Mercado petrolero: el desplome de los precios

"MES: FEBRERO"

LA CAÍDA DE LOS PRECIOS DEL PETRÓLEO HA SIDO ESTREPITOSA.En los primeros 45 días de este año hemos tenido que disminuir en 8 dólares el valor promedio de nuestro crudo, ubicándolo, al 14 de febrero, en 15.04 dólares por barril.

Nunca antes en la historia del mercado petrolero había ocurrido una baja tan brusca y de tal magnitud. Lo más grave es que no sabemos hasta dónde va a caer el precio internacional de nuestro principal producto de exportación. Hay expectativas de que baje hasta 10 dólares y, tal vez, hasta 8 dólares por barril.

El desplome petrolero puede tener implicaciones desastrosas para la economía y el bienestar del país, pues ha disminuido de manera muy importante nuestros ingresos por exportación y por impuestos, y ha demeritado nuestra capacidad de pago de la deuda externa. Constituye una crisis dentro de la crisis.

La tendencia a la baja en el precio del petróleo nos afectó durante todo el año pasado. En dicho lapso, el movimiento fue de 4 dólares, esto es, bajó de 27 a 23 dólares por barril. Ello nos obligó a hacer varios recortes presupuestales.

Cuando hicimos el presupuesto de 1986, partimos del supuesto de que iban a continuar los ajustes a la baja. Después de consultar con varios países, calculamos que el descenso sería, en el curso de todo el año, de entre 3 y 3.5 dólares por barril. Lo que no presupuestamos, porque es imposible hacerlo, es la debacle. No se puede presupuestar a partir de un supuesto de desastre, porque en ese caso no se hace nada.

Ahora la cuestión es qué se puede hacer ante una coyuntura como ésta, en la que hay que enfrentar los problemas objetivos, económicos e internacionales, así como los relativos al estado anímico de la opinión pública interna.

Lo primero es definir las medidas internas que se tomarán para compensar la disminución de los ingresos del sector público, esto es, hasta dónde se puede recortar el gasto público sin tener rupturas sociales. La situación es muy angustiosa, pues estamos a mediados de febrero y todavía no sé cómo vamos a enfrentar esta nueva crisis. Sé que es ineludible incluir recortes de presupuesto, manejo del tipo de cambio, política comercial, en fin, todo un panorama general de acción. El próximo lunes 17 de febrero tengo una reunión en la que me presentarán los elementos a partir de los cuales tendré que tomar las decisiones necesarias.

En el terreno externo, el problema del pago de la deuda lo compartimos con nuestros acreedores, quienes también están muy nerviosos. Baste pensar que el Bank of America pierde todo su capital si México deja de pagar. En realidad, lo que nosotros podemos hacer es presentar hipótesis de negociación, para así ir pensando con ellos las soluciones, porque la verdad es que son los acreedores quienes tienen que dar la respuesta. Ésta resultará de un ejercicio de aproximación que tendremos que lograr por partes.

A primera vista, parecería que sólo se abren tres posibilidades de negociación de nuestra deuda externa. La primera es que nos otorguen más crédito para pagar lo que debemos y poder mantener nuestros gastos en un margen tolerable, opción que nadie quiere, pues es claro que, en las condiciones actuales, seríamos incapaces de pagarles.

La segunda alternativa implica negociar un arreglo en el que se fraccione la deuda de acuerdo con su naturaleza y origen, y se busquen diferentes soluciones para los diferentes paquetes.

La tercera opción es la moratoria, la cual no considero realmente viable, pues no es el momento ni están dadas las condiciones para resistir una guerra económica contra los Estados Unidos y los países industrializados, sobre todo ahora que el mundo está inundado de nuestro principal producto de exportación.

La caída drástica en los precios del petróleo ha generado una gran inquietud, tanto interna como externa, acerca de la viabilidad económica del país. Internamente, muchos han solicitado la moratoria. Por otro lado, aunque todos están inquietos, no ha habido compras de dólares de pánico. En cualquier caso, no soltaría yo las reservas monetarias del país.

Habrá que ir calmando a la opinión pública. Estoy pensando en la conveniencia de hacer una presentación televisada en la que hable con la mayor claridad posible de lo que podemos y debemos hacer, dentro del marco de incertidumbre en el que nos encontramos.

