Viaje a Europa: contacto directo con mandatarios de cinco países

"MES: JUNIO"

MI VIAJE A ESPAÑA, GRAN BRETAÑA, BÉLGICA, ALEMANIA FEDERAL Y FRANCIA, realizado del 4 al 23 de junio, obedeció a una estrategia elaborada desde tiempo atrás y orientada a permitirme el establecimiento de contactos directos con mandatarios de distintos países.

Dentro de esta estrategia se programó que primero visitara América Latina, luego América del Norte y en tercer lugar los principales países de Europa Occidental. El viaje que realicé a la India y Yugoslavia, del 23 de enero al primero de febrero, no estaba dentro de este esquema. Fui, como he explicado, porque me sentí presionado a hacerlo.

Como parte del programa al que hago referencia se encuentra, para el próximo octubre, una visita a Japón y China. El interés por hacer este viaje proviene de la insistencia de Japón en que lo visitemos, así como de la importancia comercial y financiera que dicho país tiene para nosotros. La visita a China obedece a que este país se está abriendo a las naciones occidentales y nos invita a visitarlo.

Por otro lado, es clara la necesidad que México tiene de establecer equilibrios internacionales. No podemos limitar nuestras relaciones al área de influencia de Estados Unidos.

Mi viaje a Europa generó una gran discusión. Dividió a la opinión pública. Los críticos argumentaron que fue inoportuno, señalando que se realizó en un momento muy delicado en términos electorales y cuando el país atravesaba por un periodo de desorden económico interno. Dudaron de su utilidad, con el argumento de que los viajes presidenciales son esencialmente recreativos, pues los arreglos comerciales están establecidos desde antes.

Yo no comparto estas ideas. Creo que el viaje fue oportuno, pues aprovechamos el renacimiento del interés europeo por América Latina. Además, el mero contacto personal con líderes consolidados y experimentados me benefició; obtuve nuevos puntos de vista que me sirvieron para ver en perspectiva nuestro país.

Considero también que el intercambio directo entre mandatarios beneficia la relación entre las naciones, pues permite romper formalismos, logrando un mayor acercamiento. Para ello hay que llevar estudiada la personalidad de cada uno de los individuos con quienes se va a tratar, a fin de utilizar todos los elementos posibles para lograr conversaciones fluidas y abiertas. Es indudable que un cambio de actitud en los mandatarios influye en la acción de sus cancillerías, lo que puede incluso hacer variar decisiones financieras y comerciales.

La recepción que nos brindaron los diversos países de Europa fue cordialísima; se esforzaron porque nos sintiéramos bien. Me resultó muy grato ver que, con sus matices, existe una cierta admiración por la política económica que hemos desarrollado. La califican de ruda en el mejor sentido, esto es, la consideran valiente y correcta.

La prensa nos trató muy bien, salvo por una nota aparecida en la revista española Cambio 16, en la que se habla de la "mexicanización" de Nicaragua. En general se dijo que el Presidente de México es serio, haciendo con ello una comparación con los dos presidentes anteriores, a los que se calificó de excéntricos. La prensa se ocupó abiertamente de este tema.

Los comentarios directos que yo recibí en ese sentido fueron pocos y velados, y me parecieron un tanto impertinentes, como el de la Reina de Inglaterra, quien disimuladamente me hizo ver que su imagen de mis antecesores en el cargo era negativa, pues sentía que éstos habían dado rienda suelta a la corrupción. Los planteamientos comparativos, e incluso el que me hayan hecho comentarios di- rectos en este sentido, supone una cierta confianza de su parte, orientada a hacerme sentir que proyecto una imagen muy diferente de la de mis antecesores recientes.

El viaje me sirvió para darme cuenta de que los europeos también tienen su propia crisis, aunque claro, mucho menor que la nuestra. La preocupación central para ellos es el estancamiento económico, con el consecuente desempleo. El paro, como lo llaman en España, es un problema económico con peso político, pues les impide crecer, salvo que decidieran hacerlo con inflación, lo que les da pánico. Así que la única salida que ven, dado que tienen excedentes exportables, es la de aumentar el comercio exterior.

