Integración latinoamericana

"MES: NOVIEMBRE"

Del 26 al 28 de noviembre tuvo lugar, en Acapulco, la I Reunión del Mecanismo Permanente de Consulta y Concertación Política en América Latina, también conocido como Grupo de los Ocho, que incluye a los países de Contadora -Colombia, México, Panamá y Venezuela- y a los del Grupo de Apoyo -Argentina, Brasil, Perú y Uruguay.

Los antecedentes de esta reunión son de diversa naturaleza. Destaca el restablecimiento de las democracias en Perú, Brasil, Argentina y Uruguay, así como el resurgimiento del espíritu latinoamericanista, que arranca de la guerra de las Malvinas.* Esa guerra hizo ver a Argentina, en circunstancias críticas, la falta de solidaridad de Europa y de Estados Unidos. Surgió ahí un nuevo espíritu latinoamericanista, que permitió el arribo a la Presidencia de Raúl Alfonsín en octubre de 1983.

Por su parte Brasil, que asume la postura de gran potencia y desdeña a sus vecinos, también se dio cuenta, por las dificultades económicas que padece, de que es útil volver los ojos hacia América Latina. Esto ya lo había yo apuntado desde mi reunión con el presidente João Baptista Figueiredo en 1983; lo sentí con el presidente electo Tancredo Neves en 1985, y, de manera más clara, con el presidente José Sarney en 1987.

Asimismo, el restablecimiento de la democracia en Uruguay en 1985, al igual que el acercamiento regional en el Cono Sur, que incluso ya empieza a dar pasos para su integración económica, fortaleció la idea.

Finalmente Perú, que vive desde 1985 una revolución populista, tiene en Alan García un Presidente con actitud mesiánica que desea convertirse en el líder de América Latina.

Estos cambios fueron haciendo que las diversas naciones latinoamericanas se solidarizaran con México y con el Grupo Contadora en su posición respecto a Centroamérica. Perú, en la reunión de Lima que tuvo lugar el 30 de julio de 1985, lanzó la idea de formar un Grupo de Apoyo al Grupo Contadora. Esta idea fue muy buena. Nosotros inmediatamente la acogimos, porque nos interesaba tener la mayor multilateralidad posible en nuestra política hacia Centroamérica. Fue aceptada por los países invitados, aunque de alguna manera sabemos que Brasil se sintió sorprendido, “madrugado”.

* Las islas Malvinas o Falkland se encuentran en el Atlántico Sur bajo la jurisdicción de la Corona británica. Argentina las reclamó como propias e inició una guerra contra la Gran Bretaña por su dominio. La guerra, que perdió Argentina, tuvo lugar del 26 de marzo al 14 de junio de 1982.

El Grupo de Apoyo ha sido fundamental para la subsistencia del Grupo Contadora, pues le dio mayor base en sus negociaciones. Aparte de esta reunión de Lima, hubo otros antecedentes: primero la reunión de Quito, en enero de 1984, y después la de Cartagena, en junio de ese mismo año, cuyo objeto fue bus- car una posición coordinada frente al problema de la deuda externa. Todo ello fue conformando este nuevo mecanismo de concertación.

Yo me he preocupado por impulsar la integración latinoamericana, sin pretender un liderazgo personal, porque sé que ello daría al traste con el proyecto. Con ese sentido, realicé en 1984 un viaje a América Latina y he sostenido múltiples contactos con presidentes latinoamericanos. De igual manera, he favorecido acuerdos de alcance parcial y convenios de todo tipo con dichas naciones.

En todas las ocasiones en que he platicado con mis contrapartes, he encontrado la inquietud por organizar una reunión conjunta. Sin embargo, siempre surgía la pregunta: ¿Con qué propósito concreto? Sabíamos que una reunión exclusivamente protocolaria sería inconducente. Por mi parte, yo sentía cierta resistencia a impulsar la reunión, por temor a ser visto como quien desea ocupar un papel protagónico. Sin embargo, la frecuencia con que surgía el tema no dejaba de ser significativa.

En vísperas a mi participación en Naciones Unidas en 1986, tuve una reunión con los cancilleres del Grupo Contadora y los del Grupo de Apoyo que se encontraban en Nueva York. Ahí impulsé la idea de la integración latinoamericana, esto es, de buscar una mayor coherencia en las acciones de nuestros organismos comunitarios.

