Pemex: cambio de director y relación con el sindicato

"MES: FEBRERO"

El nombramiento de Francisco Rojas como director general de Pemex, en sustitución de Mario Ramón Beteta cuando éste fue nominado el 3 de febrero como candidato del PRI a la gubernatura del Estado de México, no obedeció al hecho de que el primero fuera secretario de la Contraloría General de la Federación. Escogí a Rojas porque tiene una experiencia acumulada de muchos años sobre lo que es Pemex. Cuando fui secretario de Programación le encomendé que viera los asuntos relacionados con Pemex y, desde la Contraloría, se mantuvo cerca de sus problemas.

Por otro lado, es muy importante que Rojas sea alguien de mi confianza personal y política. Rojas conoce a los líderes sindicales desde hace tiempo. Cuando fui candidato presidencial, ellos se acercaron a él y él me los acercó. Su contacto ha sido amistoso, positivo. Rojas tendrá que mantener el orden que hemos introducido en Pemex. Lo que deseo es que lo haga por las buenas y que, en la medida de lo posible, avance.

Las relaciones entre Pemex y el sindicato estaban muy tensas. De hecho, podría decirse que ya estaban interrumpidas, como lo prueba el que los líderes sindicales no asistieran a la última evaluación anual de Pemex. En realidad, el problema entre los petroleros y mi gobierno se hizo abierto desde el mensaje de salutación de 1986. Ellos traían tres temas que los preocupaban: el de los empleados de confianza, el mantenimiento de las instalaciones de Pemex y el problema de los barcos.

Para los dos primeros puntos pedí la intervención de Farell. En lo que se refiere a los empleados de confianza, se demostró que su porcentaje no excedía de 10%, que es lo que permite el contrato colectivo. Por otra parte, se estableció un mecanismo para que se revisaran los supuestos beneficios extraordinarios que éstos reciben. Respecto al mantenimiento de las instalaciones, el estudio demostró que efectivamente hay carencias diferidas por muchos años, pero que, dentro de las limitaciones presupuestales, se estaba actuando de una manera razonable. Así que estos dos puntos encontraron cauce por conducto de Farell, porque eran de naturaleza laboral.

Ahora bien, en lo que toca a los barcos, las manifestaciones y alharacas que se han hecho tienen una explicación. Así, el 7 de enero, en una asamblea de dirigentes sindicales petroleros, éstos acordaron exigir a Petróleos Mexicanos una explicación clara sobre la asignación de contratos a empresas privadas para el transporte de petróleo por barco, y denunciaron el caso de la compañía Hermanos Rodríguez. Según ellos, esta empresa compró dos navíos con apoyo de Pemex y del Banco Nacional Pesquero y Portuario.

Todo proviene de que los petroleros tienen interés en participar directamente en el arrendamiento de barcos. Ellos quieren comprar barcos para arrendarlos; lo hacen por medio de la empresa Petroflota, cuya cabeza formal es Sergio Bolaños. Así lo hicieron el sexenio pasado, obteniendo un sobreprecio de 30% en dichos arrendamientos.

Beteta me presentó esta situación y me señaló que no era posible que la empresa comprara todos los barcos que se requerían, por lo que debíamos buscar como meta que Pemex contara con 60% de la flota en propiedad y arrendara 40%. Se decidió entonces fomentar que empresas privadas mexicanas adquirieran los barcos para arrendarlos, de manera que este negocio no quedara exclusivamente en manos de extranjeros o del sindicato.

Yo aprobé este programa, que fue el que permitió el arreglo con Isidoro Rodríguez, a fin de que ellos crearan una compañía. Rodríguez es un líder más moderno y tratable que “La Quina”, aunque sin duda tiene aspectos criticables.

