Pacto de Solidaridad Económica: primeros pasos

"MES: ENERO"

En diciembre y enero, el Pacto de Solidaridad Económica produjo sentimientos encontrados. Algunos sectores de la opinión pública se manifestaron optimistas, y otros pesimistas. Pocos, sin embargo, fueron constantes en sus apreciaciones. La mayoría fue arrastrada por la incertidumbre reinante en un proceso de emociones encontradas: alternaron el optimismo con el desánimo. Estos altibajos se reflejaron en la prensa, en la que líderes obreros y empresariales apoyaron o renegaron del pacto de una manera bastante errática.

La táctica de todos consistió en señalar que el principal responsable era el de enfrente. El gobierno expresó que el éxito del pacto dependería de que los empresarios y los obreros cumplieran sus compromisos. Los empresarios cuestionaron que el gobierno estuviera ejecutando su parte, y sugirieron que ésta podría ser la causa de que no se alcanzaran las metas, mientras que los trabajadores directamente culparon a los empresarios de traicionar lo acordado, como según ellos demostraba el alza de precios. Las acusaciones mutuas produjeron un ambiente de tensión, pero fueron útiles en tanto crearon conciencia en el gobierno y en los empresarios de que estaban siendo vigilados y podrían llegar a ser considerados culpables por la opinión pública.

Una queja que salió a la luz en esos días, de manera constante y reiterada, tanto en el sector obrero como en el empresarial, era que quienes suscribieron el pacto en nombre de sus respectivos sectores no habían consultado con sus representados, por lo que éstos no se sentían comprometidos. Naturalmente, la queja fue mucho más frecuente entre los empresarios, aunque también se escuchó entre los líderes obreros. El malestar en este sentido fue mayor en provincia.

Este hecho indica que, si el pacto funciona y se realizan otros acuerdos de esta manera, surgirá dentro de los sectores un cuestionamiento sobre la forma de elegir representantes, lo cual sin duda fortalecerá su democracia interna. Sin embargo, y precisamente en la medida en que sea más compleja y diversa la sociedad, será necesario que el gobierno concierte con organismos intermedios, pues medidas de la trascendencia y complejidad del pacto nunca podrán tomarse consultando con todo tipo de asambleas locales y sectoriales a lo largo y ancho del país.

Esto último supone una pulverización absoluta del proceso de toma de decisiones, que inevitablemente conduciría a la parálisis. Los líderes nacionales son necesarios. La revalorización del ciudadano, que tanto postulan los intelectuales, debe orientarse a la democratización interna de los organismos que lo representan.

Volviendo al ámbito de lo concreto, fue motivo de preocupación generalizada el hecho de que, contrario a lo esperado, la inflación de enero no bajó respecto a la de diciembre, pues en ambos casos fue de 15%, aproximadamente. A principios de febrero supimos que la diferencia en la inflación entre la primera y la segunda quincena de enero fue notable, pasando de 13 a 3.5 por ciento.

Sin embargo, como nunca se había hecho una medición quincenal, surgió la duda de si éste sería el patrón usual, esto es, si siempre la inflación de la primera quincena es superior a la de la segunda. En ese caso resultaba poco probable esperar que la de la primera quincena de febrero fuera menor que la de la última de enero. Este dato podría influir sobre las expectativas del público: podría hacer que algunos lo consideraran como indicativo del fracaso del pacto.

Todo el mes de febrero sería de incertidumbre respecto a la viabilidad del pacto. Yo también compartí ese sentimiento, por lo que decidí vigilar personalmente todos los aspectos de su desarrollo. Temía que los empresarios, ante la perspectiva de que se indizaran los precios al pasar a la segunda fase del pacto, los aumentaran por adelantado, en lo que ellos llaman “acolchonarse”, pues esto podría elevar la inflación, destruyendo todas las metas propuestas.

Así, el área de donde podía surgir el desorden, por ser la más amorfa y difusa, era precisamente la política de precios. La realidad es que el gobierno sólo controla 30% de los precios del mercado. Por ello, y a fin de evitar que los miles de pequeños empresarios se movieran de manera irracional o abusiva, el 10 de enero dimos un paso significativo al lograr que las 100 empresas líderes se solidarizaran con las propuestas del pacto. Con su gran penetración en el mercado, estas empresas servirían como agentes reguladores de los precios, al tiempo que pautarían la actitud de los pequeños y medianos empresarios.

Nuestra labor en ese contexto consistió en ver que los compromisos se cumplieran, pues detectamos que algunos estaban subiendo precios de manera injustificada. Decidimos que en los casos en que se comprobara que los aumentos de sus precios eran excesivos, se les llamaría a cuentas, invitándolos a corregir su error. En caso de que se obstinaran, se les dejaría ver la autoridad del Estado para controlar precios, reducir aranceles o realizar auditorías fiscales. Finalmente, se les haría saber que si no estaban dispuestos a cooperar con el pacto, el gobierno tam- poco tendría disposición de ayudarlos en sus negociaciones laborales.

Otra área muy difícil o sensible es la relativa a la política monetaria, aunque ahí el gobierno tiene el control de los instrumentos y, por tanto, de las decisiones. En el pacto no aclaramos cuál sería la política monetaria, precisamente porque no nos queríamos comprometer. Se habló de una manera vaga de que se requería que hubiera estabilidad cambiaria, pero no se dijo que ello significaría la congelación de la paridad. Yo apunté que no podíamos establecer en el pacto un tipo de cambio fijo, porque aunque estoy de acuerdo con el planteamiento técnico que hace el Banco de México en ese sentido, veo que las expectativas de la gente son diferentes.