Políticamente se preguntan qué van a hacer con la gente desempleada, entre la que hay muchos jóvenes que pueden llegar a representar una bomba política que trastoque su sistema democrático, haciéndolos caer en sistemas más autoritarios. Ellos ubican su crisis en el contexto de la economía mundial y consideran que muchos de los problemas por los que ésta atraviesa son culpa de Estados Unidos.

En ese sentido, volví a encontrar, como ocurrió en mi viaje a la India, que todos los mandatarios con quienes platiqué le tienen cierto resentimiento a los Estados Unidos. Esto, desde luego, fue más notorio en Francia y España y menos en Inglaterra y Alemania.

Otra característica general que encontré es que los partidos en el poder son muy criticados. En Francia, la situación llega al extremo de que se piensa que en las próximas elecciones pueden ganar los gaullistas. En ese caso, el presidente Mitterrand se encontraría ante el grave problema de que el gobierno estaría formado por miembros de un partido político distinto del suyo. Esta posible situación es denominada por los franceses como "el problema de la cohabitación".

Todos se preguntan si Mitterrand será capaz de cohabitar con un gobierno que pertenezca a otro partido, lo que implicaría tener que negociar todo constantemente. De llegarse a este extremo, resultaría imposible su Presidencia, obligándolo a renunciar. Así que los socialistas franceses se encuentran frente a la posibilidad de la pérdida del poder.

En Alemania encontré que Helmut Köhl recibe críticas de su propio partido, lo que puede hacer que la elección que está programada para 1987 tenga que adelantarse a 1986.

En España, Felipe González es criticado por los obreros de su partido, pero en general hay una buena opinión de él; está afianzado y no tiene contrincante. En Bélgica existe un pluripartidismo muy competitivo, y en Inglaterra la señora Thatcher también es muy criticada.

En el contacto directo con los mandatarios, tuve una impresión favorable de Felipe González, de Mitterrand y de la señora Thatcher. Felipe González es un hombre muy suelto: se franquea. Se me quedó grabada una frase que dijo y que yo también podría decir: "Viendo todo esto, maldito regalo es el poder en este momento". González tiene carisma, tiene buenas relaciones con el Rey y está tomando las medidas que se necesitan tomar. Sabe que la entrada de España a la Comunidad Económica Europea es un gran reto que hay que enfrentar, pues significa empujar a su país a la modernización.

González está muy interesado en América Latina. Se siente ligado a lo que pasa en ella, pues finalmente aquí existen 300 millones de seres con los que España tiene alguna relación. Está muy preocupado por nuestra situación económica y por los problemas de Centroamérica. Felipe González está muy decepcionado de los sandinistas. Dice que tienen mentalidad guerrillera: buscan éxitos tácticos que no tienen seguimiento, esto es, que carecen de una estrategia más amplia que dé sentido a dichos éxitos.

Él observa todo el problema centroamericano partiendo de la clara aceptación de que España es aliada de Estados Unidos. Es dentro de ese marco que busca la máxima independencia política, pero nada más.

Me platicó la conversación que tuvo con Daniel Ortega cuando éste lo visitó en mayo. Me comentó que lo había enfrentado con toda claridad, diciéndole: "Mira Daniel, están perdidos. Dejaron pasar la oportunidad de negociar con los Estados Unidos; están ensoberbecidos. No han ayudado a Contadora, más bien han dificultado la negociación. Y a cada observación que le hacía -continuó González-, Ortega me contestaba con un discurso patriótico. De manera que yo veía que no le estaba entrando nada de lo que le estaba diciendo. La prueba absoluta de ello fue cuando salimos de nuestra plática y dimos una conferencia de prensa. Cuál no sería mi sorpresa -añadió- cuando Ortega aprovechó esa conferencia de prensa para decir que Reagan es un Hitler redivivo. Su falta absoluta del sentido de la diplomacia me puso en un brete y me obligó, cuando uno de los periodistas me preguntó qué opinaba de lo dicho por el comandante Ortega, a contradecirlo. Así que tengo poca esperanza en los sandinistas -concluyó-, a los que considero unos inmaduros".

