Sismos

"MES: SEPTIEMBRE"

El jueves 19 de septiembre, a las 7:19 horas, un terremoto, con duración de 90 segundos y que alcanzó 7.8 grados en la escala de Richter, provocó una de las peores catástrofes naturales ocurridas en la historia de México.

El epicentro del movimiento sísmico se localizó en las costas de Guerrero y Michoacán, y su área de influencia fue de 800 000 kilómetros cuadrados. El terremoto afectó a los estados de Jalisco, Michoacán, Guerrero, México, Puebla, Veracruz, Oaxaca, Chiapas y el Distrito Federal. La región más dañada, por la naturaleza de su subsuelo, fue la más densamente poblada: la Ciudad de México.

Yo estaba vistiéndome cuando empezó a temblar. Unos segundos después de iniciado el terremoto me alcanzó mi esposa en el vestidor, donde permanecimos ese minuto y medio que resultaría mortal para tantos. Nosotros no nos dimos cuenta de la magnitud de la catástrofe, pues la residencia presidencial no crujió mayormente ni sufrió desperfectos.

Tan pronto como pude, bajé al área de la casa donde se encuentra el Estado Mayor, a fin de preguntar si se realizaría la gira de trabajo programada para Lázaro Cárdenas-Las Truchas, Michoacán. Un oficial del Estado Mayor me informó que era necesario cancelar el viaje, pues habían recibido informes de que la pista de aterrizaje en Las Truchas estaba averiada. Añadió que tenía noticias de que también había habido daños serios en la Ciudad de México.

Inmediatamente me comuniqué con los secretarios de Defensa y Gobernación y con el jefe del Departamento del Distrito Federal. Al tener más información, di instrucciones para que se iniciaran las primeras acciones de emergencia del gobierno federal. Autoricé la puesta en marcha de los planes de rescate del Ejército y la Marina. Cité a Bartlett a las nueve de la mañana y solicité que me organizaran, en compañía del regente, un viaje en helicóptero sobre la Ciudad de México. Todo esto ocurrió antes de las ocho de la mañana.

El recorrido en helicóptero y después otro que hice en autobús me permitieron percatarme de la gravedad de los daños causados por el sismo en las delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Benito Juárez, Gustavo A. Madero y Coyoacán. Ahí la destrucción de edificios públicos y privados, escuelas y casas habitación provocó una gran confusión: miles de personas removían escombros, entre heridos y muertos, tratando de salvar vidas. Al dolor y la desesperación se sumaba el temor por los inmuebles en peligro de caer, por la interrupción del servicio de energía eléctrica y de teléfonos, y por las fugas de agua y de gas. Se mezclaban el polvo y los incendios con el dolor y la angustia. La dimensión de la hecatombe era enorme.

No obstante, la tragedia se circunscribió a áreas muy específicas, especialmente al México viejo, quedando la mayor parte de la enorme ciudad poco afectada. Allí, la vida cotidiana continuaba, ajena aún a la magnitud del desastre. Para muchos capitalinos el único efecto inmediato de los sismos fue la falta de agua, luz y servicio telefónico. Sin embargo, a través de la radio y la televisión pronto cobraron conciencia de la realidad y se volcaron a las calles de la Ciudad de México en un movimiento sin precedente de solidaridad y auxilio a las víctimas. También de los estados circunvecinos llegó apoyo material y humano.

En las áreas de desastre la ciudad era un caos: el Metro se detuvo, el tránsito se desquició y en los cruceros grupos de civiles dirigían la circulación de automóviles. Incesantemente se oían las sirenas de patrullas y ambulancias. Los hospitales públicos y privados no se daban abasto para atender a los heridos. La angustia de los sobrevivientes atrapados y el dolor y la desesperación de los familiares que buscaban entre los escombros nos embargaron a todos. La tragedia envolvía a la nación.

El sismo alcanzó dimensiones de catástrofe, esto es, rebasó la capacidad institucional para hacerle frente. Su magnitud nos tomó por sorpresa y tuvimos que actuar sin el apoyo de un plan de emergencia a la altura de las circunstancias.

