Contadora: embargo comercial norteamericano contra Nicaragua

"MES: MAYO"

EL PRIMERO DE MAYO EL PRESIDENTE RONALD REAGAN ordenó un embargo comercial norteamericano contra Nicaragua, prohibiendo toda transacción comercial di- recta entre los dos países y suspendiendo el tráfico aéreo y marítimo. Este paso dramático alejó la posibilidad de lograr una paz negociada en el área.

A partir de septiembre de 1984, los Estados Unidos y sus satélites en Centroamérica han dificultado las gestiones de Contadora. Ello se hizo evidente el primero de octubre, cuando rechazaron oficialmente el Acta de Contadora para la Paz y la Cooperación en Centroamérica, presentando objeciones que antes no habían manifestado. Los sucesos subsecuentes, que desembocaron en el embargo, forman parte de un proceso claramente orientado a evitar la consolidación de un arreglo que suponga la supervivencia del régimen sandinista.

En ese marco se ubican las modificaciones al Acta de Paz propuestas por Honduras, Costa Rica, El Salvador y Guatemala el 20 de octubre de 1984 y rechazadas en forma rotunda el día 31 por la Cancillería nicaragüense, que consideró que sólo reflejaban la política de Estados Unidos en la región. Las modificaciones planteadas a espaldas del Grupo Contadora pusieron en peligro el equilibrio alcanzado en los pasados 20 meses de negociaciones.

El siguiente paso desestabilizador fue que, el 18 de enero, los Estados Unidos suspendieron unilateralmente su participación en las conversaciones que venían sosteniendo con Nicaragua en el puerto de Manzanillo. Además, ese mismo día, Washington notificó a la Corte Internacional de La Haya que se retiraba del procedimiento que ese órgano instruyó para aclarar la cuestión del minado de puertos nicaragüenses, realizado por la CIA a partir del 20 de marzo de 1984.

Estas provocaciones iban acompañadas de una retórica esquizofrénica. Por ejemplo, los norteamericanos justificaron su retiro de Manzanillo diciendo que suspendían el diálogo bilateral para permitir un mayor desarrollo del Grupo Contadora.

El siguiente paso consistió en mover a Costa Rica, y luego a Honduras y El Salvador, para agrandar un incidente menor hasta convertirlo en la causa de que se suspendiera la reunión de cancilleres del Grupo Contadora programada para el 13 de febrero. Los detalles fueron los siguientes: el 20 de agosto de 1984, el estudiante nicaragüense de derecho José Manuel Urbina se asiló en la embajada de Costa Rica en Managua. El 24 de diciembre fue arrestado por la policía sandinista por haberse negado a cumplir el servicio militar obligatorio y fue sentenciado por un tribunal militar a cinco años de cárcel. Costa Rica sostuvo que el estudiante había sido sacado por la fuerza de la embajada y solicitó su retorno, en tanto que Nicaragua afirmó que había sido arrestado en la calle y se negó a devolverlo.

Nosotros mediamos para tratar de evitar que este incidente desembocara en la suspensión de las conversaciones de paz, pero la falta de voluntad de las partes hizo imposible un arreglo. Fue entonces cuando di instrucciones a Sepúlveda para que Contadora no volviera a actuar hasta no ser llamada, pues consideré que habíamos agotado los recursos de nuestra iniciativa. Le dije: "Si se ha de morir el niño, pues que se muera. No podemos mantenerlo indefinidamente con vida artificial".

Naturalmente eso afectó el ambiente de la Cancillería, pues no hay duda de que México ha sido el alma de Contadora y que la participación de los otros países ha sido marginal.

La intransigencia ante el absurdo incidente Urbina hizo que las gestiones de Contadora entraran a un callejón sin salida. Para salir de él, aprovechando la próxima coincidencia de mandatarios y cancilleres en Montevideo el primero de marzo, con motivo de la toma de posesión de Julio María Sanguinetti, el comandante Ortega me habló en los últimos días de febrero y me anunció que, para fomentar la reducción de tensiones en el área, su gobierno renunciaría a la presencia de 100 instructores militares cubanos y declararía una moratoria indefinida en la adquisición de armas. Añadió que, como parte de esta "ofensiva de paz" destinada a dar nuevo aliento a las pláticas de paz auspiciadas por el Grupo Contadora, Nicaragua entregaría a México a José Manuel Urbina.