Por otro lado, el presidente González me advirtió que estaba coincidiendo con mi visita en España la del Vicepresidente nicaragüense Sergio Ramírez, quien lo había buscado insistentemente. Me aclaró que él no había contestado a su llamado, porque temía que los sandinistas estuviesen buscando una maniobra publicitaria, precisamente de ésas que tienen lucimiento momentáneo.

González me dijo que era probable que Ramírez me buscara, y así fue. La segunda noche que estuve en España recibí un telefonazo urgente de Daniel Ortega desde Nicaragua y también, claro, de Sergio Ramírez, ahí en Madrid. Decidí no contestarles, pues temí que alguno de los dos hiciera declaraciones imprudentes que pudieran ensombrecer la razón de mi viaje a Europa; no quería que mi visita se "contadorizara". Temí que Ortega fuese capaz de declarar, desde Managua, que había hablado conmigo y que ello fuera resaltado por la prensa internacional, motivando inquietud, principalmente entre los mismos mexicanos.

Así que España, que en un principio estuvo muy obsecuente con la revolución nicaragüense, ahora siente una desconfianza total hacia los sandinistas. Sin embargo subsiste la pregunta fundamental: ¿qué hacer frente al conflicto centroamericano?

Yo insistí en que existe una gran rigidez de parte de Estados Unidos ante el problema. Reiteré que, para que no estalle la guerra en Centroamérica, es necesario que todos continuemos buscando un acercamiento y un entendimiento entre Estados Unidos y Nicaragua, aun reconociendo que los Estados Unidos son un país agresivo, dogmático e impositivo y que los nicaragüenses son unos atrabancados e inmaduros. Aunque la situación parezca ser un callejón sin salida, nosotros no tenemos más alternativa que tratar de fomentar y propiciar el diálogo.

Mitterrand, por su cuenta, está consciente de que los Estados Unidos agreden a Nicaragua y se manifiesta claramente en favor de la no intervención. Sin embargo, desde el punto de vista de la realidad política, ve la torpeza de los sandinistas que cada vez están más alineados con la Unión Soviética, lo que les cierra su margen de negociación.

Margaret Thatcher me dijo, tan pronto abordamos este problema, que lo malo de los sandinistas es que eran comunistas. Yo le contesté: "Aun suponiendo que lo sean, si los Estados Unidos logran que sean derrotados, éstos no se van a dar por vencidos. Van a huir a la selva, donde van a continuar combatiendo. Y si hemos visto que en El Salvador los norteamericanos no han sido capaces de extinguir la guerrilla, menos podrán hacerlo si ésta se encuentra extendida por toda América Central. Además, el derrocamiento de los sandinistas envenenaría el ambiente contra los Estados Unidos en toda América Latina, provocando la radicalización de posturas y con ello una cierta agitación interna en nuestros países. Algo -añadí- les tocaría también a ustedes".

La señora Thatcher se quedó sorprendida de que mi argumento no fuera ideológico, sino pragmático; de que lo que yo pusiera en duda fuera la eficacia de la política norteamericana en América Latina.

Por su parte, Köhl también me dijo que estaba muy decepcionado de los sandinistas. Se preguntó por qué lo había atacado Ortega durante su viaje a Europa, planteándome sus dudas respecto a lo que debía hacer. Yo le sugerí que, dada la amistad de los alemanes con los norteamericanos, él debería hablarles para tratar de evitar que invadieran Nicaragua, dándole las mismas razones que le di a la señora Thatcher.

En Bélgica también me manifestaron su preocupación por Centroamérica, aunque ahí quedó claro que Bélgica es un país débil, dependiente del marco de la OTAN.

