Relaciones entre México y Estados Unidos: caso Camarena y "operación intercepción"

"MES: FEBRERO"

El sábado 16 de febrero, destacamentos especiales de migración, aduanas y de la policía antimotines de Estados Unidos endurecieron las medidas de revisión y control para el ingreso a ese país en todos los puntos de la frontera mexicana.

Este operativo sin precedente, que consistió en la revisión de cada automóvil o transeúnte al cruzar los pasos fronterizos hacia el norte y que llegó a incluir el cierre temporal de garitas, ocasionó severos trastornos en las poblaciones correspondientes, donde las filas de automóviles para cruzar la frontera alcanzaron los cinco kilómetros de longitud, haciendo que sus pasajeros perdieran alrededor de cuatro horas en el cruce. El virtual cierre de la frontera fue bautizado con el nombre de “operación intercepción”.

El gobierno mexicano se enteró de esta grave medida por la vía de los hechos, pues fue adoptada por el gobierno norteamericano de manera unilateral y sin que mediara gestión diplomática. Su objetivo supuesto consistía en prevenir la introducción de estupefacientes a Estados Unidos. Sin embargo, las autoridades aduanales norteamericanas reconocieron, sin ningún empacho, que estaba orientada a presionar a las autoridades mexicanas, pues sentían que nuestro gobierno no había puesto “el interés adecuado” en la búsqueda del agente norteamericano de la Drug Enforcement Agency, Enrique Camarena Salazar, secuestrado en Guadalajara el 7 de febrero anterior.

El secuestro de Camarena ya había desatado una reacción severa de parte del embajador norteamericano John Gavin. El martes 12 de febrero, cinco días después del secuestro, Gavin y el director de la DEA, Francis Mullen, según ellos desesperados porque el gobierno mexicano no se movilizaba con agilidad en la búsqueda del desaparecido, dieron una conferencia de prensa en la que afirmaron que, en el último trimestre, 30% del total de la heroína que entró a Estados Unidos provenía de México. Añadieron que en México hay 75 grandes narcotraficantes y 18 bandas importantes, y que Guadalajara es el centro nacional del tráfico ilícito de drogas.

Por su parte, el jueves 14, el procurador general de Justicia de Estados Unidos, William French Smith, envió un cable a su colega mexicano, Sergio García Ramírez, en el que enfatizaba la atención con que el gobierno norteamericano seguía las acciones policiales destinadas a localizar a Camarena, y urgía a que éstas se realizaran con mayor eficiencia.

El problema del narcotráfico, en el que el secuestro de Camarena fue sólo un incidente, cobró notoriedad en todo el país. Su gravedad es insoslayable, por lo que tenemos que enfrentar la parte que nos corresponde. El gobierno debe evitar respuestas fáciles pero inconducentes, como la que tantos mexicanos repitieron en esos días: “Si hay proveedores es porque existe demanda” o “¿cómo pueden los americanos exigirnos un control del narcotráfico, del que ellos mismos son incapaces?”.

La ira de los mexicanos ante las acusaciones norteamericanas es válida, pues resulta claro que la actitud agresiva de la DEA se explica como una respuesta a las múltiples críticas de que ha sido objeto dentro de la Unión Americana, precisamente por ser incapaz de controlar el narcotráfico internamente. La respuesta de la DEA, además de señalar que no tiene presupuesto ni elementos suficientes para combatir eficazmente el narcotráfico en Estados Unidos, ha consistido en orientar su ataque a los países productores.

Este cambio de estrategia hace que la atención se centre sobre nuestros problemas de corrupción e ineficacia, y no sobre los suyos. Lo grave de este enfoque es que sí tenemos cola que nos pisen. En México existe corrupción en la policía y las sumas millonarias del narcotráfico han creado complicidad o tolerancia de algunas autoridades. Además, debemos reconocerlo, hemos orientado nuestro combate a la quema de productos o a su decomiso, pero no hemos desarrollado una política de combate contra las cabezas del narcotráfico.

Estas consideraciones de ninguna manera modificaron nuestra indignación por la “operación intercepción”. Por ello, nuestro secretario de Relaciones Exteriores declaró, al día siguiente de su inicio, que dicho operativo no tenía justificación ni como medida para frenar el narcotráfico ni para apresurar las investigaciones en torno al secuestro del agente estadounidense Enrique Camarena. En cambio, añadió, había provocado una grave irritación entre los habitantes de la zona fronteriza. Sepúlveda aclaró que se había pedido a nuestro embajador en Estados Unidos, Jorge Espinosa de los Reyes, que hiciera una gestión diplomática para conocer el motivo de una acción de esa naturaleza.

