Partido Revolucionario Institucional: presencia de la Corriente Democrática

"MES: MARZO"

LOS DÍAS 2, 3 Y 4 DE MARZO, EN EL AUDITORIO NACIONAL de la Ciudad de México, se llevó a cabo la XIII Asamblea Nacional Ordinaria del Partido Revolucionario Institucional. La asamblea, órgano supremo de decisión del PRI, tenía por objetivo central preparar al partido, mediante la movilización de todos sus sectores y organizaciones, para iniciar el proceso de selección del próximo candidato priista a la Presidencia de la República.

Para lograrlo, era indispensable fortalecer la unidad del partido. Con ese fin se tomaron dos medidas, una un tanto anecdótica y la otra trascendente. La primera consistió en invitar a la ceremonia de clausura a los ex presidentes Luis Echeverría y José López Portillo, y la otra implicó abrir fuego contra la llamada Corriente Democrática.

La presencia de los dos ex presidentes en la clausura de la asamblea causó un gran impacto. La idea de que asistieran fue de Jorge de la Vega, quien desde hacía semanas o meses sostenía que yo tenía que invitarlos a un acto público, a fin de mostrar que no había entre nosotros distanciamientos innecesarios, esto es, que los ex presidentes demostraran públicamente su adhesión al Presidente de la República.

El hecho es que dos días antes de que tuviera lugar la XIII Asamblea, De la Vega me propuso que aprovecháramos la ocasión, y me pidió que le respondiera ese mismo día, pues necesitaba un tiempo mínimo para invitar y confirmar la presencia de los dos ex presidentes.

Yo hice un análisis de costo-beneficio. El costo era que aquellos segmentos sociales todavía irritados por los ex presidentes, particularmente la iniciativa privada, esto es, aquellos que habían sido afectados u ofendidos por la nacionalización bancaria, reprobaran abiertamente el acto. La ganancia buscada era hacia dentro del partido, en el que la gran mayoría de los políticos y administradores que lo conforman habían trabajado para uno u otro de los ex presidentes, y a todos les molestaba la posibilidad de ser excluidos por ese solo hecho. A partir de esa premisa, valía la pena intentar la ortodoxia de reconocer que todos somos parte de “la gran familia revolucionaria”.

Cuando acepté la sugerencia de De la Vega, le dije que lo hacía a condición de que asistieran los dos ex presidentes. De la Vega me dijo que, por antigüedad, avisaría primero a Echeverría, dejando claro que la invitación estaba condicionada a que también aceptara López Portillo.

Así, la invitación a los ex presidentes se realizó con el deseo de sumar. Su presencia quitó temores y, sobre todo, vacunó a sus grupos de amigos, para que no anduvieran tratando de actuar fuera del partido o fuera de la línea marcada por el gobierno. Hay que recordar que más peligrosos que los ex presidentes son sus grupos de amigos, y que el comportamiento de éstos depende de la prudencia y de la orientación que reciban de sus ex jefes, a quienes, por tanto, hay que tener tranquilos.

Sé que la presencia de Echeverría y López Portillo en la asamblea del parti- do fue muy controvertida. Algunos consideraron que me manché, que sumé lastre al partido, que les di un perdón que no merecían. Otros me dijeron que qué bueno que los hubiera metido al redil y controlara de manera adecuada la sucesión presidencial.

Como destacaron las “notas de color” de los periódicos, cabe comentar que en las actitudes y en las personalidades de cada uno de estos hombres no ha pasado un día. Luis Echeverría llegó acompañado de su esposa y de algunos miembros de la familia Zuno. Estuvo de buen humor, juguetón, y aprovechó las oportunidades que tuvo para hablar del tercermundismo. López Portillo, en una actitud típica, afirmó que regresaba con la frente en alto. Entró escoltado por Carlos Hank González y por Francisco Galindo Ochoa.

Otra cosa curiosa fue —según me comentaron quienes estuvieron todo el tiempo ahí— que era notable ver cuáles grupos saludaban a cada uno de los expresidentes, y cuán pocos eran los que saludaban a los dos.

Si bien la imagen que se transmitió de la XIII Asamblea fue de unidad partidista, también trascendieron varias divisiones en el seno del partido. La más notable fue la de la Corriente Democrática, autoconstruida por sus dos líderes, Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas.

