Relaciones entre México y Estados Unidos: el problema del narcotráfico y el incidente de Muñoz Ledo

"MES: MAYO"

El 2 de mayo, durante una larga reunión que tuve con Sepúlveda, decidí cambiar la tónica de nuestro diálogo con Estados Unidos. Consideré necesario hacerle saber al gobierno norteamericano que su actitud en los últimos meses, y particulamente a raíz del asesinato de Camarena y de la "operación intercepción", había tocado el límite de mi tolerancia.

Una serie de hechos que a continuación narraré me llevaron a concluir que resultaba imperioso, en aras de la dignidad y de la soberanía nacional, responder con firmeza a lo que entonces estimé una campaña de desprestigio y desestabilización contra nuestro gobierno. Guardar silencio en esa coyuntura me pareció indigno.

El 30 de abril, The New York Times publicó un artículo escrito por su corresponsal en México en el que se señala que cuando menos un miembro de mi gabinete, junto con el hijo, no es claro si del mismo o de otro miembro del gabinete, están relacionados con el tráfico de drogas. Para mayor claridad, el artículo dice que el embajador Gavin advirtió que era prematuro caer en la trampa de la autocomplacencia frente a la detención de narcotraficantes realizada por las autoridades mexicanas, pues lo que había salido era apenas la punta del iceberg.

Tan pronto como leí la nota, me comuniqué con el procurador general de Justicia, Sergio García Ramírez, y le dije que me parecía inaceptable quedarnos callados ante aseveraciones que lesionaban el corazón del prestigio de nuestro gobierno. Le pedí que se comunicara ese mismo día con la embajada norteamericana y aclarara con Gavin de dónde había salido esa información, pues todas las pistas lo señalaban como la fuente.

Lo más grave e irritante de este asunto es la historia que había tras él y que se inició con la entrevista que concedí a Gavin el 25 de febrero. En esa ocasión, ubicada en el contexto de la "operación intercepción", Gavin me dijo que las autoridades norteamericanas habían realizado investigaciones que descubrían la participación de políticos federales y locales en el narcotráfico. Además, añadió, tenían conocimiento de que Caro Quintero había comprado y repartido 200 automóviles Grand Marquis entre diversos funcionarios.

Con esos datos en mente, hablé con García Ramírez, que tenía programada para el 22 de marzo una entrevista con su colega norteamericano Edwin Meese, y le dije que nos preparáramos para abrir una caja de Pandora, de la que podrían salir serpientes y alimañas. Le dije que tratara de inducir a Meese a que nos diera elementos claros que nos permitieran fincar responsabilidades concretas, aclarando ante el procurador norteamericano que yo estaba dispuesto a perseguir este asunto hasta donde hiciera falta; que no tendría límite para actuar, siempre y cuando hubiera responsabilidades concretas y pruebas suficientes.

La entrevista de García Ramírez con Meese fue bastante decepcionante, pues el procurador norteamericano jamás mencionó la participación en el tráfico de drogas de otras autoridades que no fueran la Policía Judicial Federal, y ello sin dar ningún elemento específico que nos permitiera actuar. Se limitó a señalar, ante la insistencia de García Ramírez, que daría instrucciones al director de la DEA para que se pusiera en contacto con el procurador mexicano, y que le pediría que sus elementos pasaran información a nuestra policía. Así que en lugar de abrirse una gran caja de Pandora, lo que se abrió fue una cajita de Olinalá.

Por otro lado, García Ramírez tuvo una buena impresión de Meese, pues éste aceptó que gran parte del problema de la droga se encuentra en los Estados Unidos. El procurador norteamericano reconoció que ellos también tienen severos problemas de corrupción en la policía y que han fracasado en el combate contra el narcotráfico. Sin embargo, como es natural, nos pidió que México no cejara en su lucha contra este delito.

Lo grave de este asunto consiste en que los norteamericanos no nos dan pruebas claras y concretas de aquéllo de lo que nos acusan y, sin embargo, filtran a la prensa rumores que vulneran nuestro prestigio. Ésta es claramente la actitud de Gavin. La insolencia llega al extremo de haberme dicho, durante una entrevista que le concedí el 19 de abril, no en forma de rumor, sino de aseveración, que el hijo del general Arévalo estaba mezclado en todo esto.