El lunes 18 de febrero hablé con el embajador Gavin sobre el tema, y le hice ver nuestro malestar por el hecho de que hubieran elevado un asunto policiaco a nivel político. La conversación, en la que también estuvieron presentes Sepúlveda, Bartlett y García Ramírez, se centró en el tema del narcotráfico.

El miércoles 20, Gavin viajó a Washington para exponer al presidente Ronald Reagan sus puntos de vista sobre el particular, pues era indiscutible que por esos días existía en México un ambiente generalizado de irritación contra Estados Unidos. Su forma prepotente de actuar nos había ofendido, dejándonos una sensación de humillación.

Las reacciones públicas no se hicieron esperar. La Comisión de Asuntos Fronterizos del Senado de la República, representantes empresariales, partidos políticos y organizaciones obreras coincidieron en criticar la “operación intercepción” y en calificarla de injustificada. Mientras tanto, en Estados Unidos la prensa justificaba la presión ejercida sobre México como la única forma de combatir el narcotráfico, favorecido por la corrupción gubernamental.

La decisión de realizar la “operación intercepción” la tomaron, aparentemente, entre el Departamento de Aduanas y la DEA. Sin embargo, es evidente que lograron movilizar a las altas esferas, ya que el mismo presidente Reagan me escribió una nota al respecto. Nosotros respondimos con una nota diplomática que llevó al Departamento de Estado el embajador Espinosa de los Reyes el jueves 21 de febrero.

Yo cuidé personalmente la redacción de esa nota, porque los compañeros de Relaciones Exteriores a veces toman el tono de los Niños Héroes y piensan que la forma de enfrentar a los Estados Unidos es “al sonoro rugir del cañón”. Yo no creo en esas cosas, y por ello cuidé el lenguaje haciendo que la nota se limitara a explicar por qué la “operación intercepción” era ineficaz.

Ese mismo jueves me comuniqué con nuestro embajador en Estados Unidos, quien por cierto es una persona discreta, ponderada y pragmática, para conocer la reacción de los norteamericanos. Espinosa de los Reyes me dijo que el Departamento de Estado había mostrado cierta vergüenza por la “operación intercepción”, y que le había señalado que la decisión no les había sido consultada y se había dado fuera de su área de control.

De hecho, no rechazaron los argumentos que nosotros les dimos. Sin embargo, a mí me pareció inaceptable, como lo hizo Gustavo Díaz Ordaz en 1969, limitar la responsabilidad de una medida de esa naturaleza al error de autoridades menores. Por ello le pregunté a Espinosa de los Reyes su opinión sobre la conveniencia —que me planteaba Sepúlveda— de que tuviera yo una conversación telefónica con el presidente Reagan sobre el particular. Espinosa de los Reyes me aconsejó esperar hasta el lunes, para ver la reacción de los norteamericanos. Sin embargo, Sepúlveda, que ya estaba muy nervioso, me pidió que la hiciera a la brevedad. Así que el mismo jueves en que se entregó la nota diplomática solicité, a través de las telefonistas y como es usual hacerlo en este nivel, que transmitieran al presidente Reagan mi interés por hablar con él. Nos contestaron que al día siguiente, viernes 22, el presidente Reagan estaría disponible a partir de la una de la tarde.

Como siempre, recibíamos un doble mensaje de los norteamericanos. Mientras se mostraban razonables ante nuestro embajador y el presidente Reagan daba muestras de disponibilidad al diálogo, el Departamento de Estado difundió, por medio de la embajada de Estados Unidos en México, ese mismo jueves 22 de febrero, un estudio en el que se señalaba que en los dos últimos años el programa de México para combatir el narcotráfico había sido menos eficaz que en años anteriores, dado que “la corrupción desempeña una función importante en este deterioro”.

De cualquier forma, justo al llegar la una de la tarde del viernes, me habló Reagan, adelantándose a mi llamada. Estuvo, como siempre, muy amable. Con el tono que uno imagina al ver sus fotografías, inmediatamente me dijo: “It’s so nice to hear you, Migüel”.