Esta corriente es resultado de un problema de personalidad, puesto que estos dos individuos quieren destacar hasta donde sea posible, pero también es un problema conceptual, porque ellos pertenecen a la corriente populista dentro del partido. Nuestras diferencias ideológicas traen como resultado diferentes líneas de política, distintas ideas de lo que es y lo que debe ser la Revolución mexicana y, por tanto, diferentes metas dentro del partido. Ellos quisieron tomar el poder desde dentro; por ello De la Vega los enfrentó en su discurso. Se resolvió a hacerlo, porque ya se habían agotado los caminos de la conciliación.

En octubre de 1986, cuando se iba a hacer el cambio en la presidencia del partido, reuní a Jorge de la Vega y a Adolfo Lugo Verduzco. Cuando se mencionaron los pendientes que Lugo le dejaba a De la Vega, apareció el tema de la Corriente Democrática. Lugo dijo que había intentado un acercamiento con sus dirigentes, pero que éstos habían sido escurridizos, difíciles. Señaló que no veía una solución clara para este problema y que, desde luego, sentía que Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo no querían acercarse a la institucionalidad del partido.

Jorge de la Vega me dijo que, dado que su temperamento era conciliador, deseaba intentar de nuevo el acercamiento con los dirigentes de la Corriente Democrática. Yo le dije que lo hiciera, independientemente del escepticismo de Adolfo Lugo, pues tal vez él podría encontrar una vía de solución.

Posteriormente, De la Vega me dijo que se había reunido 19 veces con los miembros de la Corriente Democrática; que había tenido desayunos, comidas, cenas, y que incluso Porfirio Muñoz Ledo le hablaba a su casa a las seis y media de la mañana. Sin embargo, su esfuerzo no fructificaba.

En el esfuerzo de conciliación, le dije a Jorge de la Vega que yo lo iba a apoyar: que recibiría, por separado, a los dirigentes de la Corriente Democrática cuando él me lo pidiera. El 20 de enero recibí a Cuauhtémoc Cárdenas y el 10 de febrero, a Porfirio Muñoz Ledo. Ambos, a su manera, me hablaron de que los partidos modernos requerían corrientes diversas. Incluso me señalaron que la existencia de corrientes impediría que la responsabilidad de la sucesión presidencial recayera exclusivamente en el Presidente, pudiéndose dar la imagen de que era una acción del partido.

A los dos les dije que la impresión que daban con sus palabras y sus acciones era que querían delimitar la intervención del Presidente en el proceso de sucesión, así como vulnerar a sus colaboradores. Ellos, desde luego negaron esto, señalando que lo que deseaban era colaborar.

Les respondí que me daba mucho gusto que ésa fuera su intención, porque de no ser así, estaba seguro de que llegaría un momento en que nos tendríamos que enfrentar. Ellos aseguraron que no sería el caso, pero insistieron en la necesidad de que hubiera corrientes dentro del partido. Yo sabía que tanto Adolfo Lugo como Jorge de la Vega ya les habían explicado que la existencia de corrientes es contraria a la estructura del partido.

Porfirio, durante su entrevista, me pretendió dar una clase sobre la estructura moderna de los partidos políticos. Me habló del Partido Socialista Obrero Español, del Partido Laborista. En fin, tuve que decirle que aquí estábamos en una situación distinta y que no podíamos copiar lo que ocurría en otros países. Le hice ver que si aceptábamos la existencia de esta Corriente Democrática, podrían surgir otras, y le pregunté a dónde iríamos a parar entonces.

Porfirio me insistió en que mucha gente se acercaba a él para pedirle que perseverara, pues era necesario dar nueva vida al partido. Yo le dije: “Mira Porfirio, ni que fuéramos nuevos en la política para creernos todo lo que nos dicen. Aquellos que van a hablarte mal de mí, estimulando tu trabajo, son los mismos que después vienen conmigo para hablar mal de ti. Esa gente, en última instancia, te va a jalar el tapete”.

