Sucesión presidencial

"MES: OCTUBRE"

EL DOMINGO 4 DE OCTUBRE, A LAS 10 DE LA MAÑANA, en medio de una gran expectación nacional, el presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional, Jorge de la Vega Domínguez, anunció en conferencia de prensa transmitida por radio y televisión que, por su probada capacidad política e intelectual, el precandidato único del partido a la Presidencia de la República sería el licenciado Carlos Salinas de Gortari. Este acto estuvo avalado por la presencia de los dirigentes de los sectores obrero, campesino y popular, los presidentes de los comités directivos estatales y del Distrito Federal, así como los líderes priistas de las cámaras de Senadores y Diputados.

Cuando escuché por televisión este anuncio oficial pude liberarme plenamente de la angustia que durante todo el proceso de sucesión presidencial me causaron sus imponderables. Su dirección es compleja, pues existe una relación directa y simultánea entre el surgimiento en la opinión pública de los nombres de quienes pueden aspirar a la Presidencia de la República y su exposición al escrutinio público.

El mayor riesgo de este proceso es que los prospectos contemplados por el Presidente cometan errores que los descalifiquen. En ese sentido, realmente sale el mejor, aquel que comete menos errores o hace lucir más sus cualidades durante la etapa decisiva.

La historia parece mostrar que las figuras que inicialmente Lázaro Cárdenas o Miguel Alemán hubieran querido que los sucedieran resbalaron en el camino o se toparon con la oposición de fuerzas reales de poder que les impidieron el acceso. Dado que esto llegó a ocurrirles a dos presidentes muy fuertes, nunca deseché la posibilidad de que a mí también pudiera ocurrirme, lo que inevitablemente me intranquilizaba. Con el anuncio oficial terminó para mí una etapa muy presionante emocionalmente. Hacia el final, todo se volvió difícil. Se transformaron las relaciones de los precandidatos conmigo y entre ellos; el menor gesto de mi parte era interpretado como una señal, lo que frecuentemente trastocaba el ánimo de los aspirantes.

Por otro lado, también resultó molesto ver cómo empezaba a darse una inacción administrativa, ya que los secretarios involucrados no querían traerme asuntos problemáticos, y yo mismo me cuidé de no exigirles ciertas cosas. No obstante, no sentí haber llegado a los extremos que López Portillo me comentó haber vivido, cuando tuvo la sensación de no contar ni con un gobierno ni con un partido. Yo sí tuve, aun en los momentos finales, gobierno y partido. No puedo negar, sin embargo, que en la medida en que se acercaba el momento de hacer público el nombre del precandidato escogido, sentí un enrarecimiento creciente del ambiente.

La decisión final es producto de una observación larga y decantada, en la que todo lo que trasciende un mero incidente influye en el criterio del Presidente de la República, y nada, a menos de que sea realmente grave, resulta determinante.

En la vida pública toda acción o inacción deja un sedimento, bueno o malo. Por ello, a pesar de que al inicio de un gobierno todos los secretarios de Estado, los procuradores y el regente capitalino tienen su boleto de entrada al proceso, pocos llegan a ser considerados por el público como precandidatos a la Presidencia de la República.

Los gobernadores tienen, para este efecto, la desventaja de carecer de una visión o una imagen nacional. Sin embargo, en la medida en que se está ensanchando su ámbito de trabajo y sus personalidades son más destacables, se está abriendo la puerta para que en un futuro se pueda acceder desde una gubernatura a la Presidencia de la República.

El Presidente sólo puede considerar como precandidatos a aquellos que la opinión pública menciona. Por ello, para llegar a ser, hay que haber sonado. Naturalmente, el Presidente puede impulsar o proyectar intencionalmente a algunas personalidades, pero éstas sólo cuajarán en la opinión pública si hay madera para ello. Tal vez por eso lo más significativo para llegar a ser visto como contendiente es considerarse capaz de contender y moverse en consecuencia.

La validez de la acción del contendiente dependerá, en primera instancia, del cumplimiento eficaz de las labores encomendadas por el Presidente de la República y, posteriormente, de la habilidad, prudencia, discreción y ritmo del movimiento. De ninguna manera se trata de hacer proselitismo.

Lo primero que el contendiente tiene que hacer es establecer una buena relación con el Presidente de la República. Más aún, debe psicoanalizar al Presidente, esto es, saber cómo es, qué siente, qué aprecia, qué no le gusta, cómo opera.

También es importante que establezca una relación funcionalmente eficaz y humanamente amistosa con sus iguales. Debe aprender a manejar los conflictos, sin esquivarlos, pues ello supondría dejar de cumplir la responsabilidad que se le ha encomendado, pero evitando que éstos entorpezcan su labor.

Todo secretario de Estado sabe que los otros secretarios pueden, con mayor o menor sutileza, con mayor o menor buena fe, hacer del conocimiento del Presidente cierta información tendiente a influir en la imagen que éste tiene de sus colaboradores. También saben que, de acuerdo con la personalidad del Presidente, éste propiciará o sancionará los chismes palaciegos. De cualquier forma, conviene hacer el mayor número posible de amigos y el menor de enemigos. En este sentido, debe cuidarse la relación con gobernadores, diputados, senadores, líderes del partido, funcionarios, empresarios, obreros, campesinos, Ejército, Armada y prensa.

Finalmente, y de manera fundamental, el contendiente debe manejar su imagen frente a la opinión pública. Ésta, aunque veleidosa y cambiante, termina por recoger un sedimento informativo veraz. Esto es así, porque la prensa, a pesar de sus pasiones, corruptelas y análisis baratos, termina por recoger las emociones y experiencias que fluyen de muy diversos ámbitos. Con los filtros adecuados es posible llegar a captar por ese medio el sentir de la sociedad.

La opinión pública percibe como precandidatos a los secretarios políticamente más fuertes y a los que considera más cercanos al Presidente. Varias son las correas de transmisión para saber cuáles secretarios manifiestan seguridad en sí mismos y quiénes gozan de la confianza del Presidente.

La reputación de un secretario de Estado comienza a transmitirse por medio de los otros secretarios de Estado, quienes observan en las reuniones de gabinete el comportamiento del Presidente, esto es, a quién le pregunta, a quién escucha con más atención, a quién le brinda mayor apoyo o le demuestra mayor cercanía, y se lo comunican de una manera u otra a sus diferentes equipos y amigos.

La segunda fuente de información sobre la situación de los secretarios de Estado son sus subordinados, quienes saben muy bien cuándo y qué asuntos lleva el secretario a acuerdo presidencial, y si éstos se resuelven positiva o negativamente. También saben cuándo el secretario, por instrucciones presidenciales, se retracta o corrige una determinada decisión. Todo ello les permite evaluar qué tan bien parado está su jefe, conocimiento que filtrarán a sus parientes y amigos, y éstos, naturalmente, a otros grupos.

