Mis colaboradores: renuncia de Silva Herzog

"MES: JUNIO"

El martes 17 de junio, en un momento que a todas luces parecía inadecuado, pues nos encontrábamos en la fase crítica del proceso de negociación de la deuda externa, Jesús Silva Herzog dejó el cargo de secretario de Hacienda y Crédito Público. Tomé esa decisión porque nuestra relación había llegado a un nivel de deterioro intolerable.

El desarrollo de Silva Herzog en los meses anteriores a su salida me resultó muy insatisfactorio. Desde finales de mayo de 1985 empecé a notarlo nervioso, decepcionado. Indiscutiblemente atravesábamos por momentos difíciles, pues ante la perspectiva de que se disparara el déficit público, tuvimos que reconocer que las medidas de ajuste tomadas en los primeros meses de 1985 eran insuficientes para contener las desviaciones originadas en el segundo semestre de 1984, las cuales se habían agravado por el descenso del precio del petróleo. Silva Herzog asumió, durante las reuniones que tuvimos para discutir las medidas que tomaríamos, una actitud de “hemos fracasado”.

En el curso de dichas reuniones, comenté la necesidad de que reconociéramos los errores de instrumentación de la política económica. Sin embargo, nunca imaginé que Silva Herzog incluiría esa frase en el discurso que pronunció durante la reunión de la banca de julio de 1985. Se trató de un reconocimiento explícito innecesario. Daba la impresión de que Silva Herzog creía que, al unirse a la crítica, se lavaba las manos.

El hecho es que la frase nos ha causado problemas desde entonces, y aún ahora nos la restriegan constantemente en la cara.

Lo grave de la actitud de Silva Herzog era que, en las reuniones que teníamos para discutir la situación económica, no presentaba una posición articulada. En todos los casos se limitaba a pedir que hubiera mayores recortes en el presupuesto de gastos de cada una de las áreas.

Durante nuestras reuniones aventaba ideas, como la necesidad de fusionar la Secretaría de Hacienda y la Secretaría de Programación y Presupuesto o la conveniencia de desaparecer las secretarías de Pesca y de Turismo, pero sin jamás argumentar razones de fondo suficientemente válidas como para tomar decisiones de esa magnitud. Se limitaba a decir que requeríamos medidas dramáticas, para demostrar que había voluntad de ajuste.

A partir de julio de 1985, Silva Herzog comenzó a hacer comentarios, de manera abierta, tanto dentro como fuera del gobierno, en el sentido de que no estaba de acuerdo con la política económica. Ello me resultaba inaceptable, porque los secretarios, por lealtad al Presidente, no deben ser críticos del gobierno. Si tienen diferencias, deben manifestárselas exclusivamente al Presidente. En el fondo, esta forma de hablar de Silva Herzog estaba ligada a su actitud general de inconformidad y desazón.

También a partir de mediados de 1985, empecé a notar en él displicencia frente al trabajo. No asistía a las reuniones de Gasto-Financiamiento realizadas entre Hacienda y la SPP, limitándose a mandar representantes, pero sin instrucciones precisas, de manera que éstos no sabían lo que debían hacer, y, cuando actuaban, con frecuencia los desautorizaba posteriormente.

Por otro lado, dejó de interesarse y, por tanto, de tener conocimiento sobre la política financiera interna. Estaba demasiado metido, obsesionado, con los problemas de la deuda externa. Por ello, y en comparación, cada vez me iba resultando más evidente la superioridad del análisis que sobre política interna realizaba la Secretaría de Programación y Presupuesto.

La falta de dedicación al trabajo llevó a Silva Herzog a presentarse a diferentes reuniones sin haber realizado la tarea necesaria para estar informado. Su desinterés propició una falta de cohesión en la misma Secretaría de Hacienda, en la que proliferaron los divisionismos. Surgieron críticas dentro del sector bancario, y su clientela en general empezó a quejarse de que no tenía acceso a él.

En mi opinión, todo esto exhibía un deterioro emocional, cuyas manifestaciones más evidentes fueron su arrogancia e irritabilidad.

En septiembre y octubre de 1985, durante el proceso de elaboración del presupuesto para 1986, se produjo un ambiente de gran tensión entre los funcionarios de la Secretaría de Hacienda y los de Programación y Presupuesto. Hacienda no aportaba ningún esquema ni abría opciones; sólo manifestaba dudas y críticas.

