Elecciones: cambios en 13 estados

"MES: OCTUBRE"

Mil novecientos ochenta y seis fue un año muy intenso en términos electorales. Además de Chihuahua, Durango, Michoacán y Zacatecas, hubo comicios para elegir gobernadores en Aguascalientes, Guerrero, Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Sinaloa, Tamaulipas, Tlaxcala y Veracruz. La competencia por obtener las candidaturas del PRI provocó, durante todo el primer semestre, agitación y expectativas en los diferentes estados.

El primero de abril se dio a conocer que el PRI postularía a Heladio Ramírez como candidato a la gubernatura del estado de Oaxaca. El 4 de abril, los tres sectores del partido reconocieron su larga trayectoria política. Entre los cargos que ocupó destacan la Secretaría de Acción Sindical de la Confederación Nacional Campesina, la Secretaría General de la Federación de Jornaleros Agrícolas y la representación de la CNC en diferentes estados. Asimismo, fue diputado federal por el sexto distrito de Oaxaca de 1976 a 1979.

Heladio Ramírez trabajó afanosamente para lograr su postulación; no fue un hombre inventado. Además, fue un buen candidato. Su máximo reto era triunfar electoralmente en los municipios de la región del Istmo, donde tiene mayor injerencia la COCEI; concretamente, había que recuperar Juchitán. Pasada la elección, el reto sería implantar programas de desarrollo para la población oaxaqueña, brindándole oportunidades de trabajo.

La elección tuvo lugar el 3 de agosto. En la región del Istmo, la jornada electoral fue muy accidentada, lo que obligó posteriormente a anular la votación en 10 municipios. En Juchitán ganó el PRI, pero con regidurías a favor de la COCEI, situación que dejó insatisfechos a todos, por lo que finalmente se tuvo que instalar un Concejo Municipal integrado por todas las corrientes regionales.

De los 550 municipios de Oaxaca, la coalición formada por el PSUM, el PMT, el PRT y la COCEI triunfó en seis, el PAN en siete y el PST y el PPS en uno cada uno. Los restantes 535 municipios quedaron en manos del PRI. En realidad el problema de Oaxaca es el abstencionismo, que fue de 47.36%. El candidato panista al gobierno estatal obtuvo el segundo lugar con menos de 5% de la votación obtenida por el candidato del PRI.

En Sinaloa estimamos que el proceso electoral podría ser complejo, tanto porque ahí el PAN había obtenido índices de votación por arriba del promedio nacional, como por el desprestigio en que había caído el gobernador Antonio Toledo Corro. Ambas situaciones inevitablemente estaban ligadas, pues son precisamente las fallas de los gobernadores las que propician el crecimiento de la oposición. Así, después de Chihuahua, Sinaloa era el estado en el que el PAN se preparaba para dar el mayor combate por la gubernatura estatal.

El problema central de Sinaloa es el narcotráfico, con sus secuelas de corrupción, violencia e inseguridad. Los narcotraficantes, además de tener cotos privados en la sierra sinaloense y manejar las principales inversiones estatales, provocan, con sus pleitos y rivalidades, situaciones de violencia urbana intolerables. Su flujo de dinero es tal, que con facilidad corrompen a las autoridades locales. La tolerancia o complacencia del gobernador Toledo Corro con ellos hizo que su honestidad fuera ampliamente cuestionada.

Por otro lado, las elecciones municipales de octubre de 1986 fueron muy reñidas. Los resultados oficiales concedieron al PRI la victoria en los 18 municipios y en 22 distritos electorales, esto es, que el PAN sólo obtuvo una diputación de mayoría y tres de representación plurinominal, y el PSUM las tres restantes de representación plurinominal.

Sin embargo, los panistas insistieron en que sus candidatos para alcaldes en los principales municipios de la entidad —Ahome, Mazatlán y Culiacán— habían sido despojados de sus triunfos.