Al ver el desquiciamiento de la ciudad, me di cuenta de que lo primero que tenía que hacer era transmitir la sensación de que había mando, pues lo peor que puede ocurrir ante situaciones como éstas es dejar que cundan la anarquía, la agitación y el desorden. Resultaba necesario conservar la serenidad, pero al mismo tiempo mostrar decisión. Era necesario dar pasos firmes, por lo que decidí crear la Comisión Intersecretarial de Apoyo a la Zona Metropolitana y la Comisión Metropolitana de Emergencia. La primera quedó bajo la presidencia del jefe del Departamento del Distrito Federal y, la segunda, del secretario de Gobernación. Con ellas se trataba de establecer un mecanismo de coordinación de las diferentes entidades públicas, tanto para atender a la zona metropolitana como a las otras áreas afectadas en el resto del país.

En ambos casos lo primero fue sumar nuestras fuerzas para enfrentar los problemas emergentes, tales como el rescate de sobrevivientes; la reubicación de enfermos; el restablecimiento de la vialidad y de los servicios públicos indispensables, como el agua potable, el drenaje, la electricidad, el teléfono y la seguridad pública; la creación de albergues; la prestación de servicios médicos, y el entierro de cadáveres.

Todo era insuficiente. A guisa de ejemplo, baste señalar que desde luego no se daban abasto los jueces del Registro Civil para extender las actas de defunción requeridas, por lo que hubo que capacitar rápidamente a más personal, además de simplificar trámites obviando la autopsia y el certificado médico. Naturalmente, en el caos inicial, los problemas se enfrentaron como se pudo y seguramente hubo muchos entierros sin apego a los trámites legales.

El mismo día 19, la Secretaría de Relaciones Exteriores comunicó a los gobiernos amigos el tipo de ayuda que necesitábamos. La ayuda comenzó a fluir en grandes cantidades, sobre todo de las organizaciones de mexicano-americanos de los Estados Unidos. También recibimos mucha ayuda de los estados de la República.

El viernes 20 de septiembre a las 7:40 de la tarde tuvo lugar un segundo sismo. La intensidad fue de 6.5 grados en la escala de Richter, con epicentro nuevamente en las costas de Michoacán y Guerrero. El pánico cundió por todas partes. La gente salió de sus casas, desesperada. Muchos durmieron en parques, camellones o jardines. Los servicios públicos, apenas restablecidos en algunos lugares, volvieron a sufrir daños. En el Hospital de la Raza se procedió a la evacuación de pacientes y personal y los edificios del primer cuadro de la ciudad fueron totalmente desalojados.

A partir de ese momento, y dada la gran cantidad de pequeños temblores que tuvieron lugar en los días siguientes, la población quedó en estado de angustia permanente, temiendo que en cualquier momento la sorprendiera una desgracia mayor. Para tranquilizar a los habitantes de toda la República e infundir aliento a los capitalinos, ese viernes 20 de septiembre les envié un mensaje televisado. En él dije: “La tragedia es grande, pero la capital de México no está arrasada; la capital de México, en grandes segmentos, está volviendo a la normalidad, y si bien lamentamos profundamente los daños y las pérdidas de vidas, tenemos que informar que la mayor parte de la Ciudad de México sigue en pie y sus habitantes siguen también, de la misma manera, en pie afrontando la tragedia con un vigor extraordinario”.

Tales eran las urgencias, que mis secretarios estaban totalmente saturados e incluso rebasados por los problemas más apremiantes. Sin embargo, la dimensión de la destrucción propició que surgiera entre la opinión pública la convicción de que el sismo abría la posibilidad de un gran cambio. Era, según muchos, la oportunidad de realizar planes ahogados por intereses particulares.

Esta idea, que si bien era cierta, dio pie a que se hablara de transformaciones radicales. Cada quien imaginaba que lo que deseaba podía ocurrir. Se hablaba de una transformación radical, como si México pudiera renacer, recrearse. Se cayó en excesos y se pensó que todo lo que se necesitaba para cambiar era una decisión, la mía.