A pesar de ello, el 5 de noviembre Silva Herzog y Salinas de Gortari me informaron que habían alcanzado un consenso en la elaboración del presupuesto para 1986, aunque me aclararon que lo veían como un presupuesto muy apretado.

El 13 de noviembre, cuando sólo faltaban dos días para la fecha en que teníamos que enviar el Presupuesto de Ingresos y Egresos al Congreso, Silva Herzog me pidió, al término de la reunión en que me entregaron el texto final de dicho documento, hablar conmigo en privado.

Cuando estuvimos solos, me señaló su inconformidad con el documento “Criterios de política económica para 1986”. Añadió que no se sentía en la disposición de seguir colaborando en mi gobierno, porque —me dijo— no le era posible defender una política económica en la que no creía.

Como no sustanció su posición, le pregunté con qué aspectos del documento no estaba de acuerdo. Después de dar varias vueltas, me dijo que no era precisamente con lo dicho en el documento con lo que no estaba de acuerdo, sino que sentía que no había la voluntad necesaria para realizar el ajuste económico que el presupuesto y el documento proponían; por lo menos, no un ajuste como él lo entendía.

Cuando me dijo esto, le pregunté en qué fundamentaba sus dudas de que no se realizaría lo ahí propuesto, a lo que contestó que no sentía que los demás secretarios fueran a cumplir con lo que se planteaba. Entonces le dije que si ése era el caso, de quien estaba dudando era de mí. Le aclaré que yo sí tenía la decisión de realizar el ajuste y que su obligación, en lugar de aventarme la toalla de esa manera, consistía en quedarse y ayudarme a asegurar que se realizara el ajuste propuesto.

En realidad fue él quien en algún momento me dijo que no quería que yo entendiera su renuncia como que estaba aventando la toalla, a lo que yo respondí que justamente así lo entendería, porque dos días antes de enviar el Presupuesto de Ingresos y Egresos de la Federación al Congreso de la Unión, no se valía dejar las cosas tiradas.

Lo convencí de seguir. Le pedí más trabajo, haciéndole ver las fallas en que estaba incurriendo la Secretaría de Hacienda. También le pedí que se abstuviera de hacer críticas públicas sobre la política económica, ya que acababa de reconocer que no tenía objeciones o desacuerdos con el documento que íbamos a presentar.

En ese momento yo todavía abrigaba esperanzas de que se corrigiera. Lo digo, porque visto en retrospectiva, pienso que tal vez debí aceptar su renuncia en noviembre. Me detuvo el que sólo faltaran unos días para que entrara al Congreso el presupuesto para 1986, esto es, me pareció que era un momento sumamente inadecuado para aceptar la renuncia.

Sin embargo, vistas las cosas como resultaron, no era aquél un momento más inadecuado que éste en el que finalmente acepté su salida. De haber aceptado su renuncia en ese momento, hubiera podido ahorrar el deterioro en nuestra relación y, con ello, un fin de fiesta tan desagradable como el que tuvimos.

Lo que me hizo pensar que Silva Herzog se podía corregir fue que su forma de ser no era consistente. Igual tenía arrebatos de vanidad extralimitada, que momentos en que cambiaba y adoptaba una actitud más razonable. En ocasiones sentí, incluso, que se me presentaba con el ánimo de realizar una negociación personal. Ejemplo de ello fue la ocasión en que me dijo que estaba consciente de que su personalidad era un activo para México en las negociaciones internacionales, dadas sus buenas relaciones con los banqueros internacionales. Este tipo de afirmaciones, además de mostrarme su fatuidad, hacían evidente que me estaba vendiendo la importancia de su participación.

Su popularidad con los banqueros internacionales es cierta, como también lo es que éstos, de alguna manera, lo tenían capturado en términos emocionales. Los halagos que le hicieron nombrándolo Ministro de Finanzas del Año en dos ocasiones consecutivas, indiscutiblemente lo predispusieron a su favor. Ésa es la razón por la que muchos se atrevieron a considerarlo proyanqui.

Baste como muestra de las buenas relaciones que logró establecer, el que ahora, con motivo de su salida, recibió cartas de simpatía de Ronald Reagan y de George Shultz. Cartas que si bien alimentan su vanidad, me imagino conservará con discreción, por temor a que cunda entre la opinión pública el concepto de que estaba demasiado allegado a los norteamericanos.