Así que de una manera o de otra, en mis conversaciones con todos los mandatarios fui hablando de nuestros problemas con Estados Unidos. La excepción fue la señora Thatcher, pues inmediatamente me percaté de que no quería que abordáramos ese tema. En general existe bastante simpatía hacia nosotros en estos problemas.

Mitterrand me dijo que él encontraba difícil hablar con Reagan, porque aunque éste es muy amable, opera con base en dos dogmas: el del mercado libre y el del anticomunismo. Me platicó que en su primera conversación con el Presidente norteamericano, le había preguntado cuál era la diferencia entre los comunistas y los socialistas, y que después de habérsela explicado y haberle dicho que en Francia los socialistas pelean contra los comunistas, sintió que Reagan no quedó muy convencido de la explicación, guardando cierto recelo y duda.

Mitterrand me dijo que Francia se ostenta como el país más independiente de Europa, pues no tiene compromiso ni con los norteamericanos ni con los soviéticos. Habló de que ese margen de autonomía se basa en su poderío atómico. Me hizo saber que la capacidad de destrucción atómica de Francia es suficiente para acabar con un territorio equivalente al suyo.

Cuando hablé con Köhl sobre los Estados Unidos, me dijo: "Así éramos nosotros cuando éramos potencia imperial". En Alemania piensan que el mérito de México es enorme, porque siendo vecinos de los norteamericanos no somos un títere suyo. Admiran la actitud de independencia de México y piensan que ésta es fundamental para evitar una mayor penetración de los Estados Unidos en toda América Latina.

Köhl, que es un cervecero franco, sin pulimento, me dijo: "Yo soy muy amigo de los norteamericanos", a lo que rápidamente interpuse: "Yo también soy muy amigo de los norteamericanos, no puedo pensar en no serlo. Sin embargo, pienso que hay cierta hostilidad de su parte, cierta falta de entendimiento de nuestro sistema político, de nuestra historia, de nuestra idiosincrasia". Fue entonces cuando Köhl me ofreció que podría servir como intermediario entre nosotros y los Estados Unidos. Su ofrecimiento me pareció sincero por el contexto en el que lo hizo. Me dijo: "La República Federal Alemana es una potencia media -frase que me hizo preguntarme qué calificación alcanzaríamos nosotros en esa escala-, por lo que tiene que ser selectiva en su política exterior, atendiendo áreas de interés y, dentro de ellas, países determinados. En América Latina, México es el primer interés para Alemania".

También con Köhl hablé de algunos asuntos militares. Me aclaró que como resultado de la segunda guerra mundial, ellos no podían tener armas atómicas, pero que en el terreno de las armas convencionales, Alemania era el país más adelantado de Europa. Le pregunté cómo comparaba el poderío alemán de hoy día con el poderío que tuvo Alemania durante el máximo esplendor nazi, a lo que respondió, después de pensarlo, que posiblemente hoy fueran 10 veces más fuertes de lo que fueron los nazis en su mejor momento. Con ello me dio a entender que si hubiese en Europa una guerra convencional, los alemanes triunfarían.

Cuando pretendí tratar el tema del armamentismo con la señora Thatcher, vi que no había apertura para ello. En Francia, donde pude tratarlo de manera más abierta, me dejaron ver que ellos no van a actuar de manera unilateral en los problemas del armamentismo; que están esperando que haya un entendimiento entre las grandes potencias nucleares. Me dijeron que si las potencias nucleares desecharan su armamento nuclear, ellos con mucho gusto echarían el suyo al mar. Pero que no van actuar de manera unilateral.

Aunque no me lo dijeron, es sabido que la venta de armas es una importante entrada de divisas para Francia. Sin embargo, y aun en ese contexto, Mitterrand me dijo que consideraba muy útiles las reuniones como las de Nueva Delhi, pues había que hacer permanente el recordatorio de la necesidad de suprimir o limitar el armamentismo.

Por cierto, los grupos de países se están poniendo de moda. Claude Cheysson, presidente de la Comunidad Económica Europea, me planteó la posibilidad de formar un grupo de opinión dedicado a las cuestiones económicas internacionales, compuesto por Francia, India, México y Argelia. Aparte de que resulta claro que Francia quiere su pandilla para presionar por una reforma monetaria, haciendo con ella evidente su pique con los norteamericanos, el tema es muy importante.