Gavin me habló también de otro miembro del gabinete y de varios gobernadores, entre los que desde luego incluía al de Sinaloa, al de Chihuahua y al de Zacatecas. Incluso llegó a mencionar al de Jalisco, lo que ya me pareció excesivo. Se refirió también a la complicidad de comandantes de zonas militares y procuradores de justicia.

Su argumentación para acusar al hijo de Arévalo consistía en señalar que éste era muy amigo de Miguel Aldana Ibarra, el ex director de la Interpol en México que huyó a Israel al ser acusado de proteger a narcotraficantes colombianos y mexicanos.

Cuando Gavin terminó de hablar, le pregunté si contaba con pruebas, enfatizando que estaba abierto a evaluarlas conjuntamente, pues estaba decidido a ir al fondo de este asunto. Le aclaré, sin embargo, que de no tenerlas, no estaba presentándome otra cosa que rumores, que son la forma más usual de iniciar las calumnias. Me respondió que donde hay humo, hay fuego.

El problema de Gavin es que se rebaja a andar con chismes. Además, su actitud de prepotencia y soberbia es absoluta: se presenta ante mí como si fuera nuestro gran juez. Lo verdaderamente intolerable es que filtra a la prensa recriminaciones de las que no tiene ninguna prueba.

Siguiendo mis instrucciones, el 30 de marzo García Ramírez insistió en hablar con Gavin sobre la nota aparecida en The New York Times. Morris Busbee, encargado de negocios de la embajada norteamericana, acudió a la Procuraduría a las 11 de la noche, en ausencia de Gavin y, cuando García Ramírez le dijo que la nota periodística los implicaba como fuente, respondió que la embajada no había dado esa información y que el embajador Gavin se encontraba profundamente indignado con el corresponsal del New York Times, pues reconocía el gran esfuerzo que México estaba realizando para combatir el narcotráfico.

En fin, negaron todo, lo que me molestó mucho, pues yo reconocí en la nota en cuestión giros de expresión que Gavin utilizó durante su última entrevista conmigo.

El primero de mayo me reuní con García Ramírez y con Sepúlveda para analizar esta situación y le pedí a nuestro procurador, para beneficio de la embajada norteamericana, que hiciera una declaración a los periódicos resaltando la necesidad de que, frente al problema del narcotráfico, nos coloquemos por encima del rumor, de la difamación y de la calumnia, y acreditemos nuestras imputaciones con pruebas. El mensaje era claro: se calificó de injustos e irresponsables los comentarios del periodista del New York Times.

El hecho es que los norteamericanos se niegan a entender que la muerte de Camarena fue una venganza de los narcotraficantes por la destrucción que hicimos de los plantíos de mariguana en Chihuahua; esto es, que resultó de una acción que demuestra nuestra voluntad por combatir el narcotráfico.

Las aprehensiones de Caro Quintero y Fonseca son también avances en este sentido. La última, aunque por casualidad, demuestra que no toda la policía es corrupta. Fonseca no escapó a pesar de que llevaba consigo 25 millones de pesos. Gallardo, que es otra de las cabezas, está prófugo, de manera que ya no puede decirse que los narcotraficantes viven tranquilos.

En cuanto a limpiar a la policía, ya hemos despedido a 300 elementos de la Federal de Seguridad y a otros tantos de la Policía Judicial Federal, por haber indicios, aunque no pruebas suficientes, de su complicidad en el narcotráfico. Cuando ha habido pruebas, hemos consignado a policías y agentes ante los jueces. Lo hemos hecho con base en los nombres que han ido aflorando durante los interrogatorios de Caro Quintero y Fonseca.

Lo que me preocupa es que las acciones de Gavin están siguiendo una línea; no son independientes de otra serie de factores que también nos agravian. Es claro que Gavin provoca a la Casa Blanca contra México, pero también debemos reconocer que la Casa Blanca está aceptando y avalando esta línea de acción.

