Recuento de 1984 y perspectivas para 1985

"MES: ENERO"

LA CARACTERÍSTICA FUNDAMENTAL DE 1984 ES QUE FUE TODO MUY INTENSO.Tengo la sensación de que me ha tocado presidir en una situación de emergencia permanente. Cada semana sucede alguna cosa que me obliga a tomar una decisión importante. Llevo una Presidencia llena de sobresaltos.

Los resultados del año pasado pueden evaluarse de muchas maneras. Una de ellas consiste en analizar la relación del Estado con los principales grupos de poder de la sociedad. Desde ese ángulo, y respecto a la relación del gobierno con los obreros organizados, el año fue, en lo esencial, satisfactorio.

Lo central fue haber logrado una moderación salarial —punto fundamental del Programa de Reordenación Económica— sin que se diera una ruptura en la relación. Desde luego existen tensiones entre nosotros, pero no jaloneos violentos.

En el año hubo tres momentos en que dichas tensiones se hicieron más evidentes. El bombazo del primero de mayo provocó el primero, pues permitió que grupos extraños al movimiento obrero organizado dislocaran la tónica del desfile del Día del Trabajo. Todavía hoy no sé si fue o no una decisión acertada permitir la participación de estos grupos en el desfile.

La segunda ocasión en que tuvimos un roce con el movimiento obrero fue en junio, como resultado de la intervención de Gobernación para asegurar que se fijara en un monto razonable el salario mínimo. La irritación del movimiento obrero se tradujo en un documento público en el que criticaron acremente mi política económica. La dureza de mi respuesta resquebrajó más la endeble unidad del Congreso del Trabajo, ocasionando un enfrentamiento entre la CTM y la CROC.

La tercera dificultad seria que tuvimos en el año surgió a raíz de que frenamos de tajo la pretensión de los telefonistas de extender su influencia al ámbito de todas las empresas paraestatales. Con ello cortamos el fortalecimiento de grupos izquierdistas dentro del Congreso del Trabajo.

La fricción que hubo en los momentos de tensión no es comparable con la importancia del logro del gobierno en materia salarial. Por ello hay que pensar, si queremos entender el verdadero contexto de esta relación, que independientemente de la habilidad de los funcionarios públicos, el movimiento obrero ha alcanzado una clara conciencia de la profundidad de la crisis en la que está el país. Esto lo atribuyo al hecho de que los líderes se han dado cuenta de que la demanda de las bases se orienta más a la conservación del empleo que a la defensa del salario.

Por otro lado, el movimiento obrero, y en particular Fidel Velázquez, no ignoran las consecuencias que tendría un desacuerdo con el gobierno. Valoran el apoyo material que reciben, como el mantenimiento del edificio de la CTM o los subsidios directos a las organizaciones menores, y no menosprecian el peso político que les da el ser aliados del gobierno, pues de ello dependen ciertas posiciones políticas en las cámaras legislativas o en los gobiernos municipales.

Finalmente, los líderes obreros saben muy bien que si se deja correr la agitación de izquierda, también a ellos los puede rebasar.

En nuestra relación con el sector campesino, lo evidente es que no ha habido un clima notable de agitación. Las marchas campesinas de los primeros meses del año no fueron representativas y, en todo caso, se encontraron salidas a sus demandas.

Los problemas de violencia se han dado en zonas muy específicas, pues salvo en Chiapas y las Huastecas, las demandas están muy dispersas. Por ello hemos alentado el fortalecimiento de las organizaciones campesinas que pueden realizar una verdadera gestoría en el campo. Sin embargo, lo que más ha contribuido a este clima de paz es el número muy importante de acciones, que tal vez no se han destacado suficientemente, para regularizar la tenencia de la tierra, entregar la tierra disponible, desahogar expedientes rezagados, realizar trabajos de deslinde, etcétera.

Otro factor determinante de la tranquilidad en el campo ha sido la fijación oportuna de los precios de garantía a los productos agrícolas que, aunque en algunos casos insuficientes, han venido a atenuar la disparidad de ingresos entre el campo y la ciudad.