Este ambiente alcanzó a mis secretarios, quienes se dejaron llevar por la idea de que había que tomar medidas dramáticas al calor de los hechos. Por eso llegaron a presentarme planes sin detenerse a considerar todos los efectos de lo que me proponían. Así, por ejemplo, Salinas, Bartlett y Farell insistieron en verme la tarde del domingo 22 de septiembre para plantearme la posibilidad de dar a la Secretaría del Trabajo, para sustituir el edificio que perdió con el sismo, el local de la Universidad Pedagógica, y otorgar a la Secretaría de Comercio, cuyo edificio central se cayó, la antigua Escuela Militar de Popotla. Cuando les pregunté si ya habían consultado su propuesta con el secretario de Educación y si éste había negociado con el sindicato la cesión del edificio de la Universidad Pedagógica, me dijeron que no, como tampoco habían consultado con el secretario de la Defensa la entrega del edificio de la Escuela Militar.

Irritado, tuve que decirles que era absurdo que me estuvieran presentando alternativas que no estaban suficientemente estudiadas. Les hice ver que yo no podía de un plumazo sacar a la Universidad Pedagógica de su edificio, pues ello podría provocar un problema grave con el sindicato de maestros. Por otro lado, les recalqué que ése no era el momento para provocar diferencias o enfrentamientos con el Ejército, ni siquiera para herir sus sentimientos.

Éste es un ejemplo, entre muchos, de los intentos que hubo por hacerme tomar decisiones al calor de los hechos. Sin embargo, en todo momento tuve muy claro que, independientemente de la presión de las circunstancias, nadie me iba a empujar a dar de manotazos, porque un manotazo equivocado del Presidente de la República puede ser muy grave.

En todo momento, pero sobre todo ante las situaciones de emergencia, creo que las cualidades personales más importantes son la serenidad y la decisión. Muchos, muchísimos miembros de la sociedad demostraron su capacidad para enfrentar positivamente las situaciones de emergencia. Su apoyo espontáneo, en forma voluntaria y autónoma, fue determinante para salvar muchas vidas y mitigar el sufrimiento de quienes fueron afectados por el sismo. Claro está, también hubo quienes acudieron a las áreas de desastre por morbo o con el afán de sentirse héroes de película.

Sea como fuere, los terremotos provocaron una movilización social masiva que, desde nuestro punto de vista, abría la posibilidad de que brotara, en forma espontánea o provocada, la violencia social. En los primeros cinco u ocho días posteriores, percibí esta posibilidad, pues la energía generada por la movilización, al combinarse con los sentimientos de dolor, coraje o insatisfacción por la insuficiencia institucional para atender la situación, creaban el fermento necesario para desatar la violencia.

Afortunadamente, la realidad fue otra. En el caos surgieron los líderes naturales, pero éstos y sus seguidores se dejaron orientar por las instituciones para prestar su ayuda. La formación institucional del mexicano se hizo evidente en la crisis: la mayoría de los voluntarios acudieron a la institución con la que más se identificaban para organizar su acción. Así, las escuelas, las iglesias, las universidades, los sindicatos, las empresas, la Cruz Roja y las asociaciones civiles, fueron los puntos de reunión y organización de los voluntarios. Los líderes naturales no se opusieron ni se enfrentaron a los representantes de la autoridad; al contrario, los apoyaron y, en caso necesario, los suplieron temporalmente.

Los sismos movilizaron a la ciudadanía para ayudar, no para protestar. Curiosamente, se dieron situaciones extraordinarias, como que una pandilla de delincuentes robara una pipa de gasolina para llevarla al lugar donde más se requería… En fin, la respuesta de la sociedad frente a la emergencia fue muy positiva.

Ahora bien, aunque las instituciones quedaron rebasadas por la catástrofe, actuaron de manera acertada dentro de sus límites. Baste analizar la eficiencia con que se trasladó a los enfermos de los hospitales dañados o la capacidad para brindar los servicios médicos indispensables. Creo que el Ejército, la policía, los bomberos y demás instituciones sociales reaccionaron muy satisfactoriamente ante la magnitud de los hechos.

Yo considero que la actuación del Ejército, que se criticó mucho, fue buena. Lo que pasa es que los daños excedieron en mucho las posibilidades de ayuda del Plan DN-III, que está diseñado para poblaciones más pequeñas.

