Elecciones de medio periodo: victoria amarga

"MES: JULIO"

TRADICIONALMENTE, LAS ELECCIONES PARA RENOVAR LA CÁMARA DE DIPUTADOS a mitad de un periodo presidencial resultaban eventos desangelados. Ahora la situación fue diametralmente opuesta.

Las expectativas que el proceso generó fueron de tal magnitud que el líder del PRI capitalino, Guillermo Cosío Vidaurri, se sintió en la necesidad de señalar que el Partido Revolucionario Institucional no se encontraba en una encrucijada ni que en las elecciones en cuestión se hallaba en juego su destino. Por su parte, el subsecretario de Gobernación, Fernando Pérez Correa, manifestó ante los corresponsales extranjeros que las elecciones del domingo 7 de julio no constituían una prueba de fuego para el sistema.

El clima de expectativas, reconocido en estas declaraciones por el aparato partidista y gubernamental, tuvo su origen en los éxitos electorales del PAN en 1983. Éstos alimentaron las esperanzas de triunfo de sus simpatizantes, a la vez que generaron una gran inquietud entre las huestes priistas, poco dispuestas a compartir el poder. El aumento de la votación panista fue resultado de la crisis, en tanto dio curso al sentimiento antigubernamental que ésta generó.

Otra manifestación del cambio sufrido por la sociedad fue la creciente demanda de una auténtica transparencia electoral. Éste fue el eje sobre el que giraron las expectativas panistas y en el que se apoyó su amenaza de violencia en caso de que no se respetara el voto.

El temor a la violencia fue dominando el ambiente político. A mí me llegaron rumores del PRI, Gobernación, Defensa, Marina y los gobernadores sobre esta posibilidad. Me dijeron, aunque nunca me lo precisaron, que los panistas estaban preparando brigadas de choque, para lo que introducían ilegalmente armas al país. Poco a poco se fue dando un ambiente de neurosis en el medio político.

El PAN manejó la idea de que si había fraude electoral, ellos no serían responsables de la violencia que se pudiera desatar. El PRI retomó por razones tácticas este argumento, para señalar que el PAN estaba incitando a la violencia. El resultado fue que rebotaron tantas veces la misma idea, que llegaron a creerla. Naturalmente la prensa la recogió y amplificó.

Nuestra inquietud en torno al desarrollo de las elecciones fue creciendo cuando vimos que el PAN, con una falta total de escrúpulos, trabó alianzas con el ala derecha del clero, de los empresarios y de los grupos políticos norteamericanos. Por otro lado, es innegable que en ciertos sectores del PRI hubo resistencia, e incluso amenaza de violencia interna, si se dejaba ganar al PAN.

El eco de los medios masivos hizo que se distorsionara ante la opinión pública el mapa político de la República, en el que de hecho el PAN está circunscrito al Distrito Federal, Nuevo León, Sonora, Chihuahua, Baja California y Sinaloa, luego existen enormes áreas del país donde el PRI no tiene contendientes. Sin embargo, los énfasis estaban puestos en las gubernaturas de Sonora y Nuevo León y en las diputaciones del Distrito Federal.

La idea de que el sistema viviría en esa jornada electoral su “prueba de fuego” derivaba del supuesto de que la votación panista sería tan significativa, que si el gobierno trataba de soslayarla, detonaría la violencia popular. Los dos supuestos fueron falsos: la votación panista disminuyó y no hubo ni el menor conato de violencia popular.

Con toda tranquilidad, el domingo 7 de julio se realizaron los comicios para elegir 400 diputados federales, 7 gobernadores, 155 representantes a cámaras locales y 845 presidentes municipales. Contendieron, en una muestra clara del avance de la reforma política, nueve partidos políticos. Con ello culminó un largo y fogoso proceso electoral, sobre todo si se considera desde la etapa de las precandidaturas.

El resultado fue un triunfo absoluto para el PRI, el cual obtuvo 289 de las 300 diputaciones de mayoría, incluidas las 40 del Distrito Federal; todas las gubernaturas; 98% de las diputaciones locales, y 100% de las presidencias municipales en cuestión.

El único incidente violento ocurrió en San Luis Río Colorado, Sonora, donde la policía detuvo a 20 panistas que se estaban robando las urnas y los encarceló.

Hubo además quema de automóviles y pedradas.

A instancias mías, el gobernador Ocaña habló con los panistas y les dijo que no podíamos aceptar situaciones como ésas, pero que si se comprometían a que no se repitieran actos de esa naturaleza, soltaría a los detenidos. A medianoche los encarcelados ya estaban en la calle. No se registró violencia de otro tipo; no hubo lesionados y, desde luego, no hubo ningún muerto.