Con los empresarios nuestra relación continúa a empujones. Hay muchos que no olvidan la nacionalización bancaria, que están resentidos y que seguramente lo estarán siempre. A ello hay que agregar las dificultades actuales de las empresas, por su endeudamiento y por la depresión del mercado.

En fin, el grupo empresarial es un gremio que perdió la dinámica y la perspectiva; que hoy se pregunta cuál es su destino. Ante estas dudas, que muchos sienten provocó la acción del gobierno, piensan: “Nos la tiene que pagar el gobierno”.

Una de las formas de castigarnos consiste en hacer crecer la oposición. Por ello muchos empresarios están apoyando al PAN. Tienen la ilusión de que van a capitalizar el descontento existente, y en efecto han ganado más posiciones políticas. Sin embargo, yo no puedo pelearme con ellos; tengo que seguir negociando hasta vencer su resistencia a encontrar un acuerdo con el gobierno.

Por ello, y con el objeto también de fomentar el ahorro interno, cedí a su solicitud de separar la actividad bancaria reservada al Estado de otras actividades crediticias, las cuales se desarrollarán en forma concesionada. La realidad es que necesitamos a los empresarios para fomentar el desarrollo.

La relación del gobierno con los medios de comunicación es muy deficiente. El problema principal es la pésima calidad de los medios de difusión. Es innegable que éstos se orientan más al amarillismo que a la información.

Por nuestra parte, y pese al énfasis que desde el inicio de mi gobierno puse en la importancia de la comunicación, todavía estamos muy lejos de tener una presencia orientadora ante ese sector. Muestra de ello es nuestra nula capacidad para influir sobre publicaciones de coloración antigobiernista como Proceso o Impacto.

En cuanto a la televisión, el gobierno se ha quedado muy rezagado frente a los grupos privados, y no estamos preparados para presentar mejores opciones. Ni siquiera hemos sido capaces de formar buenos analistas que den a conocer y expliquen las posiciones del gobierno. Así que en el terreno de los medios de comunicación, siento que estamos muy atrasados.

Hay otros grupos de poder, dentro del mismo sistema político, que dificultan la acción de gobierno. Sobresalen entre ellos algunos gobernadores. Su impericia o abulia hace que resten más de lo que suman.

Por otro lado, estoy sintiendo un cambio de ambiente en mi gabinete, pues según avanza el sexenio cada secretario va “feudalizando” más sus posiciones y, en consecuencia, se van burocratizando los procesos de ejecución.

En la primera ocasión en que se reunió el gabinete económico este año, les dije a sus integrantes: “Señores, somos buenos arquitectos, pero malos ingenieros. Podemos planear bien lo que debemos hacer, pero somos malos para realizar lo que nos hemos propuesto”. Ésa es la realidad, pues en el terreno de la ejecución intervienen muchos factores y se depende de mucha gente.

Para que las cosas se realicen de acuerdo con la línea que fija el Presidente, es necesario que los secretarios entiendan lo que deben hacer y lo cumplan; que supediten su vanidad a su deber; que movilicen a sus subsecretarios; que los subsecretarios no tengan enfrentamientos entre sí; en fin, que se superen los problemas humanos, de personal. Éste es el reto al que nos enfrentamos.

El fin de la etapa de formulación de políticas me ha obligado a adaptar el proceso de toma de decisiones. Para empezar, ha disminuido la frecuencia con que se reúnen los gabinetes especializados, pues además de que su dimensión los ha convertido en foros en que la gente está inhibida, su función —en esta etapa de ejecución— se limita a la vigilancia. Me resulta más útil tener reuniones con grupos más pequeños, en las que abiertamente se encaren los problemas y se to- men decisiones, y sólo después, a fin de formalizar las decisiones y abrir la oportunidad de la opinión, reúno a los gabinetes.

