Segundo Informe de Gobierno. Valoración del momento y de mis colaboradores

"MES: AGOSTO"

El compromiso de informar el primero de septiembre al Congreso de la Unión sobre el avance de la administración en el último año significa, en nuestra tradición política, la ocasión más importante que el Presidente tiene para dirigirse de manera sistemática al mayor número de mexicanos.

Por ello, la elaboración del informe de gobierno es una responsabilidad muy personal del titular del Ejecutivo, quien está consciente de que su contenido servirá para dar a conocer hechos y avances, pero también, de manera sustantiva, para enviar un mensaje político a la nación. Además, a nadie escapa que la forma de su presentación trasluce la orientación personal que el Presidente quiere imprimir a su régimen.

Sé que algunos presidentes pedían a las diferentes dependencias del Ejecutivo que enviaran información a un grupo encargado de hacer la síntesis, y que ellos sólo se ocupaban del mensaje político. Yo, por el contrario, considero que la elaboración del informe debe ser un trabajo personal del Presidente.

Así, este año, cuando recibí a principios de agosto el material organizado por la SPP, que incluía un resumen hecho por cada secretaría de Estado, consideré que me correspondía el trabajo que faltaba, que consistía en estructurar la información. No sentí necesario convocar a reuniones para afinar los documentos, como lo hice el año pasado, puesto que en esta ocasión tenía una idea más concreta del tipo de informe que quería.

Me pareció que el camino más corto era elaborarlo directamente. A ello dediqué, en gran medida, todo el mes de agosto. Tuve listo el primer borrador desde el día 15, así que me quedaron dos semanas para afinar mis ideas y pulir el escrito. En realidad fue un mes de reflexión. El informe sólo fue el producto inmediato que me brindó la ocasión para evaluar muchas cosas.

Lo que determina la elaboración del informe es el criterio de oportunidad definido por el momento. Me detuve a reflexionar en las preguntas que de cualquier forma me hago todos los días: ¿En qué momento se encuentra el país?, ¿dónde estamos respecto a nuestras metas?, ¿qué dudas tiene la gente?, ¿qué conviene que el Presidente diga?, ¿qué tono corresponde darle?, ¿cuáles son las ideas que hay que machacar?

Dada la heterogeneidad de nuestra sociedad, la percepción de la realidad es diferente para cada grupo y, por tanto, también lo es su opinión del gobierno. Creo que de parte de los empresarios hay más confianza en el gobierno; los obreros me entienden y aguantan, porque saben que no tengo margen de maniobra; sin embargo, continúan presionando.

Los políticos reconocen que sí sabemos hacer política; los que critican son los marginados políticos, para ver si así regresan. Los partidos de oposición han cambiado la orientación de su crítica: antes la dirigían al pasado, pero ahora parece resultarles más efectivo centrarse en el presente.

Los académicos de izquierda, como Pablo González Casanova, Gastón García Cantú o Carlos Tello y sus amigos de Nexos, tratan de demostrar que el gobierno está equivocado, que ni le están saliendo ni le van a salir las cosas. En ellos vemos una estrategia de crítica, es decir, se han dado cuenta de que el gobierno no es permeable a sus ideas, por lo que han decidido desatar su batalla.

A pesar de lo anterior, en general, considero que el gobierno ha ganado en respetabilidad. Respecto a mi posición como gobernante, siento que ha aumentado mi influencia y que se ha afianzado la opinión de que sé gobernar y resolver problemas.

Sin embargo, también hay quienes califican de gris al gobierno. Piensan que le falta retórica, que es muy administrador, muy cerebral. Estas opiniones no tienen connotación ideológica, sino que parten del hecho de que también en política existen temperamentos tropicales.

Muchos quisieran que hubiese más movimiento, aunque significara conflicto. Consideran que de vez en cuando es bueno promover una invasión de tierras, tomar por la fuerza una fábrica o, cuando menos, fomentar discusiones fuertes. Añoran los eventos que consideran estimulantes y entretenidos, pues parten de la idea de que la política debe ser un espectáculo permanente. Su constitución psicológica los inclina a proponerse cosas espectaculares, pues tienen humor para la batalla y gusto por el olor a sangre. En una palabra, quisieran una política a ritmo de salsa.

Dejando de lado las extravagancias o los intereses personales, mi impresión general al preparar el informe fue que la gente está más serena, aunque en el fondo conserva muchas dudas. Algunas de éstas son concretas, como las referidas a la viabilidad de nuestra política económica, a la capacidad de todos para mantener el esfuerzo o a la autenticidad de la renovación moral. Otras se extienden a cuestionar nuestro sistema político, económico o social.

El hecho de que subsistan estas dudas impide decir, aunque hayamos avanzado, que estamos en otra etapa. Podemos decir que ya pasó lo peor de la crisis, pero seguiremos en ella mientras continúen presentándose tantos cuestionamientos. Por ello, el mensaje central del Segundo Informe de Gobierno consistió en señalar que estamos logrando avances, que hemos mejorado respecto a como estábamos, pero que todavía nos queda una tarea ardua y pesada, en la que subsisten, además, grandes riesgos.

También quise transmitir la idea de que, aun cuando salgamos de la crisis, lo que hay de fondo en las carencias seculares del país nos obligará a mantener el ritmo y el nivel de esfuerzo que hemos puesto en estos dos años. En el informe dije que no estábamos empeñados en una simple empresa de supervivencia, sino en un proceso nacional de renovación del país.

