Mercado petrolero: redefinición de la política económica

"MES: FEBRERO"

El viernes 21 de febrero por la tarde di a la nación un mensaje televisado. Éste se transmitió en vivo desde Palacio Nacional, donde se congregó toda la clase dirigente.

En él, hice definiciones claras sobre la posición de México ante la caída de los precios del petróleo y la deuda externa. Enfaticé el concepto de corresponsabilidad entre acreedores y deudores, y señalé que México necesitaba crecer para poder pagar, de manera que el tratamiento de la deuda estaría condicionado por nuestra capacidad de pago. Reafirmé los principios políticos y económicos en los que se ha fundamentado mi gobierno. Esto fue significativo porque dejó ver que, aun en momentos de crisis, continuaríamos con la misma política que veníamos siguiendo. Esto es así, pues los problemas no han cambiado; sólo se han profundizado.

La incertidumbre que provocó la caída de los precios del petróleo hizo necesario que yo hablara a la nación de esa manera. Desde enero ya había una clara conciencia de que se desataría la guerra de los precios del petróleo y, en la medida en que esto se fue convirtiendo en realidad, se hizo imperativa la necesidad de que el Presidente de la República explicara a la nación cómo nos afectaba esta realidad y qué pensábamos hacer al respecto.

Por eso fui preparando con anticipación mi presentación. Lo primero que me pregunté fue cuáles eran las opciones que podía plantear ante la nación. Éstas no eran claras, puesto que en esas fechas se movió constantemente el precio del petróleo. Por ello diferí la fecha, esperando ver si el panorama se aclaraba, al tiempo que medía la reacción de la gente.

Fui armando mi discurso con apoyo de los integrantes del gabinete económico. Ellos me preparaban notas que yo matizaba y a las que les iba dando estilo. Para mí era importante que lo que se dijera ese día resultara de un consenso en el gabinete económico. No era posible tomar compromisos en esta área sin estar seguro de que contaba con el apoyo y la lealtad de mis colaboradores en ese terreno. Había que hablar con la verdad y con claridad, pues el objetivo central era tranquilizar a la población.

La expectativa que durante semanas se vino arrastrando de que se diera algún informe oficial se convirtió en neurastenia, cuando el jueves 20 en la tarde se empezó a invitar para el día siguiente. Nos esperamos hasta la tarde del día anterior para hacer las invitaciones, cuando ya hubieran cerrado el mercado cambiario y los bancos. No era posible posponerlo más.

Sin embargo, tan pronto como la noticia salió a la prensa, cundió la histeria colectiva. Se suscitaron todo tipo de rumores. Se dijo que yo iba a renunciar; a cambiar a todo el gabinete o a hacer ajustes importantes en su integración; a declarar la moratoria definitiva; a confiscar cajas de seguridad o cancelar cuentas de cheques; a ampliar el control del mercado de cambios; a nacionalizar la industria farmacéutica; en fin, cualquier cantidad de cosas.

Cuando se vio que en el mensaje no había nada de eso, la gente se tranquilizó enormemente, aunque sólo fuera porque vio que, a pesar de la crisis, nos manteníamos firmes en la política que habíamos diseñado. Se dieron cuenta de que no daríamos bandazos; al contrario, que mantendríamos la misma estrategia, aunque modificando algunos aspectos tácticos.

Para el público externo, el mensaje dio la plataforma conceptual sobre la que ubicamos nuestras posibles negociaciones con Estados Unidos. Era un momento en que ellos querían definiciones, y yo se las di: México necesita crecer para pagar su deuda, y las negociaciones sobre ésta tendrían que hacerse con base en la capacidad de pago del país.

Por otro lado, los tranquilicé al decir que no declararíamos la moratoria de manera unilateral, aunque les hice ver nuestras limitaciones. Para mí era importante dar la imagen de mayor agresividad hacia fuera. También quería que, independientemente de lo que lográramos, internamente se sintiera que la batalla se estaba dando.

Las reacciones externas, según me informaron Silva Herzog y Mancera, que salieron a Estados Unidos inmediatamente después de la reunión, fueron poco halagüeñas. Las autoridades norteamericanas consideraron que el mensaje era poco claro. Allá nos piden reformas estructurales, incluyendo algunas reformas legales. De hecho, nos pidieron locura y media, como por ejemplo cambiar las for- mas de la tenencia de la tierra en México, modificar la estructura sindical y abrirnos cabalmente a la inversión extranjera.

Yo no sé que pensar; me pregunto si puede ser así de grande la insensibilidad e ignorancia de los norteamericanos, que creen que pueden imponer su modelo de vida en todo el mundo o si sólo son unos hipócritas y andan pescando para ver qué encuentran.

Sea como fuere, le aclaré a Silva Herzog, antes de que saliera a este viaje, que si durante la negociación le sacaban a relucir que querían cambios estructurales más profundos o más rápidos, les hiciera ver que realizarlos equivalía a jugarse el pellejo y que, como el pellejo que está en juego es el mío, yo determinaría los ritmos y los riesgos que iba a tomar.

El nivel de las presiones norteamericanas para renegociar la deuda es excesivo e intolerable. Por ello, mis intervenciones públicas posteriores al 21 de febrero se han encaminado, con frecuencia, a darles respuesta. Quiero dejar en claro que resulta injusto que el esfuerzo interno y el sacrificio de la población de América Latina, que se han traducido en un menor crecimiento y en un deterioro de los niveles de bienestar, sean el único camino para superar la crisis; que ya no podemos solapar el riesgo de las crecientes tensiones sociales para mantener un proceso global de ajuste que ha sido particularmente alto e inequitativo para los países deudores.

