Mis colaboradores: renuncia de Horacio García Aguilar

"MES: JULIO"

El lunes 16 de julio por la tarde mi secretario, Emilio Gamboa, interrumpió mi acuerdo con Bernardo Sepúlveda para informarme que Horacio García Aguilar había enviado una tarjeta en la que señalaba que, en virtud de que le había perdido la confianza a Carlos Sierra, su oficial mayor, había decidido pedirle la renuncia. Dio a conocer su decisión a los funcionarios de la SARH por medio de un oficio, en el que también nombró, en forma interina, a la contadora pública Esther Díaz de Vargas, entonces encargada de la Subdirección General de Auditoría Interna, para fungir como oficial mayor.

Al enterarme de lo ocurrido, me molesté profundamente. Decidí no tolerar una acción de ese tipo, pues el puesto de oficial mayor es un cargo de nombramiento presidencial. Tomé bruscamente la red telefónica y pedí a quien me contestó que informaran al ingeniero García Aguilar que lo estaba buscando el Presidente.

Al terminar esta llamada, pedí que se reincorporara a mi despacho Bernardo Sepúlveda, quien había aguardado en un cuarto adjunto. Seguramente percibió mi malestar, pues de inmediato dio por terminados los puntos que me traía a acuerdo. Unos minutos después se reportó telefónicamente García Aguilar.

Hablé con él en términos muy severos. Le dije: "Ingeniero, ha cometido un grave error político. Ha usurpado las facultades del Presidente y, en México, nadie está por encima del Presidente de la República". Le di la instrucción de que reinstalara de inmediato a Carlos Sierra en la Oficialía Mayor.

Trató de explicar su conducta diciendo que había tenido un altercado con Sierra, porque éste era muy altanero. Lo interrumpí para decirle: "Las causales están fuera de discusión", a lo que él respondió enfatizando que no había querido ofenderme, que había tratado de comunicarse con Gamboa poco después de las tres de la tarde para darle a conocer su decisión de remover a Carlos Sierra y poderla consultar conmigo, pero que en ese momento no lo había localizado ni recibido respuesta suya. "De cualquier forma", contesté para terminar la conversación, "el hecho ocurrió y me resulta ofensivo".

Yo tenía claro, pues García Aguilar me lo había dicho en un acuerdo anterior, que no se entendía con Carlos Sierra. En esa ocasión me dijo que éste le obstaculizaba el ejercicio presupuestal y había nombrado a dos directores sin consultarlo. Yo le respondí que lo disciplinara.

El asunto era delicado, porque había sido yo quien le había mandado a Sierra cuando él me dijo que el oficial mayor que tenía, que él había nombrado, no le estaba funcionando. Le recomendé a Sierra, a quien yo conozco desde hace años, porque me pareció, después de leer el currículum de la subdirectora de Auditoría Interna, a quien él proponía para el puesto, que no tenía el perfil adecuado. Cuando le recomendé a Sierra, le dije que se entrevistara con él para ver si le caía bien, pero él lo nombró de inmediato; sin embargo, creo que desde el principio le tuvo celos.

El lunes en la noche estuve reconsiderando lo ocurrido. Me di cuenta de que mi irritación obedecía, en realidad, a que el error cometido por García Aguilar había sido la gota que derramó el vaso. En el fondo, su problema era la falta de talento político. Es grave, pues, en última instancia, un funcionario de ese nivel tiene que ser esencialmente un político.

García Aguilar no tenía buen ambiente en el gabinete ni tampoco entre los gobernadores o los productores. A ello se debió que el problema de la asociación ganadera estuviera tanto tiempo sin resolverse. No tenía, además, ninguna idea de la importancia de la comunicación social, como lo prueba el hecho de que tuviera como jefe de prensa a su cardiólogo. Cuando vino la campaña de prensa en su contra, le dije: "Tenemos que responder a sus enemigos, tenemos que reaccionar". Para ayudarlo, le pedí a Manuel Alonso que le buscara a alguien para el puesto de comunicación social. Rechazó a quien le propusimos, pues García Aguilar tiene desconfianza de todo el mundo.

