Deuda externa: fase crítica

"MES: JUNIO"

El 2 de junio, en Hermosillo, cuando dije: "No hay pagadores muertos ni clientes quebrados", dejé entrever a nuestros acreedores internacionales que se están agotando las posibilidades de que México siga sirviendo su deuda externa.

Ésa es la realidad: estamos al borde de caer en una situación de incapacidad de pago. Nuestra posición es realmente crítica, porque a estas alturas, y como consecuencia de la falta de una comunicación adecuada dentro del gabinete económico, todavía subsisten diferencias e imprecisiones respecto a nuestra verdadera capacidad de pago.

Vivimos el peor de los mundos, pues en nuestra indefinición, nos limitamos a sufrir la ofensiva. Tenemos meses en que los norteamericanos pretenden darnos lecciones de cómo realizar los cambios estructurales que nosotros mismos hemos propuesto. Hay ocasiones en que llegaron a pedirnos cosas tan absurdas como que les vendiéramos parte de Pemex.

Entramos, pues, en una situación verdaderamente angustiosa. Hay que elaborar con sentido de urgencia los trabajos técnicos necesarios para precisar nuestra capacidad de pago. Tan sólo en junio hubo cuatro reuniones del gabinete económico y otras tantas de la Comisión Gasto-Financiamiento. Para ello, trabajamos incluso sábados y domingos.

Desde el 21 de febrero expresé públicamente que sólo si la economía mexicana crecía, podría el país pagar su deuda. Ello significaba que había que negociar en un solo paquete las condiciones del pago de la deuda y nuestros requerimientos de financiamiento fresco.

Para determinar el monto de ese financiamiento, la SPP había hecho un ejercicio para estimar el flujo neto de recursos que necesitábamos recibir del exterior para mantener el programa de crecimiento que nos habíamos propuesto. Este ejercicio se hizo con diferentes escenarios en cuanto al posible precio del petróleo. Cuando finalmente éste se desplomó, cuantificamos en términos anuales una pérdida de divisas de aproximadamente 6 000 millones de dólares. Por tanto, ésa era la cantidad de recursos que según la SPP necesitábamos.

La Secretaría de Hacienda y el Banco de México también hicieron un ejercicio en este sentido. Sin embargo, señalaban que no requeriríamos tanto financiamiento fresco. Suponían que se abaratarían las importaciones y que aumentarían nuestras exportaciones; ellos afirmaban que necesitábamos alrededor de 2 000 millones de dólares.

Naturalmente, me quedé sorprendido con esta diferencia y pedí otras opiniones. La SPP, al analizar el estudio de Hacienda, me hizo ver que ese cálculo suponía un crecimiento económico de cero. Ello me molestó, pues al regresar de sus viajes, Jesús Silva Herzog y Miguel Mancera me decían que no se necesitaba tanto dinero, pero no me hacían explícito que ello conduciría al estancamiento.

En junio realizamos un nuevo ejercicio en el que calculamos lo requerido para que México creciera 3% en 1987 y 4% en 1988. A partir de entonces se habló de la necesidad de 6 000 millones de dólares en 1986 y de aproximadamente 9 000 millones de dólares para 1987 y otro tanto para 1988. Claro, se entiende que estos cálculos necesariamente tendrán que ser ajustados de acuerdo con las variaciones en el precio del petróleo.

Otro factor para determinar la capacidad de pago reside en la posibilidad de hacer recortes en los gastos gubernamentales. Llegamos a una conclusión tentativa: lograr un paquete de recortes del orden de medio billón de pesos. Éstos se pretendían realizar fundamentalmente en los siguientes renglones:

1] En Pemex, del orden de 300 000 millones de pesos. Sin embargo, a mí me pareció poco viable, pues la empresa ya no tiene dinero para invertir e incluso está perdiendo capacidad tributaria. 2] En la Conasupo, bajando subsidios. Ahí dimos algunos pasos. 3] En el Banrural se pretendía recortar 150 000 millones de pesos. Este punto se discutió mucho. Después de escuchar todas las posiciones al respecto, decidí que no se realizara ese recorte, porque implicaba recortar también la cantidad de hectáreas por habilitar. 4] En Comunicaciones y Transportes, ámbito en el que tampoco era claro que se pudieran realizar dichos recortes.

