Balance y reflexiones

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ESTAMOS ANTE UN MOMENTO HISTÓRICO EXCEPCIONAL.Seis años de crisis han erosionado los márgenes políticos y económicos que durante mucho tiempo permitieron el mantenimiento del statu quo priista tal como lo conocíamos. La elección puso en evidencia una verdad descarnada: la temida escisión del PRI es una posibilidad real. Esta ruptura pudiera ocurrir en el curso de un par de años, porque las propuestas de mi gobierno -que Salinas ofrece llevar un paso más adelante- causan horror a muchos priistas tradicionales: significan un cambio de ideología que les resulta muy difícil de aceptar.

La disyuntiva entre las dos vías tuvo lugar al inicio de mi gobierno, aunque sólo ahora se está haciendo evidente a un público más amplio. Cuando llegué al poder, el país estaba inmerso en una crisis alarmante. Su causa, para mí, era incuestionable: México ya no podía soportar manejos económicos erráticos, que atendían más a necesidades políticas que al sano desenvolvimiento de la economía nacional. Esta terrible forma de proceder -que caracterizó a los gobiernos de Luis Echeverría y de José López Portillo- estaba llevando al país al despeñadero.

Salvé entonces la apremiante situación de recibir un gobierno en bancarrota, convulsionado por una inflación galopante y en el que la desconfianza había paralizado el ingreso de divisas y provocado un enorme debilitamiento de la actividad productiva. El crecimiento del desempleo era lo más preocupante, pues llegó a generar dudas sobre la capacidad del país para sortear la crisis de manera pacífica.

Por ello, y precisamente con el fin de conservar e incrementar el empleo, logré superar los principales obstáculos del sector productivo y acordar con los afectados las medidas para aumentar los ingresos públicos y contener los salarios. Ello implicó grandes esfuerzos del sector público, como renegociar favorablemente la deuda externa, resolver el problema cambiario, sanear las finanzas públicas y consolidar la confianza de los usuarios del sistema bancario.

Tenía que rectificar el modelo de desarrollo seguido hasta entonces, que se basaba en el crecimiento acelerado de la economía con inflación y una deuda pública creciente. Debía sustituirlo por un modelo de crecimiento menos apresurado, pero con estabilidad de precios, así como establecer concepciones fiscales y financieras novedosas, que permitieran mantener un tipo de cambio realista, y adoptar medidas tendientes a elevar los ingresos públicos en concordancia con los mayores gastos gubernamentales.

Para todo eso, fue necesario dar cabida a otro tipo de gente. Me allegué un grupo capaz en el terreno económico no sólo de instrumentar las medidas que yo proponía, sino de entender las razones de fondo que exigían desechar políticas económicas que durante un largo periodo se habían aplicado en nuestro país.

Concebir este cambio significaba reconocer que lo que había funcionado en otros momentos históricos no permitía sentar las bases de un México viable en el siglo XXI. El mundo es cada vez más interdependiente, y los mexicanos no estamos siendo competitivos, dado el anacronismo de nuestros métodos y nuestras organizaciones.

Para hacer frente a esta realidad, propuse cambios estructurales que marcan una inflexión en nuestro desarrollo. Promoví el saneamiento económico, la disminución del tamaño del Estado y una política de apertura comercial.

Pero la economía no es ajena a la política. Independientemente de por cuál puerta se entra a la realidad, se está siempre en un todo. Por ello, las modificaciones de fondo tienen que ser integrales. Yo entré por el camino del saneamiento económico y, al hacerlo, observé las profundas necesidades de cambio político.

Lo primero fue restablecer el prestigio y el liderazgo presidencial. Para ello, limité a quienes querían imponer sus intereses a los de la nación. Promoví la renovación moral mediante la creación de la Secretaría de la Contraloría.

Más adelante, y como producto de la consulta popular y el análisis, realicé una reforma política que modificó la composición de la Cámara de Diputados para darle mayor presencia a los partidos de oposición; se creó un código electoral que agilizó y flexibilizó la participación política, y estableció, en respuesta a la demanda ciudadana, la Asamblea del Distrito Federal. Asimismo, logré devolver a la Suprema Corte de Justicia su papel de tribunal constitucional.

También emprendí una reforma para consolidar los municipios mediante leyes que les devuelven fuentes de ingresos que les corresponden, y les confieren facultades para impulsar el desarrollo local y la pluralidad política.

En términos de la política internacional, actué en atención a nuestros principios, pero también a nuestros intereses. Me ocupé con diligencia de la seguridad nacional. Ante la crisis centroamericana, promoví una instancia diplomática para auxiliar en la pacificación de la zona: el Grupo Contadora.

Afronté los problemas de la deuda externa de manera bilateral, pero también impulsé consensos multilaterales. Amplié las posibilidades de crecimiento de nuestro país al fomentar el comercio exterior mediante la participación de México en el GATT.

Con los Estados Unidos busqué siempre un diálogo franco y constructivo, pero enfrenté con dignidad la presión que en diversos momentos ejercieron sobre nuestro país. Siempre me esforcé en promover un mayor diálogo con y entre los presidentes de América Latina.

