Sindicato petrolero: insolencia de La Quina

"MES: ABRIL"

El 29 de abril tuve la entrevista más incómoda e ingrata de cuantas he sostenido con el líder de los petroleros, Joaquín Hernández Galicia. El tono insolente y retador de "La Quina" ahondó el distanciamiento entre ese gremio y el gobierno. Él me expuso las críticas que ya había hecho explícitas a la prensa, y yo le respondí con dureza. Esto desató su soberbia.

El tono de la plática fue muy diferente del de las reuniones anteriores. En dichas ocasiones, él buscaba la conciliación mediante un acercamiento efectivo, que procuraba disparar partiendo de actitudes de supuesta humildad y autodenigración.

Así, por ejemplo, en febrero lo recibí en compañía de Mario Ramón Beteta, a solicitud de este último.

En esa ocasión, "La Quina" deseaba suavizar su relación conmigo, tirante por el desplante de los petroleros en la salutación de Año Nuevo. Comenzó el diálogo "explicándome" que las palabras de José Sosa, el dirigente sindical que había pronunciado el discurso durante la salutación, se debían exclusivamente a su inexperiencia política, ya que se trataba de un líder de buena voluntad.

Le respondí: "Mira Joaquín, no soy un hombre de piel delgada, pero soy el Presidente de la República y tengo que defender la imagen presidencial". "La Quina" me concedió la razón y señaló que había hecho yo muy bien en responderle con dureza a José Sosa. Añadió:

—Si yo ya no sirvo, si yo ya no te soy de utilidad, dímelo y me voy a mi rancho. Pero, pues a ver qué haces con la caterva de líderes corruptos que yo más o menos les controlo. Fulano de tal es un bandido, zutano es un asesino, y yo, pues ahí como puedo, se los voy controlando —concluyó, teniendo a Beteta a un lado—. Yo soy tu amigo, lo que pasa es que me intrigan tus gentes, no me hacen caso.

—Lo conveniente —respondí— es que platiquen entre ustedes a ver si se arreglan. Díganse abiertamente cuál es el origen de sus problemas; pero háganlo de buena fe. Si no se arreglan, vengan conmigo y yo les digo cómo pueden entenderse. Por otro lado, tú me dices que hay líderes corruptos; aclárame quiénes son, y nosotros los echamos fuera.

Éste era el tono usual de nuestras pláticas. En ellas, "La Quina" acostumbraba reiterarme su amistad y pedirme confianza, haciendo una larga relación de cómo todos los presidentes habían comenzado desconfiando de él, pero con el paso del tiempo se habían ido dando cuenta de que era un verdadero amigo del gobierno. Éste es un discurso que ya tiene muy hecho y que refleja la concepción grandiosa que tiene de sí mismo.

El argumento implícito de su discurso, que ciertamente ha esbozado en todos los gobiernos, es que si él cae, existe el riesgo de que la oposición se apodere del control del sindicato petrolero. Él ofrece, a cambio de concesiones, apoyo irrestricto al gobierno, asegurando que sus porras serán las más fuertes y sus acarreos los más numerosos.

Alejado de su tradicional afán seductor, el día 29 Hernández Galicia actuó en forma descomedida. Comenzó planteándome la atrofia que el exceso de personal de confianza le significa a Pemex. Mi respuesta consistió en señalarle que la contratación de personal de confianza está dentro de los límites de lo pactado en el contrato colectivo, ya que no excede el 10% de la planta de empleados. Añadí que así como él encontraba criticable la existencia de trabajadores de confianza, yo encontraba que en ocasiones el sindicato abusaba del personal de base. Le recordé que había 2 500 empleados de la empresa comisionados al sindicato. Este comentario debió irritarlo, pues él sabe bien que la obsecuencia y el boato de los que tanto se jactan los líderes sindicales están apoyados en sueldos que paga la empresa.

Hablando de los problemas de personal, me dijo que el sindicato quería combatir la corrupción eliminando a los líderes vendeplazas, pero no encontraba el apoyo necesario entre los agentes del Ministerio Público.