Finalmente, todo secretario de Estado tiene una determinada clientela, la cual, por necesidad o conveniencia, sigue sus pasos y es capaz de percibir si ese secretario demuestra confianza en sí mismo o si exhibe inseguridad al tomar decisiones. También les resulta evidente si el secretario puede o no obtener del Presidente resoluciones positivas a determinados asuntos. Este conocimiento permeará y, como las clientelas normalmente se encuentran dispersas a todo lo ancho y largo del país, servirá para conformar la imagen nacional de cada secretario.

Estas mismas correas transmitirán a la opinión pública quiénes son los secretarios más amigos del Presidente. Respecto a este punto, lo importante es conocer lo suficiente al Presidente para saber qué le significan sus diferentes tipos de amigos. Yo puedo decir que de los precandidatos, mi amigo más antiguo es Miguel González Avelar, con quien coincidí en la Facultad de Derecho, de quien fui sinodal en su examen profesional y a quien posteriormente frecuenté en plan familiar y social. Además, lo invité a que trabajara conmigo en la Secretaría de Programación y Presupuesto, y más tarde lo llevé a mi campaña electoral. Esa relación de amistad es de un tipo, y de otro la que me une a Carlos Salinas, a quien conocí y traté en el trabajo.

Por tanto, no basta con saber quiénes son amigos del Presidente, también hay que saber ponderar el efecto que dichas amistades puedan tener en sus decisiones.

Finalmente, existen eventos o desarrollos específicos que la opinión pública interpreta como positivos o negativos para las precandidaturas de los secretarios. Por ejemplo, cuando Alfredo del Mazo fue nombrado secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal, en abril de 1986, todo mundo consideró que iniciaba su carrera presidencial. Por su parte, el desarrollo de las elecciones en Chihuahua en 1986 fue considerado por algunos la tumba política de Manuel Bartlett, en tan- to que otros creyeron que había servido para fortalecer su candidatura. Los problemas económicos que sufre el país hicieron que muchos consideraran muy impopular la candidatura de Carlos Salinas, mientras que otros vieron en él al único capaz de afrontar un futuro incierto en el terreno económico.

Estos hechos significativos, así como otros menores, tales como el éxito o fracaso de un discurso, fueron sumándose hasta conformar la opinión del público sobre cada uno de los secretarios.

El público puede reconocer en un secretario capacidad y eficiencia y, sin embargo, no considerarlo precandidato a la Presidencia de la República. Un buen ejemplo es el caso del secretario de Salud, Guillermo Soberón, quien al inicio del gobierno destacó por sus cualidades y por su supuesta ambición. Muchos pensaron que orientaría todo su esfuerzo a alcanzar la Presidencia de la República y, sin embargo, esto no fue así. El doctor Soberón jamás participó en la carrera presidencial. Se movió, pero para figurar en los organismos internacionales de salud.

Baste comentar que hacia mediados de 1986, cuando estaba por decidirse quién sería el candidato del PRI a la gubernatura de Guerrero, el doctor Soberón me pidió, al terminar una reunión rutinaria de acuerdo, autorización para tratarme un asunto político. Me dijo que puesto que estaba siendo mencionado como posible candidato a la gubernatura del estado de Guerrero, me quería decir que no le interesaba el puesto. Añadió, señalando que aprovechaba el que estuviéramos tratando asuntos políticos, que le gustaría ser considerado como prospecto de senador.

Yo le hice ver que las candidaturas para senadores y diputados que se iban a votar en 1988 serían determinadas por el candidato presidencial, pero le dije que registraba su inquietud.

Esto demuestra que el factor más importante para ser considerado precandidato es sentirse capaz de serlo y actuar en consecuencia. El Presidente no puede tomar en cuenta a quien no se ha colocado en posición de ser considerado.

Otra anécdota que ejemplifica el peso de este aspecto subjetivo me ocurrió a mí cuando fui precandidato. Ya cerca del final del proceso, y como era fácil de deducir, por instrucciones de López Portillo, Francisco Galindo Ochoa me visitó y me dijo que tenía la costumbre de conocer a los precandidatos y de acercarse a ellos para saber cómo eran. Me preguntó:

—¿Sabe usted que es precandidato?
—Sí, lo sé —respondí.
—¿Se siente usted capaz de ser Presidente de la República?
—Me siento capaz de ser y de no ser —contesté.
—¿Se está usted preparando para ser?
—Mire —le dije— es más importante prepararse para no ser, porque si uno es, va a recibir apoyo de todo tipo. En cambio, para no ser, si acaso, se cuenta con la familia.

Me contaron que López Portillo le hizo la misma pregunta a Emilio Mújica, quien tuvo el valor de responder que no se sentía capaz. La respuesta sorprende por su honestidad, aunque en realidad es objetivamente difícil sentirse capaz de enfrentar tanta responsabilidad.

Volviendo al tema de la imagen pública, hay que reconocer que es fundamental, pero no está desligada de una valoración objetiva de la capacidad y el desempeño de cada secretario. El Presidente contribuye a formar la imagen pública de sus colaboradores, tanto por la forma en que se relaciona con ellos, y que pronto se hace pública, como por el impulso deliberado que da a cada uno.

Sin embargo, no debe perderse de vista que esos factores subjetivos son resultado de la apreciación que el Presidente tiene de la capacidad objetiva de sus colaboradores. El Presidente impulsa a quien siente capaz, y sólo quien es capaz aprovecha la plataforma que le da el Presidente.

El Presidente cuenta con una gran cantidad de mecanismos para saber si sus colaboradores están o no cumpliendo con su deber y si pueden o no con la carga que se les encomendó. De manera directa, el Presidente conoce y evalúa las grandes cuerdas que mueven cada secretaría. Coteja su apreciación del desempeño del secretario con la opinión de otros secretarios, así como con la de las clientelas correspondientes; hace un seguimiento de acuerdos y recibe reportes elaborados por las secretarías globalizadoras, entre otras cosas.

A partir de su evaluación personal, el Presidente impulsa a ciertas figuras.

Esto se logra, entre otras cosas, exponiéndolas como oradores ante grandes foros.

Tal sería el caso de los actos conmemorativos del 5 de febrero, 15 de septiembre o 20 de noviembre, o de las representaciones en los informes de gobierno de los mandatarios estatales. También cuenta el ser visto con el Presidente en giras y actos públicos. Todo suma. En el curso de los cuatro primeros años de mi gobierno envié a la palestra a diversos funcionarios, con el fin de que proyectaran la imagen de políticos fuertes, pero en su calidad de secretarios de Estado. El prestigio que pudieron lograr sirvió para fortalecer la imagen del gobierno en su conjunto, pues inicialmente hasta mi capacidad política fue puesta en duda. Se cuestionaba si sería capaz de cumplir mi sexenio apoyado en "un grupo monolítico de novatos inexpertos". De manera que mi primer objetivo, al promover a los secretarios de Estado, fue demostrar que sí teníamos capacidad política.