Porfirio, con su barroquismo intelectual, me expuso toda su teoría sobre la Corriente Democrática. Insistió en que era importante que los secretarios de Estado que ambicionaban la Presidencia de la República se separaran de sus cargos y lanzaran sus precandidaturas. Uno de los argumentos que utilizó para tratar de convencerme consistió en señalar que las células del cuerpo social también pueden sufrir necrosis, es decir, que aquellos individuos que no alcanzan la nominación presidencial se quedan acremente resentidos por ello.

Lo sano, según su teoría, es que renuncien desde antes, lo que permite disciplinar a todos los demás. Es la última renovación de miembros de gabinete que hace el Presidente, obligando a los que se quedan al compromiso de trabajar con entusiasmo. De esta manera el Presidente no tiene que enfrentar, después del destape, un gabinete resentido.

Este aspecto es fundamental, me explicó Porfirio, porque el tener que trabajar en esas circunstancias es lo que amarga y vuelve locos a los presidentes. Ésa fue la razón —me dijo— por lo que tanto Echeverría como López Portillo se habían salido de sus cabales. Me aseguró que con el sistema que él proponía todo esto podría evitarse.

Cuando le señalé que muchas de sus afirmaciones eran subjetivas, aprovechó para decir que efectivamente requería más información. Le pregunté que cuáles eran los temas que le preocupaban, y me contestó que a los miembros de su corriente les interesaría tener entrevistas con ciertos secretarios de Estado.

Respondiendo a su urgencia, le dije que estaba de acuerdo, pero que, seguramente por mi falta de imaginación, era proclive a las instituciones, por lo que consideraba que lo adecuado era que él le señalara a Jorge de la Vega su interés de entrevistarse con determinados secretarios de Estado. Aseguré que cuando el PRI me lo solicitara, yo lo autorizaría, y vería que esos secretarios concedieran las entrevistas. Le dije que no podía saltarme a Jorge de la Vega, dándoles a ellos una primacía política que no tenían otros priistas.

Porfirio y Cuauhtémoc llegaron a hablar con De la Vega sobre este asunto, pero por entonces fue cuando De la Vega se desesperó con ellos, sobre todo a raíz de un discurso que pronunció Porfirio Muñoz Ledo el 21 de octubre del año pasado en Nayarit.

En dicha ocasión, De la Vega le insistió en que fuera institucional y Muñoz Ledo contestó que lo sería. El hecho es que, en el discurso de Nayarit, Muñoz Ledo enfatizó la necesidad de que los secretarios de Estado renunciaran a sus puestos para competir de manera abierta en la contienda presidencial. Además, en forma heterodoxa, lo distribuyó por adelantado a los diferentes periódicos, haciendo con ello gala de su capacidad publicitaria.

Cuauhtémoc tiene otro tono: es más terco, más perseverante. Él me pidió durante su entrevista que le brindara a la corriente la oportunidad de participar en la asamblea. Yo lo escuché y le sugerí que platicara con Jorge.

Cuauhtémoc estaba preocupado porque su grupo era perseguido. Incluso me pidió puestos para algunos de sus partidarios, como el licenciado Robles Garnica o el licenciado Francisco Xavier Ovando. Yo accedí a ayudarlo. Le pregunté qué puestos quería. Contestó que cualquier cosa, que puestos sencillos, por ejemplo, delegados del PRI en los estados. Yo le aclaré que desde luego en Michoacán no y él lo aceptó.

Entonces le ofrecí que lo iba a ayudar. Le dije: “Vamos a entendernos: no le lleves la contra al gobernador Luis Martínez Villicaña”, y él estuvo de acuerdo. Sin embargo, fue y se metió al estado de Michoacán, precisamente a llevarle la contra a Martínez Villicaña.

Por todo eso, Jorge de la Vega me dijo que era necesario decir cosas fuertes contra la Corriente Democrática durante la XIII Asamblea. Yo le pregunté si ya las había medido, y me contestó que sí. Entonces lo autoricé para que las dijera.

Todavía en esa asamblea, y de acuerdo con lo que habíamos acordado, participaron en diferentes mesas Armando Labra, Ifigenia Martínez y Cuauhtémoc Cárdenas, pero sus voces no se oyeron demasiado, porque las mesas, como era natural, las teníamos controladas.

El hecho es que a partir de la clausura de la XIII Asamblea, el 4 de marzo, cuando Jorge de la Vega exigió a los priistas inconformes que renunciaran al partido, señalando que no había cabida para una quinta columna ni para caballos de Troya, se desató públicamente un pleito campal entre los dirigentes de la corriente y Jorge de la Vega.

