Desarme: visita a la India

"MES: ENERO"

Cuando Rajiv Gandhi me invitó a Nueva Delhi a una reunión de los mandatarios de los seis países que en mayo de 1984 hicimos un llamado conjunto en pro del desarme, ya habían aceptado los otros cinco gobernantes, por lo que me vi obligado a asistir. La reunión tuvo lugar el 28 de enero de 1985.

El comunicado firmado el 22 de mayo de 1984, en el que Argentina, India, Grecia, México, Suecia y Tanzania demandamos a las potencias atómicas poner fin a la carrera armamentista, fue promovido por un grupo de 600 parlamentarios de 30 países, denominado “Parlamentarios por un Orden Mundial”, formado en el ámbito de las Naciones Unidas. Yo estuve de acuerdo en que México participara, porque la causa era noble y concordaba con nuestra política exterior en ese terreno.

Además, creo que aun cuando las conversaciones para el control y la reducción de armamento tienen una naturaleza esencialmente bilateral, es necesario subrayar la responsabilidad de las grandes potencias ante todas las naciones del orbe.

Sin embargo, cuando Indira Gandhi, quien tenía poco tiempo de haberse hecho cargo de la jefatura de los países no alineados, trató de reunirnos, la moción me preocupó, porque pensé que su interés consistía en organizar un espectáculo internacional que le sirviera para afirmar su nuevo liderazgo. Por ello, cuando se me consultó, señalé que consideraba inoportuno realizar dicha reunión.

Poco después tuvo lugar la muerte de la señora Gandhi. Su hijo, que la sucedió en el poder, vio en esta coyuntura la posibilidad de hacer su debut internacional.

Por otro lado, la reunión encontraba entonces mayor justificación, ya que en noviembre de 1984, a raíz de la reelección de Ronald Reagan, los soviéticos manifestaron que, con el fin de eliminar la amenaza de la guerra y mejorar radicalmente la situación internacional, deseaban mejorar sus relaciones con Estados Unidos. Los americanos respondieron positivamente y el 28 de noviembre los gobiernos de Moscú y Washington anunciaron su decisión de reanudar el dialogo sobre el control de la carrera armamentista, suspendido desde diciembre de 1983.

Las gestiones que en favor del desarme hagamos diversas naciones ante las potencias nucleares pueden calificarse de románticas, pues su objetivo se limita a crear un foro en el que se escuche nuestra protesta por un peligro que es común a todas las naciones y del que son responsables sólo unos cuantos. La efectividad de reuniones como la de Nueva Delhi es dudosa y, sin embargo, resulta necesario hacerlas, pues no podemos permanecer en la inactividad.

Además, consideré conveniente darle peso al tema del desarme para diversificar nuestra política exterior, evitando que se limite sólo al problema de Centroamérica y Contadora. Al aceptar la invitación tuve cierto temor de que mi viaje fuese entendido, por la opinión pública mexicana, como la manifestación de un nuevo ánimo de liderato. Para evitar esta interpretación, montamos una campaña explicativa. Creo que la gente recibió bien el tema por su nobleza esencial y aceptó la conveniencia de mi viaje.

Para preparar la reunión de Nueva Delhi, las representaciones gubernamentales de cada uno de los seis países participantes trabajamos en la elaboración de una serie de documentos. México intervino activamente, no sólo porque la lucha contra el armamentismo ha sido uno de los principios de política exterior en que hemos sido más consistentes, sino porque nuestro embajador y Premio Nobel de la Paz, Alfonso García Robles, es muy respetado por su dedicación y gran conocimiento del tema. Fue él, según tengo entendido, quien redactó el documento final.

Por tanto, lo que habría de ocurrir en la reunión de Nueva Delhi ya estaba preparado por los grupos técnicos. Los mandatarios prácticamente no discutimos los documentos, centrando nuestra atención en lo que habríamos de hacer después de emitir la declaración conjunta. De manera que la reunión consistió en una serie de entrevistas bilaterales entre los mandatarios que ahí nos reunimos.

Tratar a los diferentes jefes de Estado fue interesante. Gandhi me pareció, en primera instancia, un hombre tímido; luego me di cuenta de que más bien se trataba de un hombre discreto, sereno. Actúa como si tuviera una gran experiencia política. Papandreu me causó muy buena impresión. Tiene un tono profesoral y sus planteamientos fueron sistemáticos.

A Alfonsín ya lo conocía, y Nyerere me impresionó por su gran sentido del humor. Él quería que la Declaración Conjunta fuera más fuerte, que incluyera la prohibición del armamento espacial. Sin embargo, decidimos que el documento fuera sobrio, pues existía el peligro de que tuviera un tono tercermundista, emotivo, que le restaría impacto. Era necesario no pedir cosas que sabíamos ya habían rechazado las grandes potencias nucleares.

Por otro lado, quedamos en declarar cierta satisfacción por el acuerdo alcanzado en Ginebra el 8 de enero, en el que los Estados Unidos y la Unión Soviética decidieron reiniciar negociaciones bilaterales sobre armas espaciales y nucleares, tanto estratégicas como de alcance intermedio. Nyerere, viendo que no había un ambiente adecuado para la promoción de sus ideas, se limitó a presentarlas en su exposición personal. Palme, como viejo lobo de la política exterior sueca, es un defensor a ultranza de la neutralidad.

El común denominador entre los mandatarios ahí reunidos fue una irritación fundamental contra Estados Unidos, país al que califican de belicista y soberbio. Cada uno de ellos manifestó tener agravios en su contra.

