Narcotráfico: chismes sobre el general Arévalo y otros funcionarios

"MES: SEPTIEMBRE"

El 16 de septiembre un diario estadounidense, el San Diego Union, publicó supuestas afirmaciones de un funcionario no identificado del FBI, en el sentido de que 45 funcionarios y ex funcionarios mexicanos, incluido el secretario de la Defensa Nacional, general Juan Arévalo Gardoqui, estaban involucrados en el narcotráfico.

La noticia hizo que se desplomara el general Arévalo. Tan pronto tuvo conocimiento de la noticia, Arévalo vino a verme y con toda emotividad me dijo:

—¿Ya vio lo que dijeron de mí los periódicos extranjeros? Yo creo que en estas condiciones ya no sirvo, ya no puedo prestarle mis servicios como yo quisiera. Por ello, quiero decirle que mi relevo está a su disposición.

El estado de alteración en que se encontraba el general Arévalo me obligó a tratarlo con gran consideración. De manera afectiva le dije que tenía que hacerse de piel más gruesa. Le recordé que las críticas de la prensa norteamericana también me habían tocado a mí, a Sepúlveda y a otros secretarios de Estado. Le hice ver que lo que los norteamericanos deseaban, precisamente, era desmoralizarlo. Concluí arengándolo:

—No deje que los norteamericanos logren su objetivo. No se desanime, general; resista, manténgase firme. Tenemos que salir adelante. Los hechos son los que mandan, no los chismes.

Con estas palabras, como parte de la actitud paternal que asumí frente a “su situación”, el general Arévalo se reanimó de inmediato. Esto fue muy importante para pautar el ambiente en todo el Ejército, ya que los mandos dependientes de Arévalo se sentían inseguros, golpeados y nerviosos, a pesar de que desde el mismo día 16 de septiembre las autoridades norteamericanas negaron tener evidencia para sustentar lo publicado en el periódico.

El general Arévalo me aseguró de manera contundente que no estaba involucrado en el negocio del narcotráfico. Respecto a su hijo, a quien también aludía la prensa, deploró que “no le había salido muy bien”. Dijo que era difícil y algo tarambana, dadas las malas compañías y el ambiente en que se había desarrollado como agente del Ministerio Público y de la Policía Judicial. Sin embargo, el general me insistió en que lo tenía vigilado, y que no creía que estuviera involucrado en el narcotráfico.

La certeza de qué es realmente lo que está ocurriendo, esto es, de si el hijo del general Arévalo está o no involucrado en el narcotráfico, no puedo tenerla. Por un lado, debo reconocer que el general Arévalo ha sido criticado, desde el principio de mi gobierno, por ser un hombre que no le entra a los problemas. Se menciona, entre otras cosas, que cuando ha habido sospechas de que un militar participa en el tráfico de drogas, en lugar de tomar medidas severas, simple y llanamente lo cambia de plaza.

Por otro lado, aunque parezca sorprendente, no cuento con cuerpos de información y seguridad suficientemente amplios y confiables para conocer las actividades privadas de cualquier ciudadano. La Dirección de Estudios Políticos de Gobernación me da alguna información, pero en general se puede decir que el atraso de nuestros cuerpos de seguridad e información es fenomenal.

El problema es estructural, pues de los aproximadamente 1 500 elementos que tiene la Federal de Seguridad, muchos son corrompibles, otros son imbéciles y la mayoría no tiene ninguna educación. Así, además de ser totalmente insuficientes para una población de más de 80 millones, los agentes de seguridad son fácilmente identificables para aquellos grupos a los que supuestamente están investigando, quienes se encargan de corromperlos. Por tanto, la información que tenemos es poco confiable y, con frecuencia, sólo incluye datos recogidos al azar y de los que no se tiene ningún seguimiento.

Las autoridades de Estados Unidos, por su parte, nunca han aportado pruebas significativas contra funcionarios del gobierno mexicano que pudieran estar inmiscuidos en el narcotráfico. Se han limitado a chismes. Éstos me empezaron a llegar por Samuel del Villar, quien fue mi asesor y seguramente tenía contactos en la embajada norteamericana que le ponían la cabeza bomba. Samuel tenía cada idea… Como ejemplo, sugería que para limpiar a la policía había que hacer una noche de San Valentín.

Por otro lado, Del Villar me manifestaba sospechas sobre Sergio García Ramírez y Manuel Bartlett, al tiempo que se metía con los petroleros en forma tal que realmente hacía peligrar su vida. Tuve que separarlo por impráctico y catastrofista. Ya después, Gavin mismo fue el portador de los chismes.

En una ocasión, el embajador de Estados Unidos vino a verme con ese objeto. Habló de que el general Arévalo o su hijo estaban involucrados en el narcotráfico. Mencionó al gobernador de Sinaloa, Antonio Toledo Corro, y al gobernador de Durango, Armando del Castillo. Sobre este último cabía más posibilidad de establecer presunciones serias, puesto que desde mi campaña presidencial insistió, cuando visité el estado de Durango, en llevarme al rancho de unos señores Herrera, que resultaron ser conocidos narcotraficantes.

Bartlett no quería que fuera, y dio un pleito en ese sentido, pero como en esa etapa de la campaña el que da forma a la visita del candidato es el gobernador, llegué al rancho. El hecho es que ya durante mi gobierno pudimos darle un golpe serio a esta gente.

Otro de los gobernadores que me mencionó Gavin fue el de Jalisco, Enrique Álvarez del Castillo. Al escuchar su nombre en dicha lista me pareció que las afirmaciones del embajador rayaban en el exceso, pues francamente no creo, en absoluto, que Álvarez del Castillo esté metido en el narcotráfico. Entre otros, también mencionó al gobernador de Zacatecas, José Guadalupe Cervantes Corona.

Cuando le pedí pruebas ante acusaciones que me parecieron increíbles, me contestó: “Señor Presidente, donde hay humo hay fuego”. Tuve que responderle que yo no podía actuar de esa manera, que las leyes mexicanas exigen que, antes de perseguir a alguien, demostremos su culpabilidad.

En todas las ocasiones en que Gavin vino con esos chismes, yo cuidé que García Ramírez remitiera oficios a la embajada norteamericana pidiendo información precisa sobre los comentarios que me había hecho el embajador. Lo malo fue que Gavin no solamente me hacía a mí esos comentarios, sino que seguramente los circulaba entre las autoridades norteamericanas y los filtraba a la prensa.

También en esos días se manejó mucho en la prensa el rumor de que un primo mío, Edmundo de la Madrid, estaba ligado al narcotráfico. Yo no siento que ello haya dañado demasiado mi imagen personal dentro o fuera del país, aunque es claro que a los críticos y a los resentidos les da gusto señalar que el Presidente de la República tiene un pariente enviciado.

Los hechos, según me los confirmó posteriormente el procurador general de la República, señalan que después de haber realizado una investigación de muchos meses en torno a la posible culpabilidad de Edmundo de la Madrid, las autoridades no tienen indicio alguno de que esté involucrado en el tráfico de drogas.

Como quiera que sea, el problema del narcotráfico va a continuar generando presiones crecientes en las relaciones entre México y Estados Unidos, porque el narcotráfico es un problema muy serio para los norteamericanos. Iremos manejando las presiones, pero serán siempre motivo de conflicto. El hecho, por otro lado, es que en México el narcotráfico también es creciente.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.