El proceso sucesorio tiene lugar entre el cuarto y el quinto informe de gobierno; en este caso, entre septiembre de 1986 y septiembre de 1987. En este periodo el tema se vuelve muy vivo entre quienes están interesados en política y, finalmente, se expande a amplios sectores de la sociedad, lo cual naturalmente se refleja en la prensa. Así, la actuación de los posibles contendientes se va convirtiendo en determinante para fortalecer o debilitar sus precandidaturas.

En realidad, en los últimos meses, quienes ya lograron ser considerados públicamente como precandidatos tienen más posibilidades de perder puntos en la carrera que de ganarlos. Esto es así, porque son considerados sólo aquellos que han logrado sumar en el conjunto de su actuación pública la imagen requerida, misma que sería muy difícil mejorar en sólo unos meses y que, sin embargo, fácilmente puede descalificarse por un error o por el solo hecho de ser estudiada minuciosamente.

Por lo tanto, en la recta final se trata de no perder puntos. En este periodo el Presidente considera cuidadosamente las posibilidades objetivas de cada uno de los contendientes.

El 8 de octubre de 1986, el relevo de Adolfo Lugo Verduzco por Jorge de la Vega Domínguez en la presidencia del CEN del PRI hizo evidente que nuestro partido político se aprestaba a dar inicio a los cambios y movilizaciones necesarios para llegar a la sucesión presidencial con un brío y una energía renovados. Los comentarios y las especulaciones no faltaron. Cobraron dimensión el 17 de octubre, cuando el presidente del PRI en el Distrito Federal, Jesús Salazar Toledano, "destapó" como precandidatos a la Presidencia de la República a cuatro secretarios de Estado: Manuel Bartlett, Miguel González Avelar, Alfredo del Mazo y Carlos Salinas.

En realidad, como él mismo me lo explicó en una carta que me envió para disculparse, Salazar Toledano, al responder de esa manera a una pregunta hecha por una reportera, sólo estaba repitiendo lo que decía una buena parte de la opinión pública. Nunca imaginó el efecto de sus palabras.

Comoquiera, su declaración causó sensación y fue ampliamente comentada en el país, alcanzando algún eco internacional. Algunos interpretaron este hecho como una novedad política programada, cosa que desde luego no fue, pero que ya reflejaba el deseo colectivo de que hubiera cambios en el proceso sucesorio.

El siguiente episodio que acaparó la atención pública fueron las comparecencias ocurridas el año pasado ante el pleno de la Cámara de Diputados, los días 11, 13 y 25 de noviembre, de los secretarios Del Mazo, Bartlett y Salinas, respectivamente. La opinión pública las siguió con gran atención, porque las consideró como una posibilidad de conocer mejor a los tres precandidatos más sonados. El secretario de Hacienda, Gustavo Petricioli, quien compareció el 19 de diciembre de 1986, no llamó la atención, porque no era considerado presidenciable.

En mi opinión, hubo un empate entre Bartlett y Salinas. Del Mazo quedó más abajo, porque dañó su imagen el gran aparato político y publicitario que movió. Cometió errores como traer a su sucesor, el gobernador interino del Estado de México, Alfredo Baranda, con un enorme contingente que cubrió puntos desde la casa de Del Mazo hasta el Palacio Legislativo. Con ello descubrió un flanco de vulnerabilidad, por el que siguieron atacándolo constantemente.

Bartlett fue quien más ganó en términos relativos, ya que la naturaleza de su trabajo lo había mantenido más a la sombra. Supo revelarse como un gran conocedor de su tema y un polemista sagaz. Salinas, aunque también se desempeñó muy bien, ya había ocupado esa tribuna en tres ocasiones, por lo que su pensamiento y capacidad para el debate no resultaron tan novedosos.

El 8 de enero de 1987 se realizaron cambios en la dirigencia del PRI. Aprovechando que De la Vega es un político capaz de convocar grupos de diferentes orígenes, le pedí que abriera el partido a la mayor pluralidad posible. De la Vega me fue proponiendo nombres, y yo estuve de acuerdo en la inclusión de personas tan diversas como Humberto Lugo Gil, Carlos Torres Manzo, José Andrés de Oteyza y Pedro Joaquín Coldwell.

Ello era necesario, porque si la nueva directiva del PRI hubiera sido integrada por una sola tendencia, se hubieran presentado de inmediato las reacciones negativas correspondientes.

Estos cambios fueron ampliamente comentados y cumplieron su función: abrieron esperanzas en muchos grupos. Por tanto, la configuración de la directiva del PRI fue un acto preparatorio en el proceso de la sucesión presidencial, y su diversidad me facilitó las cosas.

Con el fin de matizar la trascendencia que habían tenido las comparecencias de Bartlett, Del Mazo y Salinas en la Cámara de Diputados, promovimos a finales de enero y en febrero de 1987 las jornadas informativas del PRI. Los titulares de la SEP, la SSA, la SARH, la Sedue y el IMSS, Miguel González Avelar, Guillermo Soberón, Eduardo Pesqueira, Manuel Camacho y Ricardo García Sáinz, respectivamente, concurrieron en diversas fechas a exponer los temas de política social en los que son expertos.

Con ello tratamos de evitar que la baraja de contendientes a la Presidencia de la República se cerrara a sólo tres, como era la tendencia. El éxito no fue total, pero cuando menos reanimó la precandidatura de González Avelar, demostrando que nuestros esfuerzos por ampliar la baraja de precandidatos pronto se desinflaban si no tenían fundamento y peso en la opinión pública.

En febrero de este año tuvo lugar otro acontecimiento que el público entendió como indicativo de lo que habría de ocurrir en el proceso sucesorio: la postulación, informalmente el día 3 y formalmente el 20 de febrero, de Mario Ramón Beteta como candidato del PRI a la gubernatura del Estado de México. La realidad es que yo no consideré el caso en función de la sucesión presidencial. Me incliné por Beteta por sus propios méritos. Sabía que algunos interpretarían esto como negativo para Del Mazo, pues era público que habían existido fricciones entre ambos funcionarios.

Este tipo de indicios, que todos consideran evidentes, rara vez tienen fundamento. Sé que hace seis años, cuando Del Mazo fue nominado candidato para el Estado de México, muchos lo interpretaron como indicativo de que López Portillo pensaba favorecer mi candidatura. Yo no sé que éste haya sido el caso. Sé que Del Mazo me pedía consejo, y que yo se lo daba. Sé que yo y varios amigos en común, como Alejandro Carrillo o Gustavo Carvajal, veíamos como muy deseable que Del Mazo fuera postulado, pero no sé que esto haya determinado la opinión de López Portillo.

Yo no tengo por qué pensar que, en su momento, López Portillo no tomó esa decisión por su propio peso, es decir, que quiso poner a Del Mazo para evitar el continuismo del grupo Jiménez Cantú-Hank, sobre todo después del escándalo con motivo del rancho que éstos le habían regalado.

