Situación económica: balance del primer semestre de 1987

"MES: JUNIO"

Al terminar el primer semestre de 1987 existían expectativas mucho más positivas respecto al futuro del país que en 1986. En la opinión de los agentes productivos ya no pesaba tanto el factor inflacionario como la voluntad de recuperación económica, lo que demostraba la plena aceptación de mi política gradualista. El fracaso de los planes de choque en Brasil había disuadido todo ánimo estridente.

Esta nueva conciencia existe, a pesar de una compleja combinación de factores positivos y negativos. De hecho, el optimismo de los agentes económicos se hizo evidente con la repatriación de capitales iniciada a finales de 1986. Ésta antecedió a los otros elementos que ayudaron a mejorar la situación, lo que demuestra que el factor que le dio una inflexión a la grave situación en que nos había colocado el desplome petrolero de 1986 fue la política económica que aplicamos.

Para entender el desarrollo de la economía durante el primer semestre de 1987, resulta necesario repasar lo ocurrido en 1986, pues ello marcó nuestra tendencia de recuperación.

Indiscutiblemente, 1986 fue un año muy difícil; lo iniciamos en un ambiente negativo, resultado del deterioro de nuestras reservas internacionales y, sobre todo, de la depresión en que nos dejaron los terremotos de 1985. Al pesimismo de arranque hubo que añadir el que provocó el derrumbe de los precios del petróleo. Muchos llegaron a cuestionar la viabilidad económica del país; otros, nuestra capacidad política para sortear condiciones tan adversas.

Para tranquilizar a la opinión pública pronuncié, el 21 de febrero de ese año, un discurso que sentó una plataforma de definiciones consistente con el conjunto de mis propuestas económicas. Ello nos dio un respiro. No obstante, yo mismo me preguntaba qué más deberíamos hacer para salir adelante.

El problema más inmediato entonces era nuestra incapacidad de servir la deuda, realidad que hizo que su renegociación comenzara a patinar. Aunque ello creó un ambiente muy pesimista, no nos paralizó internamente. Supimos actuar: deslizamos con rapidez el tipo de cambio y elevamos las tasas de interés. Con estas medidas conservamos el ahorro dentro del país.

Al mismo tiempo, tomamos las medidas fiscales necesarias para apoyar nuestros ingresos mediante la elevación de precios y tarifas del sector público. Así, logramos mantener la economía, durante el primer semestre, sin que se saliera de cauce: sobreviviendo, flotando.

El primer cambio significativo fue el del secretario de Hacienda. Ello modificó el clima en el gabinete, que pronto trasminó. También significó un cambio en el tono del discurso económico, pues Silva Herzog, en su afán de sinceridad, alimentaba el pesimismo de muchos. Con su relevo, empezó realmente la renegociación de la deuda.

Así, llegamos a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, en principio, el 20 de julio. Ello significó un alivio a nuestras tensiones, porque sabíamos que implicaba el aval norteamericano a nuestra política económica. Esto me lo confirmaron los funcionarios del Tesoro y de la Reserva Federal durante mi visita a Washington, el 13 de agosto.

Sin embargo, el repunte de nuestra situación se dio el 30 de septiembre de 1986, cuando firmamos un convenio con el Comité Asesor de Bancos, el cual nos autorizaba a recibir créditos por casi 1 700 millones de dólares tan pronto se completara la masa crítica de bancos. A partir de este momento empezó a aflojar la presión que recibíamos tanto del exterior como del interior.

Un tercer factor positivo, que en ese momento no resultó muy perceptible, fue que dejó de caer el precio del petróleo.

El año terminó con la repatriación de capitales, lo que no puede explicarse exclusivamente con base en el manejo de la política económica: todos sabemos que hay ciertas piezas psicológicas y políticas que son fundamentales en el desenvolvimiento de la economía. Al respecto, es importante mencionar que el Campeonato Mundial de Futbol, pese a los augurios negativos, salió limpio, y que las elecciones en Chihuahua no cayeron en la violencia anunciada, sino que transcurrieron en calma. También sirvió el Informe Presidencial, que ayudó a tranquilizar los ánimos.

La combinación necesaria de rendimientos atractivos y un clima político ascendente transformó el pesimismo de principios de año en optimismo al finalizar éste. Así empezó 1987.

Las tendencias negativas al inicio del año eran las de una inflación muy elevada y las de una actividad económica disminuida, particularmente en el terreno industrial y agrícola. Para ese momento, la inflación que vivíamos era por costos, entre los que destacaban los financieros. Esto era resultado de la falta de recursos del exterior, tanto por la baja de nuestras exportaciones petroleras como por el retraso en el ingreso de los préstamos internacionales, lo que obligó al gobierno a compensar su déficit apoyándose en el mercado interno.

De esta forma, al recabar dinero en pesos, que además eran más caros, dadas las tasas de interés, el gobierno caía en un círculo vicioso, en el que aumentaba su déficit cada vez que tomaba dinero para pagarlo.

Pero junto a estos fenómenos negativos, existían otros de tipo positivo. En primer lugar, mejoró el precio del petróleo, lo cual fue significativo a partir de enero. Ello alentó al gobierno, porque le dio más recursos para gastar, y a la iniciativa privada, porque le dio la señal de que habría más dinero en la economía.

El segundo aspecto positivo fue que logramos un arreglo salarial satisfactorio para los trabajadores, demostrando además, como tercer factor positivo, capacidad para manejar los amagos de huelga que tuvimos a principios de año. En este pun- to podría incluirse también el buen manejo del problema político de la Universidad Nacional Autónoma de México. El cuarto aspecto positivo fue el auge turístico que vivíamos, como resultado del abaratamiento del peso frente a otras monedas, que se dio a lo largo de 1986. Las costas mexicanas estaban saturadas de visitantes.

