Contadora: boicot al Acta de Paz

"MES: NOVIEMBRE"

DURANTE MUCHOS MESES, LA CANCILLERÍA MEXICANA, por estar más preparada para ello que otras, elaboró y negoció los documentos que conformaron el Acta de Contadora para la Paz y la Cooperación en Centroamérica. Fue un trabajo arduo por su evidente complejidad.

No obstante, satisfacer los requerimientos y las exigencias de países enfrentados y endurecidos por la guerra pareció, cuando menos durante la mayor parte del mes de septiembre, una meta al alcance de la mano. La sensación de estar muy cerca de un objetivo tan deseado y necesario dimensionó la frustración e incertidumbre que nos dejó el no poder concretarlo. Todo quedó suspendido en el aire, obligándonos a cuestionarnos si realmente la posibilidad de la paz estuvo cerca o si creerlo fue sólo un espejismo.

Los hechos fueron los siguientes. El 7 de septiembre, durante la VII Reunión Conjunta de Cancilleres del Grupo Contadora, que tuvo lugar en la ciudad de Panamá, se terminó la versión revisada del Acta de Paz de Contadora. El día 14, Costa Rica y Guatemala señalaron que se encontraban en disposición de suscribir el documento.

El día 19, el asesor norteamericano de Seguridad del presidente Reagan, Robert McFarlane, aseguró que Estados Unidos encontraba en el proceso de Contadora “la fórmula de solución” de sus diferencias con Managua. El día 20, Belisario Betancur informó que Honduras y El Salvador aceptaban el Acta. Al día siguiente, el gobierno de Nicaragua aceptó en su totalidad el Acta de Paz propuesta por el Grupo de Contadora y anunció su decisión de firmarla de inmediato y sin modificación alguna.

Estas manifestaciones públicas del deseo de los países centroamericanos de firmar el Acta fueron las que nos llevaron a suponer que la meta era alcanzable. Por otro lado, y en reconocimiento al hecho de que Cuba y Estados Unidos tienen injerencia en el conflicto centroamericano, los invitamos a que firmaran también. Cuba nos dijo, informalmente, que lo haría si los países centroamericanos la firmaban, lo cual entendimos como un signo positivo.

Nuestro optimismo comenzó a nublarse el 26 de septiembre, fecha en que José Napoleón Duarte, durante una visita a Guatemala, habló de la necesidad de condicionar la aceptación del Acta, a fin de lograr la efectividad del documento. Sin embargo, abordó el tema con vaguedad. Sin duda ello era una consigna norteamericana, pues este viraje coincidió con comentarios en el mismo sentido en Estados Unidos, y ocurrió justo después de la visita sorpresiva que Shlaudeman realizó a El Salvador el día 24.

La oposición estadounidense a la firma del documento se hizo evidente de manera grotesca el 28 de septiembre, cuando, con motivo de la reunión de cancilleres de Centroamérica, Contadora, la Comunidad Económica Europea, España y Portugal, se dio a conocer que el gobierno de Estados Unidos había exhortado a los cancilleres europeos, de manera secreta, a que no firmaran el Acta. El tiro le salió mal a los estadounidenses, pues los europeos aceptaron el Acta e hicieron pública la presión norteamericana.

La expectativa sobre el significado que para los estadounidenses puede tener la opinión internacional duró poco. El primero de octubre el gobierno norteamericano informó, de manera oficial, que no firmaría el Acta, pues en su opinión requería modificaciones. Los voceros norteamericanos tuvieron buen cuidado de señalar que no se trataba de un rechazo al principio de Contadora, sino a algunos mecanismos específicos de seguridad.

Su maniobra, a partir de ese momento, fue de dilación. Usaron cuanta argucia fue posible para evitar definiciones en un área tan sensible en vísperas de sus elecciones presidenciales, y también porque querían esperar a que pasaran las elecciones nicaragüenses programadas para el 4 de noviembre, convencidos de que podrían utilizar el evento para desprestigiar a los sandinistas. Ello implicaba, como siempre, manifestarse a favor de las gestiones del Grupo Contadora, torpedeando al mismo tiempo sus posibilidades de concreción. Como era de suponerse, Honduras y Costa Rica retiraron de inmediato su apoyo al Acta de Paz. Guatemala reflejó una actitud discreta y más imparcial.

