Cuarto Informe de Gobierno: optimismo moderado

"MES: SEPTIEMBRE"

LO FUNDAMENTAL PARA REDACTAR UN INFORME DE GOBIERNO es determinar el tono que se le quiere imprimir. Ello supone evaluar la situación por la que atraviesa el país.

En términos objetivos, en agosto de 1986 seguimos viviendo momentos muy difíciles, porque no hay perspectivas claras, lo que crea altos riesgos de descomposición. Sin embargo, y en contraste con mi percepción, detecté en la población un cambio de actitud muy significativo: la gente tiene ganas de reanimarse y quiere que el gobierno la estimule.

Por ello, si bien mi mensaje central consistió en señalar que requeríamos combinar la voluntad de persistir en las reformas de fondo con la necesidad de adecuarnos a una situación incierta y cambiante, lo ubiqué en un tono de optimismo moderado.

Visto en retrospectiva, el Cuarto Informe de Gobierno fue largo. La temática forzó su extensión y, además, dadas las circunstancias tan difíciles por las que estamos pasando, no tuve ni tiempo ni humor para apretar más el texto. Creo que quedó razonablemente bien.

El procedimiento para elaborar el informe fue similar al de años anteriores. Programación y Presupuesto me pasó un borrador, con base en el cual di instrucciones para que se enfatizaran ciertos temas y se recortaran otros. Finalmente, apoyado en el trabajo que se me presentó, procedí a reescribir buena parte del texto.

Utilicé la introducción para contextualizar el momento por el que atravesamos, y señalé que teníamos que aprender a vivir en un ambiente de incertidumbre, en el que los riesgos de la inacción son mayores que los de la acción. Aproveché para darle su debida dimensión a la caída de los precios del petróleo, haciendo ver que no se trataba de un recrudecimiento de la crisis, sino de una crisis nueva.

En el texto expliqué por qué había inquietud al respecto, el desarrollo de las negociaciones de la deuda externa y el significado de que México entrara al GATT. En la conclusión enfaticé que el gobierno estaba trabajando y seguiría haciéndolo, al tiempo que refrendé mi decisión irrevocable de gobernar hasta el último día de mi mandato. Ello fue importante, pues dejé claro que no estaba agobiado por los problemas y, sobre todo, que ante el embate no soltaría, ni permitiría que otros soltaran, las riendas del gobierno y del quehacer cotidiano.

Las críticas que se hicieron al informe fueron esencialmente de dos tipos. Por un lado, hubo quienes consideraron que se puso un énfasis exagerado en el peso de los factores externos para explicar nuestros problemas y, por otro, quienes juzgaron que no se había tratado con suficiencia temas que preocupan profundamente a la población, como la inflación, el deterioro real de los salarios y el desempleo. Ambos suponían una autocrítica insuficiente.

Respecto al primer señalamiento, creo que nadie en sus cinco sentidos puede negar el impacto que el desplome de los precios del petróleo tiene sobre nuestro desarrollo. No se trató de una justificación demagógica, sino del reconocimiento de una realidad.

En cuanto a la segunda crítica, debo admitir que hubo temas a los que deliberadamente les di la vuelta. No es que haya dejado de reconocer su problemática, sino que no les di un tratamiento analítico especial, porque no quise dar pie a factores adicionales de pesimismo.

En realidad, el informe requirió establecer un equilibrio entre el tratamiento amplio y objetivo de aquellas cuestiones que inevitablemente alentarían el nerviosismo existente y la necesidad de satisfacer la exigencia de la sociedad para que abandonáramos el tono de pésame y autocondolencia, haciendo lícita y deseable la convicción de que los mexicanos podíamos superar la conjunción de adversidades por las que estábamos atravesando.

En realidad, y como parte del mismo proceso que me llevó a buscar el relevo de Silva Herzog, decidí que era necesario cambiar el énfasis del discurso político. Silva Herzog, en una actitud que él consideraba de franqueza, destacó demasiado los aspectos negativos de nuestra situación. Con frecuencia subrayó que nos habíamos convertido en un país más pobre, y que el problema de nuestra deuda externa era insoluble.

Asimismo, en un afán autoexpiatorio, Silva Herzog insistió en hacer públicos los errores del gobierno. Dichas expresiones, en boca de uno de los secretarios de Estado más importantes, causaban desasosiego y desesperanza en la sociedad, e inhibían las expresiones de quienes temían ser vistos como poco realistas o demagogos.

La autocrítica, como elemento central del discurso político, necesitaba ser superada, sobre todo si el pesimismo de la sociedad parecía haber tocado fondo.

El cambio de tono irritó profundamente a los opositores del gobierno, aunque yo creo que la mayoría de la gente agradeció el optimismo moderado que caracterizó al Cuarto Informe.

En ese momento me resultaba muy difícil precisar por qué la corriente generalizada de opinión se habría tornado positiva; por qué había una actitud más animosa. Sin embargo, lo percibí con claridad, tanto en las palabras como en la cara y el comportamiento de la gente. Evalué factores que iban desde los comentarios que me llegaban de lo que decían los empresarios en privado, hasta el calor con el que veía que “los acarreados” aplaudían a mi paso.

Sentía que en mi posición como gobernante conservaba el respeto y la consideración de los distintos grupos sociales. Sabía que ellos valoran la magnitud de los problemas que el Presidente enfrenta, que están conscientes de que, independientemente del desempeño de los diferentes funcionarios y sectores del gobierno, todos trabajamos en medio de una horrible escasez de recursos.

El ejercicio de reflexión al que obliga la elaboración del informe de gobierno me dejó, como conclusión, el reconocimiento de lo tremendamente difícil que resulta cambiar la realidad. Como esto no puede hacerse en el corto plazo, lo único a lo que puede aspirar un Presidente de la República es a imprimir ajustes a las tendencias históricas.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.