Cambios en el PRI

"MES: AGOSTO"

El gobierno ha realizado negociaciones con los partidos de oposición de manera permanente, por conducto del secretario de Gobernación. El PRI inició negociaciones con los partidos de oposición antes del 6 de julio, cuando Camacho acordó que ninguno de los candidatos presidenciales declararía su triunfo hasta con- tar con cifras de la Comisión Federal Electoral.

A pesar de ello, los candidatos presidenciales de la oposición se reunieron a las cinco de la tarde del 6 de julio para hacer su manifiesto de denuncia de fraude electoral y, por otro lado, el PRI declaró esa madrugada el triunfo de su candidato.

Los intermediarios en las negociaciones han sido, por el PRI y Salinas, Manuel Camacho y, ocasionalmente, Luis Donaldo Colosio, y por el gobierno, Manuel Bartlett, aunque también hubo algún contacto con el subsecretario de Seguridad, Jorge Carrillo Olea.

A partir del 6 de julio, las negociaciones tras bambalinas fueron frecuentes. Recuerdo, por ejemplo, que el 20 de julio, a eso de las ocho y media de la noche, me habló Jorge de la Vega para transmitirme la información que había recabado sobre la posición de los cardenistas en la negociación respecto a Salinas. Se trataba, desde luego, de una posición inicial, pues de hecho estaban por dar comienzo, al día siguiente, los trabajos de la Comisión Federal Electoral destinados a revisar los resultados de los 300 distritos electorales y entregar las constancias de mayoría de los presuntos diputados ganadores.

Esta negociación ocurría cuando ya habían tenido lugar varias movilizaciones masivas de protesta por el supuesto fraude, y cuando existía el peligro de que en cualquier momento se desatara la violencia.

Los cardenistas solicitaban: más posiciones en el Legislativo; la congelación de la venta de empresas paraestatales; mayor participación política en el Distrito Federal; la elección de delegados políticos en el Distrito Federal; presencia en el Poder Judicial del Distrito Federal; participación en el Gabinete Presidencial, y bases nuevas de participación electoral. Además, ya no querían intermediarios, sino negociar directamente con Salinas. En menos palabras, pedían su cogobierno. Evidentemente, sus puntos eran inaceptables.

El 2 de agosto, Manuel Camacho sustituyó a Humberto Lugo Gil en la Secretaría General del partido. Este cambio se debió a que Salinas quiso que Camacho pasara a la Secretaría General y a que se presentaba la oportunidad política, dado que Humberto Lugo Gil ya había sido elegido como senador. Además, cada vez se hacia más difícil la posición dual en que vivía Camacho, al fungir como secretario de Desarrollo Urbano y Ecología en mi gobierno y como principal consejero y negociador del candidato.

El partido se convierte, desde el momento en que se nomina al candidato a la Presidencia de la República, en un condominio en el que cohabitan el Presidente y el candidato, y en el que el candidato va ocupando progresivamente más espacio. El partido no se controla como a una secretaría de Estado, sino que se exhorta, invita y orienta a muchos dirigentes.

Aclaro esto, porque el arribo de Camacho a la Secretaría General del PRI ha sido manejado, porque así lo ha querido Salinas, como si ello supusiera su liderazgo automático. Esto no es una realidad, porque no se es líder por nombramiento; para serlo, se tiene que ganar la adhesión de la organización respectiva, y Camacho entró sin la simpatía de los dirigentes sectoriales o de los gobernadores.

Jorge de la Vega, que abandera los puntos de vista de la mayoría de los priistas, no se siente cerca ni de Salinas ni de Camacho; hay que entender que dentro del partido existen personas que sienten que se ha cedido de manera innecesaria terreno a la oposición. Ello explica por qué De la Vega, en sus discursos, se tira a fondo contra la oposición.

Esta división interna dentro del PRI genera desconfianza recíproca. La falta de cohesión en el PRI es y puede ser muy grave.

La prensa insistió en que en el PRI existen duros y blandos. Los primeros, también llamados “dinosaurios”, se niegan a compartir el poder, en tanto que los segundos, conocidos también como “renovadores”, buscan la apertura democrática. Se trata de una apreciación excesiva, pero con cierto fundamento en la realidad.

Yo encuentro que los llamados duros son aquellos que desean un partido más belicoso, un partido que defienda de manera más directa y abierta los intereses de sus agremiados, en tanto que los blandos son aquellos que desean la negociación. Los duros están encabezados por Jorge de la Vega, por los dirigentes de los tres sectores y por todos los gobernadores; a los blandos los dirigen Salinas y Camacho.