Las perspectivas del mercado petrolero para este año son del todo pesimistas. Nos encontramos en la “guerra total de precios del petróleo”, en la que los países del Golfo Pérsico, sobre todo Arabia Saudita y Kuwait, han decidido enviar al mercado grandes cantidades de petróleo para hacer que se reduzca su precio, hasta volver inconveniente su producción para la Gran Bretaña y Noruega, que han boicoteado las decisiones de la OPEP.

Esta estrategia tiene por objeto obligar a todos los países productores de petróleo a disciplinarse y negociar niveles de producción, para así poder regular el valor del petróleo en el mercado. La pregunta es hasta dónde puede bajar el precio del petróleo. Los árabes han dicho que ellos estiman que el precio descenderá por abajo de los 10 dólares.

¿Qué apreciaciones tienen los árabes de cuánto petróleo hay que mandar al mercado y por cuánto tiempo, para lograr afectar gravemente a la mayoría de las empresas productoras, a fin de lograr la certeza de que ahora sí se disciplinarán? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que han declarado que a ellos les cuesta 80 centavos de dólar la producción del barril.

Ahora bien, saber cuánto tiempo puede aguantar Inglaterra, que es la mayor disidente, la nación más convencida de que el precio del petróleo debe ser regulado por el mercado, tampoco lo podemos saber. Las instalaciones para extraer petróleo en el Mar del Norte ya están hechas, de manera que nada más estamos hablando de costos de producción. Pero, ¿cuál es el límite antes de que sea conveniente cerrar un pozo? Esto es algo que cada país maneja a discreción. Lo que sabemos es que Inglaterra ha declarado que aguanta “la guerra” y, por tanto, se niega a negociar. Si tiene esta actitud de manera independiente o con apoyo de los Estados Unidos, es difícil saberlo.

Lo que sabemos es que no hay condiciones de negociación ni dentro ni fuera de la OPEP. Dentro de la OPEP hay países que no quieren que caigan los precios del petróleo, y Arabia Saudita que, cansada de la falta de respeto de ciertos grupos a las cuotas negociadas en la OPEP para regular el precio del petróleo, ha lanzado esta guerra de precios. Del otro lado están Inglaterra, que se declara partidaria de que el mercado regule el precio, y Noruega, que depende claramente de Gran Bretaña y Estados Unidos.

A este respecto, no deja de sorprenderme lo que me platicó el secretario de Energía, Francisco Labastida, sobre su viaje a Noruega el pasado 9 de febrero. Me comentó que al día siguiente de haberse entrevistado con el ministro de Energía de Noruega, Kaare Kristiansen, se había sabido por la prensa que el embajador de Estados Unidos en ese país había llamado a Kristiansen para que le informara sobre lo que había hablado con el representante de México. Así que ése es el tamaño de la dependencia de Noruega respecto a los Estados Unidos.

Lo significativo es que ahora resulta claro que no existe ninguna disciplina, ni perspectiva de disciplina, en el mercado petrolero. Ello significa que estamos en la guerra total. Pero yo no alcanzo a ver cuál es la estrategia política detrás de ella.

Desde el punto de vista de los norteamericanos, Arabia Saudita es la guardiana del Golfo Pérsico, la aliada de Estados Unidos en el mundo árabe. Pero al mismo tiempo, es cierto que los Estados Unidos temen que Arabia Saudita vuelva a ser la nación dictadora del petróleo, porque eso implica que aun los norteamericanos tendrían que depender de los árabes, situación que los horroriza después del bloqueo petrolero de principios de los años setenta. Entonces, ¿cómo se van a mover las relaciones entre Arabia Saudita y Estados Unidos con motivo de esta guerra de precios del petróleo? La verdad es que no tengo la respuesta.

La coyuntura tiene ventajas y desventajas para los norteamericanos. Los Estados Unidos quedan en una posición de mayor fuerza ante la URSS, dado que los soviéticos obtienen 60% de sus divisas duras de la exportación del petróleo. Por tanto, desde el punto de vista de la política militar de corto plazo, los Estados Unidos ganan, pero para el mediano y el largo plazos deben surgirles graves preocupaciones.

En un terreno más concreto, los Estados Unidos tienen que preocuparse por los problemas de sus compañías petroleras y de sus banqueros. También tienen que plantearse cómo afectará la brutal caída de los precios del petróleo a México, a Venezuela, a Nigeria, en fin, qué resultados traerá en el orden político internacional. Tienen que preguntarse cómo reaccionarán ante esto los países árabes, sobre todo aquellos que son considerados dentro de la OPEP como los halcones, esto es, los que no quieren que bajen los precios del petróleo, como Argelia, Libia o Irán.