Otro asunto que ocupó a la opinión pública fue el desarrollo de la llamada Corriente Democrática, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, que surgió en 1986, pero cobró auge en los primeros meses de 1987. Su objetivo central consistió en tratar de sacar de las manos del Presidente de la República el proceso de sucesión presidencial, pues les resultaba evidente, y con razón, que de no ser así, la designación del candidato recaería sobre alguien con quien el Presidente tuviera afinidad ideológica, ya que los contendientes más mencionados pertenecían a su grupo.

Muñoz Ledo y Cárdenas vieron con claridad que si llegaba a la Presidencia de la República alguien que no compartiese sus ideas de populismo, tercermundismo y expansión estatal, volverían a quedar fuera de los puestos de mando, cosa que les resultaba poco atractiva. Su lucha encontró un terreno fértil en la búsqueda colectiva de mecanismos más democráticos, más abiertos en el quehacer político.

Su propuesta de que los contendientes priistas hicieran campañas de proselitismo para obtener su nominación como precandidatos del PRI a la Presidencia de la República era y es, como ellos bien lo saben, inviable, pues supondría la división del partido. No obstante, trataron de promover esta moción desde las filas del PRI, en primer lugar para ver si lograban calificar como competidores y, en última instancia, para tratar de promover a alguien que les resultara más afín o, cuando menos, no tan distante.

Evaluaron a los tres precandidatos más sonados de la siguiente manera: el peor era Carlos Salinas de Gortari, porque no veían la posibilidad de tentarlo en el terreno ideológico; Manuel Bartlett ocupaba el segundo lugar, porque en su opinión no estaba tan comprometido con la política económica, y el más deseable de los tres era Alfredo del Mazo, a quien sentían más susceptible de abrirse a su pensamiento.

Hacia el final del proceso, cuando vieron que no lograban quitarle la decisión al Presidente, buscaron la transacción; empujaron en junio y julio la candidatura de Sergio García Ramírez. Éste fue visto por echeverristas y lopezportillistas como el gran conciliador que los recogería a todos. La Corriente Democrática se promovió activamente por medio de la prensa, logrando una buena acogida en el medio intelectual y académico, lo cual tiene sus repercusiones en la clase media "ilustrada".

Por otro lado, en marzo, durante la XIII Asamblea del partido, Jorge de la Vega desmintió públicamente que tuviera aspiraciones presidenciales, lo que también tuvo su peso y resonancia. Su candidatura era vista como posible, porque en la sucesión anterior el presidente del partido, Javier García Paniagua, fue uno de los finalistas.

En mi opinión, el presidente del partido no debe contender por la Presidencia de la República, porque al hacerlo arrastra tras de sí a todos los funcionarios del partido, quienes pueden utilizar la maquinaria partidista en un esfuerzo de proselitismo indebido y difícilmente sabrán trabajar con lealtad en caso de que su jefe no obtenga la candidatura. Por ello, era necesario que De la Vega disipara cualquier esperanza que albergaran los cuadros priistas, haciéndoles entender que su deber consistía en moverse como políticos profesionales, dispuestos a apoyar a quien resultase nominado.

Para junio, el ambiente ya estaba candente. Dos actos le echaron leña al fuego. Los días 22, 23 y 24, Alfredo del Mazo organizó en Ixtapa, Guerrero, el I Seminario Latinoamericano de Reconversión Industrial, y los días 25 y 26, Carlos Salinas convocó, en la Ciudad de México, al Seminario de Modernización Económica y Cambio Estructural. Ambas reuniones fueron vistas por la opinión pública como foros de promoción de las precandidaturas de los dos funcionarios mencionados.

Ellos me propusieron, y yo acepté, que se organizaran estas reuniones, porque los temas me interesaban. Naturalmente, estaba consciente de que para esas fechas todo lo que hacían o dejaban de hacer los precandidatos afectaba el proceso sucesorio.

Las dos reuniones fueron exitosas, pues cumplieron sus propósitos. En lo personal, ya no me revelaron mucho de la personalidad de cada uno de ellos, aunque registré la reacción que produjeron en la opinión pública, en el sentido de que la de Ixtapa fue una reunión ostentosa, en tanto que la de la Ciudad de México fue austera.

En junio, pero sobre todo en julio, la lista de cuatro precandidatos se abrió a seis, con el ingreso de Ramón Aguirre y de Sergio García Ramírez. El primero se logró meter a base de realizar actos y, sobre todo, de mover a la prensa. A García Ramírez lo metieron quienes, como ya expliqué, tenían interés en destacar su "ecumenismo".

Lo que resulta importante destacar es que yo no manipulé a la prensa o al partido para que considerara como precandidato a determinada persona. Ellos fueron quienes se pusieron en situación de ser considerados.

En lo personal, di muestras de estar dispuesto a ampliar la lista de precandidatos lo más posible y, una vez mencionados, los defendí a todos. Así, cuando el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios me pidió autorización para reunirse con los cuatro secretarios mencionados por Salazar Toledano, yo pregunté que por qué sólo con ésos. Sugerí que también platicaran con Ramón Aguirre y con Sergio García Ramírez.

Entonces, algún miembro del grupo me preguntó si también debían platicar con Ricardo García Sáinz y yo respondí que sí. Finalmente, alguien sugirió a Guillermo Soberón, y yo respondí que también debían platicar con él. Mi posición consistía en aceptar todos los nombres que me mencionaran. Entre más, mejor.

Por otro lado, cuando alguien se acercaba a mí para criticar a alguno de los contendientes, yo lo defendía. Por ejemplo, si me decía que Bartlett era autoritario, le preguntaba qué actos de violencia o represión se le podían imputar, y lo invitaba a que fuera objetivo en su evaluación. Ello hacía que mi interlocutor se fuera convencido de que aquella persona a quien había criticado era, en realidad, el favorito o, cuando menos, "estaba muy fuerte".

El equilibrio entre las precandidaturas es una acción deliberada del Presidente, que realiza mediante múltiples manifestaciones, tales como la frecuencia de los acuerdos, los actos a los que se hace acompañar y su participación en eventos de una determinada dependencia. En fin, se trata de un tejido cotidiano en el que el Presidente actúa según amanecen las inclinaciones, el ambiente y la opinión pública.

En las giras que Jorge de la Vega realizó en cada uno de los estados de la República a fin de promover la unidad partidista, y que tuvieron lugar entre el 25 de marzo y el 28 de julio, dialogó con los gobernadores, los delegados del partido, los presidentes de los comités estatales, los líderes sectoriales, los políticos tradicionales, en una actitud de apertura y con el fin evidente de conocer su opinión sobre los diversos precandidatos. Las opiniones recabadas ayudaron a sedimentar y configurar mi visión de los contendientes.

