Relaciones entre México y Estados Unidos: entrevista con el presidente Reagan

"MES: ENERO"

El 3 de enero me reuní por cuarta ocasión con el presidente Reagan; esta vez fue en Mexicali, Baja California.

De este tipo de reuniones no surgen acuerdos importantes; su sentido es crear ambientes, climas que sirvan de base al desarrollo de las relaciones entre los países. En las declaraciones formales no podemos sino repetir lo que hemos dicho muchas veces por radio y televisión. Lo que cuenta es el tono en que se expresan nuestras posturas.

En esta ocasión, la atmósfera de la plática entre el presidente Reagan y yo fue más cordial que la de Washington, en mayo de 1984. Ello se debió a que coincidieron nuestras actitudes de buscar que el encuentro diera la impresión de que no había ninguna aspereza, lo que refleja que han mejorado las relaciones entre los gobiernos de México y Estados Unidos. Ambos países reconocimos que era insostenible continuar por el camino del deterioro en nuestras relaciones, pues eso no nos conduciría a nada positivo.

A pesar de nuestros grandes desacuerdos, ambos gobiernos hemos actuado para superar los episodios más irritantes. Por ejemplo, en el terreno del narcotráfico ha habido acciones que objetivamente muestran nuestra voluntad de combatirlo. Sergio García Ramírez ha logrado una relación muy positiva con el procurador Meese. De hecho, García Ramírez ha resultado un gran diplomático. Sus conversaciones con Meese han servido para suavizar mucho nuestra relación con Estados Unidos.

Por otro lado, retiramos a Porfirio Muñoz Ledo de nuestra embajada en la ONU, pues dada su personalidad y su forma de actuar era indiscutiblemente un elemento de irritación permanente para los norteamericanos. Finalmente, hemos avanzado en nuestros acuerdos comerciales, superando aspectos enfadosos, como el de la industria farmacéutica.

Sin embargo, quedan situaciones que deberíamos resolver más eficientemente, tales como la presteza con que la Cancillería y Hacienda atienden las solicitudes de privilegios diplomáticos presentadas por la embajada norteamericana. Deberían ser más ágiles, cuando menos para contestar sus oficios.

Ya en el ámbito de nuestra conversación privada, el primer tema que tocó Reagan fue el centroamericano. Al respecto, le dije que no podía defender la sensatez de los dirigentes nicaragüenses, pero que defendía un propósito objetivo: la conveniencia de evitar la regionalización de la guerra en Centroamérica.

Luego, Reagan me pidió que hiciera el mayor esfuerzo para lograr un acercamiento entre nuestros dos países en el ámbito de las Naciones Unidas. Me dijo que 9 de cada 10 votos de México en la ONU eran en franca discrepancia con Estados Unidos. Contesté que haría mi mayor esfuerzo por superar esta situación, buscando un acercamiento con el embajador Walter Vernon, quien me había hecho muy buena impresión. Le aclaré, sin embargo, que sus informantes habían exagerado, pues hasta donde yo tenía conocimiento, sólo habían sido dos los votos importantes en los que habíamos tenido diferencias, los relativos a las situaciones de Centroamérica y Namibia.

Al respecto, cabe reconocer que la actitud de la Cancillería es de una ortodoxia absoluta. Sus miembros se creen los guardianes de la soberanía nacional. Sienten odio por Estados Unidos, porque a lo largo de nuestra historia, los gobiernos de esa nación se han encargado de aprovechar y abusar de la dependencia que de ellos tenemos. Naturalmente, en esta relación no ayuda la posición del actual gobierno estadounidense.

Sin embargo, le dije a Sepúlveda que hay enfrentamientos necesarios, que asumo y encaro, pero que no me ande provocando ensañamientos con cualquier motivo; por ejemplo, en el proceso de descolonización en África y, concretamente, por los asuntos referentes a la independencia de Namibia.* Ya le pedí a Sepúlveda y a Mario Moya Palencia, nuestro actual embajador en la ONU, que ni un voto más que resulte conflictivo con Estados Unidos en la ONU, a menos de que yo lo apruebe personalmente.

En este periodo de sesiones, lo que ocurrió fue que cuando me trajeron la agenda de lo que pasaría en las Naciones Unidas, yo estaba muy complicado con los problemas de los sismos. Moya continuó la línea de expresión y de voto de Muñoz Ledo, porque trae una carga personal muy fuerte por el ambiente que se le ha hecho, a raíz de que se dice que lo mandé a quebrar nuestra postura tradicional en política exterior.

Desde antes de que se fuera, le dije a Moya: “Quiero que defendamos los principios generales de la política exterior mexicana y nuestros intereses fundamentales, pero nada más”. Después del voto sobre Namibia, le hablé a Moya Palencia y le pregunté por qué había votado de esa manera, y me dijo que por instrucciones de la Cancillería. Fue entonces cuando le aclaré que no volviera a votar en contra de Estados Unidos, a menos de que fuera con una autorización expresa de mi parte, instrucción que después le informé a Sepúlveda.

El problema es que Sepúlveda ha caído en la trampa de las relaciones con Estados Unidos. Yo estoy de acuerdo en que Gavin puede ser lo peor, y en que la presión que nos ejercen los norteamericanos tiene línea de Washington. Sé que nos quieren someter, pero precisamente para enfrentar ese tipo de coyunturas existen la malicia y la diplomacia. No podemos, con motivo de cualquier asunto, bus- car antagonismos con los Estados Unidos.

* Los Estados Unidos valoraron la independencia de Namibia en el contexto del conflicto Este-Oeste y temieron que, a semejanza de Angola, Namibia se alineara con la URSS. México la valoró en el contexto del derecho que toda nación tiene a su autodeterminación.

El último punto en que insistió Reagan fue el relacionado con la inversión extranjera. Yo le dije que nuestro problema era de incapacidad para comunicar e informar; que los hechos mostraban que, desde 1976, México había recibido más inversión extranjera que Brasil.

En mi gobierno, le aclaré, hemos autorizado mucha más inversión extranjera que en los otros periodos, y cuando se rechaza un caso, como fue el de la IBM, se hace para que mejore su proyecto. Acepté que tardamos demasiado en aprobarlo, ocho meses, pero también creo que nos hicieron un escándalo excesivo al respecto. Por otro lado, no se comentaron todos aquellos casos que fueron aprobados inmediatamente.

Fue entonces cuando me planteó la conveniencia de liberalizar las leyes de propiedad de la tierra en Baja California, a fin de permitir que extranjeros pudieran comprar allí. Me insistió en que eso podría ser un gran emporio y un flujo importante de inversión extranjera. Yo le hice ver que eso era imposible, pues estaba estipulado en nuestra Constitución y no podía modificarse. Él me insistió en que era posible modificar la Constitución, que yo ya la había modificado en otras cosas. Le respondí que había ciertas áreas de nuestra Constitución que eran intocables y la propiedad de la tierra era una de ellas. Insistente me reiteró: “Usted es un líder muy persuasivo, seguramente puede lograrlo”. Tuve que contestarle de manera cortante que eso era imposible.

Por mi parte, solicité a Reagan que nos ayudara con la prensa de su país, que era exageradamente hostil con México. Le dije que comprendía las limitaciones que él tenía en ese terreno, pero que en la medida en que estuviera a su alcance hacerlo, beneficiaría enormemente nuestras relaciones.

 
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