Así, a partir de octubre, nos encontramos en un impasse. El diálogo, en sus aspectos formales, continuó. Mientras se iniciaba la discusión sobre aspectos específicos del Acta, siguieron las reuniones de Manzanillo entre Víctor Hugo Tinoco, de Nicaragua, y Harry Shlaudeman, de Estados Unidos. Sin embargo, la posibilidad de una paz negociada en Centroamérica había prácticamente abortado, cuando menos en el corto plazo.

Los nicaragüenses me dicen que los norteamericanos sostienen una posición inflexible en las reuniones de Manzanillo. Quieren acciones unilaterales de parte de Nicaragua, sin simetría de su parte. Piden, por ejemplo, el retiro de asesores militares de los nicaragüenses, pero sin ellos comprometerse a nada.

Por otro lado, los nicaragüenses me dicen que están acosados, que la guerrilla de los “contras” los está desangrando económicamente, y que su situación ya es crítica, pues la estrategia norteamericana de vencerlos por hambre está triunfando. Se sienten ahorcados y vigilados. Piensan que los Estados Unidos aprovecharían como excusa para invadirlos cualquier ayuda extraordinaria que pudieran recibir de la Unión Soviética u otro país socialista.

En ese contexto, recibí el jueves 11 de octubre a George Shultz, quien regresaba a Estados Unidos después de haber asistido a la toma de posesión de Nicolás Ardito Barletta en Panamá. Su conversación conmigo fue franca y directa. Yo comencé diciéndole:

—Señor Shultz, me encuentro confundido y perplejo por lo que ha ocurrido recientemente en Centroamérica. Durante largos meses trabajamos para preparar el Acta de Paz de Contadora y cuando finalmente tuvimos el documento listo, recibimos reacciones positivas de todos los gobiernos centroamericanos. Sin embargo, de repente, Estados Unidos hizo algunas observaciones al documento que nosotros encontramos un tanto confusas, pero que de cualquier forma hicieron que, en forma inmediata, Honduras, Costa Rica y El Salvador cambiaran de opinión. Esta situación me tiene muy preocupado. Por ello, yo quisiera constatar ciertos hechos que me ayuden a fijar el rumbo que México debe seguir en torno al Grupo Contadora. Quisiera saber si existe o no la voluntad política para llegar a un acuerdo, porque de no ser éste el caso, quisiera evitar un ejercicio ingenuo de nuestra parte. Tal vez México deba retirarse de estas negociaciones.

El planteamiento de esta posibilidad era nuestra única arma para presionar a los norteamericanos, pues es evidente que a ellos no les convenía la disolución de Contadora unos días antes de su elección presidencial. Sin embargo, Shultz tampoco desconocía el costo que nos representaría “tirar la toalla” antes de tiempo. Sabe que mientras la comunidad internacional conserve esperanzas en la viabilidad de Contadora, nosotros tenemos que resistir, por frustrante que resulte. Una acción dramática de nuestra parte, que por otro lado difícilmente aceptarían nuestros socios de Contadora, sería más espectacular que efectiva.

Shultz aprovechó para revirarme:

—Señor Presidente, la actitud de ustedes hacia el Acta de Paz de Contadora consiste en actuar como si nos encontráramos frente a una obra acabada, que no puede mejorarse. Y, puesto que nosotros sí tenemos observaciones que hacerle, al tiempo que usted me manifiesta sus dudas sobre la oportunidad de su participación en el proceso de negociación, ello me hace que pensar que maybe you should withdraw.

