Deuda externa: estancamiento en la renegociación y peligro de moratoria

"MES: MAYO"

El proceso de negociación de la deuda externa no ha evolucionado favorablemente. Jesús Silva Herzog ha visitado Washington dos o tres veces después del discurso del 21 de febrero y, sin embargo, no ha logrado sacar nada en claro. La actitud de los norteamericanos sobre este problema es muy cerrada y fría. No se han mostrado comprensivos. Su táctica parece ser la de defenderse ante nuestras proposiciones.

Hemos pedido reducciones de las tasas de interés, y ellos nos contestan que éstas están bajando, pero de manera natural. Insistimos en que se dé una mayor apertura comercial, y nos responden que eso es difícil, porque requiere un juego interno en el Congreso.

La realidad es que necesitamos que nos presten 6 000 millones de dólares para manejar nuestra economía y lograr un servicio razonable de la deuda, que en este año es de aproximadamente 10 000 millones de dólares.

Para realizar las renegociaciones que les pedimos o para concedernos los préstamos que necesitamos, los norteamericanos nos exigen un ajuste interno más fuerte en las finanzas públicas, una mayor liberalización comercial, una apertura a la inversión extranjera y que disminuyamos la intervención del Estado en la economía. Alegan que mientras siga la fuga de capitales mexicanos no hay posibilidad de recuperación, y que la única forma de parar esa fuga es tomando las medidas que nos piden.

De manera que nos han volteado las cosas, pues ahora son ellos quienes nos exigen los cambios estructurales que yo he propuesto. El problema está en que ellos pretenden marcarnos la pauta y el ritmo con que debemos realizarlos. Quieren que aceleremos nuestro proceso de cambio.

Como ya comenté, le he pedido a Silva Herzog que les diga a los negociadores norteamericanos que los cambios estructurales implican arriesgar el pellejo, y que como el pellejo es mío, yo marcaré la pauta con que se pueden desarrollar.

La cosa no para ahí. Los gringos han tenido la osadía de sugerirnos que consideremos vender participaciones de Pemex o que modifiquemos el sistema de propiedad en México. Sobra decir que nuestra negativa ha sido siempre rotunda. Ello explica mis constantes y reiteradas declaraciones sobre la no negociabilidad de la soberanía, mismas que parecen no oír o entender.

Esto pinta el ambiente de estancamiento en el que se encuentra el proceso de la renegociación de la deuda externa. Y mientras subsista este ambiente en las instancias del gobierno norteamericano, es imposible pensar que los demás países industrializados van a cambiar. No deja de ser sorprendente cómo, de manera milagrosa, las opiniones del secretario del Tesoro, James Baker, y del presidente de la Junta de la Reserva Federal, Paul Volker, se cuelan a la prensa con exactamente los mismos argumentos y prácticamente las mismas frases con que nos las dicen a nosotros.

Más frustrante todavía es que la opinión del gobierno norteamericano permea de manera directa en las instituciones financieras internacionales, los bancos privados norteamericanos y el resto de los gobiernos de los países industrializados. La opinión del gobierno norteamericano es el elemento determinante en el proceso de negociación. Así se lo hicieron ver los directivos de las instituciones financieras japonesas a Silva Herzog durante el viaje que éste realizó a Japón en la segunda quincena de abril. En dicha ocasión, quedó claro que los japoneses no tomarían ninguna medida en tanto el gobierno norteamericano no hubiera definido su posición.

El estancamiento en el proceso de renegociación de la deuda ha creado un clima político muy pastoso. La prensa extranjera se hace eco de las posiciones de los acreedores, criticando la situación mexicana y culpando al gobierno de corrupción e ineficiencia. Esto influye sobre la opinión pública mexicana, agresiva y molesta por las perspectivas económicas para 1986.

Al respecto, los pronósticos más optimistas señalan que en este año la inflación será del orden de 80% y que la economía decrecerá en 5.5%, como resultado de la disminución de la inversión pública. En estas circunstancias, no es sorprendente que el gobierno esté muy desprestigiado, no sólo ante la prensa y los partidos políticos, sino también ante todos los sectores sociales: obreros, campesinos y empresarios. En este momento nadie está a gusto. Yo tampoco lo estoy.

La prensa norteamericana también promueve nuestro desprestigio comparándonos desfavorablemente con Argentina y Brasil. Nos presionan señalando que los planes Austral y Cruzado son "medidas imaginativas" para resolver los problemas económicos internos de las naciones endeudadas. Sin embargo, cuando analizo lo que está pasando en esas naciones, no siento ninguna tentación de imitarlos, pues dudo que sus medidas imaginativas den resultados.

En Argentina el Plan Austral está alcanzando sus límites, y pronto tendrá Alfonsín problemas serios con el sindicalismo. Brasil, independientemente del Plan Cruzado, tiene condiciones objetivas que permiten suponer que logrará una mejora real: el descenso de los precios del petróleo los beneficia, pues son importadores netos de hidrocarburos; han bajado las tasas de interés, y tienen, de partida, una infraestructura orientada a la exportación.

