Contadora: un recuento

"MES: ENERO"

A pesar de haber hecho público mi deseo de evitar que el tema central de la entrevista que sostendría con Ronald Reagan el 3 de enero fuera el problema centroamericano, no lo logré, cuando menos en nuestra conversación privada.

Al iniciar nuestra plática le dije, con toda cortesía, que siendo él mi huésped le pedía que me señalara los temas que quería que tratáramos, porque había tantos en nuestra agenda que sería imposible tratarlos todos. Escogió como primer punto la situación centroamericana. Me planteó el peligro que para toda América significan los sandinistas, con los mismos argumentos que da a la prensa.

Le respondí que un estallido del problema nicaragüense podría regionalizar el conflicto, afectando el conjunto de las relaciones interamericanas. Insistí en que consideraba necesario continuar buscando una solución al conflicto centroamericano por la vía de las negociaciones.

Él me replicó que negociar con los sandinistas era imposible, sobre todo ahora que se sabía que tenían relación con la guerrilla colombiana y el narcotráfico. Citó como prueba las armas nicaragüenses encontradas en el Palacio de Justicia de Bogotá, cuando el ejército desalojó a los guerrilleros del M-19 el pasado mes de noviembre.

Sobra aclarar que Colombia no ofrece ninguna prueba de que los nicaragüenses les dieron las armas a los guerrilleros, en tanto que los sandinistas niegan haberlo hecho y señalan que en un Estado en revolución es imposible tener control sobre las armas.

El dogmatismo y la necedad caracterizan por igual a Reagan y a Ortega. Por ello, al concluir la conversación con el Presidente norteamericano, le dije que yo comprendía en toda su intensidad el problema de Centroamérica, pero que no tenía una fórmula específica para resolverlo.

Reflexionando al respecto, cabe afirmar que los Estados Unidos han hecho todo lo posible para lograr el derrocamiento de los sandinistas y, sin embargo, esto no ha ocurrido. Ello se debe a que los sandinistas tienen una fuerza social y militar real, que ha impedido el triunfo de la guerrilla contrarrevolucionaria apoyada desde Honduras. Una situación similar ocurre con el fracaso norteamericano para doblegar a la guerrilla salvadoreña. En realidad, la limitante está en que los Estados Unidos no quieren, por razones de política interna, una participación militar di- recta en el área.

De cualquier forma, hay que reconocer que el gobierno norteamericano se mueve solamente por presiones internas, esto es, que las protestas de sus aliados no determinan su acción. Por tanto, si otros países desean ejercer alguna influencia sobre el gobierno norteamericano, necesitan tener la capacidad para influir en la opinión pública de ese país. Ésta ya ve con temor una mayor injerencia militar norteamericana en Nicaragua, lo que explica el esfuerzo constante de Reagan por convencer a sus compatriotas sobre el peligro que representa para su seguridad nacional la existencia de un régimen comunista en Centroamérica.

Por otro lado, es un hecho que Nicaragua ha perdido simpatías en el mundo, lo que se debe a las torpezas de los sandinistas o, tal vez, a su compromiso con la Unión Soviética. Esta potencia y los Estados Unidos han sostenido la táctica de molestarse mutuamente, situación que en ocasiones parece determinar la conducta de los sandinistas.

Finalmente, es importante señalar que los propios centroamericanos ya no quieren que aumente la influencia de Estados Unidos en la región, porque ello los hace más dependientes. Los guatemaltecos están más conscientes de esto. Su resentimiento data de la época de Carter, cuando el gobierno norteamericano les retiró la ayuda económica destacando su falta de respeto a los derechos humanos. Los guatemaltecos saben que se tienen que entender con Estados Unidos, pero también saben que la mayor injerencia norteamericana en Centroamérica será en demérito de la soberanía de las naciones del istmo.