La Declaración de Nueva Delhi reconoció como el objetivo proclamado de esas negociaciones el prevenir una carrera de armamentos en el espacio y terminar con la que se desarrolla en la Tierra, a fin de culminar con la eliminación de las armas nucleares en todas partes. Reiteramos también nuestro llamado a una suspensión que abarque los ensayos, la producción y el emplazamiento de armas nucleares y su sistema de lanzamiento. También hicimos hincapié en que anualmente se gastan miles de millones de dólares en armas, en contraste con la dramática pobreza en la que viven dos tercios de la población mundial.

En mi discurso señalé que defender la civilización es un derecho y un deber inalienable de todos los pueblos. Enfaticé que el armamentismo no es ajeno a la crisis económica internacional, pues quienes se arman incurren en enormes déficit para hacerlo y, con ello, propician elevadas tasas de interés que encarecen el financiamiento para el desarrollo y estimulan la inflación mundial. De esta manera, las naciones endeudadas terminan por subsidiar la carrera armamentista.

Durante la reunión, acordamos que para promover los principios expuestos en la Declaración Conjunta, cada uno de nosotros, al entrevistarnos con dirigentes de las potencias nucleares, abogaríamos por el desarme. De estas acciones tendríamos informado al grupo. También nos propusimos mantenernos atentos a las pláticas sobre desarme en Ginebra, así como tratar de aprovechar el próximo aniversario de la ONU, cuando cumplirá 40 años, para coincidir los seis en Nueva York y hacerle una promoción conjunta a nuestros planteamientos pacifistas.

Hicimos llegar la Declaración de Nueva Delhi, según lo habíamos anunciado, a los embajadores de las cinco potencias nucleares acreditadas en la India. Resultó muy comentado el hecho de que el embajador de Estados Unidos no se encontrara ese día en Nueva Delhi, por estar visitando Pakistán, país con el que la India tiene mayores puntos de irritación… Por su parte, los soviéticos, que tienen una política exterior muy formalista, le dieron la bienvenida al documento, señalando que lo analizarían con gran interés…

La actitud de Estados Unidos frente al documento equivalió a decir: “Vamos a ver. Esto no es un juego para niños”. Lo que todos vimos es que las grandes revistas norteamericanas, como Timeo Newsweek, no le dedicaron ni una sola línea a la junta, lo que hace pensar que existe bastante más control del gobierno sobre esas publicaciones de lo que ellos reconocen.

Para sopesar el efecto que este tipo de acciones o viajes pueden tener en nuestra relación con Estados Unidos, lo primero que debemos reconocer es que muchos mexicanos temen que una actitud independiente de nuestra parte nos haga acreedores de represalias. La única respuesta posible consiste en reconocer que si bien una política exterior activa representa un riesgo para el país, una actitud pasiva nos haría correr mayores riesgos.

México no tiene elementos para sostener una política exterior fuerte. No contamos ni con fuerza económica ni con fuerza militar. Sin embargo, estamos persuadidos de la conveniencia de tener una política exterior independiente, por razones de subsistencia y de soberanía, tanto política como económica. Nuestros principios, como la búsqueda de soluciones pacíficas en las controversias, son la expresión de un interés. Sabemos que quienes hoy se impongan en Centroamérica, mañana lo harán en México. Es importante ir haciendo cada vez más evidente al público que la defensa de los principios de nuestra política exterior significa la defensa de nuestros intereses, es decir, que los principios tienen su sentido pragmático.

Mi viaje a Yugoslavia obedeció a la necesidad de hacer una escala, dada la enorme distancia que existe entre México y la India. Desde el principio de mi gobierno, Yugoslavia me había extendido una invitación para visitarla. Además, es un país con el que tenemos afinidad. Ellos también desarrollan, dada su cercanía y dependencia de la Unión Soviética, una política exterior de supervivencia.

Por otro lado, hay ligas afectivas entre Yugoslavia y México, tanto por la visita que nos hizo Tito como, en términos más personales, por la que yo les hice cuando fui secretario de Programación y Presupuesto.

Fue interesante la visita, porque es ilustrativo entender su postura de política exterior, su concepción de las relaciones Este-Oeste y su participación en el Grupo de los No Alineados. Además, porque en Yugoslavia existe gente muy profesional. Por ejemplo, cuando habló conmigo el presidente del Consejo de Presidentes, pues allá todo lo manejan en grupos colegiados muy formalistas, apoyó el diálogo en unas tarjetas que traía a mano, lo que le permitió presentar razonamientos lógicos muy redondeados.

Vale también la pena anotar que fuimos muy bien recibidos, y que nuestras visitas permiten a México dejar velitas prendidas en diferentes partes del mundo y así aumentar su prestigio internacional.

En general, el conjunto del viaje me permitió ratificar el peso específico que México tiene en la comunidad internacional. A veces esto no es claramente entendido por los mexicanos y, sin embargo, es una realidad la consideración que en el exterior nos manifiestan. Por ejemplo, es notable que Felipe González, por instrucciones del rey Juan Carlos, se haya trasladado a Palma de Mallorca para cenar conmigo durante la escala técnica de mi avión. Lo mismo ocurrió en Portugal, que es un país con el que México casi no tiene ninguna relación.

Esto ratifica el gran respeto que por México sienten los jefes de Estado con quienes estuve en Nueva Delhi. Ellos ponderan y exaltan la congruencia de la política exterior mexicana. “Estos valientes viven al lado de los Estados Unidos —piensan— y sin embargo son capaces de tener una política exterior independiente”.

 
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