó a Brasil en julio de 1980. En esa ocasión, la relación personal entre los presidentes, tan importante en este tipo de reuniones, se vio ensombrecida por los comentarios que la prensa brasileña hizo durante la misma estancia de López Portillo en ese país. Éstos se generaron por ciertas actitudes personales de la señora López Portillo. Se reseñó que había hecho volar un piano hasta el cuarto de su hotel y que su vestimenta era estrafalaria. Estos detalles, aunque banales, dieron pie a tensiones innecesarias.

Había otros elementos que parecían indicar que el encuentro entre Figueiredo y yo tendría un ambiente difícil. Los brasileños querían darle a la reunión un tono muy formal, incluso distante. Por ejemplo, considerando que el encuentro tendría lugar en un centro turístico tropical como lo es Cancún, hicimos consultas para saber el tipo de ropa que nuestros visitantes juzgaban adecuado. Nos hicieron saber que Figueiredo llegaría de traje y corbata y que deseaba que las cenas oficiales fueran de traje oscuro. Nosotros sugerimos que las pláticas entre él y yo se dieran en un ambiente más informal, a lo que se nos contestó que Figueiredo asistiría sin corbata.

Otro detalle indicativo de la actitud de los brasileños fue la respuesta de la esposa de Figueiredo, quien ante nuestra invitación para que hiciese visitas a los sitios arqueológicos de la península de Yucatán, manifestó su preferencia por permanecer sola en su hotel. Este panorama no mejoró cuando Figueiredo bajó de su avión con un semblante muy adusto, muy seco. Al instante comprendí que el saludo iba a ser de sólo “un cuarto de abrazo”.

Por otro lado, la reunión estaba muy preparada. El servicio exterior brasileño es muy capaz y, gracias a ello, desde un mes antes teníamos los borradores de todos los documentos, incluso de los discursos que habrían de pronunciarse. Es importante reconocer que muchas de las iniciativas fueron suyas. La visita estaba encaminada sólo a afinar algunos puntos de esos documentos y, sobre todo, era para que Figueiredo y yo pudiéramos conocernos.

Después de esta primera visita oficial, tengo la impresión de que la simpatía y confianza que pueden generar los presidentes en su trato personal es muy importante.

Aparte de la relación positiva que logramos establecer el presidente Figueiredo y yo, la reunión se dio en el contexto de una buena disposición de nuestras dos naciones. A ello contribuyó el hecho de que ya no se está compitiendo por el liderazgo en América Latina. Brasil, de hecho, ha resuelto, gracias a la capacidad de su servicio exterior, todos sus problemas fronterizos, dando con ello fin a sus supuestas ambiciones imperiales en América del Sur. También ayudó al éxito de la reunión el hecho de que los brasileños se encuentren apachurrados y humillados por su actual situación económica.

Lo fundamental, sin embargo, consistió en hacerles sentir que yo no tengo prejuicios definitivos contra los gobiernos militares. Esto fue muy importante, porque hasta este momento México había manifestado su recelo respecto al gobierno brasileño, actuando como si ese país tuviera un gobierno dictatorial absoluto, demostrando desconfianza por los militares, a quienes implícitamente calificaba de gorilas. Creo que esto era una postura equivocada, pues yo encontré en Figueiredo una voluntad democratizadora. De hecho, casi la mitad de sus gobernadores son de la oposición. No es por tanto un gobierno dictatorial; simple y llanamente funcionan de una manera diferente a la de nosotros.

La visión de Brasil como la palanca norteamericana en América del Sur también es falsa. Respecto a sus relaciones exteriores, yo sentí a Figueiredo bastante independiente. Brasil ya no puede ser considerado como el subimperio.

Este cambio en nuestra actitud permitió que el clima de la reunión fuera muy satisfactorio. Me parece que todos los acuerdos que logramos son viables, aunque estoy muy consciente de que se requiere mucha perseverancia de nuestra parte para hacerlos efectivos.

Las pláticas entre Figueiredo y yo resultaron agradables y enriquecedoras, aunque debo confesar que la forma en que se desarrollaron fue para mí una sorpresa. Nuestras primeras conversaciones se dieron en el trayecto entre el aeropuerto y su hotel. En esa ocasión, como parecía natural, hablamos de cosas intrascendentes.

