Empresarios: agresividad injustificada

"MES: MAYO"

El 26 de mayo fui a Acapulco a inaugurar una asamblea general ordinaria de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio. Durante la reunión, el secretario de Comercio y Fomento Industrial, Héctor Hernández, fue abucheado cuando habló de la importancia y de la permanencia de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares. La falta de respeto que ello implicó me obligó a doblegar la insolencia de los comerciantes, quienes tuvieron que pedirnos una disculpa pública tanto a Héctor Hernández como a mí.

El episodio comenzó un día antes de la reunión, el 25 de mayo, cuando el presidente entrante de la Concanaco, Jorge Chapa Salazar, pronunció un discurso en el que pidió la desaparición de la Impulsora del Pequeño Comercio, de la Conasupo y de otras entidades públicas destinadas a la distribución de alimentos. Ello no resultó sorprendente, porque la Concanaco es una de las organizaciones empresariales más conservadoras en términos ideológicos. Podría ser calificada como la prima más cercana de la Coparmex. Sin embargo, la reiteración de posturas rebatidas una y mil veces siempre resulta irritante, sobre todo cuando atacan los fundamentos mismos de nuestro pacto social.

En ese contexto tan poco atractivo, cumplí mi compromiso de asistir a la inauguración de su asamblea.

La ceremonia en cuestión se inició con la proyección de un audiovisual que tenía por objeto caldear los ánimos, ya que en él se hablaba del exceso de burocracia, de la iniquidad implícita en la distribución pública de alimentos y otros temas afines. Al concluir la proyección hizo uso de la palabra, de manera breve, el presidente de la Concanaco de Acapulco.

El siguiente orador fue el presidente saliente de la Confederación, Nicolás Madahuar. Su discurso, con una curiosa mezcla de elementos de catolicismo y capitalismo liberal, fue bastante agresivo. Criticó la baja productividad de las empresas paraestatales, y pidió que, salvo las estratégicas, todas sean privatizadas. Criticó los mecanismos oficiales para regular el abasto y, en general, todo el sistema oficial de comercialización.

Mientras hablaba, y era frecuentemente interrumpido por aplausos, le envié una nota a Héctor Hernández pidiéndole que en su discurso reafirmara la importancia de la Conasupo y, por lo tanto, de su permanencia.

Cuando Hernández tomó la palabra y entró en el tema, fue abucheado en tres ocasiones por un grupo que se encontraba en la parte superior del teatro. Hernández siguió su discurso, dijo lo que tenía que decir y al final censuró a quienes preferían abuchear que sentarse en la mesa de las negociaciones. Al terminar, sólo 60% del auditorio le aplaudió.

Al tiempo que esto ocurría, tomé la determinación de hacer sentir a esta gente que no es posible actuar de esa forma sin pagar un costo por ello. Por tanto, orquesté una pequeña maniobra para darles un calambre. Lo primero consistió en no mandarles un representante oficial a la clausura de su reunión, para que empezaran a sentir el frío.

El segundo paso lo di a los dos días, el 28 de mayo, fecha en que estaba programada mi asistencia a la comida de clausura de la asamblea anual de la Cámara Nacional de Comercio, que es una cámara comercial más moderada, menos dogmática. Pues bien, esa mañana le pedí a mi secretario particular, Emilio Gamboa, que le hablara por teléfono a José González Bayló, que es el presidente de la Canaco, y le dijera que estaba yo dudando, después de lo ocurrido en Acapulco, si debía o no asistir a la comida de clausura de su organismo. Le dijo que para tomar mi decisión necesitaba considerar varios factores, uno de los cuales era el discurso que se pronunciaría en dicha ocasión.

González Bayló ofreció enviarlo de inmediato, aclarando de manera enfática que los líderes de la Canaco eran muy diferentes de los de la Concanaco. En fin, prácticamente se dio por ofendido con la comparación.