El segundo incidente que resultó muy irritante en los últimos días de abril fue el tono amenazante con el que Gavin se dirigió a Sepúlveda en una carta. En ella le dice que pese a las notas que ha enviado al senador Raúl Castellano Jiménez, y de las que ha mantenido informado al canciller, el legislador ha reincidido en sus críticas al gobierno y al Presidente de los Estados Unidos.

Afirma Gavin que ha obtenido información en el sentido de que Castellano goza de la confianza del Presidente de la República, lo que le hace suponer que hay una clara voluntad de parte del gobierno mexicano de desacreditar al gobierno norteamericano. Añade que, en caso de que el senador Castellano no sea desmentido, el gobierno norteamericano se verá en la necesidad de reciprocar la crítica, lo que hará de una manera altamente pública.

El tono de esa carta rebasó el límite de la insolencia. Se trata ya, claramente, de una amenaza. Esto tampoco es aceptable para nosotros. Yo no puedo permitir que el embajador de Estados Unidos escriba cartas de esta naturaleza a mis secretarios de Estado. Y no es ésta la única instancia. He recibido informes del partido y de otros funcionarios de que el trato que reciben de Gavin es frecuentemente ofensivo.

Tal parece que este señor se siente el procónsul de México y que actúa como si pensara “van a ver estos mexicanitos si no puedo yo con ellos”. Por ello su actitud está llegando al límite que toca nuestra dignidad.

Esta forma prepotente y soberbia es la tónica general de la actual diploma- cia norteamericana en todo el mundo. Concluyo esto no sólo como resultado de mis observaciones, sino también de las quejas que en este sentido me han externado los mandatarios de Colombia, Francia y España.

Sin embargo, lo que exacerbó mi ánimo, pues significó la apertura de un tercer frente de agresión, fue la petición que hizo el Departamento de Estado para que se removiera al embajador de México ante las Naciones Unidas, Porfirio Muñoz Ledo. Independientemente de la causa, la forma y el momento de hacerlo fueron muy inoportunos.

Concretamente, las notas periodísticas publicadas los días 2 y 3 de mayo señalaban que fuentes diplomáticas consideraban que los Estados Unidos buscaban la remoción de Muñoz Ledo, como consecuencia del incidente ocurrido el día 5 de abril frente al departamento del embajador en Manhattan. Este asunto resurgió, a pesar de que la Cancillería mexicana había desmentido oficialmente la supuesta participación de Muñoz Ledo, en virtud de que un vocero de la policía neoyorquina sostuvo la versión de que el representante de México ante la ONU había roto con la culata de su pistola, en presencia de su conductor, el parabrisas de un auto que estorbaba su zona exclusiva de estacionamiento. La policía señaló que no detuvo a Muñoz Ledo, pues éste se identificó y manifestó tener fuero diplomático.

Porfirio Muñoz Ledo niega haber participado en el incidente, señalando que ni siquiera se encontraba en la ciudad de Nueva York cuando supuestamente ocurrió. Dice que la persona que actuó de esa manera fue su chofer y presentó como prueba una carta firmada por éste ante el cónsul de México en Nueva York, en la que reconoce su responsabilidad en el incidente.

Muñoz Ledo añade que la actitud de su chofer fue defensiva, pues el quejoso se había comportado de manera amenazante. Sin embargo, dice que éste no ha presentado litigio en su contra y pone como prueba una carta firmada por un miembro de la representación de Estados Unidos ante la ONU, la señora Gillian Sorensen, en la que lo felicita por haber resuelto satisfactoriamente el asunto en cuestión. Lo más importante es que yo se lo he preguntado de manera directa y me ha negado que él haya participado en el incidente.

Por mi parte, y mientras no se demuestre lo contrario, tengo que creer lo que me dice mi embajador, pues no puedo vivir desconfiando de todos los que me rodean. Además, y sobre todo, la forma y el momento en que me lo están exigiendo me hacen imposible quitar a Muñoz Ledo sin perder cara frente a la opinión pública.

Independientemente de la culpabilidad de Muñoz Ledo, no puedo ignorar que en México subsiste el ánimo de humillación que nos dejó la “operación intercepción” y que, en ese contexto, ceder ante cualquier presión concreta de los norteamericanos sería interpretado por el público mexicano como una clara manifestación de que ya me doblé. Y esto no puede ser, pues en México un Presidente que se dobla es un Presidente que pierde todo su prestigio.