Le respondí que la moción me parecía muy positiva, pero que creía que sería más adecuado que entregara a Urbina a Contadora, pues en la opinión de muchos, México era considerado como demasiado parcial a Nicaragua, lo que no beneficiaba a nadie. Sobre estas bases pudo llevarse a cabo una reunión informal en Montevideo.

La decisión de Nicaragua de darle un nuevo impulso a las negociaciones de paz también fue importante para ganar la buena voluntad de los congresistas norteamericanos dispuestos a oponerse a la iniciativa del presidente Reagan para apoyar económicamente a los "contras".

Tanto en la reunión de Montevideo como en la que tuvo lugar el 15 de marzo en Río de Janeiro, con motivo de la fallida toma de posesión de Tancredo Neves, Estados Unidos y los países centroamericanos pidieron que se reanudara el proceso de Contadora. En Brasilia acordaron una reunión oficial para el 11 y el 12 de abril en Panamá.

En ese contexto, el 30 de marzo Belisario Betancur inició un viaje de auscultación por Centroamérica, México y Estados Unidos, a fin de conocer más detalladamente la actitud de los distintos países respecto a Contadora. Estando Betancur en Washington, Ronald Reagan anunció su plan de paz para Centroamérica.

El plan proponía un alto al fuego en Nicaragua, seguido de pláticas entre los "contras" y el gobierno sandinista bajo los auspicios de los obispos católicos; la realización de nuevas elecciones, y el compromiso de que Nicaragua no promovería ninguna actitud político-militar tendiente a desestabilizar a sus vecinos en Centroamérica.

Con este plan, se proponía que mientras se realizaban las pláticas, el Congreso norteamericano aprobara la utilización de 14 millones de dólares presupuestados para ayudar a los "contras", pero cuya disposición los legisladores se habían negado a autorizar. La administración de Reagan —según el plan de paz— usaría ese dinero para ayuda humanitaria, y sólo en caso de que no hubiera avance en las pláticas después de 60 días, destinaría el dinero a dar apoyo militar a los "contras". Betancur, a quien sólo le anunciaron el plan a medias, incurrió en una inconsistencia al calificarlo como una propuesta constructiva.

Reagan me habló por teléfono el lunes 8 de abril, cuatro días después de haber anunciado su propuesta, para pedirme —como lo hizo con todos los presidentes de los países de Contadora y algunos otros de América Latina— que apoyara su plan de paz. Me dijo directamente: "I want you to endorse it, Migüel".

Le respondí que cualquier esfuerzo orientado al diálogo me parecía muy positivo, pero que México, dados sus principios de política internacional, encontraba que la parte del plan en que se solicitaba que el gobierno de Nicaragua entablara el diálogo con sus opositores escapaba al ámbito de acción de Contadora, pues se refería a un hecho de política interna. Así que de una manera suave le dije que no podía apoyar su plan.

Tres días después de esta conversación, el 11 de abril, me habló por teléfono Daniel Ortega, preocupado por conocer la posición de México al respecto, pues los voceros de la Casa Blanca señalaron que el plan había motivado respuestas positivas de Panamá, Colombia, Venezuela y, "de un modo menos efusivo, también de México".

Yo le dije al presidente Ortega que esa información era amañada, pues resultaba evidente que el gobierno norteamericano tenía interés en dar la imagen de que los países latinoamericanos apoyaban su propuesta.

Con ese fin me había hablado Reagan y me había visitado el embajador Shlaudeman. Ambos me habían insistido en la importancia de que se diera un proceso de diálogo interno en los países centroamericanos; en ello centraban la posibilidad de lograr la paz en la región. Yo les hice ver que coincidía con el plan en lo tocante a la urgencia de llegar a un arreglo sobre cesación de hostilidades como requisito previo para un verdadero diálogo internacional e interno; que en ese sentido se seguiría trabajando durante la reunión de Contadora en Panamá.

Al respecto, considerábamos que en una primera etapa se debería buscar un acuerdo que permitiera cesar hostilidades, interrumpir la carrera armamentista, retirar a los asesores extranjeros y verificar los compromisos. Agregué que, en ese sentido, la propuesta del presidente Reagan podía ser un paso constructivo en el proceso de diálogo.