Nuestra búsqueda por encontrar una solución negociada al conflicto centroamericano ha sido extraordinariamente tenaz. Recapitulando sobre el proceso, podemos afirmar que aun en los momentos más críticos hemos insistido en ello. Baste recordar que en mayo del año pasado, justo después de que Nicaragua rechazara el plan de paz formulado por Reagan, de que Ortega realizara un viaje por la Unión Soviética y Europa en el que tachó a Reagan de fascista, y de que los Estados Unidos declararan un embargo total a Nicaragua, se reunieron en Panamá los viceministros del Grupo Contadora y los plenipotenciarios de los países centroamericanos.

Durante esta reunión se procuró, contra viento y marea, promover un ambiente positivo en el que se pudiera avanzar en la negociación orientada a la firma del Acta de Paz de Contadora.

Pero los buenos deseos expresados en esa ocasión no sirvieron de mucho, pues entre el 17 y el 31 de mayo ocurrieron varios incidentes militares graves en la frontera de Nicaragua y Costa Rica. Estos hechos son frecuentes y a veces incluyen la muerte de algunos soldados; los provoca la tensión natural existente en las áreas de conflicto, aunque también cabe pensar que en ocasiones son causados por los gobiernos centroamericanos aliados a los Estados Unidos, que de esa manera logran entorpecer el proceso de la negociación.

Los nicaragüenses, por su parte, tampoco están muy dispuestos a la negociación. Esto se hizo patente a finales de junio del año pasado, cuando señalaron que había aspectos en el Acta de Paz de Contadora que les resultaban inaceptables.

La postura tiene una base ética fundada en el derecho internacional, pues se les pedían ciertas concesiones que no encontraban su contrapartida en la reducción de la ayuda económica y militar norteamericana a la contrarrevolución. Precisamente los días 6 y 12 de junio, respectivamente, el Senado y la Cámara de Representantes norteamericanos habían autorizado 38 millones de dólares en ayuda no militar para los contrarrevolucionarios nicaragüenses.

Asimismo, los senadores rechazaron una enmienda que prohibía al presidente Reagan enviar efectivos de combate a Nicaragua, si antes no contaba con la autorización del Congreso. Finalmente autorizaron a la Casa Blanca a que, en caso de que fracasara su búsqueda por impulsar el diálogo entre el gobierno sandinista y los contrarrevolucionarios, proporcionara ayuda militar adicional a estos últimos.

De manera que el reclamo nicaragüense de que los Estados Unidos ejercen sobre ellos una presión fuerte, irrespetuosa, propia de un imperio, es válida. No obstante, ello sólo exhibe su vulnerabilidad. En términos de Realpolitik, los sandinistas tienen que negociar con Estados Unidos su supervivencia. Yo se los he recalcado, haciéndoles ver que la urgencia es de ellos.

El ambiente de finales de junio del año pasado estuvo muy caldeado. El día 24, Nicaragua declaró estado de máxima alerta por temor a una invasión norteamericana. La realidad es que esa invasión ya se realizó por medio de mercenarios. La política norteamericana hacia Nicaragua es muy clara: los va a debilitar militarmente con la guerrilla, al tiempo que mina su economía.

Julio también fue un mes muy pesado. Las diferencias y desacuerdos entre Estados Unidos y Nicaragua hicieron eco en las naciones de la región. Hubo hechos que tensaron aún más la situación. El 12 de julio, la guerrilla salvadoreña liberó presos en una acción espectacular que fue interpretada por el gobierno de esa nación como alentada desde Nicaragua. El día 16, El Salvador envió una nota a Nicaragua en la que acusaba a este país de propiciar el terrorismo en Centroamérica. Esto abonó el malestar de la región, en la que seguían dándose incidentes fronterizos entre Costa Rica y Nicaragua.

Por su parte, y para dejar clara su rebeldía frente a Estados Unidos, el gobierno de Guatemala declaró que podía convivir con una Nicaragua comunista.