Yo creo que no hay nada que no pueda ser considerado en este momento. ¿Cómo saben los Estados Unidos si estos países, enfurecidos con Arabia Saudita y Kuwait, no sean tan locos que puedan, en un momento dado, lanzar guerrilleros argelinos y libios a bombardear los pozos petroleros de Arabia Saudita?

Se dice que los Estados Unidos, para defender su producción interna de petróleo, van a poner un impuesto a la importación de hidrocarburos. Esto puede generarles un problema, pues si bien defiende la producción interna, se encontrarían en desventaja industrial frente a naciones como Japón o los países de Europa, si éstos no ponen un impuesto similar. Es decir, la medida defendería su producción interna de petróleo, pero mellaría la competitividad industrial, puesto que las naciones con las que compite tendrían energía más barata.

Por otro lado, se dice que van a exceptuar del impuesto para la importación del petróleo a México, Canadá y Venezuela. Ello se debe a que, por razones de estrategia político-militar, desde hace años los norteamericanos han ido cambiando sus fuentes de abastecimiento de energía al continente americano, es decir, han disminuido su compra a los árabes y han adquirido cada vez más de sus vecinos continentales.

Sin embargo, si el precio del petróleo baja mucho, ya no va a resultar conveniente invertir en la industria petrolera. En el caso de México, estoy pensando en la posibilidad de disminuir nuestras inversiones en este sector, dejando que bajen nuestras reservas, que actualmente son de 69 años, a sólo 50. Esto significaría un riesgo estratégico también para los Estados Unidos, que importan aproximadamente 40% de su consumo de petróleo. Así que también tiene implicaciones estratégicas para los norteamericanos si nosotros dejamos de producir para la exportación.

De cualquier forma, no cabe la menor duda de que la drástica caída de nuestra principal fuente de divisas daña mucho la relación entre México y los Estados Unidos. Nos debilita al extremo; nos ubica en una situación de espera y tolerancia ante las negociaciones que quieran plantearnos.

Ahora bien, ¿qué puede pasar con el petróleo en el mediano plazo? En el supuesto de que su precio se derrumbe, es posible suponer que va a haber una retracción en la inversión para nuevas exploraciones y perforaciones. Por tanto, a cierta altura de la década de los noventa, habrá otra vez escasez y se producirá de nuevo un shock que elevará los precios. Sin embargo, sabemos que la capacidad actual de producción petrolera es suficiente para mantener el abasto por los próximos cinco o seis años, en el caso de que el consumo se conserve igual.

Ahora bien, es lógico suponer que si el precio del petróleo es más barato, se interrumpirá el esfuerzo por sustituir fuentes de energía y se acelerará la curva del consumo de petróleo. Si el petróleo es más barato, es lógico suponer que se dejarán de hacer inversiones en la búsqueda de energía atómica o en estudios para fomentar el ahorro de energía industrial o doméstica, etcétera.

Pero, dado que en épocas de crisis los meses se sienten como años y los años como décadas, yo no puedo ocuparme del mediano plazo, sino de la situación de emergencia que enfrentamos. Con ello en mente, concerté una entrevista con el Presidente de Venezuela, Jaime Lusinchi, a fin de coordinar, hasta donde sea posible, nuestras acciones. El objetivo central era conocer sus puntos de vista e intercambiar información, a fin de evitar entre nosotros una competencia adicional que en nada nos beneficiaría.

Nuestra reunión tuvo lugar en Cancún el 30 y 31 de enero. Los acuerdos a que llegamos fueron más propositivos que concretos. En realidad, nos limitamos a exhortar a las naciones involucradas a considerar la gravedad de los efectos de esta guerra de precios. Igualmente, nos propusimos mantener un contacto más estrecho y proponer de manera conjunta, en la próxima reunión de Cartagena, la necesidad de replantear el problema de la deuda de los países afectados por el descenso del precio del petróleo.

Lo que más me impactó de esa reunión fue que quedé decepcionado del profesionalismo de los venezolanos. Yo creí que ellos eran muy conocedores de la materia petrolera, porque llevan en esto muchos más años que nosotros. Los encontré, sin embargo, muy flojos. Me pareció que tenían poca información, que había ingenuidad en sus planteamientos y que les faltaba agresividad. Me decepcioné, porque cuando les hacía preguntas, una cosa opinaba Lusinchi y otra su secretario de Energía, Hernández Grisanti.