Lo más significativo de estas giras fue que los priistas, en reacción contra el divisionismo encabezado por la Corriente Democrática, se volcaron a manifestar su unidad partidista. Hay que entender, como parte de una cultura política producto de la experiencia histórica, que los conceptos de unidad y disciplina están profundamente arraigados en los priistas.

Todos los mexicanos sabemos que en el siglo XIX perdimos la guerra frente a Estados Unidos y que nos invadieron los franceses como resultado de nuestra división interna. También recordamos el sufrimiento y los muertos que trajeron las guerras faccionarias de la Revolución. Nuestra cultura popular refleja terror ante el enfrentamiento y valora la paz que da la unidad. La gran mayoría de los mexicanos prefieren los resultados de una negociación que, aunque imperfecta, los deja razonablemente satisfechos.

El lunes 20 de julio, cuando De la Vega estaba por concluir su serie de giras estatales, comió conmigo y me informó que a partir de ese momento y hasta la nominación del candidato, pensaba seguir organizando reuniones para mantener activo al partido. Yo sugerí que, para darle mayor relevancia a nuestro instituto político, promoviera en cada estado y con la participación de los representantes de los comités seccionales, una discusión en torno a la plataforma electoral. Así, todos los grupos priistas podrían aportar sus ideas.

Sentí que las circunstancias exigían darle nuevas modalidades al proceso de sucesión. La inquietud levantada por la Corriente Democrática se aunaba al malestar que en ciertos segmentos de opinión provocaron las pláticas del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios con algunos secretarios. Había que resarcir el prestigio del partido en este proceso, tratando de superar la impresión de que la sucesión presidencial es un acto del exclusivo resorte del Presidente de la República y que el PRI es simple y llanamente el instrumento ejecutor.

Esta visión simplista de las cosas es producto de la forma en que se desarrollaron las dos sucesiones anteriores. Echeverría le hizo la descortesía al entonces presidente del partido, Jesús Reyes Heroles, de dejarlo proclamar que primero se elaboraría el programa y después se escogería al hombre, para finalmente dar a conocer el nombre del candidato antes de que se hubiera terminado la elaboración del programa y sustituir sin más a Reyes Heroles por Muñoz Ledo.

Por su parte, López Portillo, al promover mi nominación, también rompió muchas formas. No informó directamente a Fidel Velázquez, sino que le mandó recado con Joaquín Gamboa Pascoe. A la CNC y al presidente del partido y precandidato, Javier García Paniagua, se les informó el mismo día en que la noticia fue dada a conocer.

Yo creo que en cualquier sistema es necesario cuidar los procesos y las for- mas, manteniendo eficacia y presencia. Yo estaba escribiendo la partitura, pero quería que el partido llevara la batuta en el proceso de sucesión.

Por ello, cuando decidimos la conveniencia de hacer participar al mayor número de grupos en la elaboración de la plataforma electoral, analizamos la prudencia de motivar a sus representantes mediante una reunión con los precandidatos, a fin de que éstos les dieran sus puntos de vista.

La primera idea consistió en realizar reuniones más o menos cerradas, de las que emanaría un boletín de prensa. Fue desechada, porque si de cualquier modo se pretendía dar a conocer los puntos de vista de los diversos miembros del gabinete, no existía razón para no difundir el acto lo más posible, esto es, televisarlo. Entonces decidimos que la única forma de presentar las reuniones era diciendo la verdad, esto es, que el partido había invitado a quienes la opinión pública mencionaba como precandidatos, a fin de escuchar sus propuestas en la elaboración de la plataforma electoral del partido.

Al programar estas presentaciones, Jorge de la Vega y Humberto Lugo Gil cayeron en la cuenta, y me lo hicieron ver, que no debíamos privilegiar a la cúpula partidista nacional sobre la dirigencia territorial, al tiempo que señalábamos que la razón de haber invitado a determinadas personas a comparecer ante la dirigencia priista era que habían sido mencionadas como posibles precandidatos a la Presidencia de la República en la auscultación nacional realizada por el parti- do. Ello supondría no invitar a quienes avalaron las precandidaturas. Así fue como se abrió el foro, hasta incluir a la dirigencia nacional, sectorial y territorial del partido.

Consideramos con mucho cuidado el riesgo de que a partir de estas comparecencias se pronunciaran libremente los sectores nacionales, los gobernadores o cualquier otra fuerza política. De la Vega y yo ponderamos el sentir de la dirigencia del partido, su grado de cohesión, su disciplina al Comité Ejecutivo Nacional, así como la capacidad de acción independiente de los sectores, y llegamos a la conclusión de que había muy poco peligro de algún pronunciamiento indisciplinado.

El formato específico que escogimos consistió en organizar entre el 17 y el 28 de agosto un desayuno en el PRI para cada uno de los denominados "distinguidos priistas", que en orden alfabético fueron Ramón Aguirre, Manuel Bartlett, Alfredo del Mazo, Sergio García Ramírez, Miguel González Avelar y Carlos Salinas de Gortari. En cada caso, y antes de que éstos pronunciaran discursos de aproximadamente 30 minutos, se dieron a conocer sus curricula, destacando los méritos que los acreditaban como posibles precandidatos oficiales del PRI.

La instrumentación de este esquema se empezó a trabajar realmente a partir del mes de agosto, y lo decidimos de manera muy rápida, porque yo ya tenía la disposición de buscar formas de ventilar más el proceso. Además, de esa manera evitaríamos que al cerrarse prematuramente la baraja, Bartlett, Del Mazo y Salinas, que eran los precandidatos más mencionados, se lastimaran demasiado entre sí o fueran agredidos abiertamente por los enemigos del PRI.

El gran riesgo de este procedimiento consistió en que alguno de los precandidatos cometiera un error que lo descalificara. Esto era posible, porque cualquiera tiene un mal día. Sin embargo, todas las presentaciones fueron buenas, todas estuvieron por encima de la línea de flotación. Las mejores comparecencias, por su contenido y su capacidad teatral, fueron las de Carlos Salinas, Manuel Bartlett y Sergio García Ramírez.

Bartlett mostró dominio de las circunstancias, pero tuvo una actitud demasiado avanzada: sacó mucho el pecho. García Ramírez fue quien en términos relativos subió más, pues hasta ese momento no tenía un perfil claro ante la opinión pública. Del Mazo y González Avelar hicieron presentaciones muy decorosas y Ramón Aguirre, aunque cometió algún desliz, salió adelante razonablemente.

El interés del público en estos eventos fue notable. Directivos de Televisa calcularon en 25 millones los televidentes que observaron las comparecencias. La impresión más general fue que el Presidente contaba con un buen equipo de trabajo, compuesto por hombres capaces y preparados.