A partir de enero de 1986, cuando cayó el precio del petróleo, la posición de Silva Herzog respecto a la deuda externa se volvió contradictoria y ambivalente. En ocasiones me hablaba de la necesidad de que llegáramos a la moratoria y en otros momentos me decía que la única solución era el ajuste interno, que él siempre entendía como la disminución del gasto público. Ya nunca quiso considerar alternativas de naturaleza fiscal, hasta que recientemente se le demostró que la carga fiscal global se había deteriorado en tres puntos del PIB, lo que es muy grave.

Con motivo del mensaje del 21 de febrero, para cuya preparación se trabajó en equipo, en el que él participó, tuve nuevas reacciones de su inconformidad. Al día siguiente del mensaje, me reuní con él y con Miguel Mancera, en vísperas de un viaje que ambos iban a hacer a Washington.

En esa ocasión, Silva Herzog me manifestó, en un tono molesto, su desacuerdo con mi mensaje. Dijo que yo había echado todo el peso por el lado del ajuste de los acreedores y que no había insistido suficientemente en la necesidad de un ajuste interno; esto es, que él sentía que toda la carga se la echaba a él. Se sentía presionado, agobiado por esa carga. Mancera, que es un hombre ecuánime, dijo que no compartía su punto de vista.

Por otro lado, los informes que Silva Herzog me daba después de sus viajes a Washington distaban de ser claros. Yo lo sentía intimidado, urgido de que se realizara la negociación con el FMI. Ello lo llevaba a no medir las implicaciones de una firma precipitada. En un momento dado, me pidió plenos poderes en la negociación con el Fondo y con Estados Unidos, pero ello hubiera implicado convertirlo en jefe de la política económica y esto, desde luego, era inaceptable para mí.

Yo pienso que el Presidente debe tomar decisiones en todas las cuestiones fundamentales, pues de otra manera estaría evadiendo su responsabilidad. A sus secretarios de Estado les corresponde ampliar sus puntos de vista y su información para el proceso de toma de decisiones, y luego instrumentar las decisiones. Además, en aquellas determinaciones que afectan todas las áreas del gobierno, como las relativas a la deuda externa, es necesario comentar y discutir conjuntamente las diversas opiniones en el seno del gabinete económico.

Creo que en un país del tamaño y la complejidad del nuestro, ya no es posible que el Presidente de la República sostenga exclusivamente acuerdos bilaterales, porque como muchos asuntos están tan interrelacionados, el Presidente tendría que ser una especie de computadora que almacenara toda la información, para pasarla a los diferentes secretarios y, al escuchar sus diversos argumentos, determinar la influencia de las decisiones de unos sobre otros. Esto ya no es posible. Por ello se hacen necesarios los acuerdos multilaterales, en los que en una reunión se expresan los diferentes puntos de vista y se llega a acuerdos de grupo.

Uno de los errores de Silva Herzog era que en las reuniones de gabinete económico se quedaba callado. Prácticamente no participaba, haciendo sentir su malestar por tener que asistir y su desdén por personas a quienes él consideraba sus inferiores y ante quienes no tenía por qué informar sobre el proceso de renegociación de la deuda externa. La verdad es que a mí tampoco me tenía bien informado.

La gota que derramó el vaso y me llevó a la decisión de relevar a Silva Herzog se dio la semana anterior a su salida, cuando se realizaron dos juntas de gabinete económico, el 8 y el 10 de junio, con objeto de tocar diversos temas de política financiera, tasas de interés y negociación de la deuda. Yo les había pedido a los miembros del gabinete, particularmente a los titulares de la Secretaría de Hacienda, de Programación y Presupuesto y del Banco de México, que realizaran entre ellos una serie de reuniones preparatorias para reunir toda la información necesaria para la toma de decisiones. Supe que Silva Herzog sólo asistió a la primera reunión y que después envió a sus colaboradores.

Además, en esa única junta a la que asistió, se mostró por demás altanero con sus colegas; señaló que él no estaba de acuerdo con lo que yo estaba pidiendo e, incluso, llegó a declarar que de hacerse cualquier revisión a las tasas de interés, él no estaría dispuesto a ejecutarla.

El día anterior a su salida, el lunes 16 de junio, tuvo lugar la junta de gabinete económico para la que había solicitado la información. Cuando le pedí a Silva Herzog que expusiera su parte, hizo un reporte sumamente escueto, lo que provocó comentarios muy duros de los demás participantes, quienes arguyeron que no se habían reunido los datos que yo había solicitado, porque no se habían realizado las juntas.

Mi conclusión fue que no me era posible tomar decisiones sin información, por lo que les pedía que realizaran un nuevo ensayo. Insistí en que trabajaran juntos Hacienda, Programación y Banco de México. Después supe que Silva Herzog había dicho que él ya no iría a ninguna junta porque las consideraba trabajo estéril.