En ese contexto, el Grupo Contadora tuvo que reconocer el estancamiento de su actividad. Nuestro desacuerdo con la política norteamericana de hostigamiento a Nicaragua se hizo explícito una vez más durante la entrevista que el 25 de julio del año pasado sostuve con George Shultz.

Los funcionarios norteamericanos, en este caso Shultz, pero lo mismo puedo decir de Harry Shlaudeman o Walter Vernon, abordan conmigo el tema centroamericano con toda franqueza y crudeza, igual que como lo tratan en público. Muestran extrañeza de que México no reconozca el peligro de una Nicaragua comunista en América y me manifiestan, sin ninguna cortapisa, su molestia por nuestro apoyo a Nicaragua.

En este tipo de reuniones no se llega a nada concreto; ellos exponen su punto de vista y nosotros el nuestro. Lo que cuenta es el clima en el que se da este diálogo, y en esta ocasión la reunión fue amable. El ánimo de Shultz fue constructivo: reconoció la importancia y necesidad de continuar con el proceso de Contadora.

Por otro lado, y ello seguramente influyó en su ánimo, su visita tuvo lugar al día siguiente de que anunciáramos las medidas económicas que caracterizaron ese mes y que demostraron nuestra voluntad de seguir controlando la política económica. Shultz reconoció la importancia de dichas medidas, así como nuestro avance en el combate contra el narcotráfico y en materia de seguridad turística. De manera que pese a nuestras diferencias respecto al conflicto centroamericano, la entrevista con Shultz destacó que nuestra relación con Estados Unidos navega por aguas más tranquilas.

El mes de julio concluyó con la formación del llamado “Grupo de Apoyo” a la acción de Contadora, integrado por Argentina, Uruguay, Brasil y Perú. Los propósitos inmediatos eran evitar enfrentamientos de fuerzas en las fronteras de Nicaragua con Costa Rica y Honduras, y promover la reanudación del diálogo entre Estados Unidos y Nicaragua.

Este grupo se formó por iniciativa de Argentina, y como resultado de que los gobiernos de dichas naciones comparten con nosotros la convicción de que si pasa algo grave en Centroamérica, ello afectará la situación interna de cada uno de nuestros países. Juzgan que los nicaragüenses son imprudentes, pero encuentran inaceptable lo que los Estados Unidos hacen, y realmente lo es.

Es increíble la relación que existe entre Nicaragua y Estados Unidos: sus presidentes se insultan públicamente llamándose “dictadorzuelo” o “fascista” y, sin embargo, no rompen relaciones diplomáticas. Más singular resulta que los Estados Unidos ventilen en la prensa, en el Congreso y en cuanto discurso público existe, su llamada “guerra secreta”, así como los apoyos económicos que brindan a la guerrilla contrarrevolucionaria. Sin embargo, no rompen relaciones con el gobierno que públicamente tratan de derrocar.

Yo no me lo explico desde ninguno de los dos lados. Nicaragua ya podría romper con quien es abiertamente su enemigo y, sin embargo, tampoco lo hace. Es como si Kafka se hubiera apoderado de esas relaciones.

En agosto de 1985, el día 25, se reunieron en Cartagena los ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Contadora y del Grupo de Apoyo, a fin de promover la conclusión y suscripción del Acta de Paz de Contadora. Cuba aprovechó la ocasión para señalar que en el momento de firmarse el Acta, retiraría a sus asesores de Nicaragua. El papel que ha desempeñado Cuba en este conflicto y en las negociaciones relativas ha sido de reserva. Se preocupa por la inmadurez de los sandinistas, pero participa de la táctica soviética de tratar de molestar en todo lo posible a los norteamericanos.