Por ello, y tomando en consideración que el aspecto psicológico es muy importante, acepté que el 25 de enero se iniciara un desliz de tres pesos por día hábil, esto es, un desliz muy moderado. Yo seguí muy de cerca el proceso. Diariamente recibí información sobre la entrada y salida de divisas. Aun después del desliz no hubo salida de dólares. Esto fue importante, porque yo temí que, precisamente por lo moderado, empezaran a salir dólares. Temiendo lo peor, nos mantenemos muy alertas, pues considero que febrero es clave. Cada día vemos si se modifican las tendencias, porque sabemos que puede ocurrir en cualquier momento. Yo estoy decidido, si aumenta excesivamente la salida de dólares, a acelerar el desliz.

Las tasas de interés se fueron para arriba, como era de esperarse. Pasaron de 99 a 159 puntos de interés para los Certificados de la Tesorería a siete días. Sin embargo, no alcanzaron los precios demenciales de 172 puntos que querían las casas de bolsa el 13 de enero. Intervinimos: yo pedí que se revisara el proceso de subasta, que hubiera mayor control. El Banco de México colocó en el mercado secundario 90% de los 13.2 billones de pesos emitidos en Cetes.

Los créditos bancarios se limitaron. Se estableció un encaje de 90% en diciembre y de 85% en enero, lo cual restó liquidez al mercado. Nuestras reservas internacionales se mantuvieron estables: entre 13 000 y 13 500 millones de dólares.

Sobre comercio exterior no tuve datos precisos, pero todo parecía indicar que las exportaciones iban bien, aunque se habían abatido las importaciones.

Lo más significativo, porque así lo planteamos desde el principio, es que se está logrando el superávit primario de 3.5%. Ello nos alienta en el sentido de que, al disminuir el déficit público, es posible esperar que se limite la inflación.

Aun teniendo toda la información posible en la mano, tuve dudas sobre el futuro del pacto. Por ello, me resulta fácil entender el escepticismo de quienes no conocen otro dato que el aumento de los precios. Los trabajadores están haciendo un sacrificio mayor y no es sorprendente que sus líderes culpen a los empresarios y protesten contra las medidas que toma el gobierno, y que ellos interpretan como negativas para el éxito del pacto.

Concretamente, se enfurecieron por el alza del precio del aceite comestible, que el 19 de enero se incrementó 40%. Igualmente, interpretaron como una concesión a los empresarios el desliz, ya que con él se encarecían los productos que habrían de competir con los hechos en México.

Los líderes obreros están, además, presionados por la actitud de otras organizaciones de trabajadores, sobre todo de los universitarios, que han manifestado un abierto repudio al pacto. Además, las compañías aseguradoras enfrentan una huelga en demanda de aumentos salariales y existen varios emplazamientos en otras ramas de la actividad económica. Todo ello menoscaba la cohesión que fundamenta el PSE, y debilita la alianza entre obreros y gobierno.

Muchos de los que están en esta actitud son personas ligadas a los partidos políticos de oposición. Éstos quieren que fracase el pacto; sienten que ello les beneficiaría, por lo menos de manera inmediata.

No cabe duda que estamos cabalgando en el lomo de un venado. La tensión del ambiente no hace aconsejable volver a reunir a todos los signatarios del pacto ni modificar nuestra campaña de comunicación social; lo que estamos haciendo es actuar sobre las variables fundamentales, esto es, sobre las personas que to- man decisiones. Tenemos que tratar de ejercer presión para que el pacto se cumpla, porque si los grupos se nos disgregan, si deja de haber la solidaridad que cimienta el pacto, tendríamos que liquidarlo a finales de febrero.

En ese caso, simple y llanamente se habría tenido que señalar que, al no existir la solidaridad suficiente para seguir, el gobierno fijaría las pautas de política que considerara convenientes. Previendo todos los escenarios, he pedido a mis colaboradores que me preparen opciones en caso de que fracase el pacto.

Las semanas de la segunda mitad de febrero son cruciales. Resulta inevitable pensar que el éxito o el fracaso del pacto no tendrá sólo un valor económico, sino también una consecuencia política muy significativa. Si tiene éxito, podríamos concluir que se ha organizado en torno a la autoridad moral del gobierno. Esto es, que el gobierno, y concretamente el Presidente, recuperarían liderazgo al demostrar su capacidad de representar al conjunto de la sociedad y de proponer opciones en su beneficio. Ello haría evidente la reconstitución de la autoridad presidencial, tan deteriorada justamente hace seis años. El éxito del pacto representaría, en este terreno, mi cosecha después de seis años de esfuerzos.

Por otro lado, si el pacto funciona, demostrará que la política de participación ciudadana, esto es, la democratización de la sociedad mediante la participación de sus diversos grupos en los procesos de toma de decisiones, que nace como un proyecto durante mi gobierno, logra cuajar al final del mismo. Ello nos permitiría rescatar nuestro aprendizaje en este sentido. Baste mencionar las experiencias de los distritos de riego, de la concertación ecológica y, sobre todo, de la concertación para la reconstrucción de la vivienda después de los sismos de 1985. Si el pacto tiene éxito, habremos dado un paso determinante en el sistema político mexicano, pues se abrirá el camino a muchos más procesos de concertación, esto es, a una mayor participación ciudadana.

Sin embargo, si el pacto fracasa, se pone en entredicho la forma en que concluirá este gobierno, las elecciones presidenciales y el inicio de la próxima administración. El fracaso del pacto podría tener consecuencias políticas graves, porque desprestigiaría de manera inevitable no solamente al Presidente de la República, sino a todos los dirigentes de los sectores, dejando una sociedad sin liderazgo. Ello haría previsible que, en el futuro, se tuviera que pasar a un ejercicio político más autoritario.

Por ello, estamos conscientes de que el éxito del pacto será, esencialmente, un éxito político. El éxito económico será sólo una consecuencia de ello.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.