Elecciones del 6 de julio

"MES: JULIO"

ENTRE LOS PREPARATIVOS PARA LAS ELECCIONES destaca la reunión que tuve con el grupo de seguridad, compuesto por los titulares de las secretarías de Gobernación, de la Defensa Nacional, de Marina, las dos procuradurías y el Departamento del Distrito Federal. En ella, les di instrucciones para que el día de las elecciones salvaguardaran el orden, mantuvieran prudencia en el uso de la fuerza pública y, sobre todo, que no utilizaran fuerza militar sin una autorización expresa de mi parte. Les pedí también que me mantuvieran informado de manera constante.

El día de las elecciones estuve acuartelado. Como a las 10 de la mañana fui a votar en compañía de mi familia y después regresé a mi oficina. Ahí estuve recibiendo los partes de los miembros del grupo de seguridad.

También me mantuve en contacto con los gobernadores, para saber cómo se estaba desarrollando el proceso en los distintos estados. Recibí información de que sólo hubo incidentes menores, escaramuzas, pero no lo que podría llamarse auténtica violencia. A guisa de ejemplos, cabe mencionar que en Ciudad Juárez hubo un enfrentamiento entre 70 priistas y panistas, quienes fueron dispersados. En León, Guanajuato, a las 9:17 de la mañana se presentaron los representantes del PAN en una casilla y señalaron que querían abrir las urnas, porque estaban seguros de que se encontraban llenas. A las 11 de la mañana, esas mismas personas trataron de quemar las urnas y fueron dispersadas por la policía, la cual consignó a dos de ellas, mismas que fueron liberadas ese mismo día.

Como a las cinco y media o seis de la tarde, Manuel Bartlett me habló por teléfono y me dijo: “Estoy enterado de que se reunieron Clouthier, Cárdenas y Rosario Ibarra, con el fin de declarar que hubo un fraude generalizado en las elecciones. Ya me pidieron cita y los voy a recibir a las siete y media de la noche. Pienso decirles que considero su actuación como una gran irresponsabilidad, pues es increíble que aun antes de que cierren las casillas, ellos hablen de fraude”.

Un par de horas después llegó Francisco Rojas, de manera espontánea, para acompañarme. Por mi parte, mandé llamar a Miguel González Avelar y a Sergio García Ramírez. Estuve platicando con ellos y esperando a que se dieran los resultados preliminares de las elecciones que, como se había anunciado, todos esperábamos para las 11 de la noche.

Como a las diez y media le hablé a Manuel Bartlett y le pregunté, ahora veo que con toda ingenuidad, si ya había información. Califico de ingenua mi actitud, como la de todos los que creíamos —y me parece que fuimos la mayoría de los interesados— que habría información hacia las 11 de la noche, pues posteriormente he tenido conocimiento de que si bien las casillas cerraron a las seis o siete de la noche, en promedio no concluyeron sus actas sino hasta la una o dos de la mañana.

Así que fue un acto de candidez creer que la ciudadanía está lo suficientemente capacitada para poder realizar el recuento y llenar las actas, así como transportarlas a los puntos de acopio, en sólo un par de horas.

Este error de cálculo nos ha costado mucho, pues como todo el mundo esperaba información, Gobernación tuvo a bien decir que se había caído el sistema de cómputo, lo que hizo que aumentara enormemente la suspicacia de quienes de por sí consideraban que habría fraude.

A las diez y media de la noche la información que me dio Bartlett me resultó escalofriante. Me dijo: “Lo que tengo es poco, pero señala que el Valle de México viene en contra y fuerte. No tengo datos suficientes, y no quiero dar a conocer los que tengo hasta que la información sea más representativa”.

Sentí que me caía un cubetazo de agua helada. Me surgieron temores de que los resultados fueran similares en todo el país, esto es, que el PRI perdiera la elección presidencial.

Más tarde establecí contacto con Jorge de la Vega y le pregunté:

—¿Cómo andamos en cifras?
—No tengo —me respondió.
—¿Cómo, Gobernación no te ha informado?
—No, y el sistema de cómputo del PRI no sirve. Entonces le expliqué lo que me había dicho Bartlett, y escuché su sorpresa.