El proceso de estudio sobre dónde y qué tanto se podía recortar, y cuánto dinero fresco necesitábamos, trajo fricciones y desacuerdo entre mis colaboradores. Jesús Silva Herzog estaba obsesionado con la necesidad de disminuir el gasto, aun cuando en sus declaraciones fuera de México señalara que el principal acreedor era el pueblo mexicano. Ahí empezó la gran discusión entre Hacienda y Programación y Presupuesto, que no se resolvió.

En cuanto al proceso mismo de negociación de la deuda, se plantearon varias opciones. La primera fue ligar los pagos de intereses a los ingresos de divisas por exportación, fundamentalmente del petróleo. La segunda fue la posibilidad de reducir la tasa de interés sobre la deuda contraída. También apuntamos la posibilidad de encontrar mecanismos para pagar en pesos o de sólo pagar el valor de mercado de la deuda externa. Encontramos una gran resistencia a todas estas propuestas. Naturalmente, en forma paralela se consideró la reestructuración de plazos y pagos.

La posición de los acreedores era la de ofrecernos más financiamiento, pero sin hacernos concesión alguna. De hecho, nos dieron a conocer su disposición de facilitarnos apoyos crediticios hasta por 6 500 millones de dólares, si México lograba suscribir un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

El punto que nos impedía llegar a ese acuerdo era nuestra discrepancia sobre la magnitud de las medidas de ajuste necesarias para reducir el déficit público. Sin embargo, en el curso de las negociaciones, el FMI fue cambiando su énfasis. Dejó de presionar a favor de la reducción del gasto, para insistir en la necesidad de tomar medidas tributarias más fuertes.

En el mes de junio delimité con mayor claridad nuestros requerimientos de crecimiento. Hice especificaciones precisas al respecto, aclarando que si éstas no se cumplían, estaríamos incapacitados para pagar. Los norteamericanos aceptaban que necesitábamos crecer, pero se cuestionaban que pudiéramos lograrlo. Sin embargo, para ese momento ya había yo decidido que si los norteamericanos no recorrían la mitad del camino, hasta encontrarnos, no tendríamos más remedio que declarar una moratoria obligada.

Nunca vi con ligereza la moratoria ni la consideré una opción deseable. Sé que la opinión publica rechaza la idea de tomar más dinero prestado, pero no por ello dejo de ver que la moratoria traería represalias del exterior. Nunca creí, como nos lo afirmó Argentina y lo insinuó Brasil, que realmente se pudiera formar una cadena latinoamericana de moratorias. Nadie quiere ser el primero; nosotros tam- poco, pues quién nos asegura que los otros países realmente nos seguirían.

Lo que en realidad ocurre es que cada país está negociando con el Fondo sus respectivos paquetes financieros, atentos a las concesiones que dicho organismo pudiera hacer a otros países. Es indiscutible que la negociación mexicana, dada su magnitud, crearía un precedente; por ello el FMI estaba tan reacio a hacer concesiones.

En realidad era una situación paradójica, porque el Fondo y el Banco Mundial habían venido insistiendo en que no querían una negociación global, sino caso por caso, y cuando nosotros les presentamos el nuestro, y les pedimos que consideraran las circunstancias tan particulares por las que atravesamos, nos dijeron que no podían hacerlo, porque el concedernos ciertos puntos crearía precedentes.

La inflexibilidad del FMI nos colocó al borde de la suspensión de pagos. Nunca hablamos públicamente de moratoria, pero sí anticipamos nuestra posición en pláticas privadas. Al entrar a la fase crítica, y puesto que albergaba dudas sobre la convicción con que Silva Herzog defendía nuestro programa económico en el extranjero, sentí la necesidad de definir mi posición frente a la opinión pública externa e interna. Fue por ello que en Hermosillo dejé entrever la posibilidad de caer en una moratoria involuntaria.