—Tal vez sí —contesté—. Eso es precisamente lo que estoy pensando. Es el momento para ello. Lo que quiero dejarle claro es que no estoy peleando un documento, sino que deseo conocer la actitud política de Estados Unidos, pues indiscutiblemente es un factor determinante en el proceso centroamericano. Quisiera que me aclarara la posición en que nos encontramos a partir de su conocimiento de lo complejo que es tratar con los países centroamericanos y del hecho de que Estados Unidos sabe que forma parte, aunque de manera indirecta, del proceso de Contadora. Es importante que me hable abiertamente, pues de esta conversación depende mucho.

—Yo estoy autorizado por el presidente Reagan para decirle que el gobierno de los Estados Unidos sí tiene una clara voluntad política de luchar por la paz y la estabilidad, y que considera que Contadora es la opción más viable. La muestra de nuestra voluntad es que estoy aquí platicando con usted, que vengo de hablar tanto con gente en El Salvador como con el presidente Betancur, y que he platicado con Sepúlveda en todo momento y en cualquier parte del mundo en que lo he encontrado. Nosotros deseamos dialogar, como lo prueban las conversaciones de Manzanillo que usted sugirió al presidente Reagan. En cuanto al Acta, quiero decirle que no la rechazamos, que consideramos que es un excelente documento. Sin embargo, sí tenemos observaciones en lo que refiere a los mecanismos de supervisión, a la simultaneidad de los compromisos y a los mecanismos de seguridad. Nosotros queremos cooperar para que se logre un acuerdo satisfactorio para todos.

—Qué bueno que el presidente Reagan y usted tengan la voluntad política para seguir adelante en este proceso. Sin embargo, yo creo que el esfuerzo debe traducirse en el logro de objetivos. Creo que tenemos que trabajar de tal manera que los Estados Unidos se involucren en el proceso, no de manera formal, pero sí que sigan los trabajos de concepción y desarrollo de Contadora. Ello implica que los Estados Unidos deben tratar con todos los gobiernos de Centroamérica. Creo que ello nos ubicaría en otra etapa.

—Nosotros así lo entendemos, y para que haya consecución de los objetivos, vamos a dedicar a ello al embajador Shlaudeman.

—Esta conversación es una buena base para cambiar la sensación de desaliento del Grupo Contadora. Yo sugiero que tomemos pasos concretos en los próximos días o semanas; aconsejo también que mientras se revisa el Acta de Paz, haya acciones y actitudes que reduzcan la tensión del área.

—Estoy de acuerdo en que se tomen pasos en los próximos días o semanas.

—Secretario Shultz, el tono de nuestra conversación es provechoso. Yo le reitero que lo que pase en Centroamérica será determinante para el tipo de relaciones que existan entre Latinoamérica y Estados Unidos por lo que queda de este siglo. Latinoamérica tiene graves problemas económicos y una democracia incipiente que hay que cuidar. Yo creo que, bien entendidas las cosas, es posible replantear las relaciones entre México y Estados Unidos, pero para ello es necesario remover las piedras que hay en el camino. Es necesario eliminar nuestras diferencias frente a Centroamérica.

—Señor Presidente, yo también quisiera manifestarle que me encuentro muy satisfecho por esta conversación. Quisiera además transmitirle que el presidente Reagan me ha pedido que le externe la admiración que le tiene; que le diga que es grato para nosotros hablar con usted, pues sentimos que es una persona confiable.

Ése fue el tono en el que se desarrolló la conversación con Shultz. Yo quise, además, dejar rastro de que no solamente tratábamos los asuntos centroamericanos, aunque en el fondo así haya sido. Por ello tocamos muy lateralmente, y la prensa lo retomó, el arreglo sobre el problema farmacéutico, lo que hará viable que los Estados Unidos nos otorguen la prueba del daño.

El otorgar la prueba del daño a México sería una cierta muestra de buena voluntad de los norteamericanos hacia nosotros. No es la maravilla, pero sí nos permitiría una mayor defensa procesal en nuestros intercambios comerciales. Todo está listo para la firma, pero tenemos que esperar a que pasen las elecciones norteamericanas, pues por ahora nada se mueve en aquel país.