Parto del hecho de que Latinoamérica rechaza las imposiciones extranjeras que pretenden modelar nuestro desarrollo, pues el reclamo de la dignidad en el trato internacional no es retórico ni un acto de arrogancia: es condición indispensable para nuestra subsistencia cotidiana.

Entendamos bien que no hay pagadores muertos, ni clientes quebrados…

Vamos a cumplir nuestras obligaciones financieras de acuerdo con la capacidad real de pago del país, sin ahogar el aparato productivo nacional.

Cuando los norteamericanos quieren presionarnos, otro de los argumentos que esgrimen con frecuencia es que no nos pueden prestar más dinero, dada la enorme fuga de capitales de nuestra economía. Mi respuesta consiste en preguntarles cómo podrían esperar otra cosa, si tienen sobrevaluado el dólar; cómo esperan que haya confianza de parte de los inversionistas mexicanos, si constantemente vivimos con la espada de Damocles de no saber si México será capaz de pagar su deuda externa y, por tanto, si saldrá adelante económicamente.

Pero además de esas realidades, añado, ustedes nos critican por la vía de la prensa, critican nuestro sistema político, exageran los problemas de narcotráfico y corrupción, prejuzgan nuestras elecciones, en fin, crean un ambiente precisamente contrario al que se necesita para que exista confianza en el país.

La pretensión de los norteamericanos de definir cómo deben ser otros países es una cosa que ha ido creciendo. Lo que sucedió en Filipinas, donde ellos se convirtieron en el juez calificador de las elecciones, es realmente apabullante. La forma en que en Haití sacaron del poder a Baby Doc anticipa, según me han dicho, lo que ocurrirá próximamente con Pinochet y Stroessner. Ellos se creen los defensores de la democracia en el mundo, cuando sus actuaciones corresponden al concepto de dominio efectivo.

La negociación mexicana se ha topado en Estados Unidos con posiciones muy duras. Ellos dicen que no nos conviene pedir cosas que nos cierren canales futuros de financiamiento, pero, por otro lado, no tienen esquemas propios con qué responder a nuestros planteamientos. Además, las personas con las que tenemos que negociar son muchas, aunque en realidad la actitud de todos depende de la del gobierno de Estados Unidos, que la filtra a sus bancos, a los organismos financieros internacionales y a los demás países.

Al negociar con diferentes organismos y grupos estamos expuestos a que cada uno exponga opiniones y juicios, lo que complica la negociación. Ésta ya ha tomado un cariz político, pues todo depende de hasta dónde quieran presionar los norteamericanos. Así que nuestras posibilidades económicas están directamente ligadas a aspectos políticos.

A los norteamericanos les conviene que México no se caiga en el precipicio, pero sí que esté lo más cerca posible del borde. Ello les permite presionar a nuestro gobierno en beneficio de sus intereses. Quieren que nuestro gobierno no sea tan bravero, que esté más dominado. Lo cierto es que la independencia manifiesta en nuestra política externa les duele.

No tenemos expectativas de lograr arreglos independientes con Japón o las naciones de Europa, ya que existe un juego combinado entre los Estados Unidos y ellos. Se ponen de acuerdo en el más alto nivel, porque en el fondo sus objetivos políticos fundamentales son similares. Pueden pelearse aparentemente, competir por mercados, pero coordinan sus estrategias a muy alto nivel, porque reconocen, particularmente Alemania e Inglaterra, que dependen de Estados Unidos para su seguridad frente a la Unión Soviética.

Desde nuestro punto de vista, reconocemos que no podemos dejar de pagar, por lo que resulta indispensable renegociar. La parte negociable de los 10 000 millones de dólares que pagamos anualmente es aproximadamente la mitad, pues 4 000 o 5 000 millones de dólares corresponden al servicio de créditos refaccionarios y créditos comerciales que no podemos dejar de pagar, porque nos suspenderían de inmediato las líneas operativas, lo que doblaría a nuestra economía. Para poder cubrir el servicio de nuestra deuda, necesitamos reestructurar plazos y obtener cierta reducción en su costo. Esperamos que estas concesiones o facilidades financieras nos signifiquen una disminución de 2 500 millones de dólares. Aparte de ello, requerimos 4 000 millones de préstamos adicionales. Esto es sólo para hacer soportable la caída en los precios del petróleo y estar en condiciones de servir nuestra deuda. De cualquier manera, habrá que ajustar nuestro presupuesto y resignarnos a que el déficit y la inflación aumentarán.

Para darle perspectiva a la circunstancia que enfrentamos, conviene recordar que en 1981 la crisis se desató cuando el precio del petróleo cayó aproximadamente 10%, lo cual significó una reducción de ingresos de alrededor de 2 000 millones de dólares.

El panorama es muy negro y no hay ninguna expectativa de que las cosas mejoren, porque el mercado petrolero sigue a la baja. Si no ha habido mayor especulación interna es porque no hay dinero para pedir dólares y porque el deslizamiento es muy rápido.

La crisis que estamos atravesando es la más grave del siglo XX. Antes, por ejemplo durante la Gran Depresión, la sociedad era menos dependiente. Ahora tenemos cinco veces más población, y nuestra interdependencia con el resto del mundo es infinitamente mayor.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.