Le respondí:

—Joaquín, lo que vale la pena es que aclaremos dónde empezamos y dónde terminamos, porque yo tengo entendido que hay muchos líderes venales. Además, ese problema no se va a resolver si no revisamos el régimen de trabajo de los trabajadores transitorios.

Yo sabía que este punto tendría que afectarlo, pues la base de poder del sindicato estriba precisamente en la posibilidad de mantener un grupo importante de empleados como eternamente transitorios. De cualquier forma, me sorprendió su reacción. Me dijo:

—Eso afectaría el empleo…

—Sí —le contesté.

—Es una cosa muy seria —me respondió.

Desde luego que para ellos lo es, por lo que añadió:

—Mira, yo no quiero que me devuelvan plazas, lo que quiero es que no haya más personal de confianza.

El siguiente tema que me trató fue el relativo a la falta de mantenimiento de las plantas, insistiendo en que existe un descuido criminal. Su argumento consiste en señalar que los únicos capaces de mantener adecuadamente las plantas son los trabajadores petroleros, que las conocen a fondo. Por tanto, son ellos quienes deben suscribir los contratos de mantenimiento.

Yo le hice ver que los accidentes en Pemex habían disminuido, lo que me hacía pensar que el mantenimiento era adecuado, dentro de los límites presupuestales que tenemos. Pero le dije que si tenía duda en ese terreno, había que estudiar el problema de manera conjunta. Le sugerí que analizara con Beteta la situación de cada una de las plantas.

El tercer aspecto que abordamos fue el de los barcos de Pemex. Hernández Galicia se quejó de las bajas rentas que se estaban pagando por ellos. El transporte marítimo de Pemex es un negocio multimillonario en el que ellos tienen una fuerte participación por medio de la empresa Petroflota, así que seguramente también le molestó que yo enfatizara que lo que se estaba haciendo era tratar de racionalizar el gasto, porque no era posible desatender un área en la que se erogaban divisas de manera tan significativa.

Le dije que era inevitable que nosotros contratáramos las cargas con quienes nos dieran mejores precios, por lo que si ellos deseaban participar en el transporte marítimo, tendrían que concursar para ganar los fletamentos.

Lo más tenso de la entrevista tuvo lugar cuando aludí a los mítines que organiza el sindicato en las oficinas administrativas, al apoderamiento de ciertos locales y a los insultos a los funcionarios de Pemex. Le dije:

—Joaquín, no me generes violencias en Pemex, porque si insistes, me vas a obligar a tomar medidas legales.

—Qué, ¿me vas a mandar al Ejército? —contestó.

—No —respondí— voy a hacer uso de la ley.

—Pues si vas a mandar al Ejército —interpeló en tono de reto—, ya mándamelo.

—Voy a instrumentar la ley —le dije en tono seco y duro—. Al Ejército yo sabré cuándo moverlo.

Con esto Hernández Galicia se quedó callado. Yo creo que Hernández Galicia ya tiene síntomas de desequilibrio mental.

Incluso algunos de sus allegados se han acercado a gente del gobierno y le han hecho saber que están preocupados por su forma de actuar. Nosotros estamos estudiando esto con cuidado, para ver si realmente existen fisuras en el sindicato, pues de ser éste el caso, se abriría un espacio ideal para nuestra acción.

Lo cierto es que "La Quina" cree que se puede dar el lujo de enfrentarse al Presidente de la República. La cantidad de dinero que maneja, los cacicazgos regionales que controla, su capacidad de colocar gente en las aduanas, en servicios migratorios, en las presidencias municipales y en las diputaciones, así como la de comprar algunos funcionarios, ha desatado su megalomanía, lo ha desbordado.

La insolencia con que se comportó durante la entrevista referida me obliga a hacer un intento por ponerlo en su lugar. Estoy empezando a preparar un plan de acción. No es posible que México llegue a finales del siglo XX con estructuras sindicales tradicionales y corruptas. No es posible que el sindicato petrolero se sienta dueño del petróleo. No es posible que los petroleros reten y amenacen al Presidente de la República.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.