Volviendo a Centroamérica, la tensión en el área, lejos de menguar, fue creciendo durante todo el mes de octubre. El hito en este ambiente fue la reunión que organizó el Presidente salvadoreño José Napoleón Duarte con los guerrilleros de su país. El 15 de octubre se reunieron en el poblado de La Palma cinco miembros de la delegación gubernamental, encabezados por el Presidente de la República, y seis líderes guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y del Frente Democrático Revolucionario.

Monseñor Arturo Rivera y Damas, arzobispo de San Salvador, fue el único testigo. Éste informó que “en un ambiente de seriedad y respeto mutuo, se acordó la formación de una comisión mixta, formada por cuatro delegados del gobierno y cuatro del FMLN y el FDR que, bajo la moderación de un representante de la Iglesia católica, tratarán asuntos en pro de la paz”.

Esta reunión significó un avance importante, y confirmó que la elección de Duarte, realizada el 6 de mayo, realmente favoreció la opción de la negociación política para la pacificación, sobre la opción violenta extremista que presentaba Roberto d’Aubuisson. Creo que la situación en El Salvador es mejor que antes, pues el ex presidente Magaña ya se encontraba en una situación muy débil, acosado por fuerzas internas y externas.

Eso no quiere decir que Duarte no esté presionado por D’Aubuisson y los militares, quienes se oponen a cualquier tipo de avance social, como los programas de reforma agraria, y que pugnan por una solución militar que acabe con los guerrilleros. Lo que no sé es qué posibilidades reales tenga Duarte de llevar a cabo su proyecto. La situación en El Salvador es muy difícil e incierta.

De cualquier forma, nosotros le estamos dando a Duarte apoyo simbólico. Por ello, enviamos a Sepúlveda y a González Avelar a su toma de posesión. También estamos considerando la posibilidad de nombrar un embajador ahí. Por lo pronto, estamos elevando el rango de nuestros diplomáticos en El Salvador.

Además, hemos tratado de ayudar a los salvadoreños cuando nos lo han solicitado. Por ejemplo, les facilitamos, para salvar la vida de 73 rehenes, la salida de cinco guerrilleros que tomaron un supermercado el 12 de mayo. También los auxiliamos a resolver el problema del transporte aéreo de los guerrilleros que viven en México o querían pasar por México para asistir al diálogo al que los convocó Duarte.

En el mes de noviembre, prácticamente coincidieron las elecciones en Nicaragua y en Estados Unidos. El domingo 4 tuvieron lugar las de Nicaragua. El resultado fue positivo, pues se logró una movilización real. La votación fue copiosa.

Contendieron siete partidos y los sandinistas obtuvieron 67% de ese voto. Todo ello es, sin duda, un resultado apreciable, sobre todo si consideramos las condiciones socioculturales de la población nicaragüense.

Las elecciones dieron a los sandinistas una legitimidad formal de la que carecían, lo que les permite una mayor negociación interna. Esta posibilidad se ve fortalecida por el cambio que las elecciones imprimieron al mando sandinista, al sustituir la dirección colegiada, que auspiciaba diferencias tácticas entre los comandantes, por las figuras jurídicas de Presidente y Vicepresidente de la República.

Por otro lado, mediante el proceso electoral se creó también una Asamblea Constituyente encargada de redactar una nueva Constitución. En este punto, sin embargo, no veo con claridad su estrategia. El vicepresidente Sergio Ramírez me comentó que la elaboración de la nueva Constitución puede llevarles hasta dos años.

Yo les hice ver que nuestra experiencia en México es diferente, que aquí nuestra última Constitución tardó solamente tres meses en cristalizar. Los invité a ponderar la conveniencia de un tiempo tan largo y de poner a la consulta de toda la población lo que debe ser la Constitución, pues en mi opinión el prolongar el proceso sólo servirá para vulnerarlos.