Al elaborar el informe, mi gran preocupación fue la síntesis. Resulta difícil si se desea mencionar el número suficiente de temas para que todos los sectores de la administración pública se sientan considerados. La alternativa es presentar un mensaje político que sólo envuelva las áreas fundamentales, lo que creo que resultaría satisfactorio exclusivamente para los grupos de opinión más analíticos.

Opté porque el documento conservara su tono de informe, lo que me obligó a ser muy selectivo con el material que me enviaron. Al analizar cada sector y dentro de él los temas que convenía incluir, me di cuenta con toda claridad dónde había huecos. Tanto la calidad del material que enviaron como la falta de sustancia en algunos temas o la inoportunidad de otros, me permitieron evaluar el trabajo de cada área. Este ejercicio hizo que sedimentaran en mí ciertas preocupaciones, y evidenció aquellos asuntos a los que tendré que dedicar más atención en fecha próxima.

El análisis de la información enviada por cada dependencia también me permitió caracterizar a mis colaboradores. Algunos secretarios de Estado han alcanzado el límite de su capacidad, en tanto que otros siguen ampliándose en un proceso de crecimiento sostenido.

En el curso del mes de agosto profundicé o di nueva forma a algunos conceptos que había expuesto con anterioridad. Lo hice para dar mi respuesta honesta y razonada a los cuestionamientos que más inquietan a la sociedad.

Así, por ejemplo, desde que tomé el poder encontré que, dadas las acciones de los últimos gobiernos —sobre todo en sus últimos meses—, existía verdadero pánico ante la posibilidad de que el poder del Presidente se usara en forma caprichosa o neurótica. La sensación de vulnerabilidad y, por tanto, de recelo ante las posibles personalizaciones del poder, resultaba fuente de desaliento y rechazo para muchos. Mi respuesta no podía limitarse a asegurar que yo no caería en ese tipo de actitudes. Sentí necesario abordar este problema medular de nuestro sistema político, señalando que el único contrapeso real del poder personal es el poder institucional. Destaqué que lo que nos permitió superar los momentos más críticos fue el arraigo de nuestras instituciones. Por ello, añadí que nuestra única garantía de que México mantendrá el rumbo que nos ha marcado nuestro proceso histórico consiste en fortalecer las instituciones, tanto las del Estado como las de la sociedad civil.

Ahora bien, para que esto pueda darse, estoy convencido de que desde la cabeza del Estado tenemos que fomentar y alentar la organización institucional de la sociedad civil. Como las instituciones sociales interactúan con las del gobierno, necesitamos dejarlas participar más y fomentar un verdadero diálogo con ellas, pues en ocasiones lo que necesitan es orientación. Nada hay más desalentador para estos grupos que encontrar cerradas las puertas del gobierno. Con sólo oírlos y reaccionar ante sus demandas, podemos hacerles sentir que vale la pena su esfuerzo.

Otro tema que traté abiertamente en el informe fue el del deterioro del bienestar social de la población. Destaqué, después de reconocer su magnitud, que es el aspecto más preocupante de la crisis. Lo es, pues en última instancia la supervivencia del Estado depende de la capacidad que tengamos de revertir este proceso. Insistí en que mientras no mejoren los aspectos más generales de la economía, no se podrá avanzar en este terreno. Necesitamos salir del clima inflacionario y recuperar el crecimiento económico. Todo lo demás que podamos hacer sólo significa poner parches.

En otro nivel, lo que debemos hacer es tratar de permear el concepto de igualdad a todos los instrumentos de gobierno, para que en todo momento los funcionarios se cuestionen a quiénes y a cuántos benefician las medidas que están tomando. Ello nos lleva al aspecto que considero que debe englobar a todos los demás: la renovación moral.

En mi informe dije que la renovación moral es la columna vertebral de la renovación de toda la sociedad. Para explicarlo, traté de enfatizar lo positivo de la renovación moral y no sólo sus aspectos correctivos. Lo positivo se conecta con el cambio social, esto es, con la necesidad de abrir para renovar, con la obligación de cumplir un deber frente a la sociedad, con la voluntad para afrontar las dificultades del cambio.

En la primera etapa, la renovación moral se orientó fundamentalmente a los funcionarios, porque teníamos que dar el ejemplo y porque era, de alguna manera, reconocer una culpabilidad. Ahora que contamos con más respetabilidad, es el momento de ampliar el concepto a toda la sociedad, para hacer ver que la renovación también le corresponde a ella. Idealmente, quisiera que esto desembocara en una cruzada cívica.

La recapitulación que hice con motivo del informe me sirvió también para medir las posibilidades y los límites de mi acción. Si miro para atrás, siento que el tiempo ha pasado muy rápidamente, pues veo que las cosas avanzan con lentitud. Cuando veo para adelante y pienso en todo lo que falta por hacer, me doy cuenta de las limitaciones que hay en un periodo gubernamental de seis años. Tengo que reconocer que no voy a lograr todo lo que me propuse, y surge entonces la pregunta: ¿Cómo hacer que ciertas cosas fundamentales queden afianzadas para que no puedan ser destruidas tan fácilmente?

Por otro lado, y precisamente al cobrar conciencia de las limitaciones que el tiempo impone, resulta necesario impedir que cunda el desánimo en la administración por las cosas que no se van a remediar en el curso de nuestra gestión. Todos debemos tener claro que si deseamos dejar una huella positiva, tenemos que trabajar con el mismo ahínco hasta el final.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.