Después de esas breves palabras habituales de saludo, le pregunté si tenía una traductora a mano, pues es usual que la haya en ese tipo de conversaciones telefónicas. Yo quería hablar en español, porque mi dominio del inglés es limitado, y al hablarlo pierdo sutileza y movimiento en la expresión. Reagan me dijo que desgraciadamente no tenía quien le tradujera, poniéndome en una situación que en un primer momento me resultó desconcertante. Me tragué el malestar y accedí a hablar en inglés, pues yo quería que esa conversación tuviera un espíritu positivo.

Inicié la plática diciéndole que sentía una gran pena e indignación por la desaparición del agente Camarena, y que haría todo lo posible por localizar a los culpables. Sin embargo, también le dije que sentía una enorme pena e indignación porque, en las últimas semanas, aproximadamente 10 agentes mexicanos habían perdido la vida en la lucha contra el narcotráfico. Añadí que en mi opinión estamos en una guerra contra quienes promueven ese tráfico ilícito y que, como en todas las guerras, hay bajas de los dos lados; que resultaba natural que en la medida en que se fortaleciera nuestro ataque al enemigo, aumentarán las bajas.

Por otro lado, le dije que no negaba las deficiencias en el combate contra este ilícito, pero que, precisamente porque estábamos en una guerra, era necesario redoblar nuestro esfuerzo y nuestra cooperación. Insistí en que sólo con una mayor cooperación lograríamos una mayor efectividad, porque el narcotráfico es un delito de alcance internacional.

Reagan aceptó mis argumentos, y señaló que la presión que él había recibido de su gente para que se tomara una medida de protesta surgía precisamente de que ésta se encontraba insatisfecha con la cooperación que hasta el momento habíamos brindado. Agregó que le habían informado que un juez mexicano había soltado a Miguel Félix Gallardo, conocido como uno de los cabecillas del narcotráfico y me pidió, en suma, ayuda para aclarar esos asuntos.

Le respondí reiterándole mi decisión de combatir el narcotráfico y le ofrecí que yo personalmente supervisaría con mis colaboradores esta lucha. Fue entonces cuando le di nuestros argumentos de por qué la “operación intercepción” no tenía sentido. Le dije que cerrar las garitas era ineficaz, porque el narcotráfico difícilmente pasa por ellas, sobre todo cuando nuestra frontera es tan amplia, y éste puede penetrar por cielo, mar o tierra. En cambio, agregué, la supervisión estaba causando graves problemas en los dos lados de la frontera.

También le pedí que me ayudara con sus colaboradores a resolver este problema que empaña nuestras relaciones. Añadí que sentía que había muchos problemas en la relación entre nuestros países, por lo que yo quería que representantes de los dos gobiernos se reunieran, a fin de lograr una mayor colaboración entre ellos.

Concretamente, le solicité que el secretario Shultz recibiera a mi secretario de Relaciones Exteriores para que realizaran una evaluación de la situación. También mencioné la conveniencia de que se reuniera la Comisión Binacional para hacer un balance global de nuestra relación. Cuando oyó esto, me preguntó: “¿Cuál comisión?”, dejando claro que nunca había oído hablar de ella. Finalmente, añadí que consideraba conveniente que en el curso del año nos reuniéramos él y yo personalmente para ver cómo lograr una mejor colaboración.

La conversación con Reagan surtió efecto, pues para el lunes 25 se regularizó el paso en los principales puntos de la frontera. Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas: enfrentábamos problemas en varios campos. En el terreno interno se habló mucho de los daños económicos que estaba causando en el área fronteriza la llamada “operación intercepción”, incluso se llegó a mencionar que había escasez de ciertos productos básicos.

Por otro lado, sectores de opinión se manifestaron alarmados por nuestra política exterior y hasta contrarios a ella. Como ejemplo puede mencionarse que el presidente de la Coparmex, Alfredo Sandoval González, afirmó el lunes 24: “Quisiéramos ver más seguido a nuestro secretario de Relaciones Exteriores negociando hábilmente el interés de México en Estados Unidos y no en otros rumbos del planeta que no son vitales para nuestro país”.