La efervescencia política había comenzado desde principios del año. Las críticas al gobernador cobraron fuerza en el mes de marzo. Se le acusó de ocupación ilegal de terrenos en beneficio propio, lo cual hizo que saliera de nuevo a la luz su supuesto vínculo con narcotraficantes. En el Congreso de la Unión, seguramente como parte de las maniobras preelectorales, los legisladores de los ocho partidos de oposición pidieron que Toledo Corro fuera sometido a una investigación política y judicial.

En estas circunstancias resultó conveniente adelantar un poco la nominación de Francisco Labastida Ochoa como candidato del PRI al gobierno estatal. El 17 de abril se hizo público este hecho, aunque las elecciones no tendrían lugar hasta el 26 de octubre. Labastida era el candidato evidente, ya que no hubo otras precandidaturas que cobraran peso.

Esto se debió no sólo a que contaba con presencia nacional por ser secretario de Estado, sino también al hecho de que su cercanía conmigo era ampliamente conocida, pues formaba parte de mi equipo de trabajo desde tiempo atrás. Esto le dio gran fuerza a su candidatura, pues todos sabían que una vez nominado, yo no lo dejaría solo.

Ello le permitió crear, desde el principio, la sensación de triunfo, lo cual propició que esto se convirtiera en realidad, pues desalentó a sus opositores. No obstante, el 18 de mayo, el empresario Manuel Clouthier del Rincón, ex dirigente de la Coparmex y fundador del Consejo Coordinador Empresarial de Sinaloa, fue elegido candidato del PAN a la gubernatura del estado.

La expectativa de que la campaña electoral de Sinaloa fuera tan movida como la de Chihuahua pronto se desinfló. La candidatura de Clouthier no activó grandes movilizaciones, tanto porque el aparato panista de Sinaloa era menor que el de Chihuahua como porque Clouthier demostró ser un líder de grupos cerrados y no de masas, a diferencia de Francisco Barrio. La realidad es que la campaña panista nunca logró levantar vuelo.

Las campañas políticas se iniciaron en el mes de junio, siguiendo su curso normal. Labastida propuso continuar con el ideario de la Revolución, en tanto que Clouthier planteó la necesidad de cambiar el sistema político. De fondo, lo más novedoso fue el empeño de Labastida, justo después de las elecciones en Chihuahua, de asegurar que el PAN no empañara el proceso electoral sinaloense calificándolo de fraudulento.

Para ello, Labastida propuso la utilización de urnas transparentes, insistió en que se actualizara debidamente el padrón electoral, que se entregaran oportunamente las credenciales de elector a todos aquellos ciudadanos que tuvieran derecho a votar, que se realizara un escrupuloso y oportuno escrutinio, que todas las eta- pas del proceso fueran ampliamente difundidas y que se exigiera que cualquier inconformidad de los partidos fuera probada con elementos suficientes para evitar controversias y dudas.

Las propuestas de Labastida pusieron en evidencia la seguridad adquirida por los priistas después del triunfo en Chihuahua. Finalmente, cabe también mencionar que el PRI seleccionó a sus candidatos a las presidencias municipales mediante el sistema de convenciones con votación de representantes de los sectores. De igual manera que en Chihuahua, la promoción del voto fue realmente exhaustiva.

Labastida triunfó sobre Clouthier en todos sentidos, pues logró popularidad sin recurrir, a diferencia del panista, al insulto o al menosprecio de sus opositores.

El triunfo priista fue competido en Culiacán, Mazatlán y Ahome, y contundente en la gubernatura estatal, los demás municipios y el Congreso local.

Clouthier acabó por desprestigiarse cabalmente por el berrinche público que hizo, cuya culminación consistió en acudir al consulado norteamericano en Culiacán, para demandar que el gobierno norteamericano negara financiamiento al gobierno mexicano, a fin de no convertirse en “cómplice de un régimen corrupto y represor”.

De cualquier forma, cabe reconocer que el aumento de votos del PAN fue proporcionalmente mayor que el del PRI, respecto a las elecciones estatales de 1980. Con un incremento del padrón electoral de 56.9% de ese año a la fecha, el PAN creció 851%, en tanto que el PRI lo hizo sólo 107%. Esto es así, porque en 1980 el PAN había obtenido 0.77% de la votación, mientras que el PRI había alcanzado 80% de los sufragios. En esta elección de 1986, el PRI obtuvo 56.5% de los votos, en tanto que el PAN sólo alcanzó 27.9 por ciento.