En agosto, la situación continuó muy tensa. El día 27, el presidente Luis Alberto Monge declaró que Contadora estaba inclinada a favor de Nicaragua. Esta declaración refleja también la opinión de algunos grupos en México. Tiene como fundamento el hecho de que, desde que se inició la revolución sandinista, México le brindó un gran apoyo. Algunas de las acciones del presidente López Portillo fueron demasiado cálidas y, desde luego, lo fueron muchas de sus declaraciones. Mi gobierno ha seguido apoyando a los nicaragüenses por medio del suministro de petróleo, pero de manera más medida, como lo prueba el hecho de que están sentidos con nosotros.

El problema centroamericano es terriblemente complejo, pues intervienen en él mil factores internos y externos. Por ejemplo, el cambio de gobierno en Panamá, el 27 de septiembre del año pasado, fue promovido por sus militares, quienes tienen tomado el poder. Ardito Barletta les resultó intolerable porque quiso realizar una apertura política interna. Sin embargo, su postura de apoyo a Contadora continúa intacta, pues ellos comparten el miedo de que el incremento del conflicto armado en el área provoque una mayor presencia norteamericana. Ésta podría retraer el proceso de independencia del Canal de Panamá, pues los Estados Unidos podrían argumentar la necesidad de dar una mayor protección al canal para evitar que éste pueda ser objeto de un ataque, lo que en última instancia significaría echar por tierra los Tratados Torrijos-Carter.

La primera quincena de octubre estuvo “amenizada” por el ingreso y la salida de Ecuador del Grupo de Apoyo a Contadora; el día 3 se unió al Grupo, el día 11 rompió relaciones con Nicaragua y el día 13 se salió del Grupo de Apoyo. Su deseo de participar se explica porque ya ningún país latinoamericano quiere quedar fuera de esta moción, lo cual se debe a que todo mundo teme la posibilidad de verse afectado por el conflicto y, también, a que no participar significa marginarse de la política activa de Latinoamérica.

La ruptura de Ecuador con Nicaragua obedece a que la posición del Presidente ecuatoriano León Febres Cordero es muy conservadora, francamente filoamericana.

El 17 de octubre pasado me entrevisté en la ciudad de Tapachula con el Presidente de Guatemala, Óscar Humberto Mejía Víctores. Me pareció un hombre moderado y digno.

Los guatemaltecos tienen conciencia de que su país es el más grande de Centroamérica, y que eso le da un papel especial. Ellos también temen la posibilidad de que los Estados Unidos se metan más en Centroamérica, pues saben que nunca los podrán sacar. El gobierno guatemalteco ha desempeñado un papel moderado en el conflicto centroamericano. En ello influyó mucho el hecho de que hayan tenido un buen canciller, como lo fue Fernando Andrade.

Nuestra relación con Guatemala ha mejorado. Mejía Víctores es amigo de México y yo, por mi parte, he tratado de suavizar el problema de los refugiados guatemaltecos, retirándolos de la frontera. También he propiciado múltiples entrevistas ministeriales entre nuestros dos países.

He actuado así, pues creo que hay que superar la postura purista que se sostuvo en el pasado de no dialogar con ciertos regímenes latinoamericanos, porque eran militares o porque no eran suficientemente democráticos. Yo considero que debemos buscar un acercamiento con Guatemala, pues tenemos que reconocer que nuestra política hacia Centroamérica nos ha traído la antipatía de los hondureños, los salvadoreños y los costarricenses. Con Panamá llevamos una relación más o menos positiva.

La situación centroamericana se deterioró en forma constante durante todo el año pasado, lo que sin duda alejaba las posibilidades de éxito de una negociación pacífica. Sin embargo, a finales de noviembre y principios de diciembre esto se manifestó de manera inequívoca y dramática; posiblemente de manera irreversible.

El 22 de noviembre de 1985, México presentó ante la Asamblea General de la ONU, en nombre del Grupo Contadora, un proyecto de resolución sobre la situación en Centroamérica en el que se instaba a los países del área a continuar la negociación para la pronta suscripción del Acta de Paz y Cooperación Económica, y se exhortaba a Nicaragua y los Estados Unidos a reanudar conversaciones en apoyo a la negociación regional. El día 24, la falta de apoyo de los otros países miembros de Contadora obligó a retirar la iniciativa, dejando a México colgado de la brocha.