Ello inevitablemente dio lugar a un ambiente de especulación cambiaria. Ésta se disparó los días 5 y 6 de junio, seguramente como consecuencia de mis declaraciones, que hacían evidente que no se estaba llegando a un arreglo con los acreedores.

A diario aparecían noticias que no podían sino alarmar a la opinión pública. El 9 de junio se filtró a la prensa la noticia de que existía la posibilidad de que México cayera involuntariamente en la suspensión de pagos y de que Paul Volcker estaba en México. No sé si esa filtración salió de los funcionarios norteamericanos, quienes usualmente utilizan este método para informar a la opinión pública, o si fue producto de la Secretaría de Hacienda.

La situación era tan crítica, que empezaron a aparecer noticias positivas para nosotros, pues dejaban ver la inquietud sentida en diversas partes del mundo ante el posible quebranto financiero de México. Se dijo que Japón anunciaba la posibilidad de otorgar créditos puente a México, aun antes de que éste firmara con el FMI.

France Press informó que la Casa Blanca actuaría entre bastidores para facilitar el acuerdo entre México y el Fondo Monetario Internacional. Incluso aparecieron en la prensa norteamericana, por primera vez, editoriales que pedían comprensión hacia los esfuerzos realizados por México. De cualquier forma, estas noticias angustiaban a la opinión pública interna, pues hacían evidente la grave- dad de nuestra situación.

El desgaste que todo este proceso significó afectó mi imagen interna. Por ello, decidí que el 10 de junio se transmitiera por televisión una entrevista especial que concedí a dos conocidos reporteros. La entrevista fue positiva y sirvió, de manera lateral, para calmar la especulación. No obstante, el ambiente estaba muy cargado. El estancamiento en las negociaciones desdibujaba mi personalidad y propiciaba todo tipo de presiones externas e internas.

El miércoles 11, Ronald Reagan condicionó la ayuda financiera a México a la realización de reformas económicas. Ese mismo día, Paul Volcker aseveró que la solución de los problemas de México residía en una combinación de ajustes internos —como la reducción del tamaño del Estado, la reprivatización de activos públicos y mayores concesiones a la inversión extranjera— y la ayuda crediticia internacional.

A fin de poder cambiar los términos de la negociación, removí de su cargo, el 17 de junio, a Jesús Silva Herzog. Con ello pude asentar ante nuestros acreedores nuestro rechazo absoluto a la posibilidad de que México continuara en un estancamiento económico. Silva Herzog no hizo ver a las autoridades financieras internacionales los esfuerzos del ajuste interno y del cambio estructural, y no lo hizo porque él no estaba convencido de que estuvieran ocurriendo, es decir, porque él no tenía la convicción necesaria para esgrimir estos argumentos.

Con su remoción se acabó la ambigüedad y ambivalencia que caracterizaron su gestión y se abrió la posibilidad de un auténtico intercambio de información en el seno del gabinete económico. A partir de ese momento pudimos plan- tear en términos específicos y concretos lo que entendíamos por crecimiento, y con ello nuestra decisión de que México no podía pagar si no crecía.

A partir de ese momento los márgenes de negociación se abrieron. La combinación que dio el hecho de encontrarnos en la fase crítica y la decisión de relevar a quien no defendiera cabalmente la postura de que era necesario crecer para pagar modificó la actitud de nuestros acreedores, quienes sintieron la necesidad de demostrarnos su interés por llegar a un acuerdo, aceptando que para ello era necesaria la recuperación económica de México.

Al ver esto, la conclusión era evidente: la actitud de Silva Herzog hizo que perdiéramos mucho tiempo, tiempo precioso, en el avance de la negociación. La realidad es que a pesar de que desde el 21 de febrero di los lineamientos generales a seguir en este proceso, Silva Herzog llevó las negociaciones por el carril de los acreedores, al fundar la solicitud de créditos en la aceptación de un crecimiento económico de cero.

Entonces me di cuenta de que pudimos haber sido más claros y más duros en las negociaciones. Creo que incluso el FMI y las autoridades norteamericanas vieron como positivo el que hubiera mayor precisión y determinación de nuestra parte.

Fue, pues, en la última semana de junio, cuando vi una auténtica posibilidad de que alcanzáramos un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.