Yo siento que después de las elecciones, los sandinistas se han comportado, en ciertas áreas, en forma más moderada. Han reafirmado su no alineamiento, su voluntad de una democracia general y de fomentar una economía mixta. Buscan una paz con más diálogo interno.

Sin embargo, todo ello está mediatizado por el bloqueo económico y la campaña de desprestigio que los Estados Unidos le han impuesto a Nicaragua. Los nicaragüenses buscan apoyo fuera de los Estados Unidos, pero Latinoamérica no tiene las posibilidades ni la voluntad de hacerlo, y Europa Occidental se halla muy fría.

Es un hecho que los nicaragüenses han ido perdiendo el favor de la opinión pública internacional. Ésta se ha ido enfriando en algunos países latinoamericanos, en los mismos países de Contadora y, sobre todo, en ciertos países europeos, entre los que destacan marcadamente España y Francia. Ello se debe a que los sandinistas han cometido errores tácticos importantes.

En el terreno interno, destaca su creciente conflicto con la Iglesia católica, su actitud cada vez más cerrada ante la clase empresarial y su control excesivo de la prensa. En el terreno externo, se encuentra su recurrencia creciente a los países socialistas; un diálogo cada vez más ríspido con Estados Unidos y la queja permanente de sus vecinos.

Es indudable, por otra parte, que la feroz campaña que los Estados Unidos han organizado contra los sandinistas ha contribuido a la caída de su prestigio internacional. No es exagerado decir que los tiene verdaderamente asediados. De cualquier forma, el resultado neto de ello es un cierto enfriamiento de la opinión pública hacia Nicaragua.

En noviembre, la tensión alcanzó niveles dramáticos. El día 6, la cadena estadounidense de televisión CBS, con base en declaraciones de funcionarios de inteligencia, afirmó que un carguero soviético, que podría llevar a bordo aviones de combate Mig-21, navegaba probablemente hacia Nicaragua. En los días subsecuentes, voceros norteamericanos afirmaron que no se podía excluir el uso de la fuerza en caso de que se concretara la entrega de aviones de guerra soviéticos a Nicaragua.

Los nicaragüenses, por su parte, negaron categóricamente ante el Consejo de Seguridad de la ONU que hubiesen recibido aviones de combate soviéticos y acusaron a los Estados Unidos de lanzar una campaña de mentiras para justificar una intervención militar directa en su país. Preventivamente, el 8 de noviembre, el gobierno sandinista llamó a las armas a toda la población de Managua; retuvo en esa capital a 20 000 estudiantes que debían partir al norte del país a realizar la zafra, y convocó a una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU, ante lo que ellos consideraron la posibilidad de una invasión inminente de parte de los Estados Unidos.

La situación se fue exacerbando, pero afortunadamente no estalló la violencia. Nosotros sabemos bien que, en el caso de que los nicaragüenses caigan, lo que va a ocurrir es que se dispersarán las guerrillas por toda la selva centroamericana. Y si los norteamericanos no han podido acabar con las guerrillas en El Salvador, menos podrán acabar con las guerrillas en toda Centroamérica. Tal vez la idea de los norteamericanos es perseguirlos ahí y la idea de los nicaragüenses es morir como héroes latinoamericanos.

La mayor agresividad norteamericana puede vincularse al triunfo abrumador del presidente Ronald Reagan en las elecciones del 6 de noviembre. Sin embargo, yo considero que la posición norteamericana frente a Centroamérica no ha variado en nada. El gobierno norteamericano continúa avalando las gestiones del Grupo Contadora, al tiempo que por debajo del agua promueve una actitud de hostilidad; continúan las reuniones de Manzanillo, mientras en Estados Unidos se hacen declaraciones agresivas respecto a Centroamérica.

Seguramente, el segundo periodo de Reagan será igual que el primero, la única diferencia que hemos notado es que Shultz se ha endurecido. Seguramente lo hace para impresionar positivamente a Reagan y asegurar su permanencia en el gabinete. En fin, sus declaraciones son ahora tan duras como las de Reagan.

