Situación económica: diferencias entre la apreciación de los empresarios y la de los obreros

"MES: FEBRERO"

A principios de 1987 coexisten en los diversos grupos sociales de nuestro país estados de ánimo encontrados. Mientras los empresarios tienen expectativas favorables, los obreros expresan una creciente inquietud.

Ello se debe a que la iniciativa privada funda su optimismo en la información económica que demuestra la capacidad del gobierno para enfrentar la crisis derivada del desplome de los precios del petróleo ocurrida en 1986. Esta información, aunque positiva en sí misma, es irrelevante para los trabajadores, quienes sólo pueden apreciar el grave deterioro real de sus salarios.

La mayoría de los empresarios se encuentran esperanzados, de manera que cuando se acercan al gobierno es para hacer planteamientos casuísticos relativos a su grupo industrial o rama de trabajo, y evitan el enfrentamiento ideológico; sin embargo, no pierden por ello su inclinación a la prepotencia. Un ejemplo de esto fue el intento del Grupo de Hombres de Negocios México-Estados Unidos de someterme a un interrogatorio de 14 preguntas en el desayuno que tuvo lugar el lunes 16 de febrero. Pretendían obligarme a responder lo que se iba a hacer en el corto plazo en materias como la Ley de Inversiones o la desincorporación de empresas. Los temas propuestos no me molestaron, lo que me irritó fue la forma.

No fue sino hasta un día antes, el domingo, que tuve tiempo de leer sobre el formato de la reunión. Le hablé a Héctor Hernández y le dije que no era posible que estos individuos pensaran que podían dirigirme a su gusto. Señalé que debían plantear sus inquietudes y que, según se desarrollara la reunión, definiría yo qué secretario intervendría y que, para terminar, dependiendo del ambiente que se generara, podría yo hacerles un comentario final.

De hecho, así sucedió. Ellos cambiaron su tono inquisitorial, los secretarios respondieron a sus preguntas y yo intervine al final. Destaqué que cualquier política económica debe tener viabilidad política. Puntualicé, con toda intención, que la transacción y la negociación caracterizan el proceso político norteamericano, que no siempre se acomoda a la ortodoxia de la teoría económica. En seguida hablé del cambio estructural que nos hemos propuesto, y llevé el asunto hasta la disparidad de opiniones de los empresarios.

Puse esto de relieve, porque las preguntas demostraron que no existía concertación entre los empresarios mexicanos y los norteamericanos sobre lo que se iba a preguntar. Tampoco hubo interés específico de los mexicanos por dar una semblanza positiva de lo que está ocurriendo en México.

La preparación de las reuniones, o su carencia, depende de quién maneje el organismo. En este caso frenamos el tono propuesto por Enrique Madero Bracho, quien es un liberal a ultranza, pero no pudimos evitar las diferencias. La actitud de que cada quien lance la pregunta que se le ocurre, a ver cómo la torean el Presidente o sus secretarios, es lo que hace muy difícil que se dé una verdadera discusión.

Cada cámara empresarial tiene una dinámica interna muy diferente. Sin embargo, su común denominador es la dificultad para que sus componentes se pongan de acuerdo, pues cada uno tiene intereses muy particulares. Por ello, los grandes empresarios me han manifestado en muchas ocasiones que no se sienten representados por dichos organismos. Sea como fuere, resulta claro que el diálogo con ellos siempre es difícil.

Los obreros, por su parte, están inquietos por el deterioro salarial acumulado. A ello se debe que Fidel Velázquez haya lanzado la idea de que los salarios contractuales debían aumentar en la misma proporción en que lo hiciera el salario mínimo emergente. Le dijimos que esto no es posible y, no obstante, el Congreso del Trabajo emplazó a huelga.

La verdad es que el número de sindicatos de empresas que participaron en el emplazamiento fue mínimo. Francisco Hernández Juárez, líder del sindicato de Teléfonos de México, lo hizo, porque él es el presidente del Congreso del Trabajo y se siente obligado. También lo hicieron los sindicatos de la aviación.

El nombramiento de Hernández Juárez como presidente del Congreso del Trabajo es interesante. Su primera implicación es que don Fidel ya logró meterlo al redil. Hernández Juárez ya es mucho más tratable y sensato de lo que era antes. En realidad, tenía una actitud cercana al gobierno, aunque conservara entre los otros líderes sindicales la fama de ser progresista, limpio, organizado y atento a sus bases.

Hernández Juárez habló en el aniversario del Congreso del Trabajo el 18 de febrero. En esa ocasión inició su discurso con un diagnóstico complejo de la situación internacional y la situación nacional. Lo interesante fue que mencionó la necesidad de que en México se diera la reconversión sindical. Esto me llamó la atención y me pareció importante. Reflejó, de alguna manera, la conversación que tuve con él el 11 de febrero.

Esa vez vino a saludarme y a manifestarme su apoyo. Me aclaró que, como líder, tenía que sostener ciertas banderas. Yo le dije que así lo entendía y que sobre el camino nos iríamos entendiendo. Él me manifestó su satisfacción por el respeto de mi gobierno a la autonomía sindical y me dijo que estaba consciente de que en el medio sindical había graves problemas internos, problemas de moralidad.

Asentí y le dije: “Ya que me tocó usted el tema, ojalá haga algo, porque en los sindicatos se dan prácticas gansteriles: hay formas inaceptables de ganar los contratos colectivos o de vender seguridad, y esto en connivencia con los patrones. Ustedes tienen que arreglar ese problema, porque el gobierno está obligado a aplicar la ley, y no puede en muchos casos quedarse de brazos cruzados cuando la ilegalidad es flagrante. Sin embargo, es difícil que el gobierno pueda sanear esto sin el apoyo de la cúpula sindical”.

Él me ofreció que trataría de ir componiendo las cosas, a lo que yo interpuse: “Mire, Francisco, no trate de agarrarla toda y pronto; haga su estrategia y manténgase en comunicación con nosotros. Si no, se va a ir de bruces. Hay que bus- car un camino gradualista”. Hernández Juárez me agradeció que lo cuidara.

La verdad es que sí existe riesgo de que, si no se adelanta en la organización y en la moralidad sindicales, empecemos a tener problemas, puesto que los vicios del sindicalismo son ya muy evidentes. Definitivamente, creo que es necesaria la reconversión sindical.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.