En enero de 1987 México fue sede de una reunión extraordinaria de la CEPAL. En ella impulsé el espíritu latinoamericano. El discurso que pronuncié en esa ocasión buscó abarcar todos los problemas estratégicos del área. Con estas dos acciones, di base a la Cancillería para gestar una reunión de presidentes.

Era claro, sin embargo, que no podíamos invitar a todos los presidentes de América Latina, tanto porque equivaldría a hacer una OEA sin Estados Unidos, como porque no tiene sentido una reunión con 30 presidentes. El propósito era crear una mayor comunicación política, buscar la forma de coordinar los organismos que integran la acción latinoamericana, así como nuestra acción frente al mundo y frente al avance tecnológico.

La idea fue prendiendo: el país más reticente era Brasil. Por ello, la primera reunión tuvo lugar en Río de Janeiro en diciembre de 1986. Lo hicimos así, a fin de que los brasileños se sintieran padrinos de la idea. La segunda reunión se realizó en Bariloche, Argentina, en aquella Semana Santa de abril de 1987, cuando Alfonsín fue víctima del primer intento de golpe militar.

Para entonces el mecanismo ya estaba constituido, por lo que le dije a Sepúlveda que organizara la reunión de los presidentes. Le insistí en que yo iría a donde quisiera el grupo, de modo que cuando tuviera lugar la reunión no hiciera de la sede una cuestión de principios.

La realidad es que Sanguinetti tenía ganas de que la reunión tuviera lugar en Uruguay, y prueba de ello es que obtuvo el acuerdo de que la segunda sea allá. Sin embargo, como los otros países vieron que México tenía la propuesta más articulada y que nosotros éramos quienes presentábamos los mejores documentos de trabajo, poco a poco fue cayendo por su propio peso el acuerdo de que México fuera sede de la primera reunión. Ello nos permitió fijar la agenda y organizar las reuniones preparatorias.

Este mecanismo de coordinación, de comunicación, por sí mismo no representa nada. Lo primero que puede cuestionarse es qué tanto va a durar y si va a trabajar en términos efectivos. En esta primera reunión de los ocho presidentes, quedamos en que habría una reunión anual. En términos económicos, lo único que podemos hacer es dar aliento a la política de integración latinoamericana, que hoy por hoy no avanza. Ésta es la única forma de abrir sus perspectivas a futuro.

En términos políticos más amplios, se trata de ver cuáles son los problemas comunes del área, a fin de estudiar de manera conjunta lo que podemos hacer. Éste es un punto muy delicado. Nosotros sabemos que Brasil tiene reticencias respecto a este proyecto, porque siente que tarde o temprano México se va a integrar a Estados Unidos, en tanto que Suramérica formará su propio bloque.

Nosotros, por nuestro lado, no queremos quedar separados de América Latina. De hecho ya estamos en una situación de por sí incómoda: tenemos al norte a Estados Unidos y al sur estamos rodeados de protectorados. En Centroamérica, la influencia norteamericana sobre Honduras, El Salvador y Costa Rica compite con la soviética en Nicaragua y Cuba. El resto del Caribe está conformado por protectorados ingleses y canadienses. En esa condición, nosotros nos sentimos cercados.

América Latina quiere mantener viva la llama de su integración, porque sabe que si no lo hace puede pasar a formar, toda ella, un protectorado norteamericano. Esto significa que hay un reconocimiento de que si no formamos un bloque de poder político y económico suficientemente sólido, seremos siempre muy vulnerables. Los ejemplos centroamericanos y caribeños son dramáticos. Tras ello se encuentra una realidad insoslayable: esos países ya no son viables en el contexto internacional.

Lo mismo puede decirse de varios países de América del Sur. Las escasas posibilidades de algunas naciones para sobrevivir en el futuro hacen pensar que necesariamente tendrá lugar una recomposición geopolítica. Varios países tendrán que confederarse o bien convertirse en protectorados norteamericanos. Éste sería evidentemente el caso de las naciones centroamericanas, pero pudiera ser también el de Uruguay, que tarde o temprano tendrá que integrarse a Argentina. Paraguay tal vez se divida, al igual que Bolivia. Chile difícilmente podrá subsistir de manera independiente, si no logra confederarse con Argentina y Uruguay.