Los países que formamos el Grupo Contadora mantenemos el interés en pacificar el área, aunque vemos las dificultades de nuestro propósito. La opción de suspender totalmente las gestiones del Grupo Contadora provocaría una elevación de riesgos, y el continuarlas, sin lograr resultados claros, puede convertirnos en solapadores involuntarios de los intereses norteamericanos y de las tonterías nicaragüenses.

Sin embargo, por ahora tenemos que continuar, pues la mayor parte de la opinión pública internacional todavía ve con esperanza la posibilidad de que el mecanismo de Contadora funcione. De hecho, estamos bajo una presión internacional para continuar con las gestiones de Contadora. No podemos zafarnos tan fácilmente de esta empresa, pues podríamos ser acusados de haber aventado el paquete a medio camino.

Por ello, los presidentes de Venezuela y de Colombia, en sus respectivos viajes a Estados Unidos y a México en los primeros días de diciembre, aprovecharon para apoyar la moción de Contadora, disipando cualquier duda sobre su voluntad política de continuar el proceso. El viaje del presidente Lusinchi a Estados Unidos tuvo objetivos más amplios, pero no cabe duda que sirvió también a los intereses de Contadora. Las declaraciones del Presidente venezolano resultaron sorprendentemente fuertes, si consideramos que Venezuela ha practicado siempre una política de mayor acercamiento a los Estados Unidos.

Sin embargo, tanto Colombia como Venezuela ven con más dureza a Nicaragua. Por ejemplo, la relación entre Colombia y Nicaragua se deterioró a raíz de que los nicaragüenses publicaron una serie de mapas en los que ciertas islas, que los colombianos sentían suyas, aparecen como territorio nicaragüense. Esto fue motivo de un gran escándalo en la opinión pública colombiana, e hizo que surgiera la duda en Colombia de la conveniencia de enviar una misión a la toma de posesión de Ortega. Belisario Betancur señaló que se conformaba con que se retiraran de la circulación los mapas en cuestión.

Por otro lado, los nicaragüenses, pese a los errores que están cometiendo, pretenden un apoyo generoso. Sergio Ramírez me pidió mi presencia en Nicaragua para la toma de posesión de Ortega. Le dije que lo consideraría, pero desde luego no pienso asistir, porque ello provocaría un gran escándalo en México y en Estados Unidos.

En cuanto a la posibilidad de concretar un nuevo documento a partir del Acta de Paz de Contadora, se están realizando consultas en el nivel de subsecretarios para ver si es posible que se extracte una síntesis básica, mediante la cual se pueda encontrar un cese a las hostilidades.

El Acta que se presentó originalmente fue un documento muy ambicioso; casi resultó una enciclopedia. Ello se debió a que todas las partes pedían un documento complejo. Sin embargo, ahora he recomendado a nuestra Cancillería que trate de sintetizar los puntos fundamentales, sobre todo los que se refieren a la violencia, a la hostilidad y a la seguridad. Quiero que este documento también tenga objetivos muy concretos de vigilancia y de certidumbre. Pero vamos a tener que ser más gradualistas frente a este problema.

Si se llega a firmar el Acta de Paz, el Grupo Contadora debe permanecer como un grupo de supervisión, junto con la ONU y la OEA. Los Estados Unidos no quieren que la supervisión recaiga en la ONU, organismo al que ahora están debilitando. Ellos quisieran que fuera la OEA, pero como a nosotros no nos gusta esa propuesta, ni tampoco les gusta a los nicaragüenses, la solución es que la supervisión sea tripartita.

En realidad, estamos en un mar de confusiones. Nicaragua no quiere un mayor acercamiento con los soviéticos, pero no tiene más remedio que recurrir a ellos. A los soviéticos no les conviene ese acercamiento de Nicaragua, pero no pueden volverle la espalda. Los Estados Unidos no desean que esto ocurra, pero lo están propiciando, y nosotros, que tampoco lo deseamos, no podemos evitarlo.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.