El problema consiste en que eso es precisamente lo que desean los norteamericanos: desacreditar a mi gobierno para fortalecer su postura en nuestro proceso de negociación. Parece claro que no desean la desestabilización total de México; simple y llanamente quieren que nos ajustemos a los modelos que ellos consideran convenientes y entre los que parece que ya no se encuentra el PRI.

Yo creo que su abierta simpatía por el PAN, el dinero que están soltando a la prensa para que ataque al sistema político mexicano y desprestigie tanto a mi gobierno como a mi persona forman parte de una compleja cadena que se inició hace ya un año con los artículos de Jack Anderson.

Parece absurdo que los Estados Unidos quieran tratarnos a patadas. Sin embargo, eso es exactamente lo que están haciendo. Resulta difícil entenderlo, pero hay que aceptar, como propone Barbara Tuchman en su libro The March of Folly, que los grandes acontecimientos de la historia no siempre se fundan en la razón.

Tengo que responder a su agresividad consciente del peligro que ello implica, esto es, consciente de que en Estados Unidos hay una política dura, respaldada por una opinión pública neoconservadora. Sé que las decisiones del presidente Reagan son un imponderable a considerar, pero quiero que ellos también me consideren un imponderable.

Mi decisión de ponerles un alto puede elevar peligrosamente el nivel de tensión en las relaciones entre México y Estados Unidos, con un alto costo para nosotros, pero también sería muy costoso para ellos, pues saben que la mayoría de nuestra sociedad apoyaría al gobierno y dejaría fluir con fuerza su antinorteamericanismo.

Ésas son las únicas fichas con las que cuento en este juego y con las que voy a jugar, pues no quiero que confundan la amabilidad con que he tratado al presidente Reagan y la apertura que he mostrado al diálogo, con una supuesta debilidad de mi gobierno. Sé que con mi respuesta se puede venir una cascada dramática de eventos y, sin embargo, considero más grave no actuar, pues ello nos llevaría a aceptar de manera indefinida que los Estados Unidos se sintieran con la capacidad de empujarnos.

Yo no niego que tengamos colas que nos pisen; lo he reconocido abiertamente frente a funcionarios norteamericanos, a quienes les he dicho lo difícil que me es trabajar en medio de la corrupción existente en las corporaciones policiacas. Sin embargo, no puedo aceptar que me hagan críticas y recriminaciones públicas, porque la necesidad de una renovación y un cambio han sido precisamente los postulados de mi gobierno. Aceptarlas sería aceptar que me marquen el paso, empujándome a proceder en el sentido que ellos quieren. Esto implicaría que perdiéramos la relativa independencia que tenemos.

De manera que la pretensión de imponerme la remoción de Muñoz Ledo fue el punto a partir del cual decidí actuar, aun ante las dudas de la Cancillería mexicana, particularmente de Sepúlveda, sobre la veracidad de la defensa de Muñoz Ledo acerca de su incidente en Nueva York.

El viernes 3 de mayo le hablé telefónicamente al embajador Espinosa de los Reyes y le dije que se entrevistara con el subsecretario del Departamento de Estado, Kenneth Dam, y le dijera: "El Presidente de México considera que la forma en que los Estados Unidos están manejando sus relaciones con México llega al límite de ofender su dignidad. Por ello, la posible solicitud para la remoción del embajador Muñoz Ledo será contestada con una medida simétrica. El Presidente de México está consciente de que una situación de esa naturaleza puede alterar el orden interno en nuestro país, al provocar una situación difícil en el terreno económico, pues no resultaría sorprendente que si las relaciones entre México y los Estados Unidos alcanzan ese nivel de tensión, muchos capitales mexicanos se fuguen. De ser ése el caso, el gobierno mexicano no tendría otra alternativa que suspender el pago de su deuda externa".

Quienes escucharon esta conversación, pues yo parto del principio de que mi teléfono es un teléfono público, seguramente interceptado por la CIA y la KGB, se han de haber quedado horrorizados.