El domingo 8 de marzo, Cuauhtémoc Cárdenas advirtió que el PRI vivía una etapa de retrocesos y criticó severamente la conducción de Jorge de la Vega. El miércoles 11, el CEN del PRI publicó un escueto comunicado en el que se informaba a dirigentes y militantes del PRI “la decisión personal del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas de ya no colaborar más con el partido”. A este anuncio respondió Cárdenas en el sentido de que no había salido, ni saldría, del PRI.

De cualquier forma, la orden a los priistas de “hacerle el frío” a la corriente estaba dada. El jueves 12, Porfirio Muñoz Ledo dirigió una carta a los priistas apoyando la postura de Cuauhtémoc. El 17 de marzo, algunos dirigentes del Frente Juvenil Revolucionario del PRI se unieron a la Corriente Democrática, y al día siguiente fueron removidos.

Algunos editorialistas sienten que las palabras de De la Vega, lejos de desprestigiar a la corriente, le dieron nuevo aliento y relevancia. Sin embargo, como ya le he perdido el respeto a los periódicos, no me interesa ese punto de vista. La carta agresiva que Cuauhtémoc Cárdenas publicó, y en la que acusó de autoritario y antidemocrático a De la Vega, señalando que bajo su liderazgo no había condiciones dignas para militar, lo autoeliminó del partido.

A partir de ese instante, realmente se polarizó la situación. La parte externa de este enfrentamiento es la que aparece en la prensa: ha sido ampliamente reseñada. La parte menos visible, pero no por ello menos trascendente, es que se han ido cerrando filas dentro del partido; éste me ha manifestado claramente su apoyo.

Así las cosas, yo creo que, en un plazo no muy largo, los dirigentes de la Corriente Democrática sólo tienen tres opciones. Por un lado, presentarse como candidatos del Partido Social Demócrata de Moreno Sánchez, el cual sólo es un cascarón; la segunda opción es trabajar con los partidos de izquierda, y la tercera, crear una nueva asociación política. Su meta será obtener la candidatura presidencial para Muñoz Ledo.

Esta separación, en caso de ocurrir, tendrá lugar cuando se haga la designación del candidato. La verdad es que al partido le conviene que se separen, y el número de militantes que pueden llevarse es realmente mínimo. He preguntado, y gente del partido me ha informado que no serían más de 500. Yo pienso que aunque se lleven 30 000 vale la pena, pues qué puede eso significar cuando la militancia del PRI oscila entre 10 y 15 millones de votantes.

La existencia de esta Corriente Democrática ya ha provocado una mayor unidad dentro del partido; se ha convertido en una vacuna contra cierto tipo de críticas. El partido se ha galvanizado alrededor del Presidente de la República; las fuerzas de apoyo son mucho mayores que las fuerzas de resistencia. Los tres sectores, de manera independiente, se han acercado a mí para decirme que ellos aceptan y respetan que sea el Presidente quien tenga la última palabra en la sucesión presidencial.

Yo siempre les digo que consideraré las opiniones del partido, las circunstancias por las que atraviesa el país, y ellos me interrumpen para decirme que estarán esperando la indicación que yo les dé. La Corriente Democrática ha acrecentado el sentido de lealtad, de unidad, de disciplina al Presidente de la República.

Claro que yo sé que en el quinto año en nuestro sistema todos tratan de fortalecer al Presidente de la República. Lo siento en detalles. Por ejemplo, en la reunión de gobernadores que tuvo lugar en Tlaxcala el 29 de marzo, el gobernador de Morelos, Lauro Ortega, les preguntó a los gobernadores si venían de pedigüeños o venían de apoyadores. Naturalmente todos contestaron que venían de apoyadores, y así me lo manifestaron.

El deseo de fortalecerme lo percibo también en las giras que he estado realizando en estos meses por todo el país: me apoyan y no me solicitan nada. Sentí cómo la Corriente Democrática espoleó al sistema para que se agrupara alrededor del Presidente de la República.