Yo creo que sus colaboradores cercanos eran unos intrigantes y unos desconfiados. El factótum en la SARH era el ingeniero Ignacio Mercado Flores, subsecretario de Agricultura y Operación, única persona con quien él acordaba, pues los otros subsecretarios acordaban con Mercado.

Durante el tiempo que el ingeniero García Aguilar colaboró conmigo, fui observando su desarrollo y consideré que, en cierto sentido, los problemas que tenía eran lógicos, pues la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos es gigantesca y tiene grandes problemas de corrupción. Juzgué que sus dificultades eran fundamentalmente de encuadre político. Traté de ayudarlo, pero no se dejó. Así que debo reconocer que no pude con el tercio. Me equivoqué. Creí que quien había sido un magnífico director del FIRA podría ser un buen secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos.

Habiéndome hecho estas reflexiones el lunes en la noche, el martes a media mañana le pedí a Gamboa que se cerciorara de que García Aguilar hubiese cumplido las instrucciones que le había dado. Para ello, le sugerí que hablara con Carlos Sierra. Me informó que Sierra todavía no había recibido ningún llamado de García Aguilar, por lo que él había decidido hablarle al secretario para preguntarle por qué no había cumplido con las instrucciones que le di. El ingeniero García Aguilar respondió que estaba a punto de hacerlo.

Decidí entonces decirle a Gamboa: "Vaya usted a visitar a García Aguilar con la excusa de que él lo implicó a usted al señalar que había tratado de localizarme antes de cesar a Sierra. Hágalo tomar conciencia de la gravedad de su error y condúzcalo a que tome una determinación al respecto, pero no le pida la renuncia".

Gamboa fue a la oficina de García Aguilar y le dijo:

—Señor secretario, el Presidente lo ha apoyado. Cuando usted ha querido cambiar funcionarios, se lo ha concedido; lo ha defendido de ataques en la prensa; lo ha respaldado frente al gabinete, pidiendo, como a usted le consta, que todos le manifestaran su solidaridad. ¿Qué le hubiera costado, en ese contexto, consultarle su decisión? No está bien que le corresponda usted en esa forma…
—¿Vino usted a pedirme mi renuncia? —interpuso García Aguilar.
—No, yo simple y llanamente quiero que usted tome conciencia de que ha ofendido al Presidente de la República. Solamente quiero aclarar lo que ha sucedido.

Para entonces ya había tomado yo la decisión de sustituir a García Aguilar con Eduardo Pesqueira, quien tiene personalidad: es dinámico y buen promotor.

El miércoles, al regresar de una ceremonia con motivo del CXII aniversario luctuoso de don Benito Juárez, a la que había asistido todo el gabinete salvo don Horacio, me entrevisté con Pesqueira, a quien esa mañana hice regresar de una gira de trabajo en la que se encontraba como director del Banrural. Antes de hablar con él, recibí la renuncia escrita de don Horacio García Aguilar, quien se la entregó a Gamboa, le expresó su interés en hablar conmigo y le pidió que me preguntara si yo quería hablar con él.

Decidí recibirlo. ¡Qué trago tan amargo! El más amargo que he tenido en términos emotivos en lo que va de mi administración. Don Horacio me dijo que su error se debía a su inexperiencia política, la que yo conocía desde que lo nombré. Añadió que él había servido durante 40 años al Estado mexicano con honradez y que su remoción dañaría su prestigio. Finalmente, me pidió: "Déjeme entregar la cosecha récord de trigo o por lo menos esperar hasta finales de mes a que se entreguen las obras hidráulicas de Monterrey".

"No es posible —le respondí—, lo siento. Usted ha sido un buen colaborador, pero yo no puedo aceptar, sin desgastarme, que se me usurpen funciones. Vaya usted a la oficina de Gamboa, ahí se encuentra Eduardo Pesqueira. Póngase de acuerdo con él para ir a la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, donde Manuel Bartlett le dará posesión como nuevo secretario de Agricultura".