El quinto punto fue la bonanza de las zonas fronterizas. Aquí debo reconocer que quedé profundamente sorprendido durante la gira que realicé a principios de julio por la frontera norte, pues me di cuenta de que no sólo no había problemas con motivo de la Ley Simpson-Rodino —que es lo que yo había ido a ver— sino que la frontera estaba en pleno auge, dando trabajo no únicamente a su gente, sino también a personas de otras partes de la República. El crecimiento fronterizo va más allá del comercio, de las maquiladoras y de la prestación de servicios.

El sexto elemento que alentaba la economía era la exitosa dinámica de las exportaciones no petroleras. Todo ello permitió que en el primer semestre de 1987 viéramos una curva suave de descenso en los problemas de baja de producción y un repunte en el empleo.

El ingreso de los recursos crediticios del exterior a partir de la segunda quincena de marzo llevó al gabinete económico a analizar lo que se debía hacer. Dada la gran liquidez inyectada a la economía por el retorno de capitales del extranjero y el elevado nivel de la inflación, tuvimos que reconsiderar cómo gastar dichos recursos.

Evidentemente había grupos dentro del gabinete económico que pedían que ampliáramos el gasto público, y otros que señalaban que si eso se realizaba, la inflación aumentaría considerablemente. Ello me llevó a realizar ajustes en dicho gasto: aumenté los rubros de Pemex, de la Comisión Federal de Electricidad y los relativos al campo, y congelé los demás.

Como me es imposible meterme a analizar caso por caso las erogaciones que justifican una solicitud de ampliación presupuestal, tengo que apoyarme en las evaluaciones que me traen las comisiones de trabajo. Así, por ejemplo, si Pemex solicita 350 000 millones de pesos, pido que su solicitud sea estudiada de manera conjunta por la SPP, la SEMIP y el propio Pemex. En el caso de que la solicitud sea avalada, yo decido, tomando en consideración los elementos macroeconómicos, si le otorgamos todo el dinero que solicita o si le damos una cantidad menor.

A raíz de la liquidez del gobierno se discutió la posibilidad de bajar el ritmo con el que se venían elevando los precios y tarifas del sector público. Yo no acepté que esto ocurriera, porque equivaldría a aceptar que dichos precios y tarifas perdieran su valor real. Básicamente he conservado, aunque a veces con desfases de semanas, el calendario que nos habíamos fijado. Las modificaciones que he hecho a ese calendario se deben más a una sensibilidad política que a una decisión económica, sin llevar este criterio a extremos. Por ello tampoco acepté la propuesta de subir de golpe todos los precios y tarifas, a fin de evitar movimientos en los meses anteriores a la elección de 1988.

La sociedad tiene una determinada capacidad de digestión de estos ajustes y no podemos violentarla. El movimiento de precios y tarifas tiene que ser gradual, tiene que irse decidiendo semana por semana. Por ejemplo, cuando originalmente me señalaron que aumentaríamos los precios del petróleo en el mes de julio, sugerí que lo pospusiéramos para agosto, pero cuando después me enseñaron el calendario de precios que tendríamos para agosto, estuve de acuerdo en que se elevaran a finales de julio.

Estas variaciones obedecen a la sensibilidad que yo voy teniendo con base en las opiniones que escucho, en lo que oigo en juntas de trabajo, y en las reacciones que observo a las hipótesis que lanzo. Finalmente, tengo que tomar una decisión: éste es el ámbito de discrecionalidad del Presidente de la República, pues no siempre se puede llegar por consenso a decisiones de este tipo. Desde luego, apruebo tentativamente los aumentos de precios y tarifas con meses de adelanto, pero sujeto la ratificación a la información que me ofrece la coyuntura.

El no gastar los recursos provenientes del exterior contribuye a aumentar las reservas que tenemos en el Banco de México. No debemos temer que nuestras reservas sean altas, aunque ello signifique una cierta ineficiencia en la utilización de recursos escasos, ya que en los meses previos al “destape” necesitamos un ambiente de confianza. Además, la gente no piensa como los economistas; simple y llanamente se siente más segura de saber que nuestras reservas internacionales son altas.

Por otro lado, no quiero bajar las reservas, porque no sé cuánto tiempo va a durar la confianza. Ésta es efímera y, en un momento dado, se puede voltear.

Para el segundo semestre, el principal reto que avizoro es el de la terquedad de la inflación. Sé que se debe matizar nuestro esfuerzo en su combate, porque es importante evitar que ello afecte la recuperación económica. De manera activa, considero necesario mantener tranquila a la opinión pública, a fin de que pueda florecer la actividad económica. Por ello, decidí orientar mi discurso político a asegurar que habrá un final de gobierno sensato, sin locuras.

Durante el quinto año de gobierno, y como parte de nuestra cultura política, los mexicanos exhiben su deseo de que el Presidente tenga la fortaleza necesaria para conducir con firmeza la sucesión presidencial. Por ello, le manifiestan su reconocimiento.

Los precandidatos, como parte de su esfuerzo por obtener la nominación, se dedican a exaltarme. Yo, deliberadamente, a todos devuelvo los halagos. Cuando hablan de mi esfuerzo y de lo logrado durante mi gestión, yo insisto en que se de- be al esfuerzo común, particularmente del grupo con el que estoy hablando. Esta etapa podría denominarse “guerra florida de cebollazos”.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.