La razón por la que estas elecciones se desarrollaron sin violencia es que el PAN realmente no la tenía preparada y sus amenazas eran sólo un bluff. Además, yo mismo di la consigna a las fuerzas públicas de que evitaran la provocación, manteniendo una actitud tolerante y aun paciente. Ordené que el Ejército no entrara a resolver ningún conflicto a menos de que yo personalmente lo autorizara, es decir, que no entrara a solicitud de los gobernadores. En cuanto a la policía, pedí que no fuera armada, salvo por sus cachiporras.

El triunfo del PRI se debe a que atacamos aquella área en la que posiblemente estábamos más débiles: la promoción del voto. En esta ocasión, las campañas desarrollaron tácticas de penetración más eficaces. Fidel Velázquez, que durante el curso de las campañas me mandó recados diciéndome que éstas iban muy mal, al final me dijo que le parecía que en conjunto se había realizado una buena labor partidista. Añadió que estaba seguro de que el PRI iba a ganar y de que no habría violencia.

La tranquilidad de Fidel Velázquez contrastaba con el ambiente de ebullición e inquietud que caracterizó los días anteriores a las elecciones. Su seguridad de que nuestro triunfo sería absoluto lo llevó a comentarme que tenía preparado un viaje para el martes siguiente a las elecciones y que, salvo que yo se lo solicitara o que se presentara una situación inesperada, continuaría con sus planes.

La realidad fue que el PAN se desplomó: perdió un millón de votos. La razón de ello, en mi opinión, es que se equivocaron de campaña, porque se limitaron a hablar de los errores del gobierno.

Por otro lado, la población percibió un cambio significativo en el seno del PAN, que ya no está compuesto fundamentalmente por gente honesta que busca imponer “los valores morales trascendentes” en la política, sino que es un partido de políticos y empresarios que desean el triunfo electoral a cualquier costo.

El PRI perdió 4.75% de su votación respecto a las elecciones anteriores; el PDM subió 0.66%, y el PST 0.33%. El PMT nos dio una sorpresa, pues alcanzó 1.54% de la votación. En el Valle de México, cuando menos, fue apoyado no solamente por el sector de los trabajadores, sino también por miembros de la clase media. Ello se debe a que su dirigente, Heberto Castillo, es reconocido como un hombre honesto, nacionalista y que critica, e incluso insulta frontalmente al gobierno.

El PSUM, en cambio, obtuvo menos votos. Bajó 1.62% respecto a la elección anterior. Es probable que el secuestro de su líder nacional, Arnoldo Martínez Verdugo, una semana antes de los comicios, haya afectado su credibilidad. Esta situación trajo desprestigio al PSUM, pues el Partido de los Pobres dijo que había realizado este acto con el fin de recuperar parte del dinero que en 1974 había recibido como rescate del entonces gobernador Rubén Figueroa y que había dejado en custodia del Partido Comunista Mexicano.

El PRT, el PPS y el PARM apenas alcanzaron la votación necesaria para conservar su registro. Ésta fue, respectivamente, de 1.26, 1.95 y 1.65%. La presencia de estos pequeños partidos nos ayuda, pues fracciona a la oposición. Por eso les ayudamos con nuestra reserva de votos, esto es, pidiendo a nuestros militantes que los apoyen con el voto plurinominal.

En Ciudad Juárez, Chihuahua, ocurrió algo muy novedoso: un fraude electoral panista. Hay indicios de que en algunas casillas en que se repartieron 1 000 boletas, se encontraron 4 000 votos para el PAN. El 15 de julio, el PAN obtuvo constancia de mayoría en los tres distritos de Ciudad Juárez, pero el PRI pidió la anulación de esas casillas.

Era claro que resultaría difícil convencer de que esto fue lo que ocurrió, tanto porque el presidente municipal panista, Francisco Barrio, maneja con mucho éxito la mercadotecnia política, como porque la gente está acostumbrada a que exista tolerancia hacia la alquimia priista. Pero yo no puedo frustrar a los miembros de mi partido cuando pueden demostrar que hubo abuso del otro ban- do. Hacerlo sería peligroso, aunque posiblemente beneficiaría nuestra imagen pública.

Las elecciones de Sonora y Nuevo León, donde las candidaturas panistas a las gubernaturas fueron más activas, deben analizarse aparte. Cuando hablé con los gobernadores electos de esos estados, me dijeron que efectivamente habíamos ganado. También reconocieron que los priistas tradicionales habían hecho de las suyas, aunque señalaron que sus fraudes fueron de tipo marginal. Los panistas regionales están enardecidos porque no triunfaron sus candidatos, en tanto que los panistas de nivel nacional están dispuestos a negociar.

De cualquier forma, lo que es un hecho es que cuando los panistas no ganaron lo que pensaban ganar, realizaron una maniobra muy exitosa para magnificar el fraude que realmente tuvo lugar. En esta maniobra contaron con el apoyo tanto de la prensa nacional como de la internacional.