Respecto a las modalidades del diálogo en el interior de cada país, nuestra posición había consistido en señalar que eso escapa a Contadora, que no puede intervenir en asuntos que son del dominio reservado de cada país.

"Comandante —le dije— he estado en contacto con el presidente Betancur, y me ha dicho que coincide plenamente con la postura de México. Sin embargo, ambos queremos ver qué parte de la propuesta de Reagan es rescatable".

Añadí que con ese fin le había preguntado a Harry Shlaudeman, con quien me había entrevistado el día anterior, qué posibilidades veía de que al establecerse un diálogo en Nicaragua se reanudaran también las conversaciones de Manzanillo. Me contestó que lo veía posible, por lo que quise dejar apuntada la posibilidad de que dicho diálogo se diese en torno al proceso constitucional. Creo que entendió la idea y se abrió positivamente a esta perspectiva.

Para concluir le dije a Ortega: "Yo entiendo, Comandante, que el gobierno de Nicaragua no encuentra aceptable la proposición de Reagan, pero le sugiero que ante una situación que tiende a la escalada, busque en el plan de paz de Reagan aquello que sea rescatable, pues en el mundo en que vivimos, hay que tomar en cuenta tanto lo deseable como la realidad".

Ortega, que como es natural se encontraba enardecido, me dijo que ellos no cederían ante las presiones de Reagan y seguirían trabajando para que el Congreso norteamericano negara la ayuda de 14 millones de dólares a los "contras".

Le insistí en que era necesario considerar que Reagan tenía un compromiso muy grande frente a la opinión pública norteamericana y que, por lo mismo, había que darle una salida, pues arrinconarlo sólo exacerbaría su postura. Añadí que, en mi opinión, un rechazo total al plan de Reagan podría tener efectos negativos en el mismo Congreso norteamericano, en tanto que, en la medida en que se aceptara alguna parte de la propuesta, se haría más tolerable el rechazo de otras.

"La batalla en el Congreso norteamericano —le dije— no tiene resultados claros. Hemos visto cómo en otras ocasiones el Congreso llega a transacciones con el Ejecutivo. La experiencia nos enseña que cuando se radicalizan las posturas, el Poder Ejecutivo tiene la ventaja. Yo me inclinaría a buscarle aspectos positivos a la propuesta de Reagan o, en todo caso, a interpretarlos de esa manera. Hay que buscar fórmulas relativas; quitar la idea, en los Estados Unidos y en otros países, de que existe una rigidez excesiva de parte de Nicaragua. En todo caso, haga una contrapropuesta que abra nuevas perspectivas, que ubique la propuesta de Reagan como una más y no como la única alternativa a discutir. Abra el panorama, no lo cierre".

La verdad es que los nicaragüenses estaban desesperados, y tenían razón para ello; yo también lo estaría en su lugar. Económicamente los están ahorcando y en el terreno internacional han perdido prestigio. Aun entre los países de Contadora se oye la expresión: "Estos muchachos no tienen remedio: tienen vocación de mártires".

Por algunos días el panorama se oscureció para Reagan. El 12 de abril, Nicaragua rechazó de manera formal la propuesta norteamericana, señalando que su aceptación significaría el triunfo de una política ilegal de fuerzas, que resquebrajaría seriamente el actual ordenamiento jurídico del mundo y pondría en peligro el futuro soberano de las naciones de América Latina.

El día 17, Colombia y El Vaticano desmintieron públicamente al gobierno norteamericano, quien había informado su supuesto apoyo al plan de paz de Reagan. Aun Venezuela, que siempre tiene una actitud más jabonosa por su cercanía histórica con Estados Unidos y su fervor anticomunista, no se dobló ante la presión norteamericana, porque tiene conciencia del riesgo que representa para toda América Latina apoyar una intervención de esa naturaleza. Así que ninguno de los países de Contadora o de América Latina apoyaron el plan de Reagan.

Tras este fracaso, el 24 de abril la Cámara de Representantes asestó una severa derrota a la política centroamericana del presidente Ronald Reagan, que gira en torno a la suposición de que los "contras" son fundamentales para detener la expansión del comunismo en el área, al cortar toda asistencia militar y logística a los contrarrevolucionarios nicaragüenses. De los 14 millones solicitados, los congresistas decidieron destinar 10 para los refugiados y los otros cuatro para promover el acuerdo de paz propuesto por el Grupo Contadora.