En fin, creo que en el siglo XXI tendremos una verdadera reorganización política. Baste ver el mapa para entender que Europa Occidental forma un bloque con la Comunidad Económica Europea, que Europa Oriental forma una unidad con la URSS, que China es independiente por sí misma, que Japón tiene control de todas las naciones asiáticas no comunistas y que en América está el área natural de influencia de Estados Unidos. Es ahí donde cabe preguntarse si necesariamente América Latina será un protectorado norteamericano o si, al conformar un bloque de poder separado, puede mantener una soberanía relativa frente al “coloso del norte”.

Esto nos invita a replantear todo el concepto de soberanía, pues vivimos en un mundo en el que las leyes y los principios tradicionales ya no corresponden a la realidad. La soberanía ha dejado de ser algo absoluto para convertirse en un valor relativo. Ya no hay ningún país del mundo que sea autónomo, que pueda subsistir de manera autárquica.

La interrelación crea diferentes grados de soberanía. México, por ejemplo, es más soberano que El Salvador, pero menos que Francia, porque la soberanía está condicionada, en mucho, por factores económicos. Nuestra vulnerabilidad económica compromete nuestra soberanía. Creo que será necesario reflexionar y escribir sobre el concepto de soberanía limitada, que hoy todavía es tabú.

Estos temas, aunque no de una manera totalmente abierta, son enfrentados por los presidentes latinoamericanos. También hay que enfrentar problemas más concretos, como el posible repudio concertado a la deuda externa, que cada vez se vuelve más asfixiante e irrita más a nuestras poblaciones. Sin embargo, hemos concluido que, por lo pronto, la confrontación con Europa, Estados Unidos y Japón, que son nuestros acreedores, no puede conducirnos sino a males mayores de los que sufrimos al pagar la deuda.

Tenemos que ir ganando terreno paso a paso. Así, aunque algunos presidentes como Alan García, Alfonsín o Sarney verbalicen grandes retos, a la hora de la verdad no se animan a dar el paso, porque saben que el horno no está para bollos. La prueba más clara de ello la tenemos en las declaraciones del nuevo ministro de Hacienda de Brasil, Mailson Ferreira da Nóbrega, publicadas el 22 de febrero de 1988 en The New York Times: “Pienso que la moratoria fue un error porque creó incertidumbre económica, desanimó la inversión y afectó los flujos de crédito externo. Pienso que pagamos un precio por hacerlo”. Brasil ya ha empezado a pagar.

La conciencia de que la confrontación resulta inconducente es tan clara que, cuando Sarney declaró la moratoria, yo le hablé por teléfono para decirle que México se solidarizaba con su determinación en tanto él la juzgara conveniente para su nación. Sarney me respondió que él pensaba que era mejor que Brasil asumiera solo su problema; esto es, me dejó claro que no quería llevar la confrontación más lejos de lo estrictamente necesario.

El hecho es que le ocurrió a Brasil aquello que yo siempre he supuesto que pasa con una moratoria: le cortaron las líneas revolventes de crédito, las líneas de crédito de corto plazo para el comercio exterior, se dio una notable fuga de capitales y hubo amenazas comerciales veladas. Por ello tuvo que ceder Sarney.

Volviendo a la reunión de los presidentes en Acapulco, quedé satisfecho de la forma en que se realizó y con el documento final que se produjo. Tal vez aquí lo único que cabría apuntar es que Argentina quería que este documento fuera más fuerte en lo relativo a poner un tope al pago de los intereses por la deuda externa.

Internamente, la reunión coincidió con un momento muy difícil para mí, pues apenas una semana antes había devaluado nuestra moneda. No era el momento en el que yo hubiera querido que tuviera lugar el encuentro. Fue como ir a una tertulia cuando acaba de morir un pariente cercano. Sin embargo, creo que de alguna manera sirvió para cambiar el ánimo en México, aunque la población le dio una atención muy limitada, por estar totalmente sumergida en la psicosis económica.

 
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