Tercer Informe de Gobierno: reflexiones sobre la renovación nacional

"MES: SEPTIEMBRE"

LAELABORACIÓN DEL TERCER INFORME DE GOBIERNO me dejó un sabor de boca agridulce, pues si bien me sorprendió gratamente la magnitud de ciertos avances, como que en estos tres años hemos logrado construir 10 000 kilómetros de caminos, también tuve que reconocer nuestros fracasos en el terreno económico, que continúa particularmente embrollado y riesgoso.

En el mes de agosto destiné mucho tiempo a reflexionar y a escribir el informe. Al principio estaba yo bajo el impacto y la desazón que me causaron las medidas económicas que tuve que tomar a finales de julio, y que me hicieron ver que la falta de coordinación de mi equipo fue la causa de errores que pudieron evitarse. Ello afectó mi ánimo, predisponiéndome a destacar más nuestros errores que nuestros logros.

Sin embargo, me fui dando cuenta de que no era posible desahogar mi malestar en el Informe de Gobierno, porque ello nos abriría muchos flancos vulnerables, además de ser injusto e ingenuo políticamente. Lo que resultaba pertinente era armar un ambiente de credibilidad, tranquilidad y aliento, y no utilizar el informe como un ejercicio de autoflagelación para satisfacer mis propios requerimientos psicológicos.

De cualquier forma, concluí que a la postre mi gobierno no será calificado por su éxito o fracaso al enfrentar el reto económico. Sin embargo, éste será sólo el primer paso, pues lo que logremos, por difícil que sea, será poco reconocido, pues la gente supone que ésa es la obligación natural del gobierno. Por tanto, creo que sin perder conciencia de que lo económico es medular, conviene enfatizar aquellos aspectos que, a mi juicio, dan un carácter particular a este gobierno, a fin de articular un proyecto y generar una imagen que refleje la forma en que quiero ser visto en términos históricos.

Aunque yo estoy convencido de que mi gobierno ha definido con toda claridad su ubicación en el proceso histórico y con ello el rumbo que desea seguir, hay quienes señalan que carecemos de proyecto histórico y nos limitamos a sobrevivir. Esta aparente incapacidad para hacer entender a la gente la situación en que nos encontramos y lo que estamos tratando de hacer me llevó en el Tercer Informe de Gobierno a reiterar la necesidad y el sentido de realizar una renovación nacional.

Resulta difícil encapsular en sólo dos palabras un proyecto de gobierno, particularmente si incluye la palabra renovación, pues ésta ha sido, de una manera u otra, la propuesta de todos los presidentes de la República. Sin embargo, en mi caso, creo que el término cobra mayor validez tanto por las circunstancias históricas por las que atravesamos como porque yo he actuado, desde el principio, en forma sistemática para lograr ese fin.

El problema empieza porque se entienden y esperan cosas diferentes del término renovación. En primera instancia se esperan acciones, pero éstas tienen que oponerse precisamente a las tendencias históricas que se desea modificar y, en esa medida, suponen la reafirmación cotidiana de un proyecto histórico. Además, la renovación supone una actitud personal en la que cada quien tiene que analizar su responsabilidad para cambiar aquello que considere inadecuado o inventar aquello que a su juicio es necesario y no existe.

Así, cuando hablo de la necesidad de una renovación nacional, muchos creen que me estoy limitando a solicitar una actitud nueva y mejor. Si bien esto es cierto, también lo es que, desde el inicio de mi gobierno, he tomado medidas y acciones para lograr el cambio de ciertas tendencias históricas.

Con ese sentido, actualicé la Constitución y cambié el tipo de personal que ocupa los cuadros administrativos y dirigentes. También modifiqué el marco legal y funcional de mi gobierno. Propuse, en términos más amplios, la institucionalización frente al poder personal, demostrando con mi propia actuación la voluntad de cambio. Promoví la democracia frente al autoritarismo, estimulando para lograrlo cambios en las formas de proceder del PRI. Asimismo, planteé la apertura frente a la endogenia económica; el desarrollo horizontal frente a las decisiones verticales; la gestión administrativa frente a la gestión política del presupuesto; la administración frente al caciquismo; la descentralización frente al centralismo; la renovación moral frente a la corrupción; la disminución del aparato burocrático frente a la ineficiencia y el dispendio.

El propósito de estos cambios es actualizar el sistema, respetando sus postulados esenciales y su sentido histórico. No deseo modificar los conceptos de democracia política o social de nuestra Constitución, o los referentes a la economía mixta y al sistema presidencialista, pues reconozco que se fundan en una experiencia histórica. Lo que propongo es actualizar las estructuras políticas, económicas y sociales del país, a fin de hacerle frente a las circunstancias nacionales e internacionales de fin de siglo.

En el terreno económico es indispensable una mayor eficacia, lo que exige una reconversión industrial y comercial, así como la regularización de la tenencia de la tierra. En el terreno social, urge promover y dar cabida a una mayor participación ciudadana, pues la magnitud de las tareas que enfrentamos así lo requiere.