Lo sorprendente fue que cuando llegaron las pláticas oficiales, continuamos con temas personales irrelevantes: él me platicó sobre su padre; hablamos sobre los hijos y la familia. Mientras la charla amistosa se prolongaba, yo me preguntaba:

“¿Por dónde iniciaré los temas que debemos tratar?”. Sabía que éstos estaban definidos en los borradores, pero sentía que era necesario abordarlos personalmente con el presidente Figueiredo. Estuve esperando, dejando que él llevara la conversación para ver si empezaba a tocar alguno de los asuntos que teníamos que tratar.
Pero no, continuaba con una conversación como la que hubiera podido ocurrir entre dos amigos. Mientras pasaba el tiempo, yo, desconcertado, me preguntaba:
“¿Qué no vamos a hablar de nada?”. Decidí por fin empezar con mucho cuidado a tocarle ligeramente algunos de los temas importantes, a lo que él me contestaba con una frase afirmativa de apoyo y descartaba el tema. No quería entrar propiamente en materia. Seguíamos platicando y, de nuevo, buscaba yo la ocasión para mencionarle algún asunto que sintiera delicado y, de nuevo, me respondía afirmativamente con una frase y continuaba contándome anécdotas. Por ejemplo, en un momento dado, le sugerí la posibilidad de realizar una reunión entre los intelectuales de México y Brasil, a lo que contestó con cierto desinterés: “Sí, cómo no, que se junten”. Propuse entonces que también lo hicieran los comerciantes.
Su respuesta fue: “Dígame usted qué reuniones quiere y las realizamos”. Con ello liquidó el tema.

Pensé que cuando menos el asunto de Centroamérica requeriría un diálogo más abierto, pero cuando empecé a tratar ese tema me interrumpió para decirme: “Nosotros apoyamos plenamente su postura y estamos de acuerdo en hacer una declaración en ese sentido”. Así que me fui dando cuenta de que su estilo consistía en dejar que nuestros colaboradores afinaran aquellos borradores, que de hecho ya habíamos aprobado, y que la plática entre él y yo fuera totalmente informal. En el fondo, su interés consistía en propiciar un conocimiento mutuo de nuestras personalidades. Naturalmente, yo me di cuenta de que él, entre anécdota y anécdota, registraba perfectamente los puntos que yo le tocaba, pero le parecía más importante desarrollar un ambiente de confianza y naturalidad entre nosotros.

Este diálogo informal me permitió conocer mejor algunos de nuestros propios aspectos como nación y como gobierno, pues la necesidad de explicarnos frente a otros nos lleva a conocer y comparar los rasgos que nos caracterizan. En un sentido amplio, la comparación entre las dos naciones me permitió apreciar que somos países muy similares en problemas y objetivos.

En un análisis más concreto, me di cuenta de que el sistema político mexicano es más articulado que el brasileño, y que en nuestro país el Estado cuenta, a pesar de los desgastes, con mayor poder y margen de maniobra que el Estado brasileño. Al hablar de margen de maniobra me estoy refiriendo al hecho de que aquí contamos con un partido mayoritario muy disciplinado y que, por otro lado, el Poder Ejecutivo tiene un alto grado de influencia sobre todos los sectores de la sociedad. El Presidente de Brasil me comentó, en un momento dado, que él gobierna contra todos. Me dijo que el ejército lo apoya en su mayoría, pero que, fuera de ello, gobierna contra los obreros, los empresarios, el clero y la prensa. En Brasil, donde la sociedad es más fuerte, organizada y contestataria, el Presidente tiene que hacer componendas de intereses para poder gobernar.

No cabe duda de que entre más adelantada es una sociedad, más difícil resulta gobernarla, y la brasileña es más fuerte que la nuestra. Por ejemplo, y en comparación, yo reconozco que no puedo decir que la selección de mi gabinete estuvo influida por diversos grupos políticos; al contrario, formé un equipo homogéneo sobre el que tengo absoluto control y en el que mis colaboradores no tienen compromisos de lealtad más que conmigo.

Otra comparación que pude establecer y que me resultó satisfactoria fue la de mi equipo frente al equipo brasileño. Sentí que había equivalencia en la preparación y capacidad de ambos grupos. La única diferencia notoria fue el promedio de edad, que en el caso de los brasileños debió andar por los 65 años, en tanto que en el nuestro era aproximadamente de 42 años. Por otro lado, no sentí que hubiera ninguna diferencia de fondo por el hecho de que varios de los funcionarios brasileños fueran militares.

Creo que la reunión fue muy positiva. Figueiredo se fue muy bien impresionado de nosotros. Al despedirse, me dijo que no dejaba a un colega sino a un amigo. Se despidió dándome un fuerte abrazo. Nuestro acercamiento quedó expuesto en el comunicado conjunto de México y Brasil. Las declaraciones de Brasil fueron más allá de lo que esperábamos. Su apoyo al Grupo Contadora fue cabal. Todo esto permite concluir que, pese a las dificultades que preveía para esta reunión, logramos un desarrollo muy alentador, con un primer acercamiento de fondo entre México y Brasil.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.