Es difícil tomar decisiones de esta envergadura cuando los factores en que me apoyo son resbalosos: no tengo elementos probatorios de lo que para mí es evidentemente una campaña de prensa promovida por la embajada norteamericana para desprestigiar a México; corro el riesgo de que Muñoz Ledo me haya mentido, pues su temperamento excesivamente nervioso y su enorme autoestima me hacen dudar.

En cuanto al rumor concerniente al hijo del general Arévalo, ya hablé de ello con el general. Me dijo que no creía que su hijo estuviera involucrado, y me preguntó que si todavía contaba con mi confianza. Yo le dije que sí, que la tenía y que precisamente por ello le encomendaba que realizara una investigación a fondo sobre el particular. Le dije que sobre él quedaba la responsabilidad de guardar el honor del Ejército mexicano.

Yo no puedo actuar de otra manera, no puedo actuar sin pruebas contra el Ejército. Ésta es una situación en extremo delicada. Pero de nuevo, si no creyera en mi secretario de Defensa, en mi procurador, en mis embajadores, en mi secretario de Relaciones Exteriores, me volvería loco. Tengo que apoyarme en ellos, tengo que creer en lo que me dicen, salvo prueba suficiente en contrario.

Espinosa de los Reyes me dio cuenta de su entrevista con Dam. Me dijo que había transmitido mi mensaje y la nota elaborada por la Secretaría de Relaciones Exteriores en la que se informaba que el embajador Muñoz Ledo negaba haber tenido parte en el incidente que se le achacaba.

Durante la conversación, el embajador Espinosa de los Reyes le hizo ver que la solicitud de su gobierno de destituir a Muñoz Ledo podía tener repercusiones en México, dado que éste tenía un currículum distinguido como secretario del Trabajo, presidente del PRI y secretario de Educación. Añadió que si el gobierno de Estados Unidos hacía de este incidente un problema político, obligaría a que México también le diera un tratamiento político, pues el Presidente de la República no quería que pareciera que los Estados Unidos tomaban esta medida como represalia por la actuación de Muñoz Ledo en la ONU. Se le dijo que Muñoz Ledo sería cambiado cuando el gobierno de México lo juzgara oportuno y de acuerdo con el principio de rotación.

Kenneth Dam aceptó que el asunto debía ser tratado con cuidado por el gobierno de Estados Unidos, pues éste no deseaba ejercer presión sobre México. Sin embargo, aclaró que el Departamento de Estado no podía cerrar el expediente de manera tan simple, ya que estaba obligado y tenía derecho de seguir ese tipo de incidentes penales. De no hacerlo, podía ser sujeto a presiones internas. Por tanto, señaló que México debería acreditar la no participación de Muñoz Ledo en esta disputa. Nosotros insistimos en que el asunto había causado preocupación, pero que en caso de magnificarse nos sería muy difícil retirar al embajador Muñoz Ledo.

Gavin, por su parte, le manifestó a Sepúlveda en una reunión que para ese efecto tuvieron el 15 de mayo, que él había recomendado al Departamento de Estado no ejercer mayor presión en el caso de Muñoz Ledo, reconociendo que la situación requería un manejo muy hábil.

Como resultado de mi advertencia hubo un alivio, cuando menos temporal, en la tensión. Ello me recuerda la frase de Tácito que dice: “Cuando se tolera un ultraje, se invita al próximo”. En términos más concretos, hay que reconocer que existen momentos en que se hace necesario poner un alto, un hasta aquí, pues los norteamericanos, entre más blandito encuentran, más se van metiendo.

Las relaciones entre México y Estados Unidos van a seguir siendo difíciles mientras Reagan esté en el poder. Ya hemos visto cómo su política agresiva no sólo afecta a México, sino a todas las naciones del mundo. Ello es resultado del supuesto que mantiene el actual gobierno de que los Estados Unidos perdieron prestigio internacional por ser demasiado tolerantes. Por ello, ahora se proponen hacer valer su poderío.

Estamos frente a gente ruda, que no busca un entendimiento, sino imponerse. Ello me hace suponer que nuestras relaciones no van a cambiar demasiado. Sin embargo, y aceptando esa realidad, debemos conservar la serenidad y sostener el esfuerzo por mejorar nuestras relaciones con los norteamericanos, pero sin perder nuestra dignidad.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.