En el ámbito externo, la DEA prosiguió su campaña de presión contra nosotros. El domingo 24, Francis Mullen concedió una entrevista a la cadena de televisión norteamericana ABC, en la que acusó a la Policía Judicial Federal y a la Dirección Federal de Seguridad de México de brindar protección a los narcotraficantes que presuntamente secuestraron a Enrique Camarena.

De hecho, Mullen dio a conocer datos que desgraciadamente resultaron ciertos. Por lo mismo, resultaba grave la forma en que nos estaban “exhibiendo”. La conocida revista Newsweek, que venía tratando todas las semanas el tema del narcotráfico, dio a conocer información que dañaba nuestro prestigio.

En ese doble contexto de cooperación y desafío, decidí recibir el lunes 25, en acuerdo privado, al embajador Gavin, quien acababa de regresar de Estados Unidos. Es poco usual que yo reciba a Gavin en audiencia privada, pues darle acceso frecuente de esa manera podría demeritar la posición de Sepúlveda como secretario de Relaciones Exteriores. Sin embargo, en esta ocasión quería hablar frontalmente con él, y ofrecerle la oportunidad, en caso dado, de que me diera algún recado específico.

En el curso de nuestra conversación, le pregunté: “Embajador Gavin, ¿dónde está el corazón de la discrepancia entre ustedes y nosotros?”. Me contestó que no existe un asunto que por sí mismo explique el sentimiento de irritación que ellos experimentan; que éste se debe a un conjunto de asuntos.

En primer término, mencionó nuestra divergencia en el terreno de la política exterior multilateral; concretamente, nuestra actitud respecto a Centroamérica, nuestras relaciones con Cuba y nuestra actuación en la ONU, donde México frecuentemente vota de manera abierta y sonora en flagrante discordancia con los Estados Unidos.

En segundo término, mencionó aspectos administrativos que la Cancillería no cubre, como las autorizaciones para contratar empleados en la embajada, las franquicias diplomáticas, la devolución expedita de impuestos; en fin, una gran cantidad de pequeños asuntos administrativos en los que ellos encuentran que el gobierno de México actúa con injustificada lentitud.

Finalmente, señaló como otro factor de fricción el trato que se le da a la embajada norteamericana en la Cancillería. Me dijo que Bernardo Sepúlveda no lo recibe, lo remite a tratar con sus subsecretarios. El hecho es que los Estados Unidos no están acostumbrados a ese trato. Entienden como natural que todos los países del mundo den prioridad a su relación con ellos, como una consecuencia directa de su fortaleza política, económica y militar.

Existen otros aspectos que también inciden de manera importante en el ánimo de nuestra relación. Entre ellos está nuestro esfuerzo por regular la industria farmacéutica, lo que, al afectar de manera directa a las trasnacionales, ha provocado un forcejeo que lleva ya casi dos años, así como la aparente negativa del gobierno de México, el 17 de enero, a otorgar el permiso requerido por la IBM para instalarse en nuestro país. En términos más amplios, están las quejas por la Ley de Inversiones Extranjeras, así como los roces continuos por motivos fronterizos.

Gavin me dijo que lo del narcotráfico solamente fue la gota que derramó el vaso. Sin embargo, señaló que el recién nombrado procurador Edwin Meese daría a García Ramírez datos que permitirían comprobar que funcionarios federales y locales se encontraban mezclados en dicho tráfico ilícito.

Para dejar clara mi voluntad de cooperación para superar el ambiente de tensión existente en las relaciones entre México y Estados Unidos, le dije a Gavin: “Hágame una lista de los asuntos que tenga pendientes con el gobierno de México. Yo los voy a supervisar personalmente. No le aseguro que todos puedan resolverse de manera positiva, porque en ocasiones hay diferencias en nuestros intereses, pero cuando menos le aseguro que ustedes sabrán las razones por las que un asunto no avanza. Por otro lado, también le pediré a mi gobierno que me haga una lista de asuntos que nosotros sentimos que están desatendidos por ustedes”.

Para concluir, Gavin se quejó de que la prensa malinterpreta sus afirmaciones, por lo que líderes políticos, sindicales y el partido mismo salta a increparlo. Yo le dije que no puedo asegurar el control de la prensa, que tenemos influencia sobre ella, pero no la podemos manejar; que le corresponde a él, al igual que a todo mundo, cuidar personalmente su imagen pública.