Le pregunté qué pensaba al respecto, y me contestó:

—Hay que proclamar el triunfo del PRI: es una tradición que no podemos romper sin causar gran alarma en la ciudadanía. Es seguro, con base en las conversaciones que he tenido con los gobernadores, que la votación nacional le dará el triunfo a Salinas; pero si no lo declaramos ahora, después será imposible convencer a la ciudadanía de su victoria.
—¿Y el candidato? —pregunté. —Espera información. Todavía no quiere proclamar su triunfo ante el auditorio y las cámaras de televisión que lo esperan.

Hablé entonces a la oficina de Carlos Salinas para preguntarle lo que pensaba hacer. Salinas se encontraba encerrado con Manuel Camacho, haciendo con ello evidente la distancia y la tensión en su relación con el presidente del partido. Me contestó que no tenía información y que, por tanto, pensaba esperar.

Pasado un tiempo, hablé de nuevo con Jorge de la Vega, quien me insistió en que si esa misma noche Salinas no declaraba su triunfo, al día siguiente no habría forma de componer las cosas. Además, existía información de que Cárdenas y Clouthier pensaban proclamar sus respectivos triunfos.

De nuevo hablé con Salinas, quien me dijo que si no había cifras no haría declaraciones públicas. Me comuniqué entonces con Bartlett y le comenté lo que opinaba el candidato. En principio le dio la razón, pues no había cifras y las que existían eran muy negativas, pero cuando le expliqué el punto de vista de De la Vega, se manifestó de acuerdo. Reconoció que era necesario que Salinas se proclamara triunfador.

Para esto, todos teníamos los nervios de punta. Yo me preguntaba qué iba a pasar si no declarábamos nada, sobre todo porque los partidos de oposición ya habían hecho pública su acusación de fraude. Me imaginé encabezados de periódico aterradores, que dijeran algo así como: “Cárdenas proclama su triunfo y el PRI calla”.

Entonces decidí que era necesario dar la tan esperada noticia. Sabía que había grandes riesgos. Uno de ellos era que los miembros de los partidos de oposición se retiraran de la Comisión Federal Electoral, irritados porque el PRI, sin cifras oficiales, proclamara su triunfo. No obstante, y a pesar de ello, concluí que si no actuábamos, existía el riesgo de que al día siguiente cundiera un peligroso desconcierto general entre la ciudadanía. Esto podría convertirse en pánico si los otros candidatos se declaraban triunfadores.

Además, no había más que de dos sopas: habíamos ganado o habíamos per- dido. En este último caso, ya lo de menos sería una declaración anticipada. Con estas ideas en mente, le hablé de nuevo a Salinas. Le pregunté si pensaba anunciar su triunfo.

“Señor Presidente, ¿cómo salgo así?”, me contestó. Le respondí que si él no quería salir, Jorge de la Vega podía declarar su triunfo, como de hecho ocurrió.

Yo creo que Manuel Camacho negoció con los partidos de oposición que Salinas se declararía vencedor en el momento de contar con cifras oficiales. Todos deseábamos evitar lo ocurrido en elecciones anteriores, cuando se daban resultados de zonas más o menos amplias con base en las proyecciones sobre la tendencia histórica de la votación. Sin embargo, en esta coyuntura tampoco podíamos paralizarnos frente a la actividad de la oposición. De cualquier forma, la acción se justificaba, porque la declaración sería del partido, que en todo momento debía mantener una actitud combativa.

El 7 de julio tuve conocimiento de cómo estaba la votación en el Valle de México. Sentí horror al enterarme del tamaño de la debacle priista en el área. Hablé con Bartlett, quien me dio información que ayudó a tranquilizarme, aunque no demasiado.

Hablé entonces con Salinas y le pregunté lo que pensaba hacer. Le reiteré que podía cundir el desconcierto entre la opinión pública, por lo que de nuevo le recomendé que él personalmente se proclamara vencedor. Me dijo que estaba de acuerdo, que ya estaba preparando su discurso en ese sentido; ya no estaba tan dubitativo.