No es lo mismo ganar el voto, que convencer a la gente de que lo hemos ganado. La prensa internacional recogió y magnificó las denuncias de la oposición relativas a la falta de limpieza en las elecciones. Su unanimidad al respecto es sorprendente y nos hace pensar que es resultado de la influencia de los grupos ultraconservadores de Estados Unidos.

A este propósito conviene hacer un paréntesis para señalar que siempre que la ocasión me lo permitió, le expliqué a los diversos funcionarios norteamericanos la superficialidad que implicaba proponer para México un bipartidismo de corte norteamericano. Concretamente recuerdo haberlo comentado con Paul Volcker, cuando nos visitó en mayo.

En dicha ocasión, le aclaré que el PRI es el único partido capaz de mantener la estabilidad política del país en un momento de crisis como éste, pero sobre todo le enfaticé que la oposición en México parte de proposiciones ideológicas y organizativas radicalmente diferentes de las del sistema político existente, por lo que su alternancia significaría, en cada ocasión, severas rupturas.

La crítica de los periodistas extranjeros no obedeció a que no hayamos querido darles información. Al contrario, montamos centros de prensa en Monterrey y Hermosillo. Lo que sucedió fue que la prensa creó tal expectativa de que el PRI perdería las gubernaturas de los estados de Sonora y Nuevo León, que cuando esto no ocurrió los perdedores fueron los periodistas, quienes se negaron a aceptarlo. La prensa nacional, en una actitud supuestamente muy liberal, le hizo eco a la prensa internacional.

El escándalo que se armó fue enorme; no hubo articulista o editorialista que no se sintiera obligado a criticar el desarrollo del proceso. En la Comisión Federal Electoral se expidieron 225 constancias de mayoría sin impugnación alguna, 70 se emitieron por mayoría de votos y sólo se negaron cinco casos para dejar su calificación final al Colegio Electoral. Las gubernaturas fueron cuestionadas como táctica política de la oposición, a sabiendas de que no había fundamento real para ello.

En todo el país se supo que ganó el PRI. Y no me refiero al conocimiento que se obtiene mediante la lectura de periódicos, sino al que adquiere la gente porque quienes trabajaron en las casillas les han dicho que ganó el PRI y esto se pasa de boca en boca. Inevitablemente la realidad tiene que permear, pero eso no quiere decir que hayamos convencido a todos de nuestro triunfo.

En realidad ni siquiera pudimos evitar que se magnificaran las acusaciones de alquimia y fraude electoral. Suponer que las elecciones fueron inmaculadas es ignorar nuestra historia. Lo que sí podemos sostener, sin embargo, es que la ley electoral ha hecho mucho más difícil el fraude electoral, por lo que éste es, cuando menos en las ciudades, de naturaleza marginal.

En el campo, donde hay poco control sobre el proceso, es casi inevitable que se infle la votación, tanto para bajar la imagen de abstencionismo, como para contrarrestar los votos que la oposición pueda recibir en la ciudad; pero no porque en el campo haya peligro de que pierda el PRI.

Las dudas sobre la honestidad del proceso surgen, entre otras cosas, porque el actual sistema electoral no es suficientemente transparente. Necesitamos profundizar la reforma política modernizándolo en todo lo posible. Concretamente creo que mejoraría la credibilidad en el sistema si se acortara el periodo del conteo de votos.

De cualquier forma, quiero dejar claro que yo no creo en la política de carro completo y así se lo hice saber a Gobernación, pidiéndole que no vacilara en reconocer los triunfos de la oposición. Sin embargo, sé que no puedo birlarle sus triunfos al PRI en aras de una negociación con los partidos de oposición, porque ello dañaría mucho la moral del partido.

El resultado de las elecciones confirma que, a pesar de la crisis, el PRI sigue atrayendo a la mayoría efectiva de los votantes. Esta continuidad seguramente también se dio en la percepción que la gente tuvo de las elecciones. Ello significa que, independientemente de lo que en realidad ocurrió, quienes consideran que el PRI no necesitaba hacer fraude electoral para ganar, pues de todos modos ganaría, siguen pensando lo mismo, como también ocurre con quienes están convencidos, como resultado de un estado emotivo personal, que el PAN ganó las elecciones, pues seguirán pensándolo.

Ganar la batalla por el voto, habiendo perdido en buena medida la de la credibilidad, nos dio una victoria amarga. Lo más preocupante es que el proceso propició la radicalización de los ánimos. El PAN está enardecido y los partidos de izquierda desesperados. Éstos se dan cuenta de que su posibilidad de ejercer presión política por la vía electoral es nula.

En términos optimistas y fríos, lo ocurrido en este proceso electoral refleja que ya contamos con una sociedad más crítica y vigilante. El acicate de esta nueva actitud ha sido la dureza y persistencia de la crisis por la que atravesamos y, por lo mismo, no debemos sorprendernos si esta etapa se encuentra teñida por la rabia y la frustración. Estos sentimientos pasarán, dejando sembrada una actitud más participativa.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.