Así que los venezolanos no son realmente una gran ayuda en la maniobra internacional; más bien fuimos nosotros quienes fijamos el camino y demostramos tener la iniciativa. Ello se debe, posiblemente, a que nosotros tenemos tres años seguidos de experiencia de crisis. Sea como fuere, me apena no tener en esto un compañero más agresivo.

Reflexionando sobre esta nueva crisis, vale la pena recordar que desde mediados del año pasado, el ministro de Petróleo de Arabia Saudita, Ahmed Zaki Yamani, dijo que podía ocurrir esta guerra de precios y nadie se lo creyó. Nosotros, que pensamos que el precio del petróleo podía bajar, nos dimos un colchón de tres dólares. Los norteamericanos nos dijeron, cuando hablamos con ellos, que el precio del petróleo bajaría dos o tres dólares. Los árabes están “blofeando” cuando hablan de una guerra de precios, concluyeron. Pero Yamani, autor del bloqueo petrolero, cumplió su amenaza.

Es interesante, y sin embargo preocupante, que aun Yamani está ahora desconcertado. Él mismo no sabía que bajaría tanto y tan rápidamente el precio del petróleo. Yamani le dijo a Labastida el 8 de febrero, en Riyadh, cuando lo visitó al inicio de la ronda que realizó para platicar con los representantes de los países productores, que le hablara al terminar su viaje, para comentarle cómo había sentido a los otros productores. En esa ocasión, le dijo consternado al despedirse: “Que Dios nos ayude”.

Así que los árabes, me informó Labastida, sienten que se les está saliendo de las manos la situación, pero están dispuestos a seguir su guerra hasta las últimas consecuencias.

La incapacidad de los países productores de petróleo de pagar su deuda externa en los términos pactados es la otra cara de esta crisis. En ella estamos inmersos tanto acreedores como deudores. Ambas partes estamos muy nerviosos. Nosotros, porque tenemos que enfrentar una drástica disminución en nuestros ingresos, lo que nos hace muy vulnerables en términos políticos, económicos y sociales. Nuestros acreedores, porque saben que si no llegamos a un arreglo negociado, sobre el que ellos aún no tienen una propuesta concreta, no les podremos pagar. Además, se preocupan intensamente porque no saben si vamos a ser capaces de aguantar la presión interna a favor de la moratoria.

Efectivamente, yo sé que si en la coyuntura actual suspendiera yo el servicio de la deuda, el pueblo me aplaudiría. Pero también sé que el beneplácito duraría escasos 15 días, al cabo de los cuales se volverían contra mí, al empezar a sentir los efectos de una medida tan drástica. La razón por la que no nos conviene la moratoria unilateral es porque podríamos ser objeto de represalias.

Si hacemos un repaso histórico, veremos que siempre que se desconoce una obligación internacional han ocurrido guerras o represalias. Ya no es tiempo de guerras, ya no es época en que se tomen las aduanas, en que se arranquen territorios o en que se den ataques frontales, pero sí es una época en que pueden darse las represalias. Éstas podrían ser, por imaginar sólo algunas, que los Estados Unidos decidieran dejar de comprarnos petróleo, sobre todo ahora que es tan abundante la oferta. Podrían hacerlo de tajo, aunque es más lógico que lo hicieran paulatinamente, e indujeran a otras naciones a hacer lo mismo.

También podrían los norteamericanos cerrarnos los créditos de todo tipo, lo que paralizaría nuestra economía, que es tan dependiente de insumos importados; podrían declarar que México es un país riesgoso, indigno de confianza y frenarnos con ello el turismo.

Nuestros acreedores saben que si no pagamos se debilita nuestra situación, pues caeríamos en el descrédito, pero sobre todo porque atravesaríamos por una grave falta de liquidez. Confían en que no tomaremos medidas unilaterales, porque saben que si eso les daña a ellos, nos daña mucho más a nosotros. Ésa es la debilidad. Por tanto, debe quedarnos claro que una guerra así, la perderíamos. Por eso no la doy.

Mi postura sobre cómo debe enfrentarse el problema de la deuda ha sido explícita desde hace meses. En el pasado Informe Presidencial, así como a raíz de los sismos y en múltiples reuniones públicas, he enfatizado que los mexicanos estamos asumiendo nuestra responsabilidad con esfuerzo interno, pero al mismo tiempo tenemos que proclamar que se requiere una contrapartida justa de solidaridad internacional.

También he dicho repetidamente que la moratoria no es la solución; aunque he reconocido que el costo de la deuda resulta excesivo para nuestro presupuesto, por lo que hay que buscar permanentemente su renegociación; que para pagar hay que crecer, pues de otra manera la situación se vuelve explosiva.