Durante ese día y los siguientes, Bartlett fue proporcionando, según acordamos, información que diera una perspectiva más nacional y, por tanto, una visión de ascenso del PRI.

El vuelco electoral fue para nosotros como un terremoto político. Como en toda emergencia, tuvimos que actuar para ir salvando los cortos plazos. No era un momento para grandes meditaciones, requeríamos agilidad de respuesta para consolidar el triunfo del PRI.

Los responsables administrativo y político del Distrito Federal, Ramón Aguirre y Guillermo Jiménez Morales, no me buscaron en los días siguientes a la elección para darme una explicación de lo que había ocurrido. Su desconcierto debió haber sido total, ya que unos días antes de la elección Ramón Aguirre me comentó que el trabajo político que se estaba realizando en el Distrito Federal era tan bueno que había posibilidades de que ganáramos los 40 distritos del área. Fidel Velázquez me dijo lo mismo. Guillermo Jiménez Morales pronosticó que no perderíamos más de siete u ocho distritos.

Las diferencias entre Ramón Aguirre y Jiménez Morales eran muy profundas, de hecho existió una gran fricción entre ellos. Ramón Aguirre no quería que Jiménez Morales siguiera como presidente del partido en el Distrito Federal cuando se anunció que éste sería candidato a diputado. Le parecía que ambas posiciones eran incompatibles. Así, Ramón Aguirre reestructuró el CEN del Distrito Federal y metió a seis personas.

La desavenencia entre Aguirre y Jiménez Morales era de tal magnitud que consideré necesario informársela a Jorge de la Vega y a Carlos Salinas, quienes los llamaron y, aparentemente, los metieron al orden.

Pero volviendo a los resultados electorales, el único que tenía conciencia de lo mal que estaba el Distrito Federal era Carlos Salinas, quien había mandado hacer encuestas. Mi explicación sobre la pérdida de la capital se limita a considerar que existe una gran irritación en la Ciudad de México por la situación económica que atravesamos, la cual se ve acrecentada por otros factores, como la insuficiencia de servicios públicos, la politización creciente y la voluntad de protesta social.

En los otros territorios en que ganó Cárdenas, caben las siguientes apreciaciones. En el estado de Michoacán, yo creo que se votó a favor de Cárdenas por razones emotivas, al igual que en Morelos, donde, según me explicó el gobernador Riva Palacio, los campesinos no pueden moralmente votar contra el hijo de Lázaro Cárdenas. Según Riva Palacio, algunos campesinos creían estar votando por el mismísimo Lázaro Cárdenas. En estos dos estados cobra particular sentido el mote que Porfirio Muñoz Ledo le puso a Cuauhtémoc Cárdenas: “El Mito Encarnado”.

En el Estado de México se dio el fenómeno de la gran urbe: malestar por las insuficiencias en las zonas conurbadas y una clase media y media alta que votó por Cárdenas para lavar su conciencia. Lo hizo sintiendo que con ello nos daba un golpe más fuerte, y donde más nos podía doler.

La explicación de que los estados del norte favorecieran a Salinas sobre Clouthier se encuentra en que ésa es la región más moderna del país y, también, en que allí la crisis no fue tan fuerte. Las maquiladoras y la permanencia de la actividad industrial suavizaron su malestar.

También es de considerarse que Clouthier no fue el candidato que ellos hubieran querido. En general, el que por fin haya aparecido, después de seis años de crisis, la posibilidad de protestar por la vía de la izquierda, explica que el PAN no haya podido mejorar su votación respecto a las elecciones de 1982.

No deja de sorprenderme que, cuando inicié mi gobierno, la derecha estaba crecida, en tanto que la izquierda estaba muy debilitada y, ahora que terminó, la relación se ha invertido. La inflexión se dio con el surgimiento de Cárdenas. Tal vez haya influido en ello la pirámide demográfica: ahora tenemos más jóvenes entre 18 y 25 años que, muy probablemente, votaron contra el gobierno, pues es natural que cuando los jóvenes conocen el mundo no les guste y traten de cambiarlo.