Los problemas de mi gabinete son, en última instancia, menores que los que tienen que enfrentar los gobiernos de composición. Aquí, cuando menos, pude nombrar a todos los secretarios sin tener que compartir la selección. Aun así, el problema de su coordinación es inherente al cargo presidencial. Sin embargo, a la luz de los problemas estructurales que padecemos y que la crisis ha hecho cada vez más evidentes, resulta exasperante enfrentar la falta de coordinación del aparato burocrático.

El problema de fondo es que entre más observamos y conocemos la crisis, más grande la encontramos. La dificultad para resolver los aspectos coyunturales estriba en que están enclavados en problemas estructurales. Éstos son de todo tipo y resultan, a fin de cuentas, del hecho de que en México se atraviesan y empalman muchas sociedades en diferentes etapas históricas.

Hay problemas que podemos y debemos enfrentar, como racionalizar la participación de la industria paraestatal en la economía. Tenemos que reconocer que su crecimiento indiscriminado no ha logrado los objetivos redistributivos que se propuso. Respetando las áreas prioritarias y estratégicas en que el Estado continuará interviniendo, debemos proceder a vender, liquidar o transferir aquellas entidades públicas que ya cumplieron los propósitos para los que fueron creadas, que duplican funciones realizadas por otros organismos o cuya operación resulta demasiado onerosa. Ello contribuirá al abatimiento de los subsidios gubernamentales y del gasto corriente en general.

Existen, en cambio, problemas en los que no hay para dónde moverse. Un ejemplo es el caso de la corrupción policiaca. Es imposible destituir a todos los policías, pues no tenemos con quién sustituirlos y, sin embargo, resulta insoportable la mala calidad de muchos elementos.

Los problemas secundarios que esto trae son innumerables. Baste mencionar que al regreso de mi viaje a la India, me encontré con que elementos de la Policía Federal de Caminos, con el afán de extorsionar a cuatro oficiales del Ejército que salían de la zona de tolerancia de Atlixco, los habían torturado y finalmente asesinado. El problema llegó hasta mí, dimensionado hasta convertirse en pleito entre el Ejército y la Policía Federal de Caminos, en el que la primera corporación me exigía la destitución del jefe de la segunda.

Otro problema estructural que ha aflorado de manera recurrente es el del abasto de ciertos productos básicos. La escasez de carne en el Distrito Federal fue extrema durante todo el mes de enero. Al analizar personalmente el caso, concluí que todo era problema: menor hato de ganado, sobreexplotación por parte de los ganaderos, abuso de los introductores e ineficiencia de los tablajeros.

Por abordar sólo el último punto, lo primero que destaca es que existen 10 000 tablajeros a los que hay que conceder una utilidad de 100% entre la carne vendida en canal y la carne vendida al menudeo, pues la dimensión de su operación es mínima. A pesar de la ineficiencia económica que ello significa, las amas de casa quieren seguir comprando en la carnicería de barrio, pues ello es parte de su rutina diaria. Además, quieren que les hagan cortes especiales que supervisan personalmente, mientras platican con el carnicero. De manera que los hábitos de la sociedad inhiben la racionalización del medio productivo.

El problema de la carne resulta tan difícil como el de la tortilla. Recientemente, el Departamento del Distrito Federal puso a la venta en sus tiendas tortillas harinizadas que costaban 10 pesos menos por kilo que las vendidas en tortillerías. Pero como saben ligeramente diferente, la gente las rechazó; prefieren hacer colas y pagar más para comprar su tortilla “calientita”… Nuestra búsqueda por racionalizar la producción y el comercio es frenada por las actitudes vitales de un importante porcentaje de nuestra población.

El enorme conjunto de este tipo de situaciones es lo que nos ubica como un país subdesarrollado. Ésa es nuestra realidad y sobre ella tenemos que actuar. Por lo mismo, resulta más fácil hacer el diagnóstico y determinar lo que debemos hacer, que hacerlo. Nuestra voluntad de ejecutar se empantana con frecuencia en realidades que se resisten al cambio.