La realidad es que no hubo otros grupos en el sector empresarial que nos brindaran una alternativa. Las empresas muy grandes, como ICA y Bufete Industrial, están entrampadas en sus problemas y deudas, y los grupos medianos apenas están saliendo adelante. En el terreno del transporte, solamente hay dos grupos fuertes, el de Rodríguez y el de Carlos Hank. Fueron los Rodríguez quienes armaron la posibilidad de comprar estos barcos y se llegó al acuerdo. “La Quina” decía que los barcos se habían comprado más caros de lo debido y que, con base en ello, se les estaban pagando tarifas superiores a las del mercado. Agregaba que Pemex había favorecido con ello a un grupo específico, y destacaba que el subdirector de Transportes de Pemex, Armando Loaizaga, era un ex empleado de Rodríguez.

La Contraloría se puso a investigar el caso. Contrató firmas extranjeras de prestigio para que evaluaran si la compra de los barcos se había hecho a un precio justo. La respuesta fue que el precio había sido adecuado.

Lo que explica que este asunto haya cobrado un cariz político, llegando hasta la Cámara de Diputados, es que “La Quina” tiene acercamientos con los líderes de la oposición para obtener su simpatía. Ha estado dándole dinero al PST, así es que Aguilar Talamantes también se sintió en la necesidad de actuar en este terreno. Sin embargo, con los informes que envió la Contraloría se exoneró a Pemex de la acusación que se le había hecho y se creó un comité para vigilar la política tarifaria de la empresa.

Hubo varios incidentes en el camino. Por ejemplo, el 11 de enero, la Secretaría de Hacienda me informó que agentes del resguardo aduanal habían detenido en Reynosa, Tamaulipas, un avión al servicio del sindicato petrolero que transportaba contrabando. Ésta no fue una operación preconcebida que nosotros hayamos realizado con el fin de llamarle la atención a los líderes petroleros. Lo que ocurrió fue que me llamó Petricioli, me dijo que habían detenido este avión y me preguntó lo que debía hacer. Yo le dije que procediera conforme a la norma.

Esto “La Quina” no lo cree; piensa que fue una acción deliberada. La gravedad de la situación puede medirse en que “La Quina” quería seguir adelante con este pleito, y ya estaba pensando en comprar tiempos de televisión para seguir agitando.

En el sindicato petrolero existen fracturas. “La Quina” no tiene un control absoluto. Los líderes del sur no lo ven con buenos ojos. Concretamente, tiene sus diferencias con los líderes de Veracruz, Sebastián Guzmán, y uno muy pintoresco llamado “Chico” Balderas, que por cierto me dicen que va diario a misa y reza muy fervorosamente.

El hecho es que “La Quina” está convencido de que estos líderes lo quieren matar, porque la verdad es que en el sindicato cada región es un feudo. Este temor hace que ya no vaya a ningún sitio si no está rodeado de muchísimos hombres armados, y no puede probar bocado, si antes no lo hace uno de sus ayudantes. Sale poco, porque siempre se siente desprotegido.

Me platicó el general Arévalo que le había hablado “La Quina” o le había mandado recado, no recuerdo, para decirle que quería desayunar con él. El general Arévalo respondió que lo esperaba en la Secretaría de la Defensa. “La Quina” le mandó decir que no iba, porque temía que si entraba ya no pudiera salir. Incluso cuando viene a Los Pinos, pretende entrar acompañado de 20 o 30 hombres armados, situación que desde luego no permitimos. “La Quina” está desbordado, está loco: tiene verdaderas obsesiones paranoicas.

Mi huella respecto al sindicato petrolero consiste en haber frenado la tendencia, que ya tenía muchos años, de que el sindicato ganara cada vez más terreno. Yo recuerdo que el licenciado Echeverría les soltó mucho: les concedió la sindicalización del personal técnico. En ese tiempo trabajaba yo en Pemex con Antonio Dovalí, y sé que él estaba en contra. Sin embargo, la negociación con los líderes la hizo Echeverría y él fue quien cedió.

En el sexenio de López Portillo se les dieron grandes concesiones económicas, tanto porque era la época de crecimiento y de auge petrolero como por el hecho de que Díaz Serrano estaba manejando desde Pemex su precandidatura a la Presidencia de la República.

De manera que, cuando menos, será necesario reconocer que yo frené la tendencia de cederle más y más al sindicato. Además, corregí lo más obvio, lo más importante: la licitación de las obras públicas.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.