Por otra parte, me parece absurdo el reclamo de que el Ejército no fue capaz de organizar a los voluntarios de la sociedad, pues encuentro inaceptable que, en cualquier circunstancia, el Ejército tome el mando sobre la sociedad civil. Por ello limité su participación a determinadas acciones. La principal falla, sin duda, fue la carencia de un plan global de acción civil ante el desastre. De cualquier forma, la elaboración y difusión del plan corresponde a la Secretaría de Gobernación y no a la Secretaría de la Defensa Nacional.

Para afrontar la situación provocada por los sismos, tuve que tomar decisiones extraordinarias en el terreno económico. Imposible dejar sobrevivientes atrapados, edificios a punto de caerse o la ciudad sin agua. Tuve que ordenar que se imprimiera dinero, dejando para después la necesidad de encontrar una fórmula de sacarlo de circulación. Aun la inflación resultó secundaria en ese momento.

En cuanto a los enormes gastos que la reconstrucción planteaba, nos propusimos presionar a nuestros acreedores hasta lograr los resultados que necesitábamos.

Decidimos que había llegado el momento de marcar, con base en la realidad, el límite de nuestra capacidad de pago. Nos propusimos lograr arreglos que nos permitieran crecer a tasas razonables. La misma situación de emergencia nos obligó a actuar con celeridad.

El 27 de septiembre, después de haber discutido los problemas económicos de México con el secretario del Tesoro de Estados Unidos y con funcionarios de los organismos financieros internacionales, Silva Herzog anunció que se habían logrado acuerdos de principio con el Banco Mundial y con el BID para reorientar el destino de varios préstamos contratados por México hacia la reparación de los daños ocasionados por los terremotos. El primero de octubre, la Secretaría de Hacienda informó que, de acuerdo con la comunidad financiera internacional, México diferiría el pago de 950 millones de dólares del capital de su deuda pública externa y fijaría en 180 días la nueva fecha para saldar ese compromiso.

Además, el gobierno mexicano solicitó a la comunidad financiera internacional 500 millones de dólares “frescos”. El FMI puso a disposición de México 300 millones de dólares de ayuda de urgencia para los trabajos de reconstrucción y el Banco Mundial concedió a nuestro país dos préstamos por un total de 225 millones de dólares.

Las noticias de estos préstamos hicieron que la opinión pública los cuestionara. Se alzaron voces en contra de que México contratara nuevos préstamos pero, sobre todo, se difundió la idea de que deberíamos declarar una moratoria unilateral. A fin de orientar a la opinión pública, haciéndole ver que la moratoria no es tan fácil como se cree, le pedí al Congreso de la Unión que organizara un foro de consulta popular al respecto. También nos propusimos acudir al Congreso del Trabajo con ese fin. Mientras tanto, nosotros seguimos adelante con los arreglos que juzgamos necesarios.

Del sismo y sus efectos surgieron con gran vigor varias demandas. La más reiterada fue la necesidad de acelerar el proceso de descentralización. Ello nos obligó a modificar el enfoque respecto a ese proceso, al preguntarnos qué era lo que realmente resultaba necesario que permaneciera en la capital, en lugar de qué resultaba deseable sacar de ella. A reserva de recibir los estudios que en ese sentido pedí a cada secretaría, me parece que sólo deben permanecer en el Distrito Federal los estados mayores de cada Secretaría y ciertas direcciones generales básicas. Ello supone forzar un poco el paso de la descentralización, pues de otra manera se vuelve demasiado lenta, sobre todo ahora que se ha convertido en un clamor nacional.

La primera tentación consistió en descentralizar aquellas entidades que sufrieron severos daños en sus inmuebles, pues las circunstancias hacían deseable que toda nueva inversión se hiciera fuera del Valle de México. Por lo mismo, nuestra primera determinación en los días posteriores al sismo fue buscar la forma de optimizar el espacio disponible en las oficinas públicas y, sólo habiendo agotado esa posibilidad, rentar oficinas nuevas. La adquisición de inmuebles para oficinas públicas en el Distrito Federal quedó prácticamente cancelada.