Carlos del Río, el presidente de la Suprema Corte de Justicia, me comentó que el embajador inglés le había dicho, con cierta envidia, que resultaba notable que México tuviera tantas opciones para la sucesión presidencial, añadiendo que el Partido Conservador no tenía con quién sustituir a la señora Thatcher, en caso de que algo le ocurriera. Charles Pilliod, el embajador norteamericano, hizo un comentario similar, al reconocer que en Estados Unidos ya quisieran tener tantos precandidatos viables.

Para el PRI las comparecencias fueron buenas, pues los precandidatos se comprometieron pública y definitivamente con el partido. Esto lo represtigió, como también lo hizo el hecho de que desempeñara un papel protagónico en todo el proceso. Naturalmente, esto fue muy apreciado por los miembros del PRI, para quienes el solo hecho de haber sido convocados a asistir al recinto donde los precandidatos expondrían sus tesis, les dio la satisfacción de "ser considerados". A la cúpula priista le quitó el sabor de boca de sólo ser transmisores de órdenes.

Es indiscutible que las comparecencias caldearon el ambiente político. Todas las personas politizadas calificaron a los contendientes y, con frecuencia, manifestaron sus opiniones en público. Las circunstancias me obligaron a serenar las cosas. Para ello, pedí a mi director de Comunicación Social, Manuel Alonso, que se reuniera con los jefes de prensa de todas las secretarías de Estado y les dijera que entre el primero de septiembre y las fiestas patrias no quería ver en la prensa otra cosa que referencias a mi Quinto Informe de Gobierno.

Por otro lado, le pedí a Jorge de la Vega que, para evitar equivocaciones, hablara con cada uno de los precandidatos y les hiciera ver que su expediente estaba completo, esto es, que el nuevo proceso de ninguna manera implicaba que debían hacer proselitismo. Le pedí que les advirtiera la inconveniencia de hacer campañas contra sus contrincantes, así como que tuvieran mucho cuidado de no presionarme, comentando que sin duda reaccionaría mal.

Sobre la sucesión y los precandidatos, transmiten su opinión al Presidente, en conversaciones privadas, todos aquellos que tienen peso político. En ese sentido, la auscultación es real. Sin embargo, ésta no se da de manera abierta, dada la inhibición natural que provoca la investidura presidencial.

El Presidente se tiene que acostumbrar a leer entre líneas y a recibir recados. En este caso, fungieron como intermediarios mi secretario particular, Emilio Gamboa, y el presidente del partido, Jorge de la Vega Domínguez. El primero por estar identificado como mi hombre de confianza; el segundo, por ser el canal institucional para ello.

Dejé que se desarrollara el sistema de recados, porque me resultó funcional. Al hacerlo, obtuve la información que deseaba, sin romper la distancia que nuestro sistema político requiere se mantenga con el Presidente de la República. Esta distancia debe conservarse mientras sigamos asignando al Presidente el carácter de pi- vote social, esto es, mientras no se modifique el conjunto de nuestro sistema político.

Nuestra cultura política da un peso tan significativo a la investidura presidencial, que cuando el Presidente se ve obligado a inhibir o a responder ciertos comentarios, las consecuencias resultan excesivas. Las palabras son entendidas como determinantes, lo que en muchos casos conduce más a la desinformación que a la apreciación del sentido en que fueron dichas. Por tanto, la asimetría de poder entre el Presidente y las demás personas hace deseable evitar una falsa confianza.

Asimismo, la gente no quiere expresarse libremente frente al Presidente, porque teme equivocarse en la forma o en el contenido, provocando su ira, que sabe puede ser grave. No quiere expresarle abiertamente su opinión sobre los precandidatos, porque prevé las consecuencias negativas de hacer pública su alineación con un posible perdedor. Estos y otros factores de inhibición hacen que la recepción oblicua de información sea funcional.

Emilio Gamboa desempeñó un papel crucial como transmisor de información. Es una persona que sabe suscitar la confianza de otros, por lo que pudo obtener confidencias que siempre me comunicó. Mantuvo la confianza de sus interlocutores hasta el final, lo que demuestra que lo consideraban imparcial y discreto. Sabían que yo era el único receptor de sus mensajes, pues con frecuencia le confiaron información delicada que involucraba a terceros, quienes evidentemente nunca se enteraron de ello.

Al utilizar como ducto central de información a otra persona, estaba consciente de la necesidad de filtrar lo que se me decía. Esto significa que no ignoro que Gamboa, como todo ser humano, tiene cargas ideológicas, afectivas y personales. No podía ser de otra manera. Su lealtad consiste en no tratar de ocultarlas.

Por otro lado, Gamboa sabe que tengo muchas formas de validar la información que me pasa, por lo que no correría el riesgo de desinformarme. Su lealtad consistió en informarme de todo, tal como él lo veía o entendía. Una prueba de que así fue se encuentra en el hecho de que hizo de mi conocimiento cuando alguno de los precandidatos trató de inclinarlo a su favor. Éste fue el caso de Bartlett y Aguirre y, con mejor estilo, de Del Mazo.

Gamboa me informó las simpatías de cada uno de los miembros del gabinete. De ahí pude recoger que González Avelar no demuestra tener el empeño necesario para obtener la Presidencia, que García Ramírez es visto como valioso, pero sin voluntad de poder, y que Ramón Aguirre se consume en deseos de alcanzar la Presidencia, pero no le es reconocida por los otros la capacidad para desempeñarla.

Muy significativo para mí fue que Fidel Velázquez le dijera a Gamboa que él no se oponía a ninguno de los seis precandidatos, aunque mostraba ciertos resquemores respecto a Bartlett. Gamboa desempeñó un papel muy importante, y lo desempeñó bien.

Otro informante fundamental fue Jorge de la Vega. Sin embargo, mi relación con De la Vega fue muy diferente, porque éste siempre estuvo muy consciente del papel imparcial que le correspondía. En todas nuestras entrevistas percibí en él el temor de que yo lo encontrara inclinado por alguno de los precandidatos. Se mantuvo siempre como observador, siempre a la expectativa, siempre esperando indicaciones mías. Yo me cuidé de no darle pautas. Así que la comunicación entre nosotros se dio mediante insinuaciones. Los dos nos manejábamos con tan- to cuidado que había que valorar el tono y el gesto con que se decía cada palabra.

Platiqué también con los líderes sectoriales y territoriales del partido, con los gobernadores, recibí a varios políticos tradicionales como Alfonso Corona del Rosal o Francisco Galindo Ochoa y escuché a los líderes empresariales. En prácticamente todos los casos tuve que leer entre líneas, pues si bien expresan sus puntos de vista de manera genérica, pretenden no estar inclinados por ninguno de los precandidatos. Sin embargo, para el final yo sabía con quién simpatizaba cada uno de ellos. Aunque no se manifestaran a favor de algún precandidato, para mí era fundamental saber que tampoco se oponían a nadie. Por ello fue un descanso cuando Fidel Velázquez y Héctor Hugo Olivares me hicieron explícito que apoyarían a quien yo eligiese. Yo sabía que los petroleros no querían a Salinas, pero no se opusieron abiertamente a él. También sabía que Salinas había sabido aprovechar las negociaciones salariales, a las que siempre acompañó a Arsenio Farell, para establecer una buena relación con muchos líderes obreros.