La propuesta había sido concertada por los cancilleres del Grupo Contadora durante la reunión que sostuvieron con la Comunidad Económica Europea y los cancilleres de Luxemburgo del 10 al 12 de septiembre. Sin embargo, cuando la presentaron conforme se había acordado, se provocó una reacción violenta por parte del gobierno de Estados Unidos, que presionó a los embajadores en la ONU de los países miembros del Grupo Contadora para que retiraran la iniciativa.

A principios de diciembre, cuando Sepúlveda estuvo en Cartagena, los cancilleres del Grupo le dijeron que sus embajadores habían actuado sin su conocimiento, y que estaban dispuestos a volver a interponer la iniciativa. Fue entonces cuando Nicaragua dijo que ya no quería que pasara el Acta de Paz del Grupo Contadora, porque insistía que en ella se hiciera una condena expresa a la actitud norteamericana. Eso naturalmente era imposible, porque Contadora tiene que mantener una posición equidistante entre los nicaragüenses y los norteamericanos.

Todo este asunto nos dejó muy mal sabor de boca, pues dio la impresión de que nuestros socios, los otros miembros del Grupo de Contadora, nos dejaban solos, en tanto que Nicaragua tomaba una decisión drástica sin considerar la forma en que ésta podría afectar a quienes hemos empeñado nuestro prestigio en sacar adelante una paz negociada.

Todo esto me hace pensar que lo que los nicaragüenses desean es llevar las cosas a sus extremos últimos. No tengo otra explicación. Parece sorprendente que no hayan tenido la cortesía de avisarnos con anticipación que darían a conocer a la prensa su decisión de pedir la suspensión del Acta de Paz e, incluso, de las actividades de Contadora.

Lógicamente, la suspensión de las actividades fue muy bien recibida por los países centroamericanos aliados a los Estados Unidos. Los próximos cambios de gobierno en Honduras, Costa Rica y Guatemala justifican ampliamente su actitud. En esas condiciones era absurdo seguir insistiendo.

Desde entonces, la situación de Contadora es difícil, porque ya no se va a lograr ninguna negociación sobre la base de la actual Acta de Paz. Yo le pedí desde hace tiempo a Sepúlveda que haga una miniacta, un acta-tratado y no una enciclopedia, porque entre más largo sea el documento más difícil será su negociación. Sepúlveda me insiste en que los otros quieren que el acta sea larga. En ocasiones dudo de si realmente eso es lo que quieren los otros o si Sepúlveda no puede deshacerse, por razones emotivas, del actual documento.

Su pasión por Contadora lo llevó a preguntarme, después de todo lo ocurrido, si la próxima reunión del Grupo se podía realizar aquí en México. Le dije que no, que México de ninguna manera sería anfitrión del Grupo Contadora, sobre todo después de lo que acababa de ocurrir en la ONU y de la posición de Nicaragua y de los otros países centroamericanos. Le dije que si los demás miembros del Grupo querían que continuaran las negociaciones de Contadora, Venezuela debía invitar, pues era evidente que Colombia, en vista del asalto al Palacio de Justicia y de la reciente erupción volcánica, no estaba en condiciones de ser anfitrión de nadie, y que Panamá no resultaba el sitio adecuado, dado el reciente golpe de Estado. Sea como fuere, voy a tener que frenar a Sepúlveda. Es necesario bajar el nivel de esfuerzo que invertimos en Contadora.

Para concluir, puede afirmarse que al terminar 1985 la situación de Contadora y Centroamérica estaba totalmente empantanada. Las perspectivas de negociación eran muy débiles. Todos los involucrados parecían querer el enfrentamiento y, sin embargo, pedían que no desapareciera Contadora. Esto la colocó en un trágico callejón sin salida.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.