Lo que quedó claro, tanto por los hechos como por la conversación con Gavin, es que la relación entre México y Estados Unidos rebasó la línea de mi equipo. Voy a tener que supervisarla personalmente, pues no puedo limitarme a desear que mis colaboradores actúen de manera eficaz. Creo que en ciertos terrenos se nos ha pasado la mano, lo que ha contribuido a deteriorar una relación que es determinante para nosotros.

Estoy convencido de que Gavin es culpable de envenenar nuestra relación con Estados Unidos; sin embargo, no podemos tomar sus agresiones de manera personal. Menciono esto, porque para ahora ya existe un pique serio entre Gavin y Sepúlveda. Aquél dice que éste lo tiene congelado y lo desprecia, y Sepúlveda no pierde ocasión para hablar mal de Gavin. Esto no nos conduce a ningún sitio, pues mientras exista tensión en nuestra relación, nunca nos van a quitar a Gavin de encima. Nosotros debemos buscar eficacia en nuestras relaciones, por lo que no podemos perdernos en el cuidado de honores o vanidades individuales.

Nos conviene superar el ambiente de tensión que existe en nuestras relaciones con Estados Unidos. Por ello mandé, el 27 de febrero, a Héctor Hernández a tratar con los norteamericanos los asuntos de comercio pendientes. Antes de partir, le dije que en la batalla que se está dando por la industria farmacéutica, no pretenda ganar en todos los frentes; que se conforme con obtener 80% de lo que nos hemos propuesto y deje el 20% restante para después. Este asunto también nos ha creado dificultades con Europa y Japón.

Héctor Hernández me aseguró que el problema farmacéutico está en vías de solución. Sin embargo, yo a veces siento que los secretarios son demasiado optimistas en lo que refiere a la solución de sus asuntos; siempre tienen deseos de darle buenas noticias al Presidente.

A Sepúlveda lo mandé a hacer “la visita de las siete casas”. A partir del 10 de marzo estuvo en Washington y se entrevistó con George Shultz, secretario del Departamento de Estado; James Baker, secretario del Tesoro; Malcolm Baldrige, secretario de Comercio; John Block, secretario de Agricultura, y Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal. También se entrevistó con el jefe de asesores de Reagan y con el representante para asuntos comerciales, William Brock.

Silva Herzog, por su parte, ha estado viajando constantemente para lograr el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que se firmó el 29 de marzo, y que significa un avance en el proceso de reestructuración de la deuda externa.

En México hay sentimientos mezclados respecto a los Estados Unidos. Por un lado, hay resentimiento, odio y antipatía, lo que provoca una actitud beligerante. Por otro lado, hay temor al daño que, por muchos caminos y formas, nos pueden hacer los norteamericanos. Finalmente, también existe admiración por su desarrollo. Así que resulta prácticamente imposible encontrar una política que signifique la mezcla adecuada para satisfacer ese conjunto complejo de sentimientos. Es entonces cuando el Presidente tiene que decir hasta dónde hay que presionar o ceder, y cuáles son los puntos básicos y esenciales que hay que cuidar.

Esto no resulta fácil cuando los norteamericanos nos dicen una cosa y hacen otra, al tiempo que yo tengo que trabajar apoyándome en estructuras tan vulnerables como las corporaciones policiacas, que están carcomidas por la corrupción.

Así, por ejemplo, el mismo día 25 en que recibí a Gavin, la revista Timepublicó unas declaraciones suyas, totalmente innecesarias y que sólo pueden entenderse como una agresión para nosotros. Dijo que el PRI debería tomar más en cuenta las aspiraciones de muchos mexicanos que lo critican “no sólo por no ser revolucionario, sino por no evolucionar”.

La situación, compleja de por sí, se enturbió más ese mismo día, porque la Policía Judicial Federal tuvo que reconocer que Rafael Caro Quintero, presunto narcotraficante y sospechoso del secuestro de Enrique Camarena, había huido en avión amparado por credenciales de la Dirección Federal de Seguridad y de la Policía Judicial de Jalisco. Para contrarrestar esta mala noticia, el general Arévalo, secretario de la Defensa Nacional, informó que en lo que va del sexenio han muerto 315 militares, entre oficiales y tropa, en combates con los narcotraficantes.

El miércoles 27 de febrero, el director de la DEA, Francis Mullen, renunció a su cargo “por motivos de salud” y fue sustituido por John C. Long.