El glamour de Argentina y Brasil hace parecer más desafortunada nuestra situación. Al tiempo que crece la demanda de acciones fuertes en torno a la deuda externa, se vuelve un lugar común decir que el problema en México consiste en que el Presidente de la República es tibio y no es capaz de tomar medidas drásticas. La izquierda pide el repudio total a la deuda externa, aunque también hay posiciones más moderadas. El gobierno busca una moratoria negociada, porque en el fondo ésa es la situación en la que estamos desde 1982. De entonces a la fecha ha habido, de hecho, varias suspensiones de pagos.

Actualmente estamos en parte en esa situación, pues a raíz del sismo se detuvo el pago de 950 millones de dólares de capital. No es una auténtica suspensión de pagos, pues sólo hemos dejado de pagar a la banca privada; hemos seguido pagando al Banco Mundial, al Eximbank, al BID y a otras agencias financieras internacionales.

Sin embargo, lo que yo quisiera que todos comprendieran es que aun si no existiera la deuda externa estaríamos en problemas. Son varios los fenómenos que se conjugan para hacer crítica nuestra situación. Lo primero es reconocer que no podemos absorber en un año el impacto de la baja de los precios del petróleo, ya que ésta significó el descenso de una tercera parte de nuestros ingresos por exportación y 12% de todos los ingresos públicos. Un golpe de esta magnitud sólo podrá resolverse gradualmente.

Lo segundo es que efectivamente estamos ahogados por la deuda, pero vale la pena resaltar, y éste es mi argumento, que aun si lográramos que nuestros acreedores nos prestaran suficiente dinero para realizar todos los pagos por concepto de servicio de la deuda y, por tanto, pudiéramos actuar como si ésta no existiera, no nos alcanzarían las divisas obtenidas por exportación para manejar nuestra economía.

Ello significa que nuestra economía tiene problemas estructurales que, con o sin deuda, tenemos que afrontar. Los recortes presupuestales y el aumento de los ingresos fiscales y de los precios y servicios del sector público, que tanto irritan a todos, no obedecen exclusivamente a la necesidad de obtener dinero para pagar la deuda externa, sino a la necesidad inaplazable de sanear las finanzas públicas para evitar que vayamos de crisis en crisis. Lo mismo podría decir de la necesidad de continuar con los procesos de descentralización, liberalización del comercio exterior, reconversión industrial y reducción del tamaño del Estado. La necesidad de realizar estas reformas estructurales obedece a la existencia de desequilibrios acumulados por décadas, por lo que no es posible revertirlos súbitamente. Ahora todos me piden que acelere el paso, pero tan pronto tomo alguna medida con ese fin, empieza la gritería.

Recientemente di un apretón al calendario de pago de los impuestos y realicé un primer ajuste arancelario, lo que provocó un escándalo en la prensa. De manera que tengo que ir midiendo la capacidad de la sociedad para el cambio y, con base en ello, ir determinando la dosis y la forma en que podemos proceder.

Todas estas consideraciones me llevan a reafirmar la orientación que he dado a la política económica. Lo que tengo que hacer es revisar su instrumentación y hacer algunos cambios de énfasis; por ejemplo, actuar con mayor dureza en el trato de la deuda externa: tenemos que hacer ver a los norteamericanos la lógica de nuestra postura.

Sin embargo, si la situación sigue atorada, y no encontramos la manera de obtener la prórroga o la negociación que necesitamos, tendremos que suspender más pagos, porque lo único que no puedo permitir es que nos quedemos sin reservas monetarias. Hasta la fecha, la astringencia con la que he manejado la economía ha hecho posible, en los primeros cuatro meses del año, acrecentar nuestras reservas monetarias internacionales. La pregunta es hasta cuándo va a ser sostenible esta política restrictiva, porque hay que reconocer que es imposible mantener por mucho tiempo el atraso en los pagos de las entidades públicas, la reducción artificial del déficit o la congelación total del crédito. Esto no puede continuar, pues seguramente se presentarán presiones internas que hagan insostenible esta situación.

En lo que va de este año, con grandes esfuerzos, he logrado contener la situación evitando el desordenamiento total de nuestra economía. Sin embargo, veo que mis esfuerzos no son apreciados fuera de México, y desde luego no lo son dentro.

Por ello, tal vez me resulte inevitable tomar medidas más agresivas en lo que se refiere al pago de la deuda, esto es, dejar que llegue la crisis. Y sí que será crisis, porque si suspendo más pagos es casi inevitable que ocurra una represalia por parte de los países acreedores, lo que afectaría nuestro comercio exterior, nuestra capacidad de importación y seguramente nos desquiciaría el mercado cambiario. Lo grave es que no veo que me estén dejando otra alternativa.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.