En ese contexto, en el que muchos congresistas norteamericanos desafiaron a su Presidente en apoyo de la supervivencia de los sandinistas, Daniel Ortega cometió el grave error táctico de iniciar, el 28 de abril, un viaje por la Unión Soviética y por varios países de Europa Oriental. Con ello, no sólo le jaló el tapete a los demócratas liberales que lo habían apoyado en el Congreso norteamericano, sino que deterioró el prestigio de Nicaragua en el mundo occidental, pues destacó su mayor acercamiento con los soviéticos.

La respuesta norteamericana no se hizo esperar. El primero de mayo, Reagan decretó su embargo comercial contra Nicaragua, el cual, por lo que valga, fue rechazado unánimemente por todas las naciones del mundo.

A mí me habló Ortega cuando estaba en Yugoslavia para pedirme que lo ayudara a que Contadora condenara el embargo. Esto fue justamente cuando estábamos en el proceso de consulta para ese fin, pero le adelanté que desde luego nos opondríamos al embargo. Aproveché su llamada para decirle: "Comandante, tome acciones que lo ayuden. Extienda su viaje a otros países, para que no parezca que fue usted nada más a ver a los soviéticos. Haga declaraciones sonoras subrayando que Nicaragua quiere una economía plural, que desea un sistema político pluripartidista, que apoya las gestiones de Contadora, que se compromete a no ayudar a los movimientos subversivos en los países vecinos o que piensa retirar asesores extranjeros".

Por lo que vi en la prensa, parece que me hizo caso. El hecho es que Ortega, cada vez que se mete en problemas, me habla y me pide ayuda, pero no me consulta antes de actuar.

El deterioro real de la relación entre Estados Unidos y Nicaragua hace casi imposible la labor de Contadora. Por ello, lo que quiero es que Contadora cumpla su objetivo. Para ello hay que lograr que se firme una Acta de Paz, y entonces poderles decir a todos: "Señores, ya hemos cumplido con nuestro trabajo: aquí está el Acta. De ahora en adelante les toca a ustedes cumplir con los puntos que aquí se han estipulado".

Con esta idea, orienté a nuestro subsecretario para que en la reunión de Panamá del 14 al 16 de mayo se evitara empantanar la discusión en el Plan Reagan o en el embargo norteamericano. Le di instrucciones para que se tratara de avanzar en la solución de los problemas relativos al Acta de Contadora. Desde luego no es que piense yo en una clausura formal o muerte anunciada de Contadora; lo que pasa es que no podemos continuar con el ritmo de decenas de juntas de Contadora en las que nosotros hemos escrito todos los documentos y elaborado todo el papeleo. Creo que con todo esto hasta Sepúlveda está ya harto de Contadora.

Por otro lado, la situación real es que ya se han lastimado demasiado los Estados Unidos y Nicaragua. Ronald Reagan se encuentra muy comprometido con los "contras" y Ortega ha calificado a Reagan como un nuevo Hitler. Así que, aunque se firme el Acta, los norteamericanos van a tratar de tirar a los sandinistas y éstos se van a agarrar de lo que puedan para defenderse.

Contadora debe concluir, porque yo siento que ya es necesario echarles la pelota a las naciones directamente involucradas. Basta de que Estados Unidos y Nicaragua se declaren partidarios de Contadora y luego hagan lo que quieran. La situación de escudarse en Contadora para hacer o dejar de hacer llegó al colmo cuando el Consejo de Seguridad de la ONU se negó a tratar el asunto del embargo norteamericano a Nicaragua, señalando que debía ser tratado por Contadora.

Finalmente, el enfriamiento de los países europeos respecto a los sandinistas ha bajado las expectativas internacionales sobre la posibilidad de éxito de Contadora. Ello nos abre una salida.

De cualquier forma, el esfuerzo realizado en Contadora significa otra etapa de la política exterior mexicana. Hasta antes de Contadora, habíamos tenido una actitud esencialmente aséptica, en la que nos limitábamos a hacer excelentes discursos y notas. Ahora hemos entrado en combate, hemos montado una maniobra que ha servido para diferir el conflicto armado en la región y, por qué no decirlo, todavía nos permite albergar una pequeña esperanza de que Contadora pueda tener éxito.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.