Por otro lado, la Procuraduría General de la República anunció su decisión de instalar formalmente un servicio de atención a extranjeros que hagan consultas o denuncias de carácter jurídico, el cual estará en coordinación con la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Nuestros esfuerzos por deslindar responsabilidades y castigar a quienes hubiesen caído en corrupciones se manifestaron, entre otras cosas, en hechos como que el Ministerio Público de Tijuana informó que el expediente penal en el que hace cinco años se absolvió a Miguel Félix Gallardo, calificado por la DEA como “el gran padrino de la mafia mexicana”, había sido enviado a la Ciudad de México para ser analizado minuciosamente por la Procuraduría General de la República.

De cualquier forma, el sábado 2 de marzo los norteamericanos, que ya habían regularizado el paso de los principales puntos de la frontera, nos impusieron el cierre de nueve pasos fronterizos secundarios, con el argumento de que habían recibido amenazas anónimas y no tenían la capacidad para garantizar la seguridad de esos puntos.

A partir del 4 de marzo, la opinión pública centró su atención en los sucesos policiacos que condujeron a la localización del cadáver del agente especial de la DEA, Enrique Camarena Salazar, y del piloto mexicano Alfredo Zavala. Estos acontecimientos, que señalaban a Rafael Caro Quintero como autor intelectual del asesinato, se vieron coloreados por la denuncia que presentó César Octavio Cosío Vidaurri, ex director de Educación Pública del estado de Jalisco y hermano del presidente del PRI en el Distrito Federal, por el secuestro de su hija Sara, que atribuyó al famoso fugitivo. Cosío aclaró que el pasado diciembre su hija ya había sido secuestrada por Caro Quintero, quien la dejó en libertad con la condición de que considerara un eventual matrimonio con él. Esto dio a todo el asunto un toque de telenovela.

Mientras tanto, nuestras relaciones con Estados Unidos se empañaban cada vez más por las frecuentes informaciones adversas que sobre nuestro país daban a conocer los medios de comunicación. En ese contexto llegó Sepúlveda a Washington el 10 de marzo.

La visita de Sepúlveda tuvo por objeto manifestar nuestra actitud de diálogo y nuestra búsqueda de negociación para arreglar los problemas. Sepúlveda tuvo la impresión de haber sido bien recibido.

Los norteamericanos reconocieron que la “operación intercepción” había significado una sobrerreacción de su parte. Aceptaron que el camino empleado no era el correcto, pero se limitaron a responsabilizar por tal situación a autoridades medias.

No obstante, insistieron en que para ellos el narcotráfico es un problema vital, por lo que les preocupaba percibir que se había demeritado la actuación de las autoridades mexicanas en su combate. Como prueba, señalaron que cada vez entra a Estados Unidos más droga producida en México o transportada a través de nuestro país.

Sepúlveda les hizo ver que el combate contra el narcotráfico es una actitud invariable del gobierno mexicano. En todo caso, comentó, lo que se requiere es una conversación más fluida entre ambos países para hacer más eficaz este combate.

La visita de Sepúlveda no fue la única. En la búsqueda por mantener un diálogo con los norteamericanos, deliberadamente he enviado a otros funcionarios a que platiquen con ellos. Los he autorizado a que, además de sus asuntos específicos, traten también otros temas. En tal circunstancia se encuentran Silva Herzog, Hernández, García Ramírez, Beteta y Manuel Alonso, entre otros.

A pesar de nuestro esfuerzo por mejorar las cosas, los mensajes contradictorios seguían. El martes 12 de marzo, el periódico ElDíadio a conocer que la cadena norteamericana de televisión NBC había emprendido una nueva campaña de desprestigio contra México, al pasar una serie de minirreportajes en los que se presenta, como prototipo del hambre y el desempleo que imperan en el país, los tiraderos de basura de Ciudad Juárez.

Al mismo tiempo, Gavin dijo que el “sólido liderazgo” del Presidente mexicano en el combate contra el narcotráfico significa un estímulo para Estados Unidos, por lo que la administración de Washington solicitó al Congreso un incremento de casi 25% en la ayuda económica que presta al programa mexicano de lucha contra la producción de narcóticos.

Este dato se publicó el 14 de marzo, al tiempo que también se daba a conocer que el encargado de seguir el tráfico de estupefacientes en el Departamento de Estado, John Thomas, declaró ante una comisión senatorial que en México el tráfico de drogas continuaba con la aparente bendición de algunos dirigentes gubernamentales.