Mi política social se centró en la defensa del empleo y el abasto, porque a ello me obligó la crisis. Busqué reorientar los subsidios para que llegaran más directamente al consumidor, evitando los abusos tradicionales. Sostuve, a pesar de los problemas económicos, los apoyos compensatorios que han caracterizado nuestro desarrollo y que se han encauzado tradicionalmente a la educación, la salud y, durante mi gobierno, incluso a la defensa del medio ambiente.

Todo ello permitió esquivar el desorden social y mitigar la magnitud de nuestras carencias. En un país como el nuestro, siempre es mucho más lo que falta por hacer que lo logrado.

Además, no faltaron tropiezos en lo que fui proponiendo y realizando. Vis- to en retrospectiva, inicié mi gestión en un cuarto oscuro. Tomé posesión de mi cargo en diciembre de 1982 en medio de lo que se llamó la crisis de la deuda, pues efectivamente nos encontrábamos en una situación en la que su renegociación resultaba urgente, aunque el problema era, como ya lo he explicado, mucho más complejo.

En 1986 se desplomaron los ingresos petroleros de nuestro país, como consecuencia de la guerra de precios provocada por Arabia Saudita. Su deterioro nos ubicó al borde de la moratoria. Logramos entonces firmar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en el que este organismo aceptó el criterio de "crecer para pagar". Esto ocurrió al tiempo que nuestra relación con Estados Unidos entró en un periodo crítico, como resultado del endurecimiento norteamericano y de los problemas del narcotráfico.

Finalmente, en 1987 sufrimos, al igual que todo el mundo, el colapso de nuestra Bolsa de Valores. Esta caída bursátil fue incluso más grave que la vivida en 1929. Se trató del estallido de una "burbuja especulativa" que había venido creciendo por algún tiempo. Para nuestro país, este fenómeno resultó catastrófico: alentó la desconfianza, la fuga de capitales y nos obligó a una devaluación.

Estas crisis fueron muy destructivas. Sin embargo, mi gobierno demostró que su capacidad de respuesta ante lo inesperado estuvo siempre normada por un proyecto general amplio, que le permitió ser consistente. Después de los desvíos coyunturales, volvió sobre las metas trazadas. No logré totalmente el saneamiento económico que me propuse debido al desplome de nuestra principal fuente de ingresos, el petróleo. Sin embargo, después de la última crisis pude capitalizar todo el esfuerzo con los diferentes sectores de la sociedad y, conjuntamente, construir el Pacto de Solidaridad Económica.

Este acuerdo representa un distinto grado de colaboración de la sociedad y una prueba de que en este momento los diversos grupos sociales están dispuestos a seguir los lineamientos que hemos propuesto. Ello demuestra la capacidad de liderazgo que hemos alcanzado y también la dimensión de nuestras vicisitudes.

En ese sentido, cabe destacar que enfrenté situaciones inéditas, pues la profundidad y la diversidad de la crisis eran desconocidas, como también lo eran, necesariamente, las reacciones que desencadenaría en distintos grupos sociales y la forma en que éstos interactuarían, modificando con ello nuestro entorno político y económico. El hecho es que la crisis provocó reacciones exacerbadas e inmediatas, pero también dio lugar a procesos sordos, cuyo afloramiento siempre es sorpresivo.

Nuestro desgaste fue formidable, lo que hizo que muchos cuestionaran la conveniencia de seguir adelante, como si realmente existiera una alternativa.

Todo ello me fue inclinando en la sucesión presidencial por la persona que, en mi opinión, mejor entendía el sentido de los cambios que yo había propuesto. No quise un sucesor de transición que tuviera como meta contentar a todos aquellos a quienes las medidas de mi gobierno estaban molestando o marginando.

Procedí como lo hice, porque se acabó el tiempo de ecumenismos o componendas. Llegó la hora de definirse y de actuar a fondo para cambiar el país. Me incliné por Carlos Salinas, porque su convicción en el proyecto de nación que sostuvo mi gobierno es sólida. Precisamente por ello, muchos políticos lo veían como el menos deseable de los precandidatos. Al escogerlo, precipité el desenlace del enfrentamiento que hoy vivimos.

La selección de Salinas resulta muy poco atractiva para muchos dentro del PRI y dentro de la burocracia. Sin embargo, ante la perspectiva de recibir con el cambio de gobierno un puesto que les resulte satisfactorio, todavía se mantienen agazapados. Esto se terminará cuando pase el primero de diciembre. Poco a poco encontrarán que son más afines al grupo encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas.

Cuauhtémoc es una alternativa real, ya que postula la política que durante años sostuvo el Estado mexicano, y que ha sido asimilada por muchos. Consiste en la expansión económica del Estado, en una posición internacional de principios -totalmente alejada del pragmatismo- y en una política de apoyo al corporativismo. Ésos fueron, sin lugar a dudas, los pilares sobre los que se fundó el Estado mexicano. Sin embargo, hoy inhiben las modificaciones necesarias para crear una economía viable en el concierto internacional.