La Corriente Democrática corresponde a las fuerzas que tienen que desatarse en toda sucesión presidencial, porque las sucesiones son complejas. No niego que en el proceso hubo cosas que me resultaban irritantes, como los artículos de Manuel Moreno Sánchez en el Unomásuno, los días 30 y 31 de marzo y primero de junio. En ellos, más o menos decía: “Cuidado con el Presidente, es un muchacho que tiene cara de que va a misa todos los domingos, pero en el fondo lo que quiere es consolidar su poder. Quiere ejercer un verdadero maximato a través del eje Salinas-Camacho”.

Hay muchas cosas que se están moviendo en la sucesión; yo no puedo evitar que se muevan todos aquellos que están angustiados porque piensan que no van a obtener trabajo en el próximo sexenio. Es lógico que Muñoz Ledo piense: “Si no logré una posición importante con el presidente De la Madrid, que es mi amigo, menos la voy a lograr con su equipo”. Lo mismo pueden pensar otras personas que se sienten marginadas. Sin embargo, los rumores y las críticas que organicen son intrascendentes, porque no representan fuerzas reales. A mí lo que me conviene es ir tratando de hacer nítido quiénes son y qué dicen, para irlas reduciendo a su verdadero núcleo.

Yo no puedo evitar, sobre todo después de la línea que se estableció con las palabras de De la Vega durante la XIII Asamblea, que en todos los estados los gobernadores, los senadores, los diputados, en fin, los diferentes priistas ataquen a la Corriente Democrática. Lo que sí puedo, y voy a tratar de promover, es que este ataque no se quede en el nivel personal, sino que se eleve a nivel ideológico, para que los miembros de la llamada Corriente Democrática aclaren cuál es su pensamiento económico y político y, en ese campo, discutamos, pero sobre hechos e historias, no sobre individuos.

La verdadera división dentro del partido, la que podría considerarse como una división estructural, es el regateo permanente entre la estructura sectorial y la estructura territorial. Esto se hace evidente en la selección de los candidatos a las presidencias municipales, en la que la competencia entre los grupos de poder locales y los sectoriales es tremenda.

Cada vez más la lucha de los sectores nacionales se está trasladando al ámbito local. Ahí los políticos sectoriales tienen que enfrentar a los políticos profesionales del partido, que no están encuadrados en ninguno de los sectores. Lo mismo ocurre con los administradores públicos locales.

La lucha de los sectores tiende a perder su fuerza centralista y a aumentar su localismo. Sabemos que para las elecciones de presidentes municipales primero surgen las ternas locales, que luego son aprobadas por los sectores, y después por el Comité Ejecutivo Nacional del PRI.

Sin embargo, no hay que olvidar el tremendo primitivismo que impera en México: no hay que olvidar que al aumentar el localismo tenemos que ponernos en guardia frente al feudalismo. Hay que recordar que, hoy por hoy, el centro sirve para moderar a los caciques locales, y que éstos no han desaparecido de nuestro país.

Tal vez lo que haya surgido son neocacicazgos, fomentados por los sindicatos y por los poderes económicos. Un buen ejemplo de la vigencia del caciquismo en nuestro país está en Veracruz. Fernando Gutiérrez Barrios, al poco tiempo de haber tomado posesión como nuevo gobernador de Veracruz, asestó un duro golpe al caciquismo en ese estado con la aprehensión, el 23 de febrero, de Cirilo Vázquez Lagunes. Esta persona, señalada como uno de los caciques más fuertes del estado, amenazó con que miles de ganaderos del sur de Veracruz lo apoyarían activamente, entre otras cosas, bloqueando las carreteras de la región.

Este deseo de combatir el caciquismo es una de las misiones fundamentales que se ha propuesto Gutiérrez Barrios. Es necesario hacerlo, a pesar de que los caciques veracruzanos tienen los medios para efectivamente ocasionar un problema político fuerte en la entidad, más allá de la violencia con que puedan responder de inmediato.

El gobierno está apoyando estas acciones, porque hay que corregir problemas de inseguridad pública y asegurar el predominio gubernamental. Estos caciques son capaces de sustraerse a la acción del gobierno. No dejan que en sus áreas de dominio entre el gobierno; conforman verdaderos feudos, verdaderos islotes dentro del estado. Cabe mencionar que Cirilo Vázquez tiene 35 años y se sospecha que también está metido en el narcotráfico.

 
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