Relaciones entre México y Estados Unidos: entrevista con Reagan. Actuación de la DEA en México

"MES: AGOSTO"

El 13 de agosto me reuní, por quinta ocasión, con el presidente Ronald Reagan. El encuentro tuvo lugar en Washington, D.C. El ambiente que prevaleció, desde las reuniones preparatorias, fue sorprendentemente positivo.

Tengo la impresión de que Reagan se preocupó por el grado de tensión alcanzado en las relaciones entre México y Estados Unidos. Concluyo esto por una serie de gestos que van desde la forma que el Presidente norteamericano empleó al hacerme la invitación para reunirme con él en Washington, hasta el tono de los diversos mensajes captados por nuestra embajada, y por Sepúlveda y por Petricioli durante sus viajes preparatorios.

Lo positivo de la actitud norteamericana contrastó con la gran tensión vivida entre ambas naciones en el curso del año. Baste recordar que las audiencias convocadas en mayo por el senador republicano Jesse Helms, en las que criticó abiertamente el sistema político mexicano, así como la aparición de varios artículos en la prensa norteamericana en los que funcionarios norteamericanos censuraban a México suscitaron una nota formal de protesta del gobierno mexicano, y una larga y acre polémica al respecto.

Por otro lado, a raíz de las elecciones en Chihuahua, la prensa estadounidense puso una atención desusada en nuestro país, lo cual volvió a provocar comentarios encontrados entre México y Estados Unidos. Sin embargo, y dentro de la complejidad de nuestras relaciones, también hay que destacar que en el mes de julio, en buena medida con el apoyo de las autoridades norteamericanas, México pudo renegociar las condiciones de la carta de intención que firmó con el Fondo Monetario Internacional, vital para nuestra subsistencia económica.

El sentido fundamental de la reunión que sostuve con Reagan fue darle publicidad a acuerdos que de antemano habíamos alcanzado. Entre ellos destaca, por su trascendencia, el aval norteamericano a nuestra política económica.

Otro punto importante, ya en el ámbito de lo concreto, fue el anuncio del levantamiento, después de seis años, del embargo que impedía el acceso del atún mexicano al mercado estadounidense, con la consecuente aceptación de las 200 millas de mar patrimonial. En la reunión también dimos a conocer convenios sobre comercio, tecnología, inversiones y cooperación fronteriza.

En realidad, mi reunión con Ronald Reagan duró 15 minutos. En ese lap- so, me esforcé por hacer un planteamiento breve, escueto, sobre la situación económica por la que atraviesa México, lo que no pareció interesar demasiado al Presidente norteamericano. Tenía una actitud de que ya lo sabía, y no necesitaba más información.

Al cabo de los 15 minutos, me invitó a que nos uniéramos al trabajo de la delegación compuesta, del lado estadounidense, por el secretario de Estado, George Shultz; el procurador general, Edwin Meese; el secretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos, Elliot Abrams; el secretario del Tesoro, James A. Baker, y John M. Poindexter, asesor presidencial. Por la parte mexicana, participaron el secretario de Relaciones Exteriores, Bernardo Sepúlveda; el secretario de Hacienda, Gustavo Petricioli, y el de Comercio, Héctor Hernández, así como el procurador general de la República, Sergio García Ramírez.

Durante la comida que nos ofrecieron después se llegó al tema de Nicaragua, que yo abordé de inmediato, a fin de reorientar la plática hacia la problemática latinoamericana, en sentido más amplio. Con ello evité que nos empantanáramos una vez más en nuestra discusión de siempre. Se trataba, y yo cooperé en ello, de propiciar un ambiente menos tenso en nuestras relaciones.

El cambio en la política de Reagan hacia México comenzó a hacerse evidente desde principios de junio, entre otras cosas cuando se dio a conocer que el embajador de los Estados Unidos en México, John Gavin, sería sustituido por Charles Pilliod. Con la predisposición de que cualquier persona sería un mejor embajador que Gavin, encontré, durante mi viaje a Washington, que Pilliod es un hombre de trato suave y positivo. En contraste con Gavin, quien podría ser calificado de “grillo” al estilo mexicano, Pilliod parece tener las características de un All American.

El tema del narcotráfico, dada la magnitud del problema del consumo de drogas en los Estados Unidos, fue abordado con amplitud. Acordamos crear un programa bilateral al respecto, lo que significará una mayor comunicación e información entre ambos países, así como la posibilidad de realizar maniobras con- juntas. Sin embargo, de ninguna manera, como lo aclaré públicamente, supuso la autorización para que aviones norteamericanos se internaran en territorio mexicano, aunque ello nos haya sido reiteradamente solicitado.

El problema del narcotráfico será una fuente de fricción permanente entre nuestros dos países, dada la incapacidad del gobierno norteamericano de combatir y erradicar el consumo de drogas dentro de su territorio. Esta situación, ampliamente criticada por la sociedad norteamericana, lleva a las autoridades de ese país a buscar la salida fácil que supone transferir la culpa a las naciones productoras.

Eso es lo que explica, en mi opinión, que a pesar del clima amistoso que se dio durante mi encuentro con Ronald Reagan, al día siguiente de mi regreso a México, el jueves 15 de agosto, el procurador de Justicia de los Estados Unidos, Edwin Meese, armara un escándalo porque un agente de la DEA, Víctor Cortez, había sido detenido y supuestamente torturado el 13 de agosto en Guadalajara. El 18 de agosto, la embajada de Estados Unidos presentó una nota de protesta por estos hechos a la Secretaría de Relaciones Exteriores.

El incidente ocasionó una ola de protestas tanto en Estados Unidos, como en México. Allá se habló de los supuestos peligros que sufrían sus agentes en México, mientras que aquí se cuestionó el beneficio y aun la legitimidad de la actuación en nuestro país de dichos agentes.

Mi interpretación del evento consiste en suponer que Meese, quien en diversas ocasiones ha mostrado su simpatía por México, y que por lo mismo ha sido considerado como demasiado blando por los grupos ultraconservadores en el poder, se sintió obligado a reaccionar en forma dura ante el incidente Cortez, a fin de recuperar prestigio internamente.

La actuación de la DEA en México se deriva de acuerdos y convenios entre los dos países. Sin embargo, es claro que sus agentes se están extralimitando en sus funciones, creándonos más problemas de los que nos resuelven. Como no podemos prohibir su presencia en México sin que ello nos traiga severos problemas con los Estados Unidos, lo que estamos haciendo es estudiar la forma de acotar su acción.

Todo esto muestra la fragilidad del clima de confianza entre México y los Estados Unidos. Nuestra relación está preñada de riesgos y conflictos. Es, en el fondo, una relación crecientemente difícil, porque México es un país crecientemente débil, en términos relativos, frente a Estados Unidos.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.