Para determinar las posibilidades de la descentralización, debemos ubicarnos en un ritmo y en la realidad. Ésta depende, en mucho, de la capacidad de recepción de las ciudades medias que, en general, es muy limitada. En un primer paso, vamos a ver cuánta gente pueden recibir las ciudades de provincia, y en segunda instancia, cómo podemos aumentar esa capacidad de recepción, lo que implica que antes de enviarles gente, debemos estudiar su localización geográfica, dotarlas de agua, de comunicaciones y de escuelas. En fin, existen muchos factores que tenemos que considerar antes de actuar.

Por otro lado, hay que acabar con los mitos sobre el centralismo. Por ejemplo, es un clamor que se vaya la Secretaría de Marina a Veracruz, cuando en realidad sólo 4 000 de los 25 000 miembros que componen la Armada Nacional trabajan en el Distrito Federal. Aun haciendo un esfuerzo de descentralización, no creo que se puedan sacar de la capital a más de 500 elementos. Lo que hace falta es que seamos capaces de explicar cuáles son las metas, los logros y los problemas en este proceso tan complejo.

El meollo para hacerla efectiva es propiciar, en forma paralela a la descentralización física y económica, una mayor descentralización política. Para lograr este objetivo conviene que las secretarías den más funciones y poder a sus delegaciones en los diferentes estados. Por su parte, el gobierno federal tiene que desprenderse de facultades para transferirlas a los gobiernos estatales, y éstos, a su vez, tienen que hacer lo mismo con los gobiernos municipales.

Sin embargo, es difícil obligar a quienes tienen el poder a cederlo, por lo que esto no va a ocurrir de la noche a la mañana. Las expectativas de que después del sismo se produzca un renacer absoluto, con cambios dramáticos, son simples ilusiones. Nos hacen pensar que es necesario que se calmen las neurosis agitadas por los hechos, y que todos volvamos a nuestra rutina, por odiosa que nos parezca.

Entre las demandas planteadas por la sociedad con motivo del sismo y que suponían una decisión gubernamental, la más inmediata era la recepción y distribución de la ayuda material que nos llegó del extranjero. Éste era un punto delicado que, si no se organizaba bien, podía traer, como en el caso del régimen de Anastasio Somoza en Nicaragua, el desprestigio e, incluso, la caída de un gobierno. La honestidad en el manejo de la ayuda a los damnificados era de tal importancia que se la encomendé, de manera personal, al secretario de la Contraloría General de la Federación, Francisco Rojas.

También con un peso moral se encontraba la solicitud de que se investigara la responsabilidad de los constructores de los edificios que se cayeron. Satisfacer este deseo sin caer en la creación de “comités del terror” me parece imposible, sobre todo porque es muy difícil determinar el tipo de impacto sísmico al que estuvo sometido cada edificio. Además, habría que ver si se cumplió con las especificaciones de la época en que fue construido cada edificio, así como muchos otros factores.

Finalmente, el sismo también revivió la demanda de elegir al gobierno capitalino. Más que de origen popular, esta demanda proviene de los partidos de oposición, que buscan con ello un foro adicional para su acción. Fraccionar al Distrito Federal en municipios resultaría poco eficiente, porque está totalmente interconstruido. Baste preguntarse cómo podría municipalizarse la red de agua potable. Además, veo como inmanejable un Distrito Federal gobernado por distintos partidos políticos. Lo que considero factible es formar consejos delegacionales e, incluso, un Congreso local; esto es, abrir un diálogo político plural de nivel deliberativo.

La decisión más importante de cuantas tomé consistió en señalar que la prioridad absoluta era salvar vidas, sin escatimar esfuerzo o tiempo. Indiqué que mientras se sospechara que había vida bajo los escombros, éstos serían removidos a mano. La fumigación fue cancelada en los primeros días.

Esto le llegó a la gente, pues correspondía a sus propios deseos. No cabe duda de que lo que más impacta al ser humano es lo que se relaciona con los sentimientos. Por eso, en la relación entre gobernante y gobernados, hay que atender más esa parte.

No obstante esa convicción, y mi deseo personal de permanecer lo más cerca posible de quienes sufrían las dramáticas consecuencias de los sismos, tuve que concentrarme en buscar la solución a los problemas más urgentes. Sin embargo, desde que me di cuenta de la magnitud del desastre, decidí visitar, mañana, tarde y noche, las áreas más afectadas.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.