Esto es muy evidente cuando hablamos de vincular el fomento industrial y el comercio exterior. De nuevo, nuestras necesidades nos obligan a modificar realidades muy complejas, como la falta de desarrollo tecnológico o la baja productividad que nos caracteriza. También pesa la mala ubicación regional o la falta de integración de la pequeña y mediana industrias. Tenemos el diagnóstico, pero eso no basta para que se dé el cambio estructural.

Nuestra vulnerabilidad también está determinada por fenómenos externos. Al evaluar la marcha de la economía durante 1984, no podemos dejar de apreciar la importancia de que hayan subido las tasas de interés internacionales y de que haya bajado el precio del petróleo.

Los resultados finales, a pesar de todo, entreveraron aspectos positivos y negativos. Logramos bajar la inflación de 80 a 60% y, sin embargo, la economía creció en 3.5%. La política cambiaria fue buena y, salvo algunos pánicos recurrentes, la situación estuvo bajo control.

Sin embargo, se incurrió en un mayor déficit presupuestal del programado, pasando de 6.5 a 6.9%, sin contar los intereses devengados no pagados por 2%. Ello significa que si en 1985 no actuamos con mano fuerte, las cosas se nos pueden descomponer. Por ello decidí, a principios de este año, un recorte importante al gasto público y poner a la venta empresas estatales no prioritarias.

En general creo que la economía marchó por el camino correcto, pero que faltó énfasis, profundidad y capacidad de ejecución. Debido a ello, el problema económico sigue siendo el que más me preocupa.

En el terreno de la política interna, 1984 fue un año de paz, en el que el PRI se reafirmó en las elecciones municipales. El crecimiento del PAN no fue tan espectacular como en 1983. Su límite está en que sólo mantiene una presencia crítica, sin plantear ningún tipo de alternativa ni contar realmente con elementos capacitados para gobernar. No obstante, es innegable que la sociedad ha evolucionado y exige una mayor pluralidad política.

Yo tengo que enfrentar y desahogar esta demanda, pero lo tengo que hacer imponiéndole un ritmo, pues no puedo ignorar, ni dejar de ponderar, las influencias que la empujan o detienen.

En primer término, destaca la repercusión que sobre nuestra sociedad tiene el esfuerzo del actual gobierno estadounidense por propagar, no sólo entre nosotros sino en todo el mundo, su posición neoconservadora. De manera más amplia, tenemos que enfrentar esa actitud por parte de la sociedad norteamericana que eligió y apoya a dicho gobierno.

Resulta igualmente necesario entender que, embarcados en su cruzada, los norteamericanos ven con poca simpatía nuestro sistema político. Para ellos somos un país medio socialista, que se legitima en una Revolución que propuso formas de tenencia de la tierra diferentes de la propiedad privada y una economía mixta en la que el sector público desempeña un papel muy dinámico.

Su falta de entendimiento de nuestro proceso histórico beneficia e impulsa a los grupos más tradicionales de México. Esto es delicado, pues en México tenemos muchos “polkos”.* Baste ver la noticia aparecida el 5 de febrero y atribuida a Adán Elizondo, vicepresidente de la Coparmex: “Empresarios regiomontanos demandaron al gobierno que adopte la política del Presidente estadounidense Ronald Reagan, cuya plataforma se basa en una escasa participación del régimen en la actividad económica del país”.

Ante esta situación, en la que sabemos que es cierta la liga del PAN con los empresarios, los Estados Unidos y el clero, tenemos que valorar las presiones a favor de que se destape una pluralidad política que, en el fondo, busca imponer *Se da el nombre de “polkos” a los mexicanos proamericanos. Durante la guerra entre México y Estados Unidos, este término se usaba para designar a aquellos mexicanos que apoyaron al Presidente norteamericano James R. Polk [N. del E.]. en México el bipartidismo, abriendo así la puerta a que también aquí triunfe el neoconservadurismo.