Un caso que ejemplifica por qué existe una convicción generalizada, sobre todo entre los gobernadores, de que Manuel Camacho cedió mucho en el Colegio Electoral es el relativo a Nuevo Laredo. Ahí, el gobernador Américo Villarreal seleccionó con mucho cuidado a un candidato proveniente de un ámbito diferente al del cacique Pérez Ibarra, y su candidato ganó. Sin embargo, como ésa es un área de triunfo tradicional del PARM, Camacho lo cedió en una negociación. Su defensa es que logró instalar el Congreso a tiempo.

Indiscutiblemente, la vena negociadora de Camacho es muy profunda. En ocasiones va demasiado lejos: llegó a proponerme, a fin de lograr que el Congreso se comportara bien durante la lectura del Sexto Informe de Gobierno, que yo me comprometiera a promover, en dicha ocasión, la reforma del Código Electoral y de la Constitución. Esto es totalmente inaceptable para mí, porque significa reconocer que las leyes que yo envié al Congreso no funcionan.

Otra propuesta que me hizo Camacho fue aceptar la oferta de paz de los cardenistas a cambio de que quitáramos del gobierno de Michoacán a Luis Martínez Villicaña. Esto es absolutamente inadmisible, porque si cedo en ello, pronto los cardenistas estarían indicándome a quién tengo yo que quitar o poner para que se tranquilicen.

Las propuestas de Camacho a veces me resultan profundamente inaceptables. Por ello, en la reunión que tuvimos en mi oficina Salinas, Bartlett, Camacho, Chirinos y yo, el 29 de agosto por la tarde, y en la que me hizo estas propuestas, le respondí que no. En un tono áspero, añadí: “Hasta el 30 de noviembre voy a gobernar; el poder no lo suelto hasta el primero de diciembre. Después de esa fecha, el licenciado Salinas ya sabrá”. Sé que mi comentario los dejó helados, aunque Salinas se mostró impávido.

En dicha reunión concluimos que cada uno debía tener un negociador. Yo, desde luego, aclaré que mi negociador sería mi secretario de Gobernación, y Salinas dijo que el suyo sería Manuel Camacho. Ahí también acordamos que no habría ninguna negociación seria sin que estuviéramos de acuerdo tanto Salinas como yo.

La realidad es que Salinas me manda a Camacho con ideas muy difíciles de aceptar, y cuando yo me pongo fuerte con Camacho y desecho lo que me propone, Salinas me dice que qué bueno que se lo dejé “más centradito”. Así que en esta difícil etapa de la “diarquía”, resulta que incluso tengo que mediar entre Salinas y Camacho. Esta situación de intensa comunicación entre nosotros terminará cuando se califique la elección presidencial.

Mientras sea mi responsabilidad, no puedo permitir que se concedan cosas que me parecen inaceptables. El problema actual de Camacho se da en su relación con el partido. Parece que ha dedicado toda su atención a negociar con los partidos de oposición y no a negociar con las fuerzas internas del PRI.

Esta actitud puede traer serias consecuencias. Ya le he dicho a Camacho que cuide su posición interna. Se ha vuelto el héroe de la clase media ilustrada, pero el villano de los grupos tradicionales. Más les vale a Salinas y a Camacho hacer en ése, y en cualquier otro terreno, un calendario, pues si se pelean con todos al mismo tiempo, perderán.

Por ello, es claro que Salinas trabaja su alianza con Fidel Velázquez; a ella ha dedicado mucho tiempo, es una alianza profunda. Es importante que cultive a este último grupo, pues si los obreros piensan que Salinas no está con ellos, ellos tampoco querrán estar con él.

Salinas cuenta también con la confianza del sector privado y ha tenido buen cuidado de no meterse con los norteamericanos. Conmigo tiene una actitud de atención y respeto.

En esta curiosa situación por la que estamos atravesando, he apreciado con frecuencia posiciones distintas en Camacho y en Salinas. Uno me dice una cosa y el otro, otra. Camacho también se queja conmigo de que Salinas está enviando a Donaldo Colosio a negociar con los partidos de oposición. Ante esto, yo le he estado aconsejando que le pida a Salinas ser el único negociador.

También le he advertido: “Mire, Manuel, cuando le encarguen que negocie cosas gordas, asegúrese de que estén de acuerdo tanto Salinas como De la Vega. Y, cuando esas cosas gordas tengan que ver conmigo, también pregúnteme, porque si no, le jalo el tapete”.