Un buen ejemplo de las medidas que he tomado para cambiar las tendencias históricas que limitan nuestro desarrollo es la reforma municipal. Al respecto, promoví la modificación del marco legal para establecer, entre otras cosas, la obligación que los estados tienen de entregar a los municipios por lo menos 20% de los recursos que reciban del Fondo General de Participaciones.

Este fortalecimiento de la vida municipal se complementa con la inclusión de los municipios, por medio del Convenio Único de Desarrollo, en la planeación y programación del gasto federal en los estados.

Tenemos que renovar actitudes, mecanismos de operación y procedimientos. Para lograrlo, hay que reconocer las limitantes económicas del momento y actuar en consecuencia. Esto significa que ya no podemos proponernos proyectos gigantescos, sino que debemos centrarnos en proyectos medianos y pequeños que se desarrollen con el consenso y la participación de sus posibles beneficiarios. En fin, lo que hoy se requiere es actualizar el proyecto de la Revolución mexicana, no abandonarlo.

La elaboración del Tercer Informe de Gobierno me hizo reflexionar también, tal vez porque llegaba yo a la mitad del camino, sobre la necesidad de reorganizar mi agenda, para dar cabida a un mayor número de gente de fuera del gobierno. Quiero, adicionalmente, acercarme más a los gobernadores, porque como alguien me dijo: “El Presidente no puede destinar todo su tiempo a los cardenales, olvidando a los obispos…”.

En cuanto a los secretarios de Estado, les voy a pedir que de ahora en adelante me presenten más asuntos por escrito, para no sentir que todo mi tiempo se me va en hablar. En realidad, quisiera destinar mucho más tiempo a leer.

En lo que se refiere a la relación con mis colaboradores, siento que tengo que llevarles las riendas más cortas. Debo vigilar con más cuidado el seguimiento de las cosas que se comprometen a hacer, a fin de impulsar lo que esté rezagado y corregir a tiempo lo que se desvíe, pues lo más enervante es ver que habiendo tomado yo las decisiones necesarias, ellos no las ejecutan. A ello se debe, en parte, que la renovación no tenga el ímpetu y la velocidad que yo quisiera.

Cabe aquí mencionar que decidí suspender el experimento que hice el año pasado de enviar a los secretarios de Estado a presentar personalmente ante las respectivas comisiones del Congreso de la Unión sus informes de labores, pues no fue acogido positivamente. Los diputados, en particular los de los partidos de oposición, manifestaron airadamente su desinterés por escuchar la presentación de los informes de labores y se abstuvieron de analizar los documentos en el seno de las comisiones correspondientes. Por tanto, no fueron debidamente discutidos ni tampoco se elaboraron a partir de ellos cuestionamientos o recomendaciones para los funcionarios del área. Tampoco fue a partir de los informes que las comisiones citaron a los secretarios o subsecretarios a dialogar.

En fin, la presentación de los informes irritó a los diputados, porque no permitimos que dichas ocasiones se convirtieran en foros para una discusión pública. En menos palabras, para los diputados, lo que no es motivo de lucimiento, no es de su interés. Esto demuestra que los diputados conciben el Congreso como un circo político y no como un contrapeso del Poder Ejecutivo.

Yo quisiera que los diputados fueran más participativos y analíticos, pero no puedo precipitar artificialmente procesos para los que la sociedad no está preparada. Las cosas suceden dentro del límite de sus posibilidades. Yo no puedo hacer la tarea de otros, por lo que debo resignarme a que muchas de mis iniciativas se desvanezcan sin cobrar cuerpo.

Muchas cosas cruzaron por mi mente a raíz de las reflexiones que hice en el mes de agosto. Al mirar hacia atrás, tuve la sensación de que los tres primeros años de mi gobierno se me han ido como agua, y la certeza de que los que faltan se me irán todavía más rápidamente. Dentro de dos años tendrá que darse a conocer el nombre de mi sucesor, lo que me obliga a analizar con cuidado la actuación de mis colaboradores.

Algunos secretarios quieren distinguirse ante mí, en tanto que otros tratan de establecer su propio ámbito de consenso. Estos últimos buscan, más que mi apoyo, que se den en la sociedad las condiciones objetivas para hacerlos elegibles. Mi papel, por ahora, consiste en analizar cómo se mueve cada uno de ellos; medir su temperamento, su personalidad y sus habilidades.

El gran problema de mis colaboradores es el desgaste político que las circunstancias les han impuesto. Reconociendo este hecho, lo que yo debo analizar con cuidado es la capacidad de cada uno de ellos para manejar su desgaste; ver cuáles se recuperan y cuáles no.

Inevitablemente, el proceso de reflexión me hizo cuestionarme la imagen que la opinión pública tiene de mí. Concluí que en general me tienen conmiseración por las dificultades objetivas que he encontrado en mi gestión. También creo que me consideran una persona que aborda el trabajo con seriedad. Sin embargo, yo quisiera que también vieran en mí al líder que está llevando las cosas por el camino correcto, al líder acertado. Esto es particularmente importante, pues me parece evidente que la sociedad tiene, dada la gravedad de la crisis, necesidad de un liderazgo fuerte.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.