Lo trágico de sus aseveraciones es que en buena medida eran ciertas. Su presión sobre nosotros fue efectiva, y nos obligó a entrar de lleno en un asunto complejo y espinoso, pero inaplazable. Mi decisión al respecto era clara: nuestra acción para combatir la complicidad de las autoridades en asuntos ilícitos no tendría más límites que la necesidad de contar con elementos probatorios.

Por ello, y aunque para muchos significó la reivindicación de las actitudes de Gavin, la Procuraduría General de la República reconoció la existencia de nexos delictuosos entre narcotraficantes y agentes policiales, y presentó ante el Ministerio Público Federal a 13 elementos de corporaciones policiales del estado de Jalisco y federales, de quienes se presumía que estaban involucrados en el secuestro y posterior asesinato del famoso agente estadounidense.

Para comprender lo que está pasando en nuestras relaciones con los Estados Unidos hay que entender que ellos tienen una sociedad tremendamente diversificada; que su sistema político, según lo explican sus mismos politólogos, funciona mediante un proceso permanente de presiones que se entrelazan, esto es, que existe una gran cantidad de grupos de presión que interactúan, y en el que cada uno procura el logro de sus intereses.

La fuerza de cada grupo depende de la composición que se va dando en los distintos momentos. Por ello tienen cabida y peso específico declaraciones o actitudes contradictorias. Esto es válido tanto para su política interna como para sus relaciones internacionales. Nosotros tenemos que evaluar y ponderar cada una de las declaraciones o acciones que nos atañen y, sobre todo, tratar de entender el mapa que forman en su conjunto.

Así, tengo que considerar interpretaciones más generales de lo que está ocurriendo. Evaluarlas es difícil, pero no puedo descartar que tengan algo de cierto. En ese sentido, la más viable a considerar en este momento señala, en lo que se refiere a la evolución que las relaciones entre México y Estados Unidos han tenido durante mi gobierno, que si bien inicié mi mandato en un momento en que las relaciones con los Estados Unidos estaban muy tirantes, tomé decisiones que les parecieron acertadas. Además, la conversación que sostuve con Ronald Reagan en octubre de 1982, como Presidente electo, parece haber dado un buen resultado.

Así que en una primera etapa los norteamericanos se dijeron: “Vamos a ayudar a México para que no se desbarranque ahora que tiene un gobierno serio que está tomando medidas. Tenemos que evitar que México caiga en default financiero, pues ello podría provocarnos la descomposición del sistema internacional”. Por ello recibimos su apoyo y pronto empezamos a escuchar que en los Estados Unidos se decía: “Qué buen gobierno tiene México”, aunque algunos mantenían la duda, por el hecho de que éramos nuevos, de que se fuera a romper el orden político.

Pero según avanzamos y hubo progreso en el terreno económico y se vio nuestra capacidad en el manejo político, se les pasó el susto. Entonces se pusieron a reflexionar sobre los problemas estructurales de México que siempre los han molestado: la economía mixta, la ley de inversiones e incluso la fortaleza del gobierno, de la que antes dudaban, y que ahora veían como excesiva, como antidemocrática, es decir, que no correspondía a su esquema político bipartidista.

Entonces empezaron las críticas: “Este gobierno no está cambiando las cosas fundamentales”. Fue en ese momento cuando surgió la idea de debilitarnos para poder seguir presionando en beneficio de sus propios intereses. Esto es, cuando México estuvo al borde del precipicio nos ayudaron, pero tan pronto vieron que nos retirábamos del peligro, sintieron la necesidad de presionarnos para no perder su influencia. Para vulnerarnos ahora plantean: “¿Que este gobierno es de renovación moral? Pues ahí está el problema del narcotráfico, para que se vea que no es cierto”.

De manera que en las relaciones entre México y Estados Unidos siempre habrá un “estira y afloja”. Hay etapas mejores y etapas peores, ciclos, pero nunca vamos a tener una relación totalmente pacífica. Por ello debemos tener la mente clara; permanecer tranquilos; entender que nosotros no estamos en capacidad de presionarlos; medir el significado dramático de la desproporción de nuestros poderes. Tenemos que actuar, pero con tranquilidad y con eficacia.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.