A Pepe Gamas lo nombré en el Banco Nacional de Crédito Rural, porque me lo sugirieron tanto Pesqueira como Silva Herzog. Además, así tendrá una situación propia y cuidará una institución que me importa mucho. Gamas me sirvió con inteligencia y lealtad, así que dejarlo ir me significó un sacrificio. Sin embargo, ahora el sector agropecuario tendrá más peso específico en el gabinete.

El nombramiento de Pesqueira fue bien recibido, lo que se añade al hecho de que tenemos en Luis Martínez Villicaña un muy buen secretario de la Reforma Agraria; a que Gamas seguramente hará un buen papel en Banrural, y a que Jorge de la Vega contribuye con su propio peso en la Comisión Nacional Alimentaria. De esta manera habrá ahora un mayor equilibrio entre el gabinete agropecuario y el gabinete económico.

Designé a Manuel Velázquez de la Parra para sustituir a Gamas en el Secretariado Técnico de Gabinetes. Velázquez de la Parra, quien inició mi gobierno como subsecretario de Vivienda, es el único funcionario que ha renunciado a su puesto por iniciativa propia. Él me buscó para decirme que no se entendía con Javelly, pues no le gustaba la forma en que éste trabajaba. Javelly se sorprendió cuando yo se lo informé. De cualquier forma, Velázquez de la Parra renunció, demostrando un desapego poco usual del poder.

La destitución de García Aguilar servirá para dejar ver a los demás secretarios de Estado que no tienen un seguro de vida. Hará que se cuiden más aquellos que ya están en la mira de la opinión pública.

Lo que me apena de este asunto es el sentimiento con el que se quedó don Horacio. Sé que le dijo a Bartlett que lo que había ocurrido era una injusticia, que la sanción que yo le había impuesto era desproporcionada a su error. Yo siempre guardé la esperanza de que con orientación y guía podríamos salir adelante. Sin embargo, su torpeza al destituir a Sierra sin consultarme me hizo ver que esto no era posible. Ese acto hizo que se corriera para mí una cortina y dejara yo fluir sentimientos que hasta entonces tenía velados. No deja de resultarme sorprendente el pensar que ese lunes 16 en la mañana, antes del incidente, tuve una junta con García Aguilar y Carlos Salinas para analizar la reestructuración de la SARH, en la que todo ocurrió de manera normal. El planteamiento que se me hizo me pareció adecuado en lo sustantivo. Ese mismo lunes en la noche sentí con fuerza el deseo de destituirlo.

Lo que ocurrió me molestó mucho, incluso me generó una cierta pasión, pues de golpe me di cuenta de lo pesado que me resultaba tener que estar permanentemente defendiendo a García Aguilar, asumiendo la responsabilidad de orientarlo y suplirlo en el gran hueco que dejaba ante la opinión pública. En ese momento tomé conciencia del cansancio y el malestar que me provocaba sostener esa situación.

Sin embargo, el desenlace me dejó una sensación desagradable, pues sé que fui tremendamente severo con Horacio García Aguilar. El error que cometió posiblemente se lo hubiera tolerado a un secretario de Estado que estuviera trabajando muy bien. Pero la toma de decisiones en ocasiones así es. No creo que mi decisión haya sido infundada o precipitada; de lo que estoy consciente es de que fue un hecho concreto el que me hizo reconocer mis verdaderos sentimientos respecto a la actuación de García Aguilar como secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos.

En ese sentido, fue una experiencia novedosa, dura, intensa. Ahora ya aprendí que no se acaba el mundo cuando se toma una decisión de esta naturaleza. Así que, como lo ha señalado algún editorialista, finalmente se acabó la que parecía una paciencia inagotable de mi parte.

 
.:: Miguel de la Madrid Hurtado: Cambio de Rumbo ::.