Es innegable que las circunstancias que encara Salinas -después de seis años de crisis- son diferentes de las que yo enfrenté: ya no hay entusiasmo, ni siquiera hay paciencia. El gobierno de Salinas ya no tendrá tiempo para probarse, deberá dar resultados inmediatos, pues la gente considera, y con razón, que el tiempo de preparación correspondió a mi gobierno.

La única posibilidad de éxito político para Salinas consiste en lograr el avance económico de la nación. Si el proyecto que hemos propuesto no consigue mejorar la economía, va a ser políticamente imposible mantenerlo. Sólo un crecimiento no inflacionario puede hacer popular la postura que nosotros hemos sostenido. Sólo con éxito económico y mayor eficiencia pública podremos hacer cambiar ideas profundamente arraigadas.

El proyecto de nuestro grupo resulta difícil de entender. Para muchos implica un entreguismo a la derecha, porque efectivamente, aunque por razones distintas de las que ellos esgrimen, hemos coincidido en que es grave el déficit público y en que se necesita reducir el tamaño del Estado. Esta coincidencia envalentona a ciertos grupos empresariales y, sin embargo, los acerca al gobierno.

Salinas tiene una clara conciencia de que sólo con el apoyo de la iniciativa privada el país podrá volver a crecer sin caer en un proceso inflacionario. Por ello, ha buscado un acercamiento con los empresarios, lo cual ofende a muchos grupos políticos.

Finalmente, cabe anotar, con un tono un tanto anecdótico, pero no por ello sin preocupación, que ciertos sectores tradicionales del partido consideran a Salinas y a su gente como un grupo elitista. Para ellos, se trata no sólo de un cambio de generación, sino también de clase social. Esto puede causar un repudio peligroso.

Salinas deberá buscar una transición que evite el enfrentamiento, pero una vez que éste se haya dado, tendrá que ser tajante. Esto no resulta contrario a su naturaleza, pues es menos conciliador que yo. Su grupo, por su parte, deberá estar bien preparado para librar un combate ideológico. Su ventaja relativa será que ya no entran a un cuarto oscuro: ahora conocemos con claridad los problemas y la politización que han causado en la sociedad. Con este conocimiento podrán desarrollar estrategias efectistas y efectivas.

En estos días el PRI ha vivido momentos desconcertantes. Los discursos de sus dirigentes, concretamente los de su presidente, Jorge de la Vega Domínguez, y de su secretario general, Manuel Camacho Solís, manejan lenguajes distintos, lo que refleja concepciones diferentes del quehacer político. Jorge de la Vega tiene una línea más tradicional y, por tanto, cuida el sentimiento de quienes han compuesto las filas del partido por muchos años. Cuando él habla, los líderes de los sectores y los priistas de viejo cuño se sienten identificados. Camacho Solís, al ser profundamente autocrítico del sistema político del PRI, atrae a los posibles votantes que han escapado a las estructuras cerradas del partido. Sin embargo, sus palabras hieren y ofenden a los priistas tradicionales.

Ambos representan concepciones esencialmente distintas de la política. Mientras que para De la Vega el quehacer político consiste en tener satisfechos a los líderes de los grupos organizados que históricamente han dado, y todavía dan, el principal sustento al PRI, Camacho habla para el lector o el televidente no partidario, al que procura captar o recapturar para el voto priista.

Es necesario que ambos grupos, viejos y jóvenes, tradicionales y modernos, dinosaurios y renovadores, se encuentren representados en el partido. Sin embargo, en mi opinión, la forma en que se desenvuelve Camacho resulta ingenua. Al ser tan autocrítico, hiere innecesariamente. Yo creo que se podría presentar la posición renovadora sin que ello signifique lastimar a quienes hoy por hoy sostienen el partido.

Todo ello me permite prever que el verdadero problema surgirá en las filas del partido. La realidad es que no existe un esquema alternativo al del apoyo corporativo. Aunque el sindicalismo en el mundo está en un proceso declinante, no tenemos otras formas para conducir una sociedad tan heterogénea como la nuestra. El manejo de grupos de interés difícilmente podrá sustituir en nuestro país a la fuerza de los sindicatos. No podemos calcar los modelos de naciones más desarrolladas. Tenemos que ser más realistas.

Debemos reconocer que sin los que se interesan en la reflexión y sin los priistas tradicionales no hay PRI, y que si bien es deseable buscar la modificación o recreación del partido, ésta no puede ocurrir en el vacío. Se tienen que tomar en cuenta las fuerzas existentes y conseguir su apoyo. Sólo así se podrá lograr la renovación del partido.

Reitero mi convicción de que sólo el Partido Revolucionario Institucional tiene los cuadros necesarios para promover la renovación del país con miras a seguir a la vanguardia internacional y para entender e impulsar a los grupos de mexicanos que se encuentran en situación de menor desarrollo. La izquierda no entiende el proyecto y la derecha no entiende el país.

Ciudad de México, noviembre de 1988

 
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