Recientemente, el 10 de febrero, al hablar ante los integrantes del Consejo Empresarial México-Estados Unidos, insistí en que la deuda externa es una responsabilidad compartida, no sólo entre acreedores y deudores, sino también de los gobiernos que no asumieron su compromiso y dejaron totalmente libre el eurodólar y el petrodólar. Claro, no lo dije de una manera tan abierta, pero creo que no dejé dudas cuando hablé de que los gobiernos abandonaron disciplinas monetarias y financieras y dejaron que se desarrollaran mercados financieros y bancarios no sujetos a normas de previsión y de seguridad.

Señalé entonces que México no evadía su responsabilidad, pero que lo justo es que ésta fuera compartida por quienes incurrieron en los mismos errores de apreciación sobre la economía mundial, sobre el valor del petróleo y sobre el comportamiento de las finanzas internacionales. “Nos equivocamos todos —les dije— y, en consecuencia, el planteamiento de las soluciones debe partir de un reconocimiento franco de que la responsabilidad es compartida”. Los problemas también son compartidos, aunque desde luego la capacidad de respuesta es variable, en relación con el potencial económico de cada país.

En los últimos días de enero y los primeros de febrero, las circunstancias han obligado a una importante cantidad de funcionarios mexicanos a hacer declaraciones sobre la deuda. Algunos de ellos han confundido a la opinión interna y externa.

Jesús Silva Herzog declaró en Londres, el 27 de enero, que “el límite de nuestra responsabilidad para con nuestros acreedores está determinado por la responsabilidad con nuestro pueblo”. Esta frase, vaga y emotiva, buscaba beneficiar la imagen interna de Silva Herzog, más que aclarar conceptos.

Las declaraciones de Moya Palencia, Héctor Hernández y Bernardo Sepúlveda fueron autorizadas, en tanto yo aprobé sus conceptos centrales. Ahora bien, el tono en que son expresadas es determinante, y eso ya no lo puedo controlar. Les doy una línea a mis colaboradores, y cada uno de ellos interpreta cómo tiene que expresarla. A unos les sale bien, y a otros no tanto.

Moya declaró, el 31 de enero, que la caída de los precios del petróleo y las altas tasas de interés hacían virtualmente imposible el crecimiento económico. Agregó que seguir pidiendo prestado para pagar la deuda externa sería “autodestructivo” y expresó su esperanza de que la comunidad internacional diera una respuesta positiva a la apertura mexicana para las inversiones extranjeras y trajera un flujo significativo de inversiones al país.

Héctor Hernández declaró en Davos, Suiza, el primero de febrero, que en México existe el peligro de un estallido social y un panorama incierto para los programas de ajuste y reordenamiento económico nacionales. “No sé cómo hará México para encontrar el dinero necesario destinado a pagar su deuda”, expresó, para después puntualizar que hacía esas afirmaciones “como ciudadano y no como miembro del gobierno”.

Hernández sostiene que no dijo lo que citaron los periódicos, pero el hecho es que las afirmaciones que se publicaron suscitaron gran revuelo.

El 11 de febrero, Sepúlveda declaró en Washington que México había descartado la posibilidad de una moratoria unilateral. Esta declaración fue muy tajante, pues cortó opciones en el proceso de negociación. Yo le había dicho que declarara que, de acuerdo con nuestro estilo de buscar soluciones negociadas, habríamos de analizar los problemas que la situación actual planteaba.

Entiendo que la situación está muy caliente y que ése es el motivo por el que a veces sorprenden a nuestros funcionarios. Las declaraciones de Moya y Hernández hicieron que cundiera el pánico entre nuestros acreedores. A ello hay que añadir que nuestros negociadores exponen la línea dura, como ocurrió durante el viaje del director de Crédito de la SHCP, José Ángel Gurría, a Washington y Nueva York, a partir del día 10 de febrero. El hecho es que ese día corrió el chisme por todo Nueva York, afectando incluso a Wall Street, de que México ya había declarado la moratoria. Fue necesario que funcionarios de la Secretaría de Hacienda desmintieran la versión. Ello explica por qué Sepúlveda fue tan drástico en su declaración.