El Consejo Mexicano de Hombres de Negocios me informó, después de sus múltiples reuniones, que consideraba que todos los precandidatos son capaces, que ninguno les da miedo y la mayoría se inclinaba, de manera muy dividida, por Bartlett, Salinas o Del Mazo.

Otras personas se animaron a decirme su opinión, aunque fueron pocas. En algunos casos, recibí con preocupación las actitudes torpes con que se movieron algunas de ellas. Sin embargo, lo significativo fue que ningún factor real de poder se acercó al Presidente de la República para vetar a alguno de los candidatos.

Hacia el final de la contienda, en los últimos 15 días, dejé de recibir gente, porque sentí que ya había un ambiente morboso. No podía yo ignorar lo difícil que esta etapa resultaba para los precandidatos. Sabía que estaban sometidos a una verdadera licuadora de emociones; que a veces veían su candidatura como muy viable y que en otros momentos se sentían totalmente fuera. Éste fue el caso de Manuel Bartlett, quien en las últimas semanas tuvo la debilidad de expresar frente a gente indiscreta su desaliento. Ello bastó para que muchos dejaran de considerar su candidatura, señalando que los dos finalistas eran Del Mazo y Salinas. Así que hasta el último momento, para ser considerado por la opinión pública, hay que proyectar la imagen correspondiente.

A mediados de septiembre de 1987 llegué a la conclusión de que el precandidato más adecuado para la responsabilidad que tendría que enfrentar era Carlos Salinas de Gortari. De manera preliminar, sujeta siempre a comprobaciones, pendiente siempre de cualquier movimiento, había llegado yo a esta conclusión desde finales de 1986.

Ponderé las características de cada uno de los precandidatos buscando al hombre que tuviera el conocimiento más amplio del país —de su circunstancia y de su perspectiva—, así como un proyecto para afrontar sus problemas. También contemplé los atributos personales: capacidad de liderazgo y de ejecución, capacidad de formar equipos y de comunicarse con los sectores, inteligencia, don de gentes y aplomo emocional.

La nominación tuvo lugar el 4 de octubre, lo que hizo que muchos sintieran muy largo el periodo transcurrido después de las comparecencias. De hecho, todos sabían y aceptaban que entre el informe del primero de septiembre y las fiestas patrias no habría "novedades", pero éstas comenzaron a esperarse con desesperación a partir del 17 de septiembre. Retrasé el anuncio 15 días porque quise demostrar, contrariamente a los rumores desatados desde el año anterior, que auguraban que no podría yo resistir la presión y tendría que dar a conocer el nombre del candidato en forma anticipada, que tenía tanta o más capacidad política y fuerza que otros gobernantes. Fue un reto que no podía ignorar sin mostrar debilidad.

Existían otros factores que aconsejaban retrasar "el destape". En primer lugar, para que el gobierno trabajara más; en segundo lugar, para acortar la campaña, y, en tercer lugar, para empezar a acostumbrar a la población al nuevo calendario electoral. En la próxima sucesión, lo ideal es que el nombre del candidato no se dé a conocer hasta enero.

El viernes 2 de octubre, dos días antes de que se hiciera público, le informé a Carlos Salinas de Gortari que había fuertes corrientes dentro del partido a su favor. Le dije que la decisión tendría lugar el domingo siguiente, a las ocho y media de la mañana, y que yo juzgaba que él tenía grandes posibilidades de obtener la nominación. Le sugerí que no considerara esta información como determinante hasta el domingo y que procurara actuar de manera que no se hiciera público lo que le estaba diciendo. Luego le informé cuál sería el procedimiento y cómo sería la ceremonia. Le dije que dejara todo en mis manos.

Ese mismo viernes por la tarde recibí a Jorge de la Vega y le dije que, con el fin de hacer una auscultación final, reuniera al día siguiente al Consejo Nacional Extraordinario del PRI y después a la Comisión de Coordinación Política, asegurando la presencia del Comité Ejecutivo Nacional, de los dirigentes de los tres sectores, los presidentes de los comités directivos estatales y del Distrito Federal y los representantes de los diputados y de los senadores. Le pedí que me informara el resultado de dicha reunión en el desayuno que con ese fin estaba convocando para el domingo a las ocho de la mañana.

De la Vega me preguntó qué era lo que debía decirme en ese desayuno, y yo le respondí, en pocas palabras, que debía informarme que los precandidatos más mencionados eran, en estricto orden alfabético, Bartlett, Del Mazo y Salinas. Le dije que añadiera que la dirigencia partidista, reconociendo mi calidad de jefe natural del partido, quería conocer mi punto de vista. Le señalé que al término de esa reunión se debía hacer pública la decisión, y luego invitar al seleccionado a la sede del partido, a fin de que aceptara formalmente su precandidatura.

El domingo 4 de octubre, a las ocho de la mañana recibí en el Salón Carranza al presidente del partido, Jorge de la Vega; al líder del sector obrero, Fidel Velázquez; al líder del sector campesino, Héctor Hugo Olivares Ventura; al líder del sector popular, Guillermo Fonseca. También se invitó al representante del Senado, Antonio Riva Palacio; al representante de la diputación priista, Nicolás Reynés Berezaluce, y, en representación de los comités territoriales, a Guillermo Jiménez Morales. Su arribo fue televisado. Minutos después nos dirigimos a la residencia Lázaro Cárdenas, donde tuvo lugar el desayuno.

De la Vega tomó la palabra. Señaló con toda formalidad que los seis "distinguidos priistas" que habían comparecido ante la dirigencia de nuestro parti- do tenían muy buena imagen ante la opinión pública, pero que Manuel Bartlett, Alfredo del Mazo y Carlos Salinas de Gortari eran los que inspiraban mayor simpatía. Conforme a lo acordado, terminó solicitando mi punto de vista al respecto.

Le respondí, de acuerdo con la solemnidad de la ocasión, con unas palabras que ya tenía preparadas mentalmente. Después de felicitar al partido por la amplia auscultación realizada tanto en el nivel sectorial como en el territorial, dije que, en mi opinión, la persona más adecuada para abanderar al PRI en la próxima contienda electoral es Carlos Salinas de Gortari.

Acto seguido, le pedí a cada uno que expusiera su punto de vista sobre quién podía ser el candidato ideal de nuestro partido. Todos fueron tomando la palabra y cada uno de ellos dijo que Carlos Salinas de Gortari es el mejor.

Yo estaba preparado —porque siempre opero con las peores hipótesis para evitarme sorpresas desagradables— por si alguno de ellos se manifestaba de otra manera, en cuyo caso yo estaba dispuesto a razonar el asunto hasta convencerlo. Esto no ocurrió: todos se manifestaron a favor de Salinas.