El peligro más inmediato después de la elección es la pérdida de la estabilidad social. Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier están organizando la gran agitación, y ello nos tiene a un tris del rompimiento de la paz social. Bastaría un incidente desafortunado para concluir con muertos.

Un ejemplo del peligro en que nos encontramos es que, con motivo de la manifestación que Cuauhtémoc Cárdenas y el Frente Democrático Nacional organizaron el sábado 16 de julio en el Zócalo, el general Bermúdez, jefe del Estado Mayor, me informó que tenía conocimiento de que había grupos que se proponían tomar Palacio Nacional, y me pidió autorización para apostar soldados frente a él. Tuve que decirle que de ninguna manera lo hiciera, pues la presencia de los soldados, por sí misma, resultaría provocadora. Le di instrucciones de que mantuviera a las Fuerzas Armadas dentro de Palacio Nacional y de que, si los manifestantes llegaban a entrar, me avisara.

Por su parte, Ramón Aguirre ubicó en sótanos, a tres cuadras del Zócalo, refuerzos de granaderos, tanquetas y policía preventiva. Realmente temimos que se desatara la violencia.

Después de las elecciones, me reuní con el grupo de seguridad y le dije:

“Ganamos las elecciones, y voy a defender el triunfo. Voy a actuar con prudencia, pero con firmeza. Les pido a ustedes que hagan lo mismo”.

Existe la posibilidad de que los grupos radicales que componen el cardenismo se salgan del control de sus líderes. Esto lo sabemos, porque el mismo Muñoz Ledo se lo dijo a Jorge Carrillo Olea, el subsecretario de Gobernación encargado de seguridad. Cárdenas jaló a los grupos de marginados urbanos. Su táctica, hábil pero irresponsable, fue pepenar inconformidades y agitadores.

Hay quienes creen que el fin justifica los medios y están dispuestos a provocar la violencia. Una de sus tácticas consiste en fabricar mártires que den banderas a su movimiento. Por ejemplo, en el caso de Francisco Xavier Ovando, amigo y colaborador de Cuauhtémoc Cárdenas, éste y Porfirio Muñoz Ledo reconocen como muy improbable que haya sido el gobierno el que lo asesinó y, sin embargo, lo utilizan como bandera y elemento de presión.

El gobierno no puede denunciar la agitación que se ampara en el cardenismo, aunque ello le permitiría desprestigiarlos, porque tal conocimiento causaría pánico entre los dueños del capital y podría provocar la ruina de la economía. Por ello, mi estrategia consiste en desmontar gradualmente su actividad. Por su parte, Carlos Salinas realiza una intermediación informal con dicho grupo por conducto de Manuel Camacho.

Cabe comentar que cuando Porfirio Muñoz Ledo estableció contacto con Jorge Carrillo Olea, también le comentó que había tratado de negociar con el PAN para que este partido reconociera la victoria de Cárdenas, a cambio de lo cual el FDN reconocería una mayoría panista en el Congreso…

Todo lo que está ocurriendo nos va a obligar a replantear a fondo la vida política. En la Cámara de Diputados, la representación es casi perfectamente proporcional al total de la votación. Esto es, la mitad del PRI, una tercera parte del FDN y un porcentaje menor del PAN. Ello le va a dar un gran foro a la oposición. Dibuja un mapa político más real, lo que es bueno, aunque más difícil de mane- jar. La elección demuestra que el poder no sólo se ha fragmentado, sino también se ha regionalizado.

El PRI se tendrá que reformar, pero no debe hacerlo de golpe, pues podría perder a sus viejas clientelas antes de ganar nuevas. Habrá que actuar de manera gradual. Tendremos que luchar municipio por municipio, entendiendo que, para fines electorales, lo que más funciona dentro del partido es la vertiente territorial, pero para apoyar al gobierno constituido lo significativo es el área sectorial.