Leí el discurso y encontré que era adecuado y, sin embargo, le pedí a Gamboa que hablara de nuevo con González Bayló y le dijera que yo condicionaba mi asistencia al acto a que añadiera a su discurso un párrafo en el que manifestara su claro rechazo a lo ocurrido en Acapulco. González Bayló aceptó enseguida.

Satisfechas mis condiciones asistí al acto, y González Bayló se manejó bien. Afirmó que la crítica “amarga y agria denigra y deprime a todos, y sólo sirve a los extremos delirantes”, y luego de lamentar el “incidente que provocó un grupo minoritario”, añadió que “la falta de respeto no es el camino del diálogo”. Terminó por demandar unidad para combatir las dificultades y “no crear asperezas que siempre son estériles”.

Como me gustó el tono de González Bayló, decidí dirigirles unas palabras. Hablé del tipo de empresario que se requería. Dije que las sociedades no salen de las crisis con conflictos, con luchas ni con enconos, sino anteponiendo a sus intereses particulares o de grupo los intereses supremos de la nación. Aclaré que las crisis no deben ser oportunidades para los que pretenden aprovecharlas para ahondar conflictos y diferencias entre los mexicanos.

Mis palabras, pero sobre todo el que les haya enfrentado a la Canaco debieron haber afectado fuertemente a los líderes de la Concanaco. No obstante, decidí seguir adelante, pues también quería que sintieran que hay posiciones diferentes de las suyas. Le hablé a Adolfo Lugo Verduzco, presidente del PRI, y le dije que quería que el partido se moviera. Pronto surgieron declaraciones de la Confederación Nacional Campesina y de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, de senadores, diputados, en fin de todas las fuerzas que el partido puede movilizar rápidamente.

Por su parte, Adolfo Lugo ya se había manifestado desde el día 27 de mayo, es decir, al día siguiente del famoso episodio. A guisa de ejemplo, cabe recordar sus declaraciones. Afirmó que algunos representantes de la cúpula patronal se adjudican facultades que no les corresponden y, en una actitud de franca irresponsabilidad ante el destino del país, con desplantes arrogantes, pretenden enmendar la plana al Estado mexicano, sin ofrecer nada a cambio.

Agregó que algunos miembros del sector empresarial, como Nicolás Madahuar, revelan que prefieren mantenerse pontificando insolentemente mientras buscan ampliar sus beneficios personales y de grupo. No se suman al pueblo en sus tareas urgentes de reconstrucción nacional. “Los priistas —dijo Lugo— no aceptamos que las organizaciones de comerciantes, industriales y prestadores de servicios sean usadas con propósitos ajenos a los de la defensa gremial que ha establecido nuestro Estado de derecho”.

Todo esto, más los editoriales que salieron en la prensa y que prácticamente en todos los casos les fueron muy adversos, aterró y doblegó a los miembros de la Concanaco. Con gran nerviosismo se comunicaron a mi oficina, solicitando una entrevista, pues los 10 ex presidentes vivos de la Confederación deseaban pedirme una disculpa por lo ocurrido en Acapulco.

Le dije a Gamboa que les comunicara que estaba dispuesto a recibirlos, en compañía de Héctor Hernández, siempre y cuando con anticipación le hubieran pedido una disculpa a este funcionario. Los obligué a tragarse su orgullo y su insolencia y el miércoles 4 de junio los recibí en Los Pinos. Llegaron con la cola entre las patas, totalmente agachados.

Reconozco que me causó placer obligarlos a venir de manera humilde a pedir mi perdón. Desde luego ello ha provocado que en privado manifiesten estar furiosos conmigo y que señalen que el problema está en que el gobierno es socialista. De cualquier forma, les enseñé su debilidad relativa y el costo de sus expresiones públicas.

En una óptica política más amplia, esta polémica no le hizo ningún daño al gobierno. Las acusaciones de la Concanaco de que somos un gobierno de malvados socialistas contrastan con las que nos hacen otros sectores de la sociedad, en el sentido de que somos un gobierno de extrema derecha. Ello nos ubica, y esto es una buena cosa, en el centro del espectro político.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.