El arbitraje del Presidente de la República es acatado por los dirigentes del partido porque, conociendo sus diferencias, desean evitar la división de nuestro instituto político. Existe un consenso muy amplio a favor de la preservación de un sistema fuerte, porque tememos hundirnos en conflictos internos que, además, nos harían muy vulnerables a las presiones externas. Por cierto, durante todo el proceso sucesorio, no percibí presiones externas, incluido el gobierno de Estados Unidos. Tampoco de la Iglesia católica.

A las nueve y cuarto, al concluir el desayuno, me comuniqué telefónicamente con Carlos Salinas. Le informé que en unos minutos le hablaría Jorge de la Vega; le anuncié que le estaba enviando elementos de seguridad y, sobre todo, le deseé éxito.

Enseguida, les informé a Luis Echeverría y a José López Portillo la decisión del partido. El ex presidente Echeverría me felicitó, señalando que Salinas era la mejor opción. Fue entonces cuando me comuniqué con mi esposa para darle la noticia. Me desconcertó profundamente que Paloma se sorprendiera: me aclaró que Federico, el cuarto de mis hijos, le había dicho que Emilio Gamboa le había comentado el día anterior que sería Sergio García Ramírez. Le pedí a Paloma que inmediatamente me enviara a Federico para hablar con él.

Continué con mis llamadas telefónicas. Informé tanto al general Arévalo Gardoqui, como al almirante Gómez Ortega, a fin de que los cuerpos armados supieran cuál era la decisión.

Aproximadamente a las nueve y veinticinco, Emilio Gamboa y Manuel Alonso irrumpieron en mi oficina para informarme que la radio estaba dando prácticamente como un hecho que el candidato sería Sergio García Ramírez, apoyada en un comunicado de prensa expedido por el director de Comunicación Social de la SEMIP, en el que señalaba que, desde temprana hora, Alfredo del Mazo había felicitado al procurador general de la República. Peor aún, Del Mazo fue entrevistado, y radiofónicamente reiteró su felicitación.

De inmediato le pedí a Gamboa que hablara con De la Vega para evitar cualquier equívoco y acelerar el anuncio oficial. A Alonso le pedí que se comunicara con los directivos de las estaciones de radio y con el líder de los trabajadores de la radiodifusión, a fin de desalentar la noticia que estaban transmitiendo.

Recibí a mi hijo Federico y le pregunté dónde, cuándo, a quién y por qué había dicho que el candidato sería Sergio García Ramírez. Me contestó que la noche anterior, en una fiesta en casa de su novia, y en respuesta a una pregunta del padre de ésta, Jaime Camil, quien quería saber qué había oído, le dijo que parecía que no sería su amigo, aludiendo con ello a Alfredo del Mazo —íntimo del señor Camil y de Federico—, y que había que cuidarse del procurador, quien estaba muy fuerte. Según Federico, su convicción de que García Ramírez estaba muy fuerte se debía a que esa tarde le había hablado el subprocurador Luis Porte Petit —quien lo busca con frecuencia— para decirle que "ya la habían hecho".

Federico asegura que eso fue todo lo que dijo. Según su versión, Alfredo Elías, amigo del señor Camil y asesor de Alfredo del Mazo, le habló a Camil para preguntarle lo que había oído e informó de la respuesta a Alfredo del Mazo. Eso bastó para dispararlo.

De acuerdo con la información que he podido recabar posteriormente, el asunto alcanzó dimensiones peligrosas. Esa misma noche, al abandonar la sede del partido, Alejandro Carrillo Castro, quien se encontraba en compañía de Heriberto Galindo, le habló a Del Mazo para comentarle que en el partido el día había cerrado con marcados rumores a favor de la candidatura de Carlos Salinas de Gortari. Del Mazo le respondió que su información era equivocada, pues él sabía de buena fuente que sería Sergio García Ramírez.

Del Mazo insistió en que Carrillo Castro le hablara al procurador para felicitarlo. Cuando lo hizo, García Ramírez le agradeció el apoyo, pero le dijo claramente que no había motivo para ello, pues no tenía ninguna comunicación en ese sentido. Carrillo Castro, influido por Galindo, concluyó que la negativa era una táctica política del procurador.

Lo grave fue que esa noche Heriberto Galindo le habló a sus amigos de El Universal y La Jornada para darles esa información. Por otro lado, desató una ola de telefonemas. Parece que incluso alguien, probablemente Gustavo Carvajal, le habló a López Portillo.

Desde temprana hora hubo gran barullo afuera de la casa de García Ramírez e incluso algunos se presentaron en la explanada del partido con pancartas a favor del procurador.

Nunca consideré entre los posibles imponderables que uno de los seis precandidatos "destapara" a otro. El hecho es que pasó, y de una manera absurda. Fue grave, aunque no creo que se nos pudiera haber ido de las manos el proceso. Sin embargo, lo enturbió de manera irreparable. Descompuso una estrategia que había caminado como un reloj de precisión.

A las diez de esa larga mañana del domingo 4 de octubre, vi en la televisión, en compañía de Emilio Gamboa, el anuncio de la postulación. Atendí, todavía con inquietud, las palabras de Jorge de la Vega. Poco después me habló Del Mazo, pero no tomé el teléfono, porque estaba esperando el discurso de Salinas, que escuché con satisfacción.

A las doce de la mañana, aproximadamente, me reporté con Del Mazo, quien me dijo que ya conocía la decisión del partido, que reconocía que había cometido un error, pero que éste se debía a información que había recibido de mi hijo Federico. Le respondí que me apenaba que atribuyera a uno de mis hijos su equivocación, y le pregunté si alguna vez le había dado elementos para creer que yo comentaba las decisiones políticas con mi familia. Le dije que yo sólo había hablado del asunto con el interesado.

Alfredo me preguntó qué debía hacer, y yo le dije que fuera al partido y felicitara al candidato. Él no tenía deseos de hacerlo, pues sentía que perdería cara. Estaba muy confundido; reconoció que no sabría qué responder si alguien lo interrogaba. Le indiqué que dijera la verdad: que se había equivocado con base en una información a la que injustificadamente había dado crédito.

Engañé a todos con la verdad. A todos se informó que el sábado se reuniría el Consejo Nacional Extraordinario del partido, así como una comisión de coordinación política, y que el domingo, después de desayunar conmigo, el presidente del partido daría a conocer la noticia. Sin embargo, todos creyeron en el rumor.

Yo creo que la forma en que conduje el proceso significó mayor respeto al partido y a sus líderes, a quienes di mayores posibilidades de participación en la decisión. Del desayuno salieron todos muy satisfechos. Fue la primera vez que el Presidente de la República expresa su opinión frente a todos y se abre a la posibilidad de escuchar la de otros. Si el proceso democrático no es más real, es porque nuestra cultura política no lo permite. Desgraciadamente, esto no fue lo que permeó.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.