Por otro lado, ante esta demanda de mayor pluralidad política, tengo que considerar las posibles reacciones dentro del PRI, sobre todo si dejamos que la puerta se abra demasiado rápido. Los hábitos políticos de los priistas son poco democráticos, y obligarlos a un cambio total de la noche a la mañana podría provocar violencia, pues muchos simplemente no están dispuestos a perder el poder. No puedo ignorar, por ejemplo, que los obreros reaccionan de manera fuerte y que los grandes caciques son capaces de crear grandes problemas.

Mi principal obligación es evitar la violencia, tanto de los partidos opositores como del nuestro. Es claro que la mayor parte de la gente está despolitizada y lo que quiere es que las autoridades eviten que los núcleos politizados interrumpan sus actividades diarias.

Estas reflexiones hacen que me incline, por el momento, a esforzarme para conservar todas las gubernaturas en las elecciones de julio de 1985. Tampoco creo conveniente perder municipios en la línea fronteriza. Ello requiere escoger con cuidado a los candidatos del PRI, aunque implique limitar las aspiraciones de determinados grupos dentro del partido.

Tenemos que cuidar las campañas electorales y ver que todo el proceso se desarrolle de la mejor manera posible. Sin embargo, habrá que esperar el resultado de las elecciones para ver cuál es la demanda, en qué ámbitos, dónde, con qué fuerza. Considero preferible, en todo caso, soltar municipios no fronterizos y más diputaciones federales.

Lo cierto es que no podemos dejar que el PAN capitalice el ambiente de descontento, ni tampoco podemos tolerar un clima de desprestigio para el PRI. Las elecciones de 1985 son, sin duda, la cuestión política más importante del año.

Por otro lado, hemos desarrollado una vigorosa política internacional. Indiscutiblemente, ello nos ha provocado algunas tensiones con Estados Unidos. Mil novecientos ochenta y cinco se inició con un creciente sentimiento de inquietud por parte de la opinión pública en general, que percibía un deterioro en nuestras relaciones con Estados Unidos. Salvo entre los sectores más progresistas, se cuestionaba con frecuencia la conveniencia de que México desempeñara un papel más activo e independiente en la escena internacional, pues se temía que la ira del “Gigante del Norte” se tradujera en medidas de represalia contra nuestro país.

Mi punto de vista es que nuestro país correría mayores riesgos si adoptara una actitud pasiva en la vida internacional, aceptando la subordinación de sus intereses. Tal actitud constituye prácticamente una renuncia a la soberanía nacional, pues la historia nos ha demostrado que los países que dejan de tener una política autónoma, se vuelven más vulnerables a que las fuerzas del exterior le impongan determinaciones, y terminan por perder su independencia. Creo que sin doblegarnos a las presiones norteamericanas, debemos mejorar nuestras relaciones, pues no podemos dejarlas a merced de una inercia negativa.

Mil novecientos ochenta y cinco se vislumbra desde el inicio como un año difícil. El ambiente de paz y contención está coloreado por diversos cuestionamientos de fondo. La gente está consciente de que la economía se nos puede caer, sobre todo si continuamos aflojando por el lado del gasto público. El resentimiento de los empresarios, por la nacionalización de la banca y por las reformas constitucionales que emprendí, hace que me sigan calificando de “lombardista”.*

En cuanto a las elecciones, la opinión pública se pregunta qué va a pasar: ¿Se va a imponer el PRI? ¿Va a ganar el PAN? ¿Habrá violencia? En el terreno de la política exterior miran con angustia nuestro enfrentamiento con los americanos.

En general, el deterioro en el nivel real de vida hace que la mayoría de los mexicanos, o cuando menos las clases participantes, se sientan irritados y apachurrados.

En fin, la ausencia de una cultura política sólida hace poco viable que el descontento se traduzca en una respuesta electoral que signifique quitarnos un par de estados o la mayoría en el Congreso. Ello sería catastrófico, pues me temo que caeríamos en la anarquía y el caos.

Ante la coyuntura actual, lo que nos va a salvar es que todavía controlamos un poderoso aparato institucional y que contamos con la mejor gente. No es éste un momento en el que el país resista giros violentos.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.