La realidad es que tenemos que negociar con el exterior un paquete económico complejo, que resuelva los problemas no sólo por un año, sino por un periodo más largo. No sé si esto se pueda lograr, porque en realidad la comunidad financiera internacional no está preparada para este tipo de emergencias. La verdad es que, a partir de agosto de 1982, el camino de la renegociación lo hemos hecho al andar. No había brechas, no había antecedentes, no había preparación adecuada. Pero el arreglo no puede tardar mucho, porque ello podría tener efectos negativos en la política interna.

Me están preparando un análisis del margen de absorción interna de este impacto económico, es decir, hasta dónde aguantamos, marcando una línea en la que ya no es posible disminuir más. Una vez determinados nuestros requerimientos mínimos para conservar el orden y la tranquilidad social, tenemos que empezar a buscar la forma y modalidades para un arreglo internacional. Yo veo este proceso de negociación mucho muy difícil. Temo que nos vayan a hacer proposiciones deshonestas…

Me siento muy preocupado porque las expectativas son inciertas, porque no sé qué voy a hacer, porque no sé qué va a pasar. De cualquier forma, necesito tratar de dar serenidad a la mayor parte de la sociedad que, hasta ahora, afortunadamente no ha reaccionado en forma enloquecida. También tengo que ocuparme de que mis secretarios no me presenten propuestas inviables.

Todos andan pidiendo la moratoria, hasta los empresarios. El otro día me encontré a Abedrop y le dije: “Carlos, tenemos que platicar”, a lo que me respondió: “Sí señor Presidente, voy a ir a que me regañe”. Cuando vio que asentí, añadió: “No, es que Excélsior me citó mal, porque Excélsior es el abanderado de la moratoria y todo lo que uno diga lo cita en ese sentido”.

He podido evaluar las opiniones y actitudes de mis secretarios, pues en estos primeros días de febrero he tenido muchas reuniones de Gasto-Financiamiento. Silva Herzog se presentó con la idea de que había que bajar el gasto a troche y moche, es decir, que las ideas que sostuvo en Inglaterra no las avala aquí. Insistió en que había que bajar el presupuesto de Pemex, el Departamento del Distrito Federal, la Conasupo y Banrural. Su postura me pareció inadecuada, porque yo no puedo dejar que Pemex se paralice; porque el Departamento del Distrito Federal ya está en un nivel de subsistencia, y la Conasupo está pagando mal y tardíamente las cosechas.

Alguien me dijo que Silva Herzog había dicho: “Hay que bajar el presupuesto de la Conasupo, aunque tomen las bodegas”, pero eso sí yo no lo puedo creer. Al tratar el caso de Banrural, Silva Herzog sugirió reducir la superficie de cultivo aprovisionada. El secretario de Agricultura, Eduardo Pesqueira, quien no sé si con razón

o sin ella, pero defiende a fondo sus áreas, le contestó: “Quieres que cultive me- nos superficie Banrural para ahorrar dinero, dinero que después tendrás que dar a la Conasupo para que importe alimentos”. Lo que es claro es que yo no puedo permitir la revuelta campesina y obrera.
Estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo en el ajuste de gastos. La venta de empresas, por ejemplo, demuestra esta actitud. La SEMIP me informa que en 1982 tenía 409 empresas, de las cuales entre 1983 y 1984 se desincorporaron 32 mediante liquidaciones o fusiones, y en 1985 se desincorporaron 25. En dicho periodo se crearon sólo tres, por lo que en la actualidad hay 355. Esto significa 54 empresas menos que hace tres años. Además, se encuentran en proceso de desincorporarse 59 más y próximamente se iniciará dicho proceso en otras 33, lo que dejaría un total de 263.

En una segunda etapa se buscaría desincorporar 28 empresas más, para dejar un universo de 235 en total. Con esto pasaríamos en el curso de mi sexenio de 409 a 235 empresas en la SEMIP.

La Comisión de Gasto-Financiamiento habla de suprimir 72 empresas más, pero habrá que estudiar cada caso para conocer las carteras de acciones y de créditos, puesto que muchas dependen de Nacional Financiera. Sin embargo, la directriz está dada.

Lo más pesado y doloroso es que hay que represupuestar toda nuestra economía. Yo estoy previendo un ajuste del déficit de un billón de pesos, que debe lograrse con una mezcla de política de gasto y de ingreso. Necesitamos cortar gastos autorizados y hacer ajustes reales en cuanto la inflación sea mayor a la presupuestada, esto es, elevar tarifas, recortar subsidios, reducir la participación a los estados.

En fin, se trata de un ajuste muy duro y, sin embargo, yo creo que es muy posible que el déficit se dispare, con todas las consecuencias que ello implica.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.