La realidad es que desde la semana anterior yo ya había decidido remover a Silva Herzog y sustituirlo con Gustavo Petricioli, pero había obtenido información de que Petricioli se encontraba en Nueva York, para asistir a la graduación universitaria de un hijo suyo. Sabía que Petricioli regresaría a México en la noche del lunes 16, por lo que ya lo había citado para el martes 17 a las 10 de la mañana.

Me había inclinado por Petricioli porque tiene los antecedentes profesionales para el trabajo. En términos curriculares, era evidente que difícilmente podría encontrar una persona más calificada para el cargo, ya que Petricioli tiene más de 35 años de trabajar en el sector financiero y ha ocupado casi todos los cargos, con excepción del de secretario de Estado. En ese momento fungía como director de Nacional Financiera.

Por otra parte, en diversas ocasiones había hablado con él y me había manifestado su preocupación por la política hacendaria, de ingresos, de crédito y de tasas de interés. Además, sabía que Petricioli podría controlarme la algarabía e incertidumbre que pudiera generar la salida de Silva Herzog, como de hecho ocurrió.

El martes 17 de junio, a las 10 de la mañana, recibí a Gustavo Petricioli y le comuniqué mi decisión. A eso de las 10:30 le pedí a Emilio Gamboa que mandara llamar a Silva Herzog, quien llegó a las 11 de la mañana. Lo curioso es que a las 10:20, esto es, algunos minutos antes de que yo le solicitara a Gamboa que mandara llamar a Silva Herzog, éste habló por su propia iniciativa y le dijo a Gamboa que le era urgente hablar conmigo, que se trataba de algo personal e importante. El hecho es que cuando llegó a las 11 de la mañana ya traía su renuncia en la mano.

Ello demuestra que entre el lunes en la tarde y el martes en la mañana, él reconoció que el deterioro de nuestra relación era intolerable y que su separación de mi gobierno era la única solución.

De manera que Silva Herzog renunció y Silva Herzog fue removido. Las dos cosas son ciertas porque coincidieron en el tiempo.

El episodio me resultó doloroso, porque Silva Herzog fue mi amigo por muchos años; hicimos una vida juntos como funcionarios públicos. Pero en estos momentos yo no puedo tener consideraciones de naturaleza personal, porque creo que él no las tuvo cuando actuó; porque no estamos hablando de dos amigos, sino del Presidente de la República y del secretario de Hacienda. Mi obligación es actuar como jefe de Estado, independientemente de mis sentimientos personales. Además, la actitud de Silva Herzog logró irritarme profundamente.

Finalmente el resultado fue confuso, pues hubo muchos editoriales, sobre todo en el terreno económico, positivos para Silva Herzog. Esto se debe —como nos lo explicó Televisa cuando le preguntamos por qué, si nosotros le habíamos solicitado que el cambio de mando en la Secretaría de Hacienda se hiciera destacando la personalidad de Petricioli, Jacobo Zabludovsky dedicó 20 minutos de su noticiario a leer el currículum de Silva Herzog y dos minutos al de Petricioli— a que le debían muchos favores a Silva Herzog. Esto es verdad: Silva Herzog hizo muchos favores como secretario de Hacienda a los medios de comunicación, por lo que no es sorprendente que lo hayan despedido pagando el adeudo.

Cuando reflexiono sobre este asunto, pienso que perdí un tiempo del que no disponíamos al aguantar durante varios meses el malestar de ser informado de manera demasiado parca de lo que estaba ocurriendo en las negociaciones externas, y al tardarme tanto en darme cuenta de que Silva Herzog no lograba hacer ver a nuestros acreedores los enormes esfuerzos realizados por el gobierno y el pueblo de México por ajustar su economía.

Los hechos demuestran el bajo control que tiene el Presidente de la República sobre las negociaciones que realizan sus colaboradores en el exterior. Parecería fácil enviar a otro funcionario, fuera del control del negociador, con el solo fin de que trajera informes al Presidente. Sin embargo, yo creo que en toda negociación, sobre todo si es difícil, el negociador tiene que estar en una posición muy firme, pues si aquéllos con quien tiene que enfrentarse perciben que éste es objeto de desconfianza, se debilita su posición y, por tanto, su capacidad negociadora. Ésta es la razón por la que no hice vigilar a Silva Herzog. Éste es el costo de la confianza, pero sin confianza no hay gobierno, sólo habría paranoia.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.