Desplome de la Bolsa de Valores

"MES: OCTUBRE"

El 19 de octubre se desplomó la Bolsa Mexicana de Valores. En un día perdió 52 671 puntos, esto es, 16.5%. Dicha tendencia continuó en los días siguientes hasta volverse un fenómeno dramático. En el curso de un mes llegó a perder 70% y seguía a la baja, generando un clima de histeria entre los inversionistas. Miles de personas se vieron afectadas, lo que creó un ambiente de incertidumbre y malestar muy negativo. De hecho se trató de una muerte anunciada. No obstante, la intensidad de la caída nos sorprendió a todos. La historia es ésta.

Desde los últimos meses de 1986 empezó a darse un dinámico crecimiento del índice de precios de las acciones cotizadas en la Bolsa Mexicana de Valores. Entre el 31 de diciembre de 1986 y el cierre de mayo de 1987, la bolsa había subido 148%, por lo que muchos analistas consideraban que su auge no se prolongaría demasiado. Sin embargo, el mercado accionario tuvo incluso una apreciación más rápida, que continuó hasta octubre, cuando alcanzó niveles sin precedente. Luego del inicio de la jornada bursátil excepcionalmente activa ocurrida el lunes 5 de octubre, día siguiente a la postulación de Carlos Salinas de Gortari, las autoridades financieras ordenaron la suspensión de las actividades de la bolsa por unas horas.

En los días posteriores, la tendencia de los precios de las acciones fue a la baja, pero sin que hubiera aún conciencia de que esto llegaría a convertirse en un desplome. La caída fundamental ocurrió a finales de la tercera semana de octubre, al mismo tiempo en que se derrumbaban las bolsas de valores de los principales centros financieros mundiales.

Antes de entrar a analizar los aspectos que pudieron influir sobre la caída, vale la pena subrayar que el 5 de octubre la suspensión de las actividades de la bolsa fue de sólo hora y media. Como a las 11 de la mañana, Gustavo Petricioli me llamó para decirme que la Bolsa se estaba comportando de una manera sumamente irregular, desquiciada; que la gente quería comprar todo, a cualquier precio, y que este movimiento era tan severo que ya ni siquiera se podía atender físicamente a la clientela dentro de las casas de bolsa.

Petricioli me dijo que después de platicarlo con la Comisión Nacional de Valores y con la directiva de la Asociación de Casas de Bolsa, habían llegado a la conclusión de que era necesario suspender temporalmente sus actividades. Aprobé la medida, y cuando volvió a abrir el mercado bursátil, ya con más orden, hubo un pequeño descenso en el índice, aunque la jornada terminó muy alta.

Estas aclaraciones vienen a cuento, porque resultó sumamente injusto que personas ligadas a las casas de bolsa atribuyeran el desplome a la suspensión de la- bores del 5 de octubre. Su argumento consistió en señalar que a raíz de la suspensión se perdió definitivamente la confianza, pues el incidente demostró la capacidad del gobierno para alterar cabalmente el movimiento del mercado bursátil, exhibiendo la vulnerabilidad del mercado frente a la fuerza del gobierno. Esta explicación soslaya que fue una decisión concertada entre las autoridades y los directivos de las casas de bolsa, y no explica por qué pasó una semana entre esta acción y el desplome.

En mi opinión, la caída de la Bolsa de Valores fue un fenómeno que se dio, en buena medida, como contagio por lo ocurrido en Wall Street, donde el crack tuvo lugar el mismo día y siguió después una tendencia paralela. La repercusión que los movimientos de Wall Street tuvo sobre todo el mundo capitalista se debió a las consideraciones —evidentes para las personas versadas en materia financiera— de que la caída de la bolsa de Wall Street alteraba la relación económica interna de ese país, lo cual obligaría al gobierno a contraer su economía para hacer frente a su déficit financiero y comercial. La recesión podría modularse sólo con inflación, fenómenos que inevitablemente, dada la fuerza y preeminencia de la economía norteamericana, dañarían a todas las demás economías.

Para México era posible suponer que resultaría más difícil exportar y que disminuiría el turismo. Además, podría darse un alza en las tasas de interés norteamericanas, lo que aumentaría el servicio de nuestra deuda, y disminuiría la capacidad de inversión del Estado. Por otro lado, en esos días empezaron a verse señales de la posible caída de los precios internacionales del petróleo.

Todo ello hizo que los inversionistas mexicanos, al analizar tal panorama y mirar hacia dentro del país, se preguntaran sobre nuestra capacidad para resistir una perspectiva tan sombría.

El temor de que los problemas de la economía norteamericana obligaran al gobierno de México a hacer otro ajuste que incrementara la inflación y que ello condujera a la baja de sus acciones, llevó a los inversionistas a vender de manera precipitada.

A raíz del desplome empezamos a preguntarnos qué debíamos hacer. Tuvimos algunas reuniones en las que se habló de promover medidas de apoyo para que no se derrumbara plenamente la bolsa. Se dijo que había que hacerlo cuando ésta ya estuviera cerca de su punto más bajo, para que no se perdiera mucho dinero. Se hablaba de inyectar a la bolsa un billón de pesos. De éstos, la mitad la aportarían las casas de bolsa, una cuarta parte los bancos comerciales y la otra el Banco de México por medio de Nacional Financiera.

Con gran irresponsabilidad salió esto a la prensa, porque la realidad es que nunca se pudo concertar ese apoyo. Su anuncio, sin embargo, sirvió para crear una gran irritación entre muchos sectores de la sociedad.

Hubo falta de previsión y análisis por parte de los funcionarios públicos, así como una gran irresponsabilidad de los agentes de bolsa y una locura colectiva. Es difícil puntualizar el peso relativo que en este desplome tuvieron las tendencias macroeconómicas nacionales e internacionales y los fenómenos especulativos, pero desde luego fue una combinación nefasta de ambos.

Hablar del futuro del mercado accionario en la economía mexicana parece imposible, aunque en esencia sigue siendo válida la tesis que llevó a su desarrollo, o sea, que el mercado accionario es necesario como instrumento para capitalizar sanamente a las empresas. Sin embargo, después de lo ocurrido, el mercado de valores ha quedado muy tocado. No me atrevo a pronosticar por cuánto tiempo va a estar en ese estado. Lo lógico sería pensar que por lo menos cinco años, pero, dada la volatilidad con la que se está moviendo la opinión pública, no sé lo que pueda ocurrir. Tal vez, si logramos enderezar un poco la situación económica, en cosa de meses vuelva a subir. Realmente es difícil saber cómo se comportarán los mercados de capital o de riesgo en el país. Lo que ahora tenemos que hacer es estudiar el marco legal reglamentario del mercado bursátil en México. Tenemos que perfeccionar los ordenamientos jurídicos de la intermediación bursátil. Están en estudio ciertas medidas, y ya hemos tomado algunas acciones, como la suspensión de ventas a plazo de acciones y un análisis a fondo de las facultades de la Comisión Nacional de Valores.

La Secretaría de Hacienda carece de ideas. No me han presentado alternativas, por ejemplo, para evitar que en el futuro la especulación bursátil siga contribuyendo a acentuar la polarización de los ingresos y la concentración personal de la riqueza. No me han sugerido formas de dar mayor equidad al proceso, por ejemplo, mediante reformas impositivas. Creo que con todo esto Gustavo Petricioli recibió un mazazo en la cabeza y no ha podido reaccionar a la altura de las circunstancias.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.