Huelga del Sindicato Mexicano de Electricistas

"MES: FEBRERO"

Las negociaciones entre las autoridades laborales y los dirigentes del Sindicato Mexicano de Electricistas antes del estallamiento de la huelga, el 27 de febrero, fueron difíciles e intermitentes. Esto se debió a que el SME no tiene un liderazgo fuerte: está compuesto por una serie de facciones de extrema izquierda. Así, cada vez que se negocia con su líder, Jorge Tapia, éste tiene que regresar a discutir con el conjunto de los electricistas, quienes con frecuencia desconocen sus acuerdos.

De hecho, Tapia me mandó decir que Farell no quería negociar con él en corto, que sólo lo recibía en grupo y que, en esas circunstancias, él tenía que radicalizarse. Farell me explicó que no quería hablar en privado con Tapia, porque no sabía qué podía pasar después.

La participación de los dirigentes del Congreso del Trabajo en este conflicto fue confusa. Ellos empezaron la agitación en diciembre de 1986, cuando don Fidel pidió revisiones mensuales de salarios. Desde entonces empezó a crecer la presión, pues surgió la idea de hacer extensivo a los salarios contractuales el aumento logrado para los mínimos. La presión se exacerbó el 16 de diciembre del año pasado, cuando anunciaron que las empresas paraestatales emplazarían a huelga. Las que realmente emplazaron fueron el Sindicato de Telefonistas, el Sindicato Mexicano de Electricistas y la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores.

El 24 de febrero todas las empresas estatales prorrogaron el estallido de su huelga, menos el SME, que se siguió de frente. Si el Congreso del Trabajo lo toleró, o incluso lo utilizó de punta de lanza para tantear el terreno, no lo sabemos. La versión del Congreso del Trabajo fue que el SME actuó por su cuenta. El hecho es que cuando el 27 de febrero el gobierno decretó la intervención e inexistencia de la huelga, el Congreso del Trabajo se rasgó las vestiduras. Sabemos que hace muchos años que el gobierno no permite huelgas en los servicios públicos, y que cada vez que estas empresas son intervenidas o requisadas, los sindicatos hacen un gran escándalo. Respecto a este problema, el país no ha querido enfrentar la realidad. La única solución es legislar para dejar claro que no se pueden tolerar huelgas en ciertos servicios públicos básicos. La cosa es que esto se ha ido dejando, y ahora tampoco es el momento adecuado para actuar.

El hecho es que ese tipo de sainetes nos dañan a todos. El gobierno queda como el villano que requisa, rompiendo con ello el derecho de huelga. Los obreros también pierden, porque finalmente tienen que aguantarse y ajustarse a las decisiones del gobierno, lo que los hace perder cara.

Inevitablemente, como todo lo que ocurre en estos días, la agitación laboral levantó sospechas sobre su posible liga con la sucesión presidencial. Se trata de suspicacias excesivas, pues si bien puede ser cierto que ante la coyuntura los sindicatos quieran hacer acto de presencia, es mucho más importante el demérito real del salario y el enfrentamiento de los obreros con el gobierno, porque éste no les quiere soltar las riendas.

La huelga del Sindicato Mexicano de Electricistas debe entenderse como resultado de la crisis económica, que está orillando a los trabajadores a emprender acciones más radicales para recuperar parte de su poder adquisitivo. Desde 1983 hemos tenido el peligro de que la crisis rebase los mecanismos de control social que han permitido pasar estos años de transición sin conflictos sociales mayores.

Por ello, y dada la combatividad del movimiento obrero, resultaba muy deseable lograr una negociación válida para todo el año. Sabíamos que en abril habría otro aumento de emergencia para el salario mínimo, y no queríamos que de nuevo pidieran ese aumento en la negociación contractual, así como otros beneficios, porque entonces sí se nos descontrolaría la inflación.

Finalmente, el Sindicato Mexicano de Electricistas se disciplinó y levantó la huelga. Esto sucedió porque, en su momento, les mandé decir a los trabajadores por conducto de Farell que iba en serio, que si hacía falta estaba dispuesto a liquidarlos. Fue un “volado”, porque indiscutiblemente había un gran riesgo en actuar de esa manera. El mensaje que mandé no fue una simulación, era definitivo, porque todo es posible menos que se le pierda el respeto al gobierno.

En la negociación trabajaron de manera conjunta Farell y Salinas, este último en calidad de maestro de economía: explicó con qué dinero cuenta el gobierno y cómo pensaba distribuirlo, así como por qué no se podían aumentar los salarios. Los líderes aparentemente entendieron, pero, como es lógico, continuarán exigiendo mayores salarios.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.