Ellos me insistieron en la cercanía de enfoques de la Comunidad Económica Europea con América Latina y, por tanto, en la conveniencia de establecer un diálogo sistemático sobre los problemas económicos generales. Se habló de la posibilidad de que buscáramos una convergencia, no un complot, lo que yo creo que puede ser útil, pues ayudará a hacer reflexionar a los Estados Unidos y a los banqueros de Nueva York, quienes, según los franceses, son ahora los más interesados en la posibilidad de un diálogo político, pues saben que en las condiciones actuales no se les va a pagar.

El problema estriba en que hay que ir definiendo cuál es el contenido y el mecanismo del famoso diálogo político. Yo les dije que lo más importante, en mi opinión, era buscar la forma de influir en la opinión pública norteamericana, cosa que yo no sabía cómo lograr. Sin embargo, añadí, si un asunto no llega a formar parte de la conciencia del pueblo americano no tiene viabilidad, pues a los norteamericanos les importa muy poco lo que piensa el resto del mundo.

La importancia del tema económico y mi interés por tratarlo ampliamente durante mi viaje me llevaron, al revisar antes de mi partida los discursos que habría de pronunciar, a disminuir el peso relativo que en ellos se le asignaba al tema de Contadora. No quería que el viaje tuviera el sentido de una cruzada proContadora. Sin embargo, fue inevitable que todos los jefes de Estado me tocaran este punto y luego que fueran ellos mismos quienes lo filtraran a la prensa, la que, por su parte, también me obligó a abordar constantemente el tema.

De cualquier forma, el viaje sirvió para avanzar en otros temas. Yo sentí que los mandatarios que visité estaban razonablemente bien informados sobre nuestra situación económica y sobre el papel que desempeña nuestra política exterior. En general, le dan a México un peso específico muy importante en el mundo.

Por otro lado, debo reconocer que durante todo mi viaje nunca dejé de estar inquieto por todos los problemas que dejé aquí, particularmente en el aspecto económico. Me fui con la preocupación de la baja en el precio del petróleo y su repercusión en nuestras finanzas públicas, consciente de que estamos en un momento muy difícil, que todavía se puede poner peor.

Por ello, cuando era recibido en los diferentes países, y mis interlocutores hablaban de México como un país ejemplar que estaba enfrentando y venciendo la crisis económica, pensaba para mis adentros: "Éstos no saben que la cosa se nos puede descomponer de manera grave". Así que el nivel del prestigio de México y de su gobierno en el extranjero me hacía más evidente nuestra vulnerabilidad.

Sostuve una conversación interesante con el presidente del Senado francés, Alain Poher, quien es un individuo que tiene 39 años de ser senador, 19 de ser presidente del Senado y ha sido cuatro veces ministro y dos veces Presidente provisional. Al principio nuestra conversación fue medio pastosa, pero luego fueron mejorando las cosas. Comenzó diciéndome que él no estaba de acuerdo ni con Mitterrand ni con Chirac. Luego volteó la conversación hacia México, haciendo evidente que había estado refrescando sus conocimientos al respecto.

Durante su conversación fue enfocando las cosas al problema de la sucesión presidencial, como un asunto en el que se determina la posibilidad de continuidad de ciertas políticas. Yo le hice ver que no era una decisión libérrima del Presidente, sino que estaba condicionada por muchos factores.

Entonces me dijo: "Le voy a dar un consejo". Después de muchas disculpas por haber utilizado la palabra consejo, me lo dio: "Conserven su sistema político lo más que puedan. No vayan a caer en romanticismos sobre la democracia. Es necesario, claro, cierta apertura y flexibilidad, pero no se precipiten demasiado. Recuerdo con horror la etapa en que Francia vivió los gobiernos débiles, los gobiernos de composición". Sus palabras me dejaron pensando.

 
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