Yo creo que Carlos Salinas juega por los dos rieles. Por un lado, lanza a Camacho con sus ideas de negociación y arreglo, para ver hasta dónde pega; pero si éste no logra su objetivo, Salinas camina por el otro riel.

La opinión pública habla, y el mismo Salinas lo hace, de la necesidad de reformar el PRI. Todavía no se define claramente qué supone esta afirmación; estamos en un periodo de recapitulación. Sin embargo, no hay nada nuevo bajo el sol.

Yo creo que el PRI deberá hacer aquello que yo postulé hace seis años y que se encuentra publicado en un librito al respecto. Esto es, fortalecer las organizaciones sectoriales; hacer que los líderes atiendan más a sus bases y cuiden con mayor esmero la selección de sus candidatos; fortalecer la estructura territorial y llegar incluso hasta las seccionales, haciendo que realmente funcionen; cooptar a las clases medias modernas, y atender y organizar a los jóvenes.

Creo que algunos de estos puntos se lograron durante mi sexenio y, sin embargo, se perdieron en el curso de la campaña electoral de Salinas. Ello me ha llevado a reflexionar que el partido es muy maleable, que puede mejorar o empeorar en muy poco tiempo. Es como una novia a la que hay que enamorar: hay que hablarle por teléfono, hay que llevarle flores, hay que visitarla; en fin, hay que atenderla para asegurarla.

Yo creo que he sido un Presidente que ha atendido mucho al PRI, y me parece que logré aceitar su maquinaria y fortalecer sus cuadros. La prueba es que, salvo el incidente de Del Mazo, logré sacar sin ningún problema la nominación presidencial que me propuse. Creo haberle entregado a Salinas un partido en buen estado. Sin embargo, en el curso de la campaña, el PRI sufrió cierta descomposición. Pienso que la situación es reversible y que hay que trabajar en ello.

Considero que el partido deberá ser en el futuro más autónomo del Presidente de la República, aunque sin serlo demasiado. Su independencia deberá ser relativa y manejada como un valor entendido. El día que el Presidente pierda el liderazgo de su partido, se encontrará en un verdadero brete.

Las circunstancias han afectado a Salinas. Aprecio cierto cambio en su carácter: lo siento enojado. Está enojado con la oposición y consigo mismo, porque falló el PRI. Yo le sugerí que se quitara ese enojo antes del primero de diciembre.

Por lo demás, lo encuentro entero en lo fundamental. Entiende que la votación estuvo determinada por la situación económica, por el mito de Cárdenas y por los errores del PRI, de los que él tiene que reconocer su parte.

Yo no creo que haya hecho una mala campaña. Lo malo fue la votación; falló la organización electoral de Chirinos, pero también fallaron los gobernadores y los encargados de llevar a la gente del partido a votar. Así, por ejemplo, en el Valle de México, la organización de Ramón Aguirre y Guillermo Jiménez Morales —que estaban enfrentados— definitivamente no funcionó.

Salinas escogió a Jiménez Morales para dirigir la Cámara de Diputados, según me explicó, para revivir un muerto que, por lo mismo, le metería toda la carne al asador. La verdad es que tampoco había mucho más de dónde escoger.

La situación que hoy enfrenta Salinas es radicalmente distinta de la que enfrenté yo hace seis años. Salinas asumirá el gobierno con la mancha de las elecciones, pero recibirá en cambio, porque yo se lo endosaré, el apoyo del poder económico, de los obreros, de los campesinos, de la Iglesia, del Ejército y de los Estados Unidos. Salinas luchará contra los partidos de oposición, pero no contra los factores reales de poder.

Los partidos son importantes en las elecciones y éstas tendrán lugar en todo momento; serán determinantes dentro de tres años, cuando cambie la Cámara de Diputados. Yo creo que la meta a la que debe aspirar el partido en ese momento es ganar no 50, sino 60% de la votación. Considero que es posible lograrlo.

Otra ventaja que tiene Salinas es que el PRI está asustado y ello lo hace más receptivo a las ideas nuevas. No obstante, no debe perder de vista que en su interior existen dos mundos y que hay que ir montado en dos caballos, arreándolos a los dos. Tiene que aceptar que su gente no se entendió con los gobernadores y que Manuel Camacho está creando muchas inquietudes dentro del partido.

Como ya comenté, Salinas cuida sus relaciones con los viejos líderes, particularmente con Fidel Velázquez. Sin embargo, debe manejar las cosas con mucho cuidado para que no se le vayan a ir los viejos antes de que le lleguen los nuevos.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.