Cuauhtémoc Cárdenas irá tan lejos como sienta que puede hacerlo. Lo hará hasta donde le sea posible dentro de la ley y el orden. No creo que aspire a la Presidencia de la República, pero sí a permanecer como un gran líder de la política nacional.

Cárdenas va a tratar de apropiarse de alguno de los partidos políticos que lo apoyan. Éstos son negocios, formas de vida, por lo que será difícil que quienes los controlan cedan. El Partido Popular Socialista y el Partido Mexicano Socialista sólo apoyarán a Cárdenas si éste acepta sus plataformas ideológicas, que en todo caso son excluyentes. El antiguo PST, ahora Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, difícilmente va a ser cedido por su presidente, Rafael Aguilar Talamantes. Por tanto, el partido más vulnerable es el PARM. Temo que Cárdenas lo pueda comprar con dinero contante y sonante.

Una vez que se haya apropiado de un partido o, en su caso, creado uno, lo que le sería más complicado, buscará mantener el Frente Democrático Nacional, esto es, la unidad de los partidos que ahora lo apoyaron. Lo logrará mientras le sirva para obtener mayores triunfos.

La respuesta de Clouthier es un tanto impredecible. Parece clara su vocación al martirio, su deseo de trascender a cualquier costa. Clouthier quiere que lo ma- ten. Ello satisfaría la imagen que tiene de sí mismo. Lo que nosotros tenemos que asegurar es que esto no ocurra.

A mí me toca cuidar todo lo que pase entre ahora y el primero de diciembre. Se trata de varias etapas. Durante el próximo mes y hasta el 15 de agosto, lo principal será impedir que haya violencia. Por ello, mi postura frente a las manifestaciones públicas que puedan hacer los panistas o los cardenistas consiste en tolerarlas y aun cuidarlas, para evitar el rompimiento del orden público.

Por otro lado, la Comisión Federal Electoral dará las constancias de mayoría, lo que sin duda provocará discusiones eternas entre los partidos políticos, con frecuencia en un tono ríspido que fácilmente cae en el insulto.

La línea que he dado a la comisión es que limite los recuentos de votos al mínimo posible. No sé si existan elementos suficientes para comprobar algunos fraudes, pero ya no quiero sorpresas. Además, a estas alturas, nada de lo que hagamos nos quitará el sambenito del fraude, por lo que el recuento de votos no nos ofrece ningún beneficio.

Ante el Tribunal de lo Contencioso Electoral se han presentado muchas impugnaciones que no tienen fundamento y se apoyan exclusivamente en testimonios personales. De cualquier forma, ahí el tono de la discusión será muy distinto, pues sólo participan los jueces que manejan los asuntos.

Después vendrán los colegios electorales, que serán verdaderamente tormentosos. Habrá discusiones agresivas y aun groseras. Mi responsabilidad será ver que caminen, a pesar de los arrebatos coléricos de sus participantes.

Temo que el primero de septiembre, durante mi Sexto Informe de Gobierno, haya algún sainete. Debo prepararme por si hay gritos, escándalos o por si las oposiciones abandonan el recinto mientras estoy hablando. Luego vendrá la calificación de la elección presidencial, que tendrá lugar entre el 1 y el 15 de septiembre, y que seguramente también será violenta.

De septiembre a noviembre voy a tener que torear al nuevo Congreso, lo que no será fácil. Para entretenerlos, voy a tener que mandar un paquete legislativo abundante, que todavía no he diseñado. En noviembre, además, voy a tener que enfrentar a la flamante Asamblea de Representantes del Distrito Federal. Supongo que ellos también se pondrán flamencos.

Es claro que no voy a tener un minuto de reposo o tranquilidad hasta que concluya mi mandato. Sólo después de la ceremonia de transmisión de poder podré aflojar el cuerpo, pues no deja de causarme malestar la posibilidad de que un incidente haga deslucir la ocasión. Finalmente, tanto Salinas como yo debemos reforzar nuestras medidas de seguridad personal. Vivimos tiempos peligrosos.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.