En Veracruz, Fernando Gutiérrez Barrios fue nominado por el PRI el 9 de mayo. Gutiérrez Barrios ingresó a la Dirección Federal de Seguridad en 1952. Durante el gobierno de Díaz Ordaz fue titular de la Dirección Federal de Seguridad y con Echeverría fue ascendido a subsecretario. López Portillo encargó la seguridad a Javier García Paniagua, quien a su vez se apoyó en Nazar. Gutiérrez Barrios quedó como una figura decorativa al ser ratificado como subsecretario de Gobernación. Posteriormente, García Paniagua también fue nombrado subsecretario y Nassar quedó en la Dirección Federal de Seguridad, en la que corrompió más a la policía de lo que ya estaba.

Cuando yo llegué a la Presidencia de la República, Gutiérrez Barrios me dijo que ya estaba cansado de la seguridad, que llevaba 30 años de trabajar en eso y que quería una posición administrativa. Por eso le di la dirección de Caminos y Puentes Federales de Ingresos. La corrupción en la policía siguió mientras estuvo ahí José Antonio Zorrilla Pérez, quien fuera secretario particular de Gutiérrez Barrios. Cuando interrogué a éste sobre la conducta de Zorrilla Pérez, me dijo: “Se volvió loco, señor Presidente”.

Gutiérrez Barrios es un hombre inteligente y cauto. Durante su estancia en Caminos y Puentes Federales se mantuvo informado de lo que pasaba en el país y me enviaba reportes semanales con comentarios interesantes. Su nominación en Veracruz fue bien recibida, pues se consideró que enfrentaría con éxito el caciquismo y la violencia que caracterizan al estado. También se comentó positivamente el que no tuviera alianzas ni perteneciera a ningún grupo político o económico de Veracruz.

La jornada electoral del 7 de septiembre transcurrió en calma y sin incidentes, situación que fue reconocida en un desplegado público por todos los partidos de oposición.

En Aguascalientes, el proceso de selección del candidato a la gubernatura estatal fue similar al seguido en los casos anteriores: el PRI realizó una auscultación para saber cuáles precandidatos tenían más apoyo personal y mejor ambiente en el estado. Así, quedaron al final los nombres de Miguel Ángel Barberena, Arturo Romo y Héctor Hugo Olivares. Finalmente se consideró que la mayoría de las opiniones se inclinaban por Barberena, quien en ese momento era diputado federal por el segundo distrito de Aguascalientes.

Como existía el rumor de que Barberena había cometido actos ilícitos en su gestión como subsecretario de Comunicaciones y Transportes en el sexenio pasado, pedí información a la Procuraduría General de la República. El informe que recibí señalaba que no había nada en su expediente, e incluso que Barberena tenía una carta del entonces procurador de Justicia, Óscar Flores, liberándolo de toda acusación.

Amplié mi investigación preguntando sobre el particular a Rodolfo Félix Valdés y a Daniel Díaz Díaz, quienes fueron sus compañeros de trabajo. Ambos señalaron que no conocían la existencia de elementos que sirviesen de base para fincar responsabilidades. El único que manifestó tener dudas sobre el comportamiento de Barberena fue Emilio Mújica, entonces secretario del ramo. Sin embargo, como Mújica es una persona malhumorada y rencorosa, consideré que no era posible tomar muy en serio su punto de vista, sobre todo porque lo que manifestó fue una simple sospecha. No puedo limitar los nombramientos a funcionarios ajenos a toda suspicacia, porque en muchas ocasiones no los hay.

Lo importante fue que el tema no tomó vuelos durante su campaña. El 4 de octubre el candidato del PRI obtuvo 60.70% de los votos emitidos.

El 4 de julio, el PRI dio a conocer que su candidata para la gubernatura de Tlaxcala era Beatriz Paredes Rangel, a la sazón diputada federal. Mujer de 33 años, proveniente del sector campesino del partido, fue objeto de ataques durante su precandidatura. El entonces gobernador, Tulio Hernández, los toleró, pero una vez tomada la decisión, se disciplinó, lo que permitió que la candidatura de Beatriz Paredes se desarrollara normalmente.

El 15 de julio se hizo público que Mariano Piña Olaya era el candidato del PRI al gobierno de Puebla. En la auscultación fue quien recibió el mayor número de opiniones a favor. Esto se debió a que Mariano trabajó durante mucho tiempo su candidatura; iba constantemente a Puebla, platicaba con los grupos agrarios y obreros; en fin, se movió mucho.

Yo creo que ésta es la característica que deben tener todos los aspirantes a gobernador: trabajar su candidatura. Quien sea gobernador no debe crear la sensación de haber caído del cielo. Por tanto, la candidatura debe recaer en quien se haya dedicado a crear un consenso a favor de su nominación dentro del estado.

Piña Olaya hizo una buena campaña, negoció con los sectores y no tuvo que enfrentar, como temíamos, una campaña de oposición fuerte. El PAN, que tiene tradición en las ciudades de Puebla, Tehuacán y Teziutlán, no presentó mayor problema, pues después de Chihuahua se “agüitó”. En Sinaloa metió la energía que le quedaba y a Puebla ya ni siquiera le puso empeño. Su candidato, Ricardo Villa Escalera, es un hombre muy conflictivo, con tendencias fascistas y gansteriles, por lo que ni siquiera contó con el apoyo del Comité Ejecutivo Nacional del PAN.

El 31 de julio, Américo Villarreal fue postulado por el PRI como candidato a gobernador del estado de Tamaulipas. Se escogió a Villarreal porque era el precandidato menos comprometido con los cacicazgos locales. Manuel González Garza, quien fue el otro finalista, era una pieza de ajuste de los diferentes cacicazgos, particularmente del de los petroleros. Esto era inaceptable, como lo es que el gobernador Emilio Martínez Manautou haya “nadado de muertito”, dejando todas las decisiones a los caciques del estado.

El 11 de agosto, José Francisco Ruiz Massieu fue nominado para la gubernatura de Guerrero. Ello obedeció a su trabajo y al consenso que obtuvo a su favor dentro del estado.

En Hidalgo, el 7 de octubre se dio a conocer que Adolfo Lugo Verduzco era el candidato a la gubernatura estatal. Me incliné por él, porque a través de terceras personas supe que se quería ir a Hidalgo, pues ya la presidencia del PRI le estaba pesando mucho. La coyuntura era propicia, porque en el año anterior a la nominación de candidato a la Presidencia de la República, es importante que el PRI esté lleno de vigor y energía. Adolfo ya había cumplido con el partido y merecía lo que deseaba.

En general, creo que todas las campañas electorales del PRI fueron dinámicas. Ello se debe a que como el PRI está consciente del riesgo de perder, trabaja más activamente. Nuevas modalidades y más dinero para la promoción del voto dieron resultados positivos.

El elemento básico en el éxito de la selección de candidatos a las gubernaturas estatales ha sido que el nombre del aspirante sea mencionado como resultado de la presencia e imagen que haya logrado imponer en la localidad. Para las candidaturas a las presidencias municipales, ha habido una gran apertura mediante la votación directa. Los sectores, particularmente el sector obrero, han quedado molestos por la selección directa de candidatos a presidentes municipales. Ello nos ha obligado a compensarlos con las diputaciones locales, las cuales también deberían sujetarse a un proceso más abierto.

Finalmente, cabe señalar que en Sinaloa, Tamaulipas y Oaxaca, diversos partidos y asociaciones políticas de izquierda establecieron alianzas para enfrentar al PRI y al PAN en las elecciones. Estas alianzas no representan una tendencia de unificación de la izquierda, pues los diversos organismos son muy diferentes en su composición y sus plataformas teóricas están alejadas. Realmente la única razón de